--Que no se le haga daño a _Rask_--repitió de nuevo.

A esto no pude contenerme:

--Pues ¿qué--le dije--, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta

dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?

Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:

--Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los

tuyos--añadió después de una breve pausa--, los tuyos me han causado

muchos males.

Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:

--Pues qué, ¿no me conoces?

--Sabía que eres un blanco, y para los blancos, por buenos que sean,

¡es un negro tan poca cosa! Además, no me faltan razones para quejarme

de ti.

--¿En qué?--repuse atónito.

--¿Pues no me has conservado por dos veces la vida?

Tan extraña acusación me movió a risa, y, apercibiéndose, añadió con

amargura:

--Sí, debería guardarte rencor. Me has salvado de un caimán y de

un amo blanco, y, lo que es peor, me has arrebatado el derecho de

aborrecerte. ¡Oh, soy muy desgraciado!

La singularidad de sus ideas y su lenguaje no me movían ya casi a

admiración, porque estaban en armonía consigo propio, y sin hacer alto

en ello, le respondí:

--Mucho más te debo de lo que tú a mí, porque te debo la vida de mi

futura esposa, de María.

Padeció como si fuese una conmoción eléctrica.

--¡María!--dijo con voz apagada.

Y dejó caer la cabeza entre las manos, que se retorcían con violencia,

mientras penosos gemidos querían como reventarle el pecho. Confieso que

mis amortiguadas sospechas se despertaron, pero sin cólera ni celos.

Estábamos ambos demasiado próximos, yo a la dicha y él a la muerte,

para que semejante rival, aun siéndolo, pudiese excitar en mí otras

ideas que las de afecto y lástima.

Levantó, por fin, la cabeza, y me dijo:

--Anda, no me lo agradezcas.

Y después de otra pausa, prosiguió:

--¡Y, sin embargo, yo no soy de sangre inferior a la tuya!

Esta frase revelaba un género de ideas que excitó vivamente mi

curiosidad, y le insté que me manifestase quién era y lo que había

padecido; pero él se mantuvo en tétrico silencio. Con todo, mi acción

le había afectado, y mis ofertas de servirle y mis instancias parece

que vencieron su disgusto hacia la vida, porque salióse y volvió a

entrar, trayendo en las manos algunos plátanos y un enorme coco, y,

cerrando en seguida la abertura, se puso a comerlos. Conversando con

él, noté que hablaba con soltura el francés y el español, y que su

ingenio no parecía desprovisto de cultura; entre otras cosas, sabía

algunas canciones españolas, que cantaba con suma expresión. Este

hombre era tan inexplicable bajo otros mil conceptos, que hasta ahora

no me había chocado la pureza de su lenguaje; pero cuando traté de

investigar la causa, permaneció callado. Al fin nos separamos, dejando

yo orden dada a mi fiel Tadeo para que tuviera con él todos los

miramientos y atenciones posibles.

XIII

Todos los días regresaba a verle a la misma hora; pero su causa me

inspiraba grandes temores, pues, a pesar de todos nuestros ruegos, mi

tío se obstinaba en acusarle. No le oculté mis inquietudes a Pierrot,

pero él me escuchaba siempre con indiferencia.

A menudo entraba _Rask_ mientras estábamos juntos, llevando por collar

una gran hoja de palma. El negro se la desataba, leía los caracteres

desconocidos que venían allí grabados y la rompía en seguida. En cuanto

a mí, estaba ya enseñado por la experiencia a no hacerle preguntas

ociosas.

Un día que entré sin que, al parecer, hiciese alto en mí, estaba

vuelto de espaldas hacia la puerta del calabozo, cantando con tono

melancólico la canción española _Yo, que soy contrabandista_. Cuando

hubo concluído, se volvió precipitadamente y me dijo:

--Hermano, prométeme, si en algún tiempo desconfías de mí, disipar

todas tus sospechas si me oyes cantar esta tonada.

Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que

significaban tales palabras: _si en algún tiempo desconfías de mí_,

le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco que cogió

el día de mi primera visita, y que desde aquel momento conservaba, la

llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los labios y luego

bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel momento ya no me dió

otro nombre que el de hermano.

Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se

había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo

casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor

blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba

intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá

excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había

salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su

hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de

sus esclavos--porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se

contentaba con su vida--; que él, a solas, trabajaba tanto como otros

diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para

poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me

escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la

queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo

gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía;

pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la

muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando

se lo manifesté, respondió con frialdad:

--Juzgarían que tengo miedo.

XIV

Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce

semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más

puro. Era el pensamiento de una buena acción.

--Escucha--me dijo--: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y

nuestra boda. Pronto...

Yo le interrumpí, contestando:

--No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.

Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:

--No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá

contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar los

tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes ni esas

joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque yo daría

todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me quitó el

tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere colmarme

de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. Ayer

vimos una _basquiña_ floreada de raso de China, metida en un cofrecito

de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa muy cara, pero

muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho que yo la miraba,

y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera concederme una

súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes cuánto le gusta

que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, pues, por su

honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, fuese cual

fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; pero nada de

eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de boda.

No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la

palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar

su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para

anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.

--¡Hermano!--le grité al entrar--. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida

está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.

El esclavo se estremeció.

--¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?

--Es muy sencillo--le respondí--. María, a quien le salvaste la vida

también, se casa...

--¿Con quién?--exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y

terribles.

--¿Pues no lo sabes?--le repliqué con blandura--. Conmigo.

Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.

--¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!--me dijo--. ¿Y cuál es el día señalado?

--El 22 de agosto.

--¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?--repuso con expresión de temor y

congoja.

Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio,

me estrechó la mano con fervor.

--Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda,

ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.

En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.

