“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis

sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo

soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el

ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la

tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”

FOOTNOTES:

[4] Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece inútil copiar

el romance español que comenzaba: _¿Por qué me huyes, María?_ Como tal

romance o canción en castellano, por supuesto, no existe, habremos de

contentarnos con traducir la prosa francesa.--N. del T.

[5] Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió Cristóbal

Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año del

descubrimiento.--N. del A.

VIII

Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la

guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí:

“¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por

la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en

el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser

desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de

amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético,

la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba

los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la

enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la

arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre

los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas

hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a

vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi

cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival,

tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle,

ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a

sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al

lado con el enano Habibrah.

--Buenos días, amo mío--me dijo, haciéndome una reverencia con sumo

respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo,

juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto

gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.

--Habla--le grité con aspereza--y dime si has visto a alguien en este

bosque.

--A nadie más que a usted, _señor mío_--me respondió con serenidad.

--¡Pues qué! ¿No has oído una voz?--le repliqué.

El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué

responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:

--Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?

Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato

montés, y contestó:

--¿_Qué quiere decir usted_ con eso de una voz, mi amo? Hay voces

dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de

las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...

Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole:

--¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar

muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en

cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una

canción española?

--Sí, señor--me replicó, sin parecer conmovido--; y también oí la letra

de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me

iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que

me decían al oído los cascabeles de la _gorra_, cuando el viento vino

de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa

lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis

labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando

mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y

amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era

chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil;

me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.

--¿Y qué?--repuse yo impaciente--. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?

--Sí, señor, amo _hermoso_; pero si usted quiere, le diré quién era el

hombre que cantaba.

Creí que iba a abrazar al enano.

--¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más

llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!

Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.

--¡_Diez bolsas_ más llenas que ésta! ¡Qué _demonio_! ¡Eso haría una

_fanega_ llena de pesos con el retrato _del rey Luis quince_, tantos

cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada

Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer _buenos doblones_!

Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano.

Acuérdese usted, _señor_, de las últimas palabras de la canción: “Tú

eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la

noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los

dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo

día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su

humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso

que usted mismo, _señorito_. Yo soy el producto de la unión del día

y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción

española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más

hermoso que usted, _si usted lo quiere_; yo soy más hermoso que un

blanco...

Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de

risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:

--¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que

hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?

--Exactamente, mi amo--repuso el bufón con una mirada maliciosa--.

¡Claro está que el _hombre_ que llegó a cantar tales _extravagancias_,

como usted las llama, ni podía ser ni es sino un loco como yo! Así me

gané _las diez bolsas_.

Ya tenía el brazo levantado para castigar la insolente bufonada del

esclavo emancipado, cuando de repente resonó en el bosque un grito

agudo hacia el lado de la glorieta: era la voz de María. Me lancé en

aquella dirección, corrí, volé, soñando en la nueva desgracia que

pudiera amenazarme, y llegué a la glorieta falto de aliento. Allí, un

espectáculo horrible me aguardaba. Un enorme caimán, con el cuerpo

medio escondido entre los juncos de la orilla, asomaba la monstruosa

cabeza por los arcos de verdes ramas que sostenían el techo del

cenador. Su boca, entreabierta y medrosa, amenazaba a un negro, joven

y de estatura colosal, que con un brazo sostenía a la amedrentada

doncella, mientras con el otro metía con arrojo el hierro de un hacha

de carpintero entre las aceradas quijadas del monstruo. El caimán

luchaba enfurecido contra aquella mano audaz y robusta que le tenía

sujeto. Al instante de aparecer yo en el umbral de la glorieta, soltó

María un grito de júbilo, se arrancó de los brazos del negro y vino a

caer a mis plantas, exclamando:

--¡Ya estoy salva!

