--Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron

COLECCIÓN UNIVERSAL

VICTOR HUGO

Bug-Jargal

NOVELA

Traducción de D. Alcalá Galiano,

revisada y corregida.

[Illustration]

MADRID-BARCELONA

MCMXX

ES PROPIEDAD

Copyright by Calpe, 1920.

Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA.

_“Estamos aniquilados todos”, decía Alejandro Dumas hablando del autor

de_ Marion Delorme; _y lo decía sin conocer de él más que este drama,

estrenado en 1831, seis años después de la aparición de_ Bug-Jargal.

_Por entonces era ya célebre Víctor Hugo. Su popularidad fué creciendo

tan rápidamente, que poco después desaparecían en breves días las

copiosas ediciones de sus libros; cualquier trabajo suyo, por

insignificante que fuera, despertaba general interés; en los últimos

tiempos de su vida, el pedestal de su fama había alcanzado toda la

altura que puede soñar un poeta._

_Víctor Hugo nació en 1802. Su existencia fué una lucha constante

contra todo: contra el teatro clásico, primero; contra la política

de su tiempo, después. Este proceder agresivo valió al gran

novelista la hostilidad de una legión de adversarios que combatieron

encarnizadamente sus ideas y su literatura, acusándolo de pueril y de

ridículo. El infortunio también se cebó en él: vió morir a sus hijos,

sufrió miserias y persecuciones, fué desterrado y escarnecido; pero

siguió trabajando impertérrito hasta vencer todos los obstáculos que

el Destino y la Envidia pusieron en su camino. Murió el 22 de mayo

de 1885, cargado de años y de obras, glorificado y aplaudido por sus

partidarios, cuyo inconsciente entusiasmo le fué, en varias ocasiones,

tan perjudicial como los ataques de sus enemigos._

_Cuando compuso la novela que publicamos en este tomito, Hugo tenía,

según él mismo nos dice, diez y seis años. Había apostado con unos

amigos que escribiría un volumen en dos semanas. Así nació_ Bug-Jargal,

_relato basado en la insurrección de los esclavos de Santo Domingo,

en 1791, y lleno, como todos los suyos, de vigor y de vida. Estaba

destinado a formar parte de una obra de mayor extensión, que no llegó

a publicar. No es ésta la única que Víctor Hugo dejó en proyecto; lo

mismo hizo con_ Quiquengrogne, _siempre prometida, nunca comenzada_.

_En esta novela puede verse palpablemente aquella atracción que nuestro

país ejercía sobre el genial poeta, hija, tal vez, de las impresiones

recibidas de pequeño durante el viaje que hizo a España en compañía de

su padre, general del Imperio._

_Conviene notar que tiene cierto parentesco, en nuestra opinión no sólo

físico, el deforme obí de_ Bug-Jargal _con Han de Islandia, Quasimodo y

El hombre que ríe. Víctor Hugo, como Velázquez, era aficionado a pintar

seres monstruosos._

_El lector encontrará noticias más concretas acerca de esta novela en

los prólogos que el autor puso al frente de su obra._

_La versión que le ofrecemos es la que en 1841 publicó D. Dionisio

Alcalá Galiano. A pesar de que su estilo resulta algo prolijo, quizá

por un exceso de purismo, tiene esta traducción el valor de las cosas

hechas a conciencia. Se ve que Alcalá Galiano trabajó con cariño,

esforzándose en encontrar el vocablo exacto, la frase adecuada, cosa

que no siempre ha conseguido. A veces yerra en la interpretación de

una palabra, emplea giros anticuados, suprime un párrafo u omite una

nota. Hemos procurado subsanar estos ligeros descuidos y enmendar

las numerosas erratas y faltas de ortografía de la edición de 1841

cotejándola con el texto francés._

J. R.

PRIMERA EDICION

ENERO DE 1826

El episodio que vais a leer, cuyo fondo está tomado de la rebelión

de los esclavos de Santo Domingo en 1791, tiene cierto aire de

circunstancia que hubiese bastado para que el autor no pudiera

publicarlo. Sin embargo, habiendo sido ya impreso y distribuído un

corto número de ejemplares de un bosquejo de este opúsculo en 1820, en

una época en que la política del día se ocupaba muy poco de Haití, es

evidente que si el asunto que trata ha tomado luego mayor interés, el

autor no tiene la culpa. Los acontecimientos se han conciliado con el

libro y no el libro con los acontecimientos.

Sea como sea, el autor no pensaba sacar esta obra de la penumbra en que

estaba como sepultada; pero al saber que un librero de la capital se

proponía reimprimir su anónimo boceto, se ha creído en la obligación de

evitar esta reimpresión poniendo él mismo al día su trabajo revisado y

en cierto modo rehecho, precaución que ahorra una molestia a su amor

propio de autor, y al susodicho librero una mala especulación.