--Adiós--me dijo con voz solemne--. Quizá ya he dicho demasiado; pero

aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.

Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin

embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.

Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo

para dar suelta a Pierrot. Tadeo, sabiendo que estaba libre, entró

conmigo en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. _Rask_,

que se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé

que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que

sigue: _Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la

vida. Hermano, no olvides tus promesas._ Y debajo estaban escritas, en

lugar de firma, las palabras _Yo, que soy contrabandista_.

Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto

de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría

transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara,

contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado.

También quise llevarme a _Rask_; pero al salir del castillo se metió

por las malezas, y luego le perdí de vista.

XV

Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y

escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en

caso de encontrarlo.

Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró

con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día,

en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de

cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado,

y a Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi

memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró

al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía.

Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia:

el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los

cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en

aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios

de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas

que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses

de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas

de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente,

de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no

atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío

fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a

cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos

sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando

recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el

horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus

resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto,

los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas

un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo,

empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos,

que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y

enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me

quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban

aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que

un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de

aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias

palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la

llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las

llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad

del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un

montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles.

En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a

todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto

volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre.

Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada

instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba

oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería.

Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no

pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la

milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque,

según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con

el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando María estaba o

aguardándome o entregada al sueño.

Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme.

Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos,

esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo,

que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas,

producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con

violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos

de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía,

amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no

menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo

horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos

exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que

de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques,

temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan

funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un

mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio.

XVI

Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos

y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué

punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la plaza de armas

con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No

me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña

incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del

Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que

encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los

negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de

la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé,

lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del

Acul.

Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde

todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño,

y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la

seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M.

De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la

isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos

miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas

de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de

consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden.

--Señor gobernador--decía un miembro de la asamblea provincial--,

demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre.

Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho.

--Ustedes lo decían, pero sin creer en ello--respondió agriamente un

miembro de la asamblea colonial, llamada _general_--. Lo decían para

ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de creer en

un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea fueron las que

desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión de tres mil

esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se redujeron los

muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de sus propios

compañeros.

--Repito--repuso el _provincial_--que vimos más claro, y la causa es

muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios

de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en

busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la

representación nacional; _ridiculus mus_.

El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén:

--Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos.

--Ustedes--replicó el otro--han dado causa con sus exageraciones a que

se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café

sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con

pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas:

“En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”

--¡Falso!--exclamó el de la _general_--. Eso proviene de la lucha

de los principios con los privilegios, de los _jorobados_ y de los

_torcidos_.

--¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un _independiente_!

A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario

respondió con aire de triunfo:

--Eso es declararse usted un _plumero blanco_, y le felicito por la

confesión.

Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se

metiera de por medio.

--Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro

inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse

los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las

manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del

ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a

quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de

Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y

asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho

bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el

cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera!

Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande.

--Eso es lo que pasa por las afueras--continuó--. En lo interior de

la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado

muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho crueles; los más

compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo

llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos

de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor

popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio

una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora,

para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden

armas y que se les señale un punto de defensa.

--No se haga tal--prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del

hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la

sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío--. No se arriesgue

usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos.

--Pues qué, ¿no quiere usted batirse?--le dijo con aspereza uno de los

concurrentes.

Pero él, no dándose por entendido, prosiguió:

--Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer.

Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la

de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí?

El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos,

destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que

perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su

intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de

desaprobación.

--Sí, señor--dijo el anciano general Rouvray--; sí, señor; los

esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance

nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los

mulatos otros blancos que los de su especie de usted.

El hacendado se mordió los labios.

--Mi general--repuso el gobernador--, ¿qué opina usted de la petición

de los mulatos?

--Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo--respondió M.

De Rouvray.

Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió:

--Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas.

El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira

reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban

por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia

del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la

conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una

orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que

todos escuchaban aquel espantoso rumor:

--Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan

muchas disposiciones por tomar.

--Es preciso convocar la asamblea provincial--dijo el diputado de la

misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré.

--¡La asamblea provincial!--repuso su antagonista el de la colonial--.

¿Qué significa tal asamblea?

--¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!--repuso el

_plumero blanco_.

El _independiente_ le interrumpió:

--No conozco la _colonial_ mejor que la _provincial_. No hay más

asamblea que la general, ¿entiende usted, señor?

--Pues bien--replicó el plumero blanco--: yo os digo que la asamblea

nacional de París es la única.

--Convocar la asamblea provincial--repetía, riendo, el independiente--;

como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general

decidió celebrar sus sesiones aquí.

Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas

disputas.

--Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas

semejantes--dijo un refaccionista--, ¿qué se hace de mi algodonal y el

plantío de cochinilla?

--¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el

Limbé?--añadió un hacendado.

--¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con

otro?--prorrumpió el capitán de un buque negrero.

--Cada minuto que se pierde--proseguía otro hacendado--me cuesta, con

el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez

y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos

en moneda de Francia.

--La colonial, a que usted llama general--continuó uno de los

contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones--, es una

usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo

decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí

en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial

del Norte, y de nadie más.

--Yo sostengo--respondió el independiente--que su excelencia el

señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que

la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De

Cadusch.

--Pues ¿adónde está ese presidente?--preguntó el plumero blanco--.

¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la

provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad,

representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia?

Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus

corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del

gobernador.

--¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas

_provincial_, _general_, _colonial_, _nacional_?... ¿Servirá de mucho

para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre de otras tres o

cuatro?...

--¡Voto a Dios!--gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando

una fuerte palmada en la mesa del Consejo--, ¡y qué endemoniados

parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con un cañón de a

veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el

paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien,

señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré

con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros.

Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.

Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su

lado, me dijo a media voz:

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