A este movimiento, a estas palabras de María, el negro se volvió con

ímpetu, cruzó los brazos sobre el hinchado seno y, clavando sobre mi

esposa prometida una mirada de dolor, se quedó inmóvil y como sin

apercibirse de que el caimán, cerca de él y desembarazado ya del hacha,

iba a devorarle. Perdido estaba sin recurso el intrépido negro si,

poniendo con prontitud a María en brazos de su nodriza, que más muerta

que viva permanecía sentada en el banco, no me hubiese yo aproximado

al monstruo y le hubiera descargado en la boca, que tenía abierta, el

tiro de mi carabina. El animal, herido, abrió y cerró por dos o tres

veces aún las quijadas llenas de sangre y los ojos empañados; pero esto

no fué más que un movimiento convulsivo, y de repente se tendió con

gran estrépito sobre el lomo, estirando sus patas gruesas y escamosas,

y quedó muerto. El negro, a quien acababa de salvar tan felizmente,

volvió la cabeza y contempló los últimos estremecimientos del monstruo;

clavó en seguida los ojos en tierra, y alzándolos despacio hacia María,

que había acudido a refugiarse en mis brazos para disipar el vestigio

de sus temores, me dijo, en un tono de voz que indicaba aún más que la

desesperación:

--_¿Por qué le has muerto?_

Y luego se alejó precipitado, sin aguardar mi respuesta, y se ocultó

entre la espesura de los árboles.

IX

Aquella terrible escena, aquel extraordinario desenlace, las emociones

de toda especie que habían precedido y acompañado a mis inútiles

pesquisas en el bosque, se combinaron para lanzar en el caos mi

fantasía. María estaba aún con los sentidos paralizados por el susto,

y largo tiempo se pasó antes de que pudiésemos manifestarnos nuestros

incoherentes pensamientos, a no ser en miradas y abrazos. Al cabo, yo

rompí el silencio diciendo:

--Ven, María; salgamos de este lugar, que tiene algo de funesto.

Ella se levantó con ansia, cual si solo hubiera aguardado mi permiso,

y, cogiéndome del brazo, nos alejamos de allí. Entonces le pregunté

cómo le había llegado el socorro milagroso de aquel negro en el momento

del horroroso peligro que acababa de correr, y si sabía quién fuese

aquel esclavo, pues el grosero vestido, que apenas tapaba su desnudez,

anunciaba bien claro su ínfima condición.

--Ese hombre--respondió María--es, sin la menor duda, alguno de los

esclavos de mi padre que estaba trabajando a orillas del río cuando

apareció el caimán y me hizo arrojar el grito que te dió aviso de mi

peligro. Lo único que sabré decir es que en aquel mismo instante se

lanzó del bosque para acudir en mi ayuda.

--¿Y de qué lado vino?--le pregunté.

--Del opuesto al lado de donde salía la voz un momento antes, y por

donde acababas tú de meterte entre los árboles.

Esta circunstancia contrariaba el enlace, que no había podido menos

de buscar mi ánimo, entre las postreras palabras en español que me

dirigió el negro y la canción en el mismo idioma que cantaba mi rival

desconocido. Otros puntos de semejanza se me habían ya igualmente

presentado a la memoria. Aquel negro, de estatura casi gigantesca

y dotado de fuerzas tan prodigiosas, podía muy bien ser el robusto

adversario que me venció en la lucha de la noche anterior; la

circunstancia de estar medio desnudo se convertía así en un indicio

evidente. El cantor de la selva había dicho: “Yo soy negro...”, nueva

prueba. Se había anunciado por rey, y éste no era más que un esclavo;

pero recordé, no sin asombro, el aire de fuerza y majestad grabado

en sus facciones, en medio de los signos característicos de la raza

africana; el brillo de sus ojos; la blancura de los dientes, que tanto

resaltaba en su piel azabachada; lo ancho de su frente prodigiosa,

sobre todo para un negro; la soberbia desdeñosa que lucía en el espesor

de sus labios y narices, y que inspiraba a sus facciones tanta fiereza

y poderío; la nobleza de su porte; la belleza de sus formas, que si

bien adelgazadas y abatidas con el cansancio de un trabajo cotidiano,

todavía ostentaban un desarrollo casi hercúleo; recordé, repito, en

su conjunto grandioso, el aspecto de este esclavo, y conocí que bien

pudiera convenirle a un rey. Entonces, cavilando sobre esta porción

de indicios, mis conjeturas se fijaban con ira en el insolente negro

y quería mandarle buscar para castigarle... y luego todas mis dudas

renacían. A decir verdad, ¿cuál era el fundamento de mis sospechas?