Habiendo sabido varias personas distinguidas que, ya como colonos, ya

como funcionarios, estuvieron interesadas en los disturbios de Santo

Domingo, la próxima publicación de este episodio, han tenido gusto

en prestar espontáneamente al autor materiales tanto más preciosos

cuanto que en su mayoría son inéditos. El autor les atestigua aquí

su agradecimiento. Tales documentos le han sido de gran utilidad

para rectificar lo que el relato del capitán d’Auverney presentaba

de incompleto en lo que se refiere al color local y de falso en lo

relativo a la verdad histórica.

En fin, debe también advertir a los lectores que la historia de

_Bug-Jargal_ no es más que un fragmento de una obra más extensa, que

habría de ser titulada _Contes sous la tente_. El autor supone que,

durante las guerras de la revolución, varios oficiales franceses

conciertan entre sí ocupar alternativamente las largas noches del

vivac en el relato de alguna de sus aventuras. El episodio que aquí se

publica formaba parte de esta serie de narraciones; puede ser separado

sin inconveniente; además, la obra de que debía formar parte no está

terminada, ni lo estará nunca, ni vale la pena de que lo esté.

1832

En 1818, el autor de este libro tenía diez y seis años; apostó que

escribiría un volumen en quince días, e hizo _Bug-Jargal_. A la edad de

diez y seis años se apuesta por todo y se improvisa sobre todo.

Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que _Han de Islandia_.

Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya corregido

y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por muchos

detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus lectores

por hablarle de cosas tan insignificantes.

Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar

por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por

obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de

_Bug-Jargal_; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven en

medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues del

horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un recuerdo

a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en que

abordaba de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros de

Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados en

la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de

batalla.

24 de marzo de 1832.

BUG-JARGAL

I

Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un

tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún

incidente de su vida que mereciese llamar la atención.

--Pero ¿cómo es eso, capitán--le respondió el teniente Enrique--,

cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado

usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola,

capitán; ahí tiene usted su perro cojo.

D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito

hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme

perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.

El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no

hizo alto.

El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales

de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus

pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y

moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:

--Vamos, _Rask_, vamos.

Por fin, volviendo en sí, exclamó:

--Pero ¿quién te ha traído?

--Con licencia, mi capitán...--dijo el sargento Tadeo, que había

levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con

el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos

al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la

_Odisea_.

Por fin se aventuró a soltar estas palabras:

--Con licencia, mi capitán...

Y D’Auverney levantó la vista.

--¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro!

Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste,

dime?

--Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento

como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella

relación: “_Cornu_, un cuerno; _cornu_, de un cuerno...”

--Pero, vamos, dime: ¿dónde le encontraste?

--No le encontré, mi capitán, que le fuí a buscar.

El capitán se puso en pie y le alargó al sargento la mano; pero, en vez

de hacer lo mismo, el sargento se quedó con la suya metida dentro del

capote. El capitán ni lo reparó.

--La cosa es, mi capitán, que desde que se perdió el pobre _Rask_

parecía, con licencia, que le faltaba a usted alguna cosa; y, hablando

claro, la noche que no vino, como solía, a comer conmigo el pan de

munición, en poco estuvo que el viejo de Tadeo no se pusiera a llorar

como un chiquillo. Pero no, a Dios gracias, que no me han visto llorar

sino dos veces en mi vida: la primera, cuando... el día que...--y el

sargento miró a su amo con sobresalto--; la segunda, el día que al

pícaro del cabo Baltasar se le ocurrió hacerme pelar un manojo de

cebollas.

--Se me figura, Tadeo--contestó Enrique riéndose--, que se te quedó en

el tintero el decir por qué lloraste la primera vez.

--¿Sin duda sería cuando te dió un abrazo Latour d’Auvergne, el primer

granadero francés?--preguntó con tono afectuoso el capitán, sin parar

de hacer caricias al perro.

--No, mi capitán; si el sargento Tadeo pudo llorar, usted mismo

debe confesarnos que no pudo ser sino el día que mandó _fuego_ para

Bug-Jargal, por otro nombre Pierrot.

Todas las facciones del capitán se anublaron, y acercándose con ímpetu

al sargento, quiso apretarle la mano; pero, a pesar de tamaño honor, no

sacó Tadeo el brazo del capote.

--Sí, mi capitán--prosiguió, dando algunos pasos atrás, mientras

D’Auverney le echaba una mirada dolorosa--; aquella vez lloré porque él

lo merecía. Es verdad que era negro; pero también la pólvora es negra,

y... y...

El buen sargento hubiese preferido salir con honra del atolladero de su

comparación, porque había algo que halagaba su fantasía en este símil;

pero habiendo probado inútilmente a expresarse, y después de embestir,

por decirlo así, con su idea por todos los frentes, hizo lo que hacer

suele el general de un ejército delante de alguna fortaleza: levantó

el sitio y continuó su jornada, sin hacer alto en la sonrisa de los

oficiales.

--Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó

a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando

sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque

mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus

propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!,

¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y

luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar

en un baile? Y cuando su perro, este mismo _Rask_ que tenemos aquí,

comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...

--Por lo general, Tadeo--le interrumpió el capitán--, no solías dejar

pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a _Rask_; repara

y cómo te mira.

--Tiene su merced razón, mi capitán--respondió Tadeo, algo cortado--;

el pobre _Rask_ me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida me ha

dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.

--Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?--preguntó D’Auverney

sorprendido y reparando por la vez primera en el brazo envuelto entre

el capote y en la palidez de Tadeo.

La confusión del sargento subió de punto.

--Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un

perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.

El capitán dió un salto desde su asiento.

--¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco,

Dios mío!

Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio

de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo

ensangrentado.

--¡Ah, Dios mío!--tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con

suma precaución el lienzo--. Pero, Tadeo, explícame...

--Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza de

usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre _Rask_, al

perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y traérmelo, aun cuando

me costara el pellejo, para poder cenar con apetito. Por eso, después

de haber recomendado a Mathelet, su asistente de usted, que cepillase

con cuidado el uniforme de gala para la gran acción de mañana, me salí

a la calladita del campamento, sin más arma que mi sable, y me metí

por entre las cercas, para llegar antes adonde están los ingleses.

Todavía no había yo llegado ni a la primer línea de parapetos, cuando,

con licencia, mi capitán, reparé en un corro de casacas coloradas que

estaban en un bosquecillo, hacia la izquierda. Como no hacían alto en

mí, me acerqué para ver mejor, y lo primero que descubrí fué a _Rask_,

atado a un árbol en medio de ellos, mientras dos milores, en cueros

como los herejes, se estaban repartiendo sobre las costillas unos

puñetazos que hacían más ruido que la tambora de nuestro regimiento.

Eran dos señores ingleses, que probablemente se habían desafiado por

vuestro perro; pero _Rask_, que me conoció, dió de repente un estrechón

tal, que rompió la cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos estaba el

tunante corriendo tras de mí. Ya puede usted figurarse que los otros

no se estuvieron quietos. Yo me zambullí entre las matas, y _Rask_

siguiéndome, mientras alrededor de nosotros silbaba una nube de balas.

_Rask_ se puso a ladrar en respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron

oír a causa de sus gritos de _french dog_, _french dog_, como si el

perro no fuera de la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos

saltado por encima de los cercados y me creía ya en salvo cuando se

nos ponen delante dos de los colorados. Con el sable me zafé de uno de

ellos, y lo mismo hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una

pistola cargada con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no

importa: el _french dog_ le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo

antiguo, y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino

a tierra degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por

fin, aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y _Rask_ con él. Mi única

pesadumbre es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla

de mañana. Conque... se acabó.

Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber

recibido su herida en una batalla.

--¡Tadeo!--exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con

más blandura--: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?

--No fué por un perro, mi capitán; fué por _Rask_.

El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió

en su discurso:

--Fué por _Rask_, por el perro de Bug...

--Basta, basta, Tadeo--dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una

mano--. Vamos--añadió después de un breve silencio--, apóyate sobre mí

y vamos al hospital.

Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el

perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar

su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y

les fué siguiendo a entrambos.

II

Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los

bulliciosos espectadores.

El capitán Leopoldo d’Auverney era uno de aquellos hombres que, sea

cual fuere el escalón en que el acaso de la suerte o el remolino de

la sociedad los haya colocado, inspiran siempre cierta especie de

respeto mezclado de afecto. Quizá nada ofrecía de notable a primera

vista: sus modales eran fríos y sus miradas indiferentes. El sol de los

trópicos, aun cuando le tostó el cutis, no le había inspirado aquella

viveza de gestos y palabras que suele hermanarse en los criollos con

cierto abandono, a menudo lleno de gracia. D’Auverney hablaba poco,

escuchaba rarísima vez y siempre se mostraba pronto a obrar. El primero

en montar a caballo, el postrero en volver al pabellón, parecía como si

buscase en las fatigas personales un amparo contra sus pensamientos.

Estos pensamientos, que habían estampado su melancólica y severa

huella en las precoces arrugas de su frente, no eran de aquella clase

que se alivian con el desahogo de una confianza, ni eran de aquellos

tampoco que se evaporan en una frívola conversación y se confunden

gustosos con las ideas ajenas. Leopoldo d’Auverney, cuyo cuerpo no

alcanzaban a rendir las penosas tareas de la guerra, manifestaba una

aversión y cansancio inconcebibles en cuanto suele llamarse ejercicios

de la fantasía. Huía de las disputas con tanto anhelo como buscaba

las batallas, y si a veces se dejaba arrastrar hasta tomar parte en

algún debate, soltaba tres o cuatro palabras llenas de grave juicio

y profundas razones, y luego, en el momento mismo de convencer a su

adversario, se paraba, exclamando: “¿De qué sirve...?”, y se salía

para pedirle al comandante algo en que entretener el tiempo, ínterin

llegaba la hora de la carga o del asalto.

