COMIENZA LA TERCERA PARTE

En que se cuentan las razones que podría

haber para que Belisia olvidase los

amores de Torcato; hay en ella algunos

avisos provechosos.

FILONIO.--Grandes son las cosas,

Torcato, que por ti en estos tus amores

han passado. No puedo dexar de haberte

muy gran lástima, aunque tú mesmo has

tenido la culpa de todo tu daño, según

de tus razones se puede haber atendido;

pero muy bien has hecho en no encubrir

ninguna cosa, porque los enfermos que á

los médicos no dan particular cuenta de

sus enfermedades, mal pueden ser curados

dellas; y assí, para que yo y Grisaldo

con nuestros pobres juicios podamos

decirte lo que te conviene y darte el

consejo que mejor nos parezca para que

tu trabajo y passión reciban algún

alivio, convenía que tan enteramente nos

hubiesses informado como con tu larga

relación lo heciste. Y lo primero que

quiero decir es que las mujeres de su

naturaleza son movibles y insconstantes y

sin ninguna firmeza en sus hechos, tanto

que cuando con mayor affición y voluntad

las vieres puestas en alguna cosa, has

de pensar y tener por averiguado que

se mudarán más presto que las hojas

suelen menearse en los árboles, y que

poco viento basta para llevarlas á donde

quisiere; y assí todos los auctores que

escriben dellas lo dicen, y Salomón las

compara al mesmo viento en sus mudanzas.

Belisia era mujer, y en naturaleza y

condición no diferente de las otras,

y assí no me maravillo que haya hecho

lo que las otras hacen, que hacen

mudanza, pues esta es la más principal

condición que tiene la ausencia, y de

aquí nace aquel común proverbio que

dixe: _Cuan lexos de ojos, tan lexos de

corazón_. Si tú estuvieras presente, el

amor se conservara, porque la continua

conversación es causa de acrescentarlo,

y la ausencia de disminuirlo, como por

experiencia lo has conocido.

TORCATO.--Antes en mí he visto al

contrario, porque ninguna cosa por estar

ausente ha mudado mi voluntad, que si

juntamente con la de Belisia se mudara no

tuviera de qué agraviarme.

FILONIO.--Yo fiador, si no se ha mudado,

que ella se mude, si no tomas tú por

punto de honra estar tan firme en ella

que procures permanecer en tu desatino.

TORCATO.--¿Qué llamas desatino? que yo

por muy atinado me tengo en lo que hago,

pues una voluntad tan bien empleada no

debe tan presto mudarse.

FILONIO.--Bien digo yo que tú mesmo no

quieres dar lugar á tu propia salud.

¿Por ventura puedes estar más desatinado

que en querer á quien no te quiere, y

en amar á quien no te ama, y en llamar

á quien no te responde y seguir á quien

anda huyendo de ti, y en tener tan

verdadera fe con quien ninguna tiene

contigo? Esto digo que son desatinos

y locuras, que los hombres debrían

desechar de sus pensamientos y fantasías,

sacudiéndose dellos para ponerse en

libertad y conocer con ella lo que

les conviene; porque á los que están

aficionados, el Amor los tiene ciegos

y sin juicio, ni entienden, ni ven, ni

conocen lo que les está bien ni mal, como

agora tú haces en parecerte que es bien

perseverar en los amores de Belisia,

conociendo della que ninguna fe, ni ley,

ni amor tiene contigo, y que si alguna te

mostró en algún tiempo no era verdadera

sino fengida para engañarte, y si lo fué,

que era tan poca que cualquiera causa

por pequeña que fuese bastó para que te

olvidase, no se acordando del amor tan

verdadero que tenía y mostraba.

TORCATO.--Lo que mayor pena me da es no

saber essa causa, para juzgar si tuvo

razón en lo que conmigo ha usado.

GRISALDO.--Ninguna habría que á ti te

pareciese bastante porque no te pudiese

condenar por ella á ti mesmo.

TORCATO.--No estoy tan fuera de razón que

me quitase el buen juicio, aunque fuesse

contra mí, pues no es menos el amor que

tengo á la mi Belisia; pero no veo cosa

que bastase para el desamor que muestra

tenerme, que por mi parte no ha habido

falta ninguna para la mudanza que ha

hecho.

FILONIO.--Si por tu parte no la ha

habido, por la suya había tantas que

basten para quitarla de culpa cuanto á ti

te parecerá tener la mayor por ellas.

TORCATO.--Por tu fe, Filonio, que tú me

las digas, pues yo no las alcanzo ni

entiendo.