Como la isla de Santo Domingo pertenecía en gran parte a España,

resultaba de aquí que infinitos negros mezclaban en su lenguaje el

idioma español, ya que hubiesen pertenecido primitivamente a colonos

de Santo Domingo, ya que hubiesen nacido en su territorio. Y porque

aquel esclavo me hubiese hablado unas cuantas palabras en la misma

lengua, ¿era esto suficiente, por ventura, para darle por autor de una

canción que exigía, a mi entender, un grado de cultura enteramente

desconocido de los negros? En cuanto a la singular queja que profirió

porque hubiese yo muerto al caimán, anunciaba, es verdad, hastío de la

vida; pero nada más fácil de comprender en la condición de un esclavo,

sin acudir, a buen seguro, a la hipótesis de un amor imposible hacia

la hija de su propio amo. Su presencia en la arboleda de la glorieta

pudo muy bien ser casual, y su fuerza y estatura distaban mucho de ser

señales suficientes para cerciorarme de su identidad con mi antagonista

nocturno. ¿Y por tan débiles indicios había de cargarle ante mi tío de

tan terrible acusación y de entregar al implacable encono de su orgullo

a un mísero esclavo que mostró tanto valor por defender a mi María...?

En el momento que semejantes ideas iban apaciguando mi cólera, María

las disipó enteramente diciéndome con aquella voz tan dulce a mis oídos:

--¡Leopoldo mío! ¡Cuánta gratitud debemos a ese buen negro! Sin él

estaba perdida, y hubieras llegado tú demasiado tarde.

Estas pocas palabras tuvieron un efecto decisivo. No alteraron mi

intento de buscar al negro que había salvado a María; pero cambiaron,

sí, el objeto de mis pesquisas: antes fuera para imponer castigo;

ahora, para dar una recompensa.

Mi tío supo de mí que debía a uno de sus esclavos la vida de su hija,

y me prometió su libertad si lograba reconocerle entre el tropel de

tantos desgraciados.

X

Hasta aquel instante, la índole de mi carácter me había alejado de los

lugares donde estaban los negros al trabajo, porque me era demasiado

penoso ver padecer a mis semejantes sin poder aliviarlos; pero cuando,

a la mañana siguiente, me propuso mi tío acompañarle en su visita de

ronda, lo acepté con ansia, en la esperanza de encontrar entre los

trabajadores al libertador de mi adorada María.

En este paseo alcancé a conocer cuán poderosa es la mirada del señor

sobre su esclavo; pero, al mismo tiempo, ¡cuán caro se compra todo este

poderío! Los negros, trémulos al aspecto de su amo, redoblaban en

nuestra presencia su actividad y sus esfuerzos; mas ¡oh, y qué de odio

no se encubría bajo aquel temor!

De condición irascible, estaba ya mi tío próximo a irritarse de que

le faltara pretexto para ello, cuando Habibrah, su asiduo compañero,

le hizo reparar en un negro que, rendido de cansancio, dormía a la

sombra de unas palmas. Mi tío corrió luego hacia aquel desgraciado, le

despertó con aspereza y le mandó volver a su tarea sin demora. El negro

se levantó asustado, y al levantarse dejó ver un rosal de Bengala,

que mi tío cuidaba con esmero, y sobre el cual se había acostado por

olvido. El delicado arbusto estaba perdido, y el dueño, ya irritado

de la pereza, como él decía, del esclavo, se puso furioso con esta

nueva vista. Frenético, tomó el látigo armado de correas con puntas de

hierro, que llevaba siempre en sus paseos a la cintura, y alzó el brazo

contra el infeliz negro, postrado de rodillas. No descargó, empero, el

golpe; jamás podré olvidar aquel momento. Otra mano robusta detuvo de

repente la mano del blanco, y un negro--el mismo que yo buscaba--, le

dijo en francés:

--Castígame, pues acabo de ofenderte; pero no hagas daño a mi hermano,

que tan sólo tocó a tu rosal.