Sus camaradas excusaban su porte seco, reservado y taciturno, porque en

toda ocasión le encontraban bueno, valiente y bondadoso. Había salvado

la vida de muchos, con peligro de la suya propia, y era sabido que, si

rara vez abría la boca, su bolsa, al menos, nunca estaba cerrada. Era

querido en el ejército, y hasta le perdonaban el hacerse respetar, por

decirlo así.

Sin embargo, era aún joven: treinta años aparentaba, y en realidad

estaba aún lejos de tenerlos. Aun cuando hacía ya algún tiempo que

combatía en las filas republicanas, todos ignoraban sus aventuras; y el

único ente que, aparte de _Rask_, podía arrancarle alguna señal de vivo

interés, era el sargento veterano Tadeo, que había entrado a la par en

el regimiento, que nunca se le separaba del lado y que solía contar de

una manera confusa algunas circunstancias de su vida. Sabíase, pues,

que D’Auverney había experimentado en América grandes desgracias, y

que, casado en Santo Domingo, había perdido a su mujer y su familia

entera entre los horrores de la revolución que dió por tierra con

aquella magnífica colonia. En aquella época, los infortunios de esta

clase se habían hecho tan comunes que se había formado una especie

de fondo de compasión general, en que cada uno metía y sacaba su

parte; de modo que si el capitán D’Auverney excitaba lástima en grado

algo extraordinario, no tanto era por las pérdidas que había sufrido

cuanto por su manera de sobrellevarlas. En efecto, al través de su

glacial indiferencia no fuera difícil rastrear a veces los movimientos

convulsivos que procedían de una llaga secreta, pero incurable.

Así que principiaba el combate se serenaba su rostro. En la pelea se

mostraba tan intrépido cual si aspirase a ser general; después de la

victoria, tan modesto cual si se contentara con ser mero soldado. Sus

camaradas, al ver semejante desdén de los grados y honores, no podían

alcanzar por qué antes de la acción parecía desear algo con ansia, y no

comprendían que, de todos los azares de la guerra, la muerte tan sólo

era lo que D’Auverney apetecía.

Los representantes del pueblo en el ejército le nombraron un día jefe

de batallón sobre el campo de batalla; pero rehusó admitirlo porque,

saliendo de la compañía, le hubiera sido forzoso separarse del sargento

Tadeo. Algunos días después se ofreció de voluntario para el mando de

una expedición arriesgada, de donde regresó en salvo contra la creencia

general y contra sus propios deseos. Entonces se le oyó arrepentirse

de no haber aceptado el grado ofrecido, porque “los cañones

enemigos--decía--siempre me respetan; y la guillotina, que hiere a

cuantos descuellan sobre el común nivel, quizá se hubiese acordado de

mí”.

III

Tal era el carácter del personaje, sobre el cual, al salir de la

tienda, se entabló la conversación siguiente:

--Apostaría--dijo el teniente Enrique, limpiándose sus botas de

tafilete encarnado, que el perro manchó de lodo al pasar--, apostaría a

que el capitán no daba la pata coja de su perro por aquella docena de

canastas de vino de Madera que vimos el otro día en los furgones del

general...

--Vaya, vaya--contestó de broma el ayudante de campo Pascual--; eso

sería mal negocio, porque las canastas no tienen a la hora esta nada

dentro, que yo puedo dar testimonio. Por consiguiente--añadió con suma

seriedad--, ustedes convendrán en que treinta botellas vacías no valen

la pata del perro, que al fin y al cabo pudiera muy bien servir para

mango de un cordón de campanilla.

El auditorio soltó la risa por el tono solemne con que el ayudante

pronunció las últimas palabras; pero Alfredo, el oficial de húsares,

único que no participó de la broma, tomó un aire de descontento.

--No veo, señores--dijo--, qué motivo de risa hay en lo que acaba

de pasar. Este perro y este sargento, que andan siempre pegados a

D’Auverney desde que le conozco, me parecen muy capaces de excitar

interés. Por fin, esta escena...--Pascual, picado tanto de la seriedad

de Alfredo cuanto de la burla de los restantes, le interrumpió diciendo:

--¡Ah! Eso sí: la escena es muy sentimental; pues vaya, ¡encontrar un

perro y quebrarse el brazo!...

--Capitán Pascual, se equivoca usted--le respondió Enrique, arrojando

fuera de la tienda la botella que acababa de vaciar--; ese Bug, por

otro nombre Pierrot, me tiene en mucha curiosidad.

