Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos

montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el

campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio

universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el

himno terrible de _Oua-Nassé_ y del _Campo del Grand-Pré_ resonó sobre

nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos

rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos

cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y

mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del

fuego. Estas eran las tropas de Biassou.

El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían

a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y

clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y

los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos

contemplaban inmóviles entonando el cántico de _Oua-Nassé_.

Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico

a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente;

en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra.

Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina,

quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro

repitió el coro del himno de _Oua-Nassé_, clavó su bandera en la cumbre

de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las

ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había

de morir por mis manos.

Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas

inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó

sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con

los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por

las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas.

Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor

horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande,

y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos,

maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban

desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo

bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el

río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad

ingenioso...--

Aquí la narración se vió interrumpida de repente.

XXIII

Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo

derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que

nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con

expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del

capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular

dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney,

empezó a decir, medio tartamudeando:

--Eso es mucha bondad, mi capitán.

Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con

aspereza:

--¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?

A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se

entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para

contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en

voz muy baja:

--No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro

con su sargento que le tratara de usted.

El capitán se levantó con precipitación:

--Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos,

Tadeo, ¿me perdonas?

Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar

suyo, diciendo:

--Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.

La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.

--Pero, dime, Tadeo--preguntóle el capitán con blandura--, ¿por qué te

has salido del hospital para venirte aquí?

--Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana

al caballo la mantilla de galones.

Enrique se echó a reír.

--Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de

ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.

--O en averiguar--prosiguió Pascual--si podrías beber un poquito de

vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por

fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.

Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por

agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la

salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.

--Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí,

yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a

pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo

de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros,

vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin

hundirse en las hierbas. “Más vale--dijo entonces--morir como Faraón

de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos,

y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi

oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se

avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy,

pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome

a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran

de una pierna”; me resisto, grito por socorro y me empiezan a dar de

sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se

meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie

lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para

probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya,

y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña.

Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como

estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más

duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro,

como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo,

mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les

tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que

se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia

allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no

debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot,

y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por

el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando

me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una

lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso

queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero,

se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también

los milicianos se venían al agua para darnos socorro; hasta que

él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo

algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en

huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno.

Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera

entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y

si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!

Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la

mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de

inspirado.

D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.

--Sí--dijo--, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche

fatal...

Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones

si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que

prosiguiera, cual así lo hizo.

XXIV

Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...--Tadeo, triunfante,

fué a colocarse detrás de su capitán--, mientras la escena que Tadeo

acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido

trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un

pico llamado el _Pavo Real_ por los brillantes reflejos que despedían

a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual

altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino,

pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos

un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían

respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que

redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes

de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar

sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en

batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos

de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban

los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de

este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por

el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron

en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los

insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por

el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el

nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios

negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba

el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte

y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que

su caudillo estaba o muerto o prisionero.

Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar

al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban.

Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el

pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis

soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo

volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el

precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido

volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis

o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un

león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas

que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas

hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar

mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un

momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en

desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis

guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus

espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la

agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor

de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz

suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.

XXV

Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un

elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era

absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la

sierra que se llama en Santo Domingo _las montañas dobles_, consistía

en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y

cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante

que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más

en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora

iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres,

y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan

solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél

era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su

ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por

momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos

de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle

cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba

ensanchando el círculo del campamento.

El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde

donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro

me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado;

apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en

la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de

su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar

ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví

entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si

pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me

replicó con gesto de orgullo:

--De Morne-Rouge.

Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la

generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto

sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea

de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos

de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir

sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de

flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre

retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar

de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin

tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me

condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el

nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta

que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó,

enseñándome el puño cerrado:

--¡Biassou, Biassou!

Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.

La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del

combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de

Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de

Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.

XXVI

Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel

de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de

negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los

numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta

que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que

colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos

los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el

_collar de hechizos_ pendiente del cuello, por el delantal de vistosas

plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores

acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego

que eran las _Griotas_. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las

tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de

no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar,

que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan

errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en

la Edad Media los _minstrels_ de Inglaterra, los _minnesinger_ de

Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de _griotos_.

Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan

con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una

grotesca parodia de las _bayaderas_ del Indostán, o de las _almeas_

egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan

de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al

estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que

ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de

su rojiza lumbre.

Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y

la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello,

comenzó a clamar:

--_Ouanga!_

Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre.

Repitieron todas en coro:

--_Ouanga!_

Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó

un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas

palabras sacramentales:

--_Malé o guiab._

Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con

el diablo.” Todas las _griotas_, imitando el ejemplo de su decana,

entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con

gravedad:

--_Malé o guiab._

Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada

me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele

apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que

se llama _risa histérica_. En balde fueron todos mis esfuerzos para

atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un

corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y

espantosa.

Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito,

alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto.

Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en

tumulto, aullando antes que diciendo:

--¡Un blanco, un blanco!

Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles

que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la

blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y

ensangrentadas venas.

Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una

señal y gritó repetidas veces:

--_Zoté cordé, zoté cordé._[6]

Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar

a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar

alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de

_la chica_.

Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan

sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias

accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira

que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones;

el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de _la chica_;

el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su

_balafo_, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la

venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible

risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso

del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el

mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible

suerte que le tenían prevenida al _blanco_, espectador sacrílego de

su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de

bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé

con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo

desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos

de estremecerme al notar que, a una señal dada por el _balafo_, cada

bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro

de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas

pinzas, o los dientes de una sierra.

El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio

estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja,

fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de

aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte

un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido.

Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar

en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la

postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver

siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de

cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con

los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de

chispas.

Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme

chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los

músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un

estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en

verdad, un momento de horror!

No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose

a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó,

quien acudía gritando:

--¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi

prisionero.

Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase

prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían

detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto

sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que

venía el negro acompañado.

Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba

cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres

aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El

velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su

pecho velludo, que, según el color, me pareció de _salto atrás_, donde

brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de

un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o

enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían

los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo

tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el

pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas

de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre

la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no

sin gran sorpresa, reconocí la _gorra_ de Habibrah. La diferencia única

consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie

de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna,

era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por

otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.

Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la

caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:

--¡El obí!

Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el

hechicero del ejército de Biassou.

--¡Basta, basta!--dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y

apagada--. Dejad al prisionero de Biassou.

Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de

muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas

y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.

En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con

un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la

vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después

de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra _maldito_, dijo

no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos

cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones.

FOOTNOTES:

[6] Acordaos, acordaos.--N. del A.

XXVII

En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de

prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.

Bug-Jargal · 第 5 / 14 段