dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los
habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí,
como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente
general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles:
_El rey, reina, y yo mando_; enviaría a Barrabás la responsabilidad
hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis,
prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar
de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación
en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven,
acuérdese usted de lo que le digo. Los _filósofos_ engendraron a los
_filántropos_, quienes procrearon a su vez a los _negrófilos_, los que
nos van dando a luz los _matablancos_, que así se llamarán mientras
se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales
con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los
Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos
a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy
en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la
insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la
toma de la Bastilla.
Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas,
respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos
debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí
revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C...,
porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería,
exclamó:
--Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen
lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien
apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de
mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca
y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota
para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo
con los negros que aún nos quedan.
--¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!--empezaron todos a decir.
--Ustedes no me comprenden, señores--repuso el _ciudadano general_--.
Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde
el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros
los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como
las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo
haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a
disposición de la Junta.
La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces
unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”
--Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo--dijo
otro hacendado--. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a
los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la
conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.
El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de
un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes:
--Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy
amigo de todos los _negrófilos_ del mundo, y corresponsal de Brissot y
de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de
Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca;
de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en
España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.
A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la
voz, y, por último, concluyó con decir:
--¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!
M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.
--Señor gobernador--dijo una voz--, mi parecer es que nos embarquemos
todos en el _Leopardo_, que está en la bahía.
--Que se pregone la cabeza de Bouckmann--dijo otro.
--Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica--dijo el tercero.
--Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos
fusiles--respondió un diputado de la provincial--. Lo mejor será enviar
una consulta a Francia y aguardar la respuesta.
--¡Aguardar!, ¡aguardar!--prorrumpió M. De Rouvray con energía--. Y
los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la
ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala;
agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el
grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos
en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en
Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del
Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del
regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de
Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica
en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del
Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una
península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja
presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y
manos a la obra.
El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló
de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general
acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que
le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras
el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto
agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y
la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba
la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de
entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general,
y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de _usurpación de
facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas_
y de _exigir la responsabilidad_.
Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las
órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa
y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de
que todos, excepto yo, daban muestras.
XVII
Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a
la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados
en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos,
con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban,
y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los
dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi
escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un
dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su
encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que
pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se
había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto
sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia
y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de
Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba
aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.
No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos
me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía,
llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas
eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un
mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las
cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos
troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio,
como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes,
a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un
pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas
de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo,
¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo,
y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta
esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de
un león.
Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet,
con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por
un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:
--¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!--dije a mis
compañeros.
Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia
el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío,
desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del
incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento
soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.
Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en
el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían
en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras
otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a
subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas.
Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando
sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de
hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y
de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una
sacudida.
Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista
fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre
de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en
cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando
mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga
contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo
salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió
todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues
en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de
un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el
castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal
catástrofe.
XVIII
No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo.
Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus
defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan
universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida
para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que
me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no
la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de
mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella,
y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan
amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi
desesperación algo de remordimiento.
En esto, mis compañeros clamaron irritados:
--¡Venganza!
Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos
metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy
superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por
derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a
incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.
A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.
--Mi capitán--dijo--: su Pierrot de usted es un hechicero, un _obí_,
como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos
estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo
remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate
usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...
--¿Y María?--le interrumpí--. ¿Dónde está María?
En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto
incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus
brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.
--¡Pérfido!--le grité, y le apunté con una de mis pistolas.
Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y,
atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.
Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras,
y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio
abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca
la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era
_Rask_, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero
erré la puntería.
Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos
viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso
ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo
de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas
emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado
mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista
y di en tierra con un desmayo.
XIX
Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y
entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí
los ansiosos ojos.
--¡Victoria!--gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso--.
¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...
Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:
--¿Dónde está María?
Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no
el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré
entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis
bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través
de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago
que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un
enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot
tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un
ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de
nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente
reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable
raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!
Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a
su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy
suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio
de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible
atajarlo.
Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían
conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su
cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su
lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón;
y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en
brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba
a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas
idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado
en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de
que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y
que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su
señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me
habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot
y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y
prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de
su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las
pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado
con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice
celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el
descanso del alma de su fiel Habibrah.
XX
El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían
desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más
largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al
Cabo.
Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que
hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y
la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio.
Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida,
mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron
mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis
venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas.
Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en
poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me
arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me
deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron
entonces morir?
La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza
vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera
podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me
afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para
vengarme.
Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me
pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún
punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de
voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a
hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras
tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la
insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de
Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de
los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado
generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann,
famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las
riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían
aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.
El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía,
contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus
iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de
muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se
apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros
celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la
costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a
quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había
echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros
ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la
rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se
contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado
largos de referir.
Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues
no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de
Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo
de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el
rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador
resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del
Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del
Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados,
formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de
Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes
del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató
primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus
movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca
la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna
regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en
destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta
dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo.
Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y
Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de
vuelta, vengarse de Bug-Jargal...
Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y
pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción;
mas al fin prosiguió así.
XXI
--Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge,
dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con
Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las
manos:
--¡Los cogimos!
Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y
los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el
castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por
gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de
la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador
estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha.
Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba
de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde
existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni
aun siquiera nos era dado conocer el sitio.
A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido
por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo
está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va
acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se
oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos
de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que
crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el
silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el
aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del
destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que
por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente
hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una
lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces
roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del
bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se
consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los
ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y
descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa
y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente
fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un
violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y
despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo
espacio va cubriendo la tierra.
XXII
A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande,
mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de
distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de
escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido
para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos
de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a
pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas
había hecho señalar aquel sitio con el nombre de _Doma-Mulatos_. El
río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas
orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida
pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables
a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban
encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco
de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la
una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la
corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba
desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas
aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las
aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la
florida cubierta indicaban el curso del río.