Pascual, que iba a enfadarse de veras, se apaciguó reparando en que le

habían llenado el vaso, y en esto entró D’Auverney y se fué a sentar

en su antiguo puesto, sin pronunciar palabra; estaba pensativo, pero

con el semblante menos agitado, y tan distraído, que nada oía de cuanto

hablaban alrededor suyo. _Rask_, que le acompañaba, se echó a sus pies,

mirándole con sobresalto.

--Mire usted su vaso, capitán D’Auverney; y pruebe éste, que es de lo...

--¡Oh! A Dios gracias--contestó el capitán, figurándosele que acertaba

en responder a Pascual--, la herida no es peligrosa, porque el hueso

está sano.

Sólo el respeto involuntario que inspiraba el capitán a todos sus

compañeros contuvo la carcajada que ya asomaba entre los labios de

Enrique.

--Puesto que ya se ha sosegado usted en lo que toca a Tadeo--dijo

conteniéndose--, y que nos hemos convenido en contar cada cual nuestras

aventuras para distraer esta noche de vivac, espero, querido, que

cumplirá usted su empeño contándonos la historia del perro cojo y la de

Bug... qué sé yo cuántos, aquel peñón de Gibraltar.

A esta pregunta, hecha en tono medio serio, medio de broma, no hubiera

respondido D’Auverney si todos los demás concurrentes no hubiesen

reunido sus instancias a las del teniente. Por fin cedió a tantos

ruegos.

--Voy a complacer a ustedes, señores; pero no esperen otra cosa que la

relación de una anécdota sencilla, en que no represento sino un papel

muy subalterno. Si las relaciones de cariño que existen entre Tadeo,

_Rask_ y yo les han hecho esperar algo de extraordinario, desde ahora

les aviso que se equivocan, y con esto principio.

Reinó entonces de súbito profundo silencio. Pascual se echó de un

trago la calabaza de aguardiente, y Enrique se embozó en su piel de

oso, medio roída, para guarecerse del frío, mientras Alfredo cantaba

medio entre dientes la canción gallega de _La muñeira_. D’Auverney se

quedó pensativo por unos instantes, como para retraer a la memoria

el recuerdo de algunos sucesos, ya casi borrados por impresiones más

recientes, y al fin tomó la palabra lentamente, casi en voz baja y con

frecuentes pausas.

IV

--Aunque nací en Francia, desde muy tierna edad me enviaron a Santo

Domingo, en casa de un tío hacendado, muy rico, de aquella colonia, con

cuya hija estaba resuelto mi enlace por la familia. La habitación de mi

tío estaba situada a las inmediaciones del castillo de Galifet, y sus

fincas se extendían por casi toda la vega del río Acul; y aun cuando el

relato de tales circunstancias lo tengan ustedes quizá por menudencias

insignificantes, de ello dimana principalmente la ruina total de mi

familia.

Ochocientos negros se ocupaban en la labranza de las inmensas fincas de

mi tío, y debo confesar que los males inherentes a la triste condición

de esclavos subían aún mucho de punto por la dureza del carácter de

su amo. Mi tío se contaba entre el número, por fortuna muy escaso, de

aquellos criollos a quienes la práctica prolongada de un despotismo sin

límites había llegado a embotar la sensibilidad del ánimo. Acostumbrado

a verse obedecido al primer indicio de su voluntad o capricho,

castigaba con sumo rigor la menor tardanza o leve muestra de duda por

parte de un esclavo, y a menudo las súplicas interpuestas de sus hijos

servían tan sólo para encender su cólera. Así, pues, teníamos que

contentarnos las más veces con suavizar en secreto los males que no

estaba a nuestro alcance el impedir.

--¡Vaya, y qué bonito está eso!--dijo a media voz Enrique, inclinándose

al oído del oficial más vecino--. Espero que el capitán no dejará pasar

las desdichas de los _ex negros_ sin hacer una disertacioncita acerca

de los deberes que nos impone la humanidad, etcétera, etcétera. Lo que

es en la sociedad patriótica de _Massiac_[1] no escapábamos a menos.

--Gracias, Enrique, por el aviso, que me excusa ponerme en

ridículo--respondió con frialdad D’Auverney, que lo había oído, y en

seguida prosiguió su relación--.

Entre todos sus esclavos, uno solo había conseguido congraciarse

con mi tío, y éste era un enano español, mulato o de los que llaman

cuarterón, que le había regalado lord Effingham, gobernador de la

Jamaica. Mi tío, que había residido por muchos años en el Brasil, había

contraído los hábitos portugueses y gustaba de rodearse de cierto

fausto proporcionado a sus riquezas. Numerosos esclavos, adiestrados al

servicio doméstico como los criados europeos, daban en cierto modo a

su casa un aire de magnificencia cual la de un gran señor, y para que

nada faltase, había conferido al esclavo de lord Effingham el título

de su _bufón_, imitando así a aquellos antiguos barones feudales que

mantenían un _gracioso_ entre el séquito de su corte. Es preciso en

este punto confesar que la elección había sido en extremo acertada.