La intervención inesperada del hombre a quien debía yo la salvación

de María, su gesto, sus miradas, el eco imperioso de su voz, me

hirieron cual un rayo. Pero su generosa imprudencia, lejos de hacer

avergonzarse a mi tío, sirvió tan solo de acrecentar su cólera y

traspasarla del delincuente a su defensor. Exasperado, se soltó de

brazos del negro gigante, y, colmándole de amenazas, alzó de nuevo el

látigo para azotarle. Esta vez le arrancaron el látigo de la mano. El

negro rompió el mango lleno de clavos como puede romperse una paja,

y holló bajo sus pies aquel vil instrumento de venganza. Estaba yo

inmóvil de sorpresa, y mi tío, de ira; era para él una cosa inaudita

el ver su autoridad así menospreciada: los ojos estaban como prontos

a saltar de su órbita, y los lívidos labios se estremecían con un

movimiento convulsivo. El esclavo le contempló un instante con sosiego,

y en seguida, alargando con dignidad una hoz que empuñaba en sus manos:

--Blanco--le dijo--, si deseas pegarme, toma siquiera esta hacha.

Mi tío, fuera de sí, hubiera sin duda accedido a la súplica, y se

precipitaba sobre el instrumento de muerte, cuando yo intervine a mi

vez. Me apoderé con prontitud de la hoz y la arrojé en el pozo de una

noria vecina.

--¿Qué haces?--preguntó mi tío con arrebato.

--Ahorrarle a usted--le respondí--el pesar de injuriar al defensor de

su hija. Este es el esclavo a quien le debemos la salvación de María, y

para el que tengo obtenida promesa de libertad.

El momento no era a propósito para recordar promesas semejantes, y mis

palabras apenas hicieron el menor efecto en el ánimo enconado de su

autor.

--¡Su libertad!--me replicó con aire sombrío--. Sí, merece el término

de su cautiverio. ¡La libertad! Ya veremos de qué especie es la que le

concede el consejo de guerra.

Tan fúnebres palabras me helaron de espanto, y en vano María y yo

reunimos nuestros ruegos. El negro que por su descuido había ocasionado

esta escena fué azotado, y a su defensor le condujeron a los calabozos

del castillo de Galifet, inculpado de alzar la mano contra un blanco,

crimen que del esclavo a su señor trae consigo la pena capital.

XI

Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían

avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer

indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó

relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros

manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él

mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había

nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban

que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas

de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio

que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los

negros _criollos_, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo

común el más profundo desprecio hacia los negros _congos_, expresión,

impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la

colonia a todos esclavos traídos del Africa.

Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza

extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente

inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más

tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió

despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por

libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o

por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la

veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que

les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa

secreta: era una especie de culto.

--Lo que hay de más extraño--me decían--es el verle tan blando y llano

de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo

y orgulloso con los _capataces_ de nuestras cuadrillas.

Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados,

eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena

de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de

su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer

maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo,

que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le

arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había

osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían

amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar

la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si

en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre

extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de _Pierrot_.

XII

Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras

María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi

entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me

determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los

medios de hablarle.

Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados

más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul.

El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de

un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un

suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el

comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve

la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo

tanto, a sacrificarse por mí...

En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.

--Lo han adivinado, señores--repuso el capitán--; y ahora les será

fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en

el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para

visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío,

encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su

siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban

entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por

Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me

entré adentro.

El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer

erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en

seguida y vino hacia mí gruñendo.

--_¡Rask!_--gritó el negro.

Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde

acabó de devorar algunos miserables alimentos.

Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido

calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a

distinguir quién yo fuese.

--Estoy pronto--me dijo con tono sereno.

Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:

--Estoy pronto.

--Yo creía--le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos--que

tenías grillos.

La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla.

Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido

metálico, y respondió:

--¡Los grillos! Los he roto.

Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que

daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”

Yo repuse:

--Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.

--Yo le he dado entrada--replicó.

A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba

cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya,

que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos

barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque,

levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía,

movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la

claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta

piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos

hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos

y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.

La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por

la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto

como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó

con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de

mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de

doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por

un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía,

cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior

sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como

a un desconocido, diciendo:

--Puedo vivir aún dos días sin comer.

Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su

aspecto, y él prosiguió:

--Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera

agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre _Rask_. Más

vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, de cualquier

modo he de morir.

--¡No!--exclamé--. ¡No perecerás tú de hambre!

No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:

--Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero

siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que

pido es que no se le haga daño a _Rask_.

Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase _estoy

pronto_. Acusado de un crimen que se castigaba con pena de muerte,

creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, dotado

de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño _Estoy pronto_,

cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.

Bug-Jargal · 第 2 / 14 段