--¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey entre

dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los

habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí,

como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente

general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles:

_El rey, reina, y yo mando_; enviaría a Barrabás la responsabilidad

hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis,

prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar

de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación

en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven,

acuérdese usted de lo que le digo. Los _filósofos_ engendraron a los

_filántropos_, quienes procrearon a su vez a los _negrófilos_, los que

nos van dando a luz los _matablancos_, que así se llamarán mientras

se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales

con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los

Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos

a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy

en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la

insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la

toma de la Bastilla.

Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas,

respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos

debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí

revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C...,

porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería,

exclamó:

--Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen

lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien

apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de

mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca

y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota

para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo

con los negros que aún nos quedan.

--¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!--empezaron todos a decir.

--Ustedes no me comprenden, señores--repuso el _ciudadano general_--.

Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde

el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros

los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como

las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo

haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a

disposición de la Junta.

La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces

unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”

--Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo--dijo

otro hacendado--. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a

los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la

conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.

El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de

un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:

--Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy

amigo de todos los _negrófilos_ del mundo, y corresponsal de Brissot y

de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de

Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca;

de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en

España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.

A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la

voz, y, por último, concluyó con decir:

--¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!

M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.

--Señor gobernador--dijo una voz--, mi parecer es que nos embarquemos

todos en el _Leopardo_, que está en la bahía.

--Que se pregone la cabeza de Bouckmann--dijo otro.

--Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica--dijo el tercero.

--Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos

fusiles--respondió un diputado de la provincial--. Lo mejor será enviar

una consulta a Francia y aguardar la respuesta.

--¡Aguardar!, ¡aguardar!--prorrumpió M. De Rouvray con energía--. Y

los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la

ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala;

agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el

grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos

en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en

Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del

Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del

regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de

Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica

en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del

Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una

península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja

presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y

manos a la obra.

El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló

de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general

acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que

le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras

el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto

agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y

la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba

la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de

entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general,

y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de _usurpación de

facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas_

y de _exigir la responsabilidad_.

Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las

órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa

y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de

que todos, excepto yo, daban muestras.

XVII

Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a

la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados

en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos,

con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban,

y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los

dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi

escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un

dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su

encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que

pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se

había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto

sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia

y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de

Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba

aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.

No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos

me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía,

llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas

eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un

mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las

cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos

troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio,

como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes,

a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un

pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas

de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo,

¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo,

y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta

esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de

un león.

Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet,

con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por

un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:

--¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!--dije a mis

compañeros.

Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia

el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío,

desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del

incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento

soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.

Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en

el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían

en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras

otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a

subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas.

Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando

sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de

hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y

de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una

sacudida.

Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista

fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre

de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en

cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando

mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga

contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo

salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió

todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues

en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de

un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el

castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal

catástrofe.

XVIII

No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo.

Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus

defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan

universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida

para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que

me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no

la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de

mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella,

y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan

amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi

desesperación algo de remordimiento.

En esto, mis compañeros clamaron irritados:

--¡Venganza!

Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos

metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy

superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por

derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a

incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.

A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.

--Mi capitán--dijo--: su Pierrot de usted es un hechicero, un _obí_,

como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos

estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo

remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate

usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...

--¿Y María?--le interrumpí--. ¿Dónde está María?

En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto

incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus

brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.

--¡Pérfido!--le grité, y le apunté con una de mis pistolas.

Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y,

atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.

Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras,

y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio

abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca

la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era

_Rask_, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero

erré la puntería.

Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos

viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso

ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo

de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas

emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado

mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista

y di en tierra con un desmayo.

XIX

Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y

entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí

los ansiosos ojos.

--¡Victoria!--gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso--.

¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...

Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:

--¿Dónde está María?

Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no

el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré

entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis

bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través

de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago

que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un

enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot

tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un

ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de

nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente

reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable

raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!

Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a

su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy

suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio

de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible

atajarlo.

Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían

conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su

cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su

lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón;

y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en

brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba

a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas

idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado

en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de

que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y

que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su

señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me

habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot

y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y

prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de

su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las

pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado

con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice

celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el

descanso del alma de su fiel Habibrah.

XX

El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían

desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más

largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al

Cabo.

Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que

hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y

la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio.

Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida,

mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron

mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis

venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas.

Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en

poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me

arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me

deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron

entonces morir?

La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza

vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera

podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me

afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para

vengarme.

Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me

pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún

punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de

voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a

hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras

tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la

insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de

Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de

los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado

generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann,

famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las

riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían

aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.

El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía,

contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus

iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de

muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se

apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros

celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la

costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a

quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había

echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros

ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la

rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se

contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado

largos de referir.

Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues

no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de

Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo

de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el

rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador

resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del

Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del

Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados,

formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de

Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes

del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató

primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus

movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca

la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna

regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en

destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta

dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo.

Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y

Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de

vuelta, vengarse de Bug-Jargal...

Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y

pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción;

mas al fin prosiguió así.

XXI

--Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge,

dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con

Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las

manos:

--¡Los cogimos!

Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y

los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el

castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por

gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de

la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador

estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha.

Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba

de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde

existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni

aun siquiera nos era dado conocer el sitio.

A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido

por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo

está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va

acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se

oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos

de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que

crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el

silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el

aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del

destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que

por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente

hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una

lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces

roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del

bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se

consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los

ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y

descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa

y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente

fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un

violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y

despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo

espacio va cubriendo la tierra.

XXII

A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande,

mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de

distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de

escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido

para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos

de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a

pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas

había hecho señalar aquel sitio con el nombre de _Doma-Mulatos_. El

río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas

orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida

pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables

a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban

encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco

de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la

una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la

corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba

desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas

aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las

aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la

florida cubierta indicaban el curso del río.

Bug-Jargal · 第 4 / 14 段