El mulato Habibrah--que así se llamaba--era uno de aquellos entes

cuya conformación física es tan extraña, que nos horrorizarían como

monstruos si no moviesen antes a risa. Este espantoso enano era bajo,

rechoncho y panzón, y se movía con suma agilidad y rapidez, sostenido

en un par de piernecillas tan sutiles y diminutas que, cuando al

sentarse las encogía, se asemejaban a las patas de una araña. Su enorme

cabeza, macizamente enterrada entre los hombros, estaba cubierta de

un pelo rojizo y crespo y adornada de tan enormes orejas que solían

decir sus compañeros le servían de paño para enjugarse las lágrimas.

Su rostro estaba sin cesar desfigurado por un gesto, sin que jamás

el mismo se repitiese; extraordinaria movilidad de facciones que por

lo menos confería a su fealdad el mérito de ser variada. Mi tío se

le había aficionado a causa de esta poco común deformidad y de su

inalterable alegría, y así, Habibrah era su favorito. Mientras que los

esclavos restantes gemían, sobrecargados de trabajo, toda la faena

de Habibrah estaba reducida a andar detrás de su amo con un inmenso

abanico de plumas para oxear los mosquitos y demás insectos. Mi tío

hacía que comiera a sus pies, sentado en una estera de juncos, y solía

darle en su propio plato los restos de algún manjar preferido. Verdad

es que en pago se mostraba Habibrah muy agradecido a tales bondades;

no ejercía sus privilegios de bufón ni su derecho a hacerlo todo y a

decirlo todo, sino con el objeto de divertir a su amo con mil ridículos

dichos mezclados con extravagantes contorsiones, y al menor gesto de mi

tío, acudía volando con la agilidad de un mono y el aspecto sumiso de

un perro.

Y, sin embargo, yo no podía vencer la repugnancia que me inspiraba

aquel esclavo. Había algo de demasiado rastrero en su condición servil:

porque si la esclavitud no deshonra, el servicio doméstico envilece.

Sentía yo como una especie de benévola compasión hacia aquellos negros,

a quienes veía trabajar todo el día sin descanso y sin que apenas

una miserable vestidura encubriese sus grillos; pero el disforme

saltimbanco, el esclavo holgazán, con su ridículo ropaje, entreverado

de galones y matices y salpicado de cascabeles, no me inspiraba sino

desprecio. Además, el enano no aprovechaba como buen compañero el favor

que le granjeaban sus bajezas. Nunca había implorado un perdón del amo,

que con tanta frecuencia y severidad castigaba; y aun cierto día que

se creyó a solas con mi tío, se le oyó exhortarle a que redoblase su

rigor contra los infelices negros. Con todo, los otros esclavos, que

hubieran debido mirarle con celos y desconfianza, no le daban muestras

de odio, sino antes bien les inspiraba una especie de temor respetuoso

que en nada se asemejaba a enemistad; y cuando le veían pasar por entre

sus chozas, con su gorra en hechura de cucurucho, adornada en la punta

de cascabeles y toda pintorreada de estrambóticas figuras trazadas con

tinta roja, decían entre sí y a media voz: “Es un _obí_[2].”

Estos pormenores, sobre los cuales llamo ahora su atención, señores,

me ocupaban muy poco en aquella época. Entregado por entero a las

puras emociones de un amor, a que nada debiera, al parecer, poner

obstáculo; de un amor nacido desde la infancia, y también desde ella

correspondido por la mujer que me estaba destinada, apenas concedía

una mirada indiferente a cuanto no era María. Acostumbrado desde la

más tierna edad a considerar como mi futura esposa a aquella que en

cierto modo era ya mi hermana, se había establecido entre nosotros

una especie de tierno cariño, cuya índole no se podrá comprender aun

cuando diga que nuestro amor era una mezcla de fraternal abnegación,

de exaltadas pasiones y de conyugal confianza. Pocos hombres han sido

más felices que yo en sus primeros años; pocos han sentido abrirse

el capullo de su alma a las emociones de la vida bajo una atmósfera

más serena; pocos en tan deliciosa armonía, de placer para el momento

presente y de halagüeñas esperanzas para el porvenir. Rodeado, casi

desde la cuna, de cuantos deleites procuran las riquezas y de cuantos

privilegios confiere un elevado nacimiento en aquellos países donde

basta con el color del cutis para poseer tal dignidad; pasando mis

días enteros al lado de la mujer en quien cifraba mi amor; viendo este

amor mismo favorecido por nuestros deudos, únicos que hubieran podido

ponerle estorbo; y todo esto en una edad en que la sangre hierve, en

un país donde el estío es perpetuo, donde la naturaleza es hermosa,

¿qué más pudiera combinarse para inspirarme ciega confianza en mi feliz

estrella?, ¿qué más se requiere para poder repetir que pocos hombres

fueron más felices que lo fuí yo en mis primeros años?

El capitán se detuvo por un instante, cual si le faltase aliento para

aquellos recuerdos del pasado deleite, y en seguida añadió con acento

melancólico:

--Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie

pasará en mayor amargura sus últimos momentos.

Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus

desgracias, continuó con acento sereno.

FOOTNOTES:

[1] Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club _Massiac_,

citado por el teniente Enrique, era una sociedad de _negrófilos_ que se

instituyó en París a principio de la Revolución, y que provocó la mayor

parte de las insurrecciones que estallaron entonces en las colonias.

También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven

teniente se burla de los _filántropos_ que aún reinaban en aquella

época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes,

durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se

había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de

cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la

resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la

Convención llamaban “los _señores_ del ejército del Rhin”.

[2] Hechicero en el dialecto de los negros.--N. del A.

V

--En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a

los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791,

para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi

enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de

una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán

vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de

las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban

agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier,

ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo

fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea

_provincial_ del Norte y aquella otra asamblea _colonial_ que usurpó

el título de _general_, juzgando que la palabra _colonial_ olía

demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón

todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por

los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna

opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del

Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del

Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial,

en que mi tío tenía asiento.

Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates

a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel

funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea

Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color

a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los

blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo,

muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que

tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos.

No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al

corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha

dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su

estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:

--Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables

para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.

Esta acusación le irritó a tal extremo que me llamó a un desafío, en el

cual ambos quedamos heridos. Confieso que obré mal en provocarle; pero

lo que se llama las preocupaciones del color no hubieran bastado para

empujarme a este paso. Mas aquel hombre había manifestado la audacia de

elevar sus pensamientos hasta mi prima, y en el momento mismo que le

insulté de manera tan inesperada acababa de bailar con ella.

De todos modos, veía yo con embriaguez adelantarse el momento que

iba a hacerme dueño de María, y permanecía cada vez más ajeno a la

efervescencia, siempre en aumento, que hacía delirar a cuantos estaban

a mi alrededor. Fijos los ojos en mi dicha que se aproximaba, no hice

alto en los terribles y obscuros nubarrones que iban encapotando todo

el ámbito de nuestro horizonte político, y cuyo ímpetu debía, al

descargar, desarraigar todos nuestros destinos. No que aun los ánimos

más perspicaces e inclinados a augurar mal tuvieran ya serios temores

de una revolución de los esclavos, pues se despreciaba demasiado a esta

raza para que inspirase susto; pero existían sí, entre los blancos

y los mulatos libres, gérmenes de un odio más que suficiente para

que al estallar este volcán, por tanto espacio de tiempo comprimido,

envolviese a la colonia entera entre sus escombros.

En los primeros días de aquel mes de agosto, invocado por mis más

ardientes votos, cierto extraño incidente vino a mezclar una inquietud

imprevista con mis tranquilas esperanzas.

VI

Había mi tío mandado levantar a las orillas de un precioso riachuelo,

que bañaba sus tierras, una glorieta de enramada en medio de una

espesa arboleda. Allí solía venir María todas las tardes a respirar la

pura brisa del mar, que se alza diariamente en Santo Domingo durante

la estación más calurosa, y cuya frescura aumenta o disminuye con el

ardor mismo del día; y yo tenía cuidado de adornar todas las mañanas

este asilo con mis propias manos y de depositar en él las más hermosas

flores. Un día María corrió hacia mí, llena de susto, para anunciarme

que, habiendo entrado en la glorieta como de costumbre, encontró,

con terror y sorpresa, arrancadas y pisoteadas por el suelo cuantas

flores había yo colocado por la mañana; y en su vez, un gran ramo de

caléndulas silvestres y recién cogidas puesto en el lugar mismo donde

solía ella sentarse. No había vuelto aún de su sorpresa cuando oyó el

sonido de una guitarra entre los árboles vecinos, y después una voz,

que no era la mía, empezó a entonar con acento suave una canción que le

había parecido española, pero de la cual su turbación, y quizá el pudor

virginal, no le habían permitido entender otra cosa que su nombre, con

frecuencia repetido. Entonces acudió a una huída precipitada, sin que

por fortuna encontrara estorbo.

Este relato me llenó de indignación y celos. Mis primeras sospechas se

dirigieron al _mestizo_ con quien acababa de tener tan serio altercado;

pero en la perplejidad en que me veía, determiné no dar paso alguno

de ligero, y consolé a la pobre María, prometiéndole vigilar por su

seguridad sin descanso hasta que llegara el momento, ya próximo, en que

me fuera lícito protegerla sin disfraz.

Suponiendo, pues, que el atrevido, cuya insolencia había asustado a

María a tal extremo, no habría de contentarse con aquella primera

tentativa para declararle lo que adiviné ser su amor, resolví aquella

misma noche, en cuanto se hubiesen entregado todos al descanso,

ponerme de acecho junto a la porción del edificio donde descansaba mi

prometida. Escondido en la espesura de las cañas de azúcar y armado

de un puñal, me puse en espera y no aguardé largo tiempo en vano.

Hacia la media noche, un preludio melancólico y mesurado, que turbó

de repente el silencio, a pocos pasos de mí, fijó desde luego mi

atención. Semejante ruido obró en el ánimo como una sacudida eléctrica:

¡era una guitarra y estaba bajo las mismas ventanas de María! Furioso

y blandiendo el puñal, me lancé hacia el sitio de donde salían los

sonidos, rompiendo con mis pisadas los frágiles tallos de las cañas,

cuando de repente me sentí agarrar por una fuerza, a mi parecer

prodigiosa, y vine a tierra; el puñal me le arrancaron de las manos y

le vi brillar sobre mis sienes. Al tiempo mismo, dos ojos encendidos

relumbraron entre la obscuridad pegados a los míos, y dos andanadas

de dientes, blancos como el marfil, que pude entrever a través de las

tinieblas, se abrieron para dejar escapar en acento de cólera estas

palabras: _Te tengo, te tengo_[3].

Más atónito aun que temeroso, forcejeaba yo en vano con mi formidable

adversario, y ya la punta del puñal penetraba por mis vestiduras,

cuando María, sobresaltada en su sueño por el sonido de la guitarra

y el tumulto de nuestros pasos y clamores, apareció de súbito a la

ventana. Reconoció mi voz, vió brillar un puñal y lanzó un grito de

dolor y de angustia. Aquel grito penetrante paralizó en cierto modo

el brazo de mi victorioso antagonista; se contuvo cual si le hubiese

vuelto estatua algún hechizo; recorrió incierto por algunos instantes

la superficie de mi pecho con el puñal, y al cabo, arrojándolo de sí,

exclamó en francés:

--No, no, que lloraría ella demasiado.

Al concluír estas palabras, desapareció por entre las cañas, y antes

que yo, magullado por aquella lucha tan extraña y desigual, tuviese

tiempo de incorporarme, ningún rumor, ningún vestigio indicaban o su

presencia o el rastro de sus huellas.

Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer

asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la

existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más

que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de

deberle la vida. En el fondo del negocio--me decía mi amor propio--, a

María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su

voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme

a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que

movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era?

Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras.

No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque

estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su

voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba

desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la

colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos

cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que

pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba

bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién

sería, pues? Determiné callarme y observar.

FOOTNOTES:

[3] Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el lenguaje y la

literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces y frases

en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en letra

bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin

embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho

de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según

es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a

la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos

resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la

irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso

en general para lo sucesivo--N. del T.

VII

María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido

siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la

noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de

tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto

su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un

esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de

no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial,

la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto,

cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin,

de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me

autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras

llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo,

empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de

ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines

de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás

anteriormente.

Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por

mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había

quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que

tenía de costumbre ofrecer a María.

Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué

con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio;

la nodriza vino con nosotros.

María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día

anterior, entró primero en la glorieta.

--Mira, Leopoldo--me dijo--, todo está aquí en el mismo desorden que

lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas

y marchitas; pero lo que me asombra--añadió, cogiendo el ramo de

caléndulas silvestres--, lo que me asombra es que este odioso ramo no

se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece

acabado de coger.

Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto,

mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y

aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi

pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por

mí colocadas.

--Sosiégate--me dijo ella, que percibió mi turbación--; sosiégate, que

es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a

volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.

Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla,

y sin decirle que el que _nunca volvería_ había ya vuelto, le dejé

pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo

que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice

sentarse en silencio entre su nodriza y yo.

Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando

María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son,

debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas,

acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo

preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado

mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.

--Detente, Leopoldo--me dijo a media voz--; repara en que va a cantar y

a decirnos así probablemente quién sea.

Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos

respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en

breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros

tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos

palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi

memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones[4]:

“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna

doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me

escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!

“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas,

que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la

vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión

celeste.

“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se

exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y

mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.

“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos

que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las

regiones de mi patria.

“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!

“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti;

olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la

venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y

delicioso, que tan tardo crece.”

La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas

repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró

un acento de terrible energía.

“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se

mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante

cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.

“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en

el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente

preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al

batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial

en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la

palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel

mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso

cual una real corona y elegante cual una verde caballera.

“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española[5]! ¡Tiembla! ¡No sea que

todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo

sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia

mí como el alegre _kata_, el pájaro de amparo en el desierto, guía

hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento

peregrino.

Bug-Jargal · 第 1 / 14 段