FILONIO.--Ya yo te dixe que la primera

de todas es ser mujer, á quien es propio

y natural no permanecer en un ser mucho

tiempo, y si alguna cosa las detiene más

de lo que por su voluntad lo harían, es

el interese de los servicios, los cuales

tú no heciste, según has confessado,

y assímesmo tú me has confessado que

conociste ser servida y secuestrada de

otros pastores y zagales, que con grande

agonía procuraban ganarle su voluntad,

y estando tú presente tuvieras mucho

que hacer en entretenerla para no ser

vencida, mira cómo podrás hacerlo estando

ausente tanto tiempo, que por ventura

tendrá ya perdida de ti la memoria como

si nunca te hubiera conocido.

TORCATO.--Propiedad es de las mujeres la

que me has dicho; pero no confesaré yo

de Belisia esse pecado, que porque en mí

conociese el grande y verdadero amor que

le tenía y por él me diese los favores

que os he contado, los cuales casi

fueron sin perjuicio de su honestidad,

no por esso podré pensar que me dexasse

de querer á mí por poner el amor en otro

ninguno, pues sería difficultoso hallar

otro que tanto la quisiese para forzarla

á que se mudasse con ponerme á mí en

olvido.

FILONIO.--Esso todo es á tu parecer; pero

otros hallarás muy diferentes, porque

estando sin pasión conocen mejor que tú

la condición y calidad de las mujeres, no

haciendo á ninguna dellas tan casta como

tu quieres que lo sea tu Belisia.

TORCATO.--Yo por casta la tengo á ella y

á todas las mujeres, si las lenguas malas

y testimonieras de los hombres dexasen

de morderlas con testimonios falsos y

levantados, como si las tuviésemos por

mortales enemigas.

FILONIO.--Bien puede ser assí como tu

dices; pero escúchame lo que acaesció en

el reino de Egipto, por donde conocerás

el engaño que te tiene ciego para tener

por tan cierto lo que has dicho.

TORCATO.--Alguna fábula ó hablilla

querrás contarme de las que suelen contar

las viejas tras el fuego.

FILONIO.--Antes te digo que es cosa muy

cierta y verdadera, porque la escriben

y cuentan notables varones y auctores á

quien se da muy gran crédito: Diódoro,

Herodoto (_Libro II_). «Y fué que uno

llamado Ferón, hijo de un rey de Egipto

que llamaron Sofis, tuvo una recia y muy

grande enfermedad, de la cual vino á

quedar del todo ciego, que fué para él la

mayor persecución y trabajo que le podía

venir en el mundo, tanto que no la tenía

en menos que la muerte, y haciendo por

su parte todas las diligencias possibles

para saber si podría tornar á cobrar la

vista que tenía perdida, y no hallando en

los médicos consejo que le aprovechasse,

acordó de consultar con grandes

sacrificios los oráculos de sus dioses,

los cuales le dieron por respuesta que

después que hubiesse sacrificado con

gran devoción á un dios que estonces era

reverenciado y servido en la ciudad de

Eliópoli, porque decían ellos que hacía

grandes milagros en aquel tiempo, que

pussiese los ojos en una mujer tan casta

que no hubiese tenido pendencia sino con

solo su marido, y que luego sería sano

del mal que en ellos tenía. Ferón cumplió

luego lo que los dioses le dixeron sin

faltar nada, y teniendo confianza en su

propia mujer, trayéndola delante de sí

para cobrar por ella la salud que le

faltaba, quedó como de antes sin ver

ninguna cosa, y luego hizo traer todas

las principales mujeres del reino de

Egipto, las cuales no le aprovecharon

más de lo que su mujer había hecho, y

viéndose por esto affligido y fatigado,

perdiendo del todo la esperanza de cobrar

la vista, comenzó á probar de poner los

ojos en todas las mujeres comunes, sin

que le aprovechase, hasta que le traxeron

una mujer de un hortelano, y poniéndolos

en ella, tornó luego á ver de la manera

que antes, como si no hubiera tenido

mal ninguno, y haciendo quemar por esto

á su mujer con otras muchas de las más

principales, se casó con ésta, aunque no

faltaron maliciosos que dixeron que en

aquel mesmo día que la habían traído se

había casado con el hortelano, y que si

esperaban á otro día, por ventura Ferón

no viera ni tuviera la salud tan deseada,

porque no turara en ella la castidad

tanto tiempo».

TORCATO.--Si en Egipto había en este

tiempo falta de buenas mujeres, ¿por

ventura no la hubiera en otras partes

donde hay tanta abundancia dellas que

para cada hombre que haya bueno se

hallarán mil que le hagan ventaja?

FILONIO.--Esas que tú dices yo no

las veo, porque si hablan en algunas

partes de mujeres que tuvieron en mucho

su castidad, luego veréis que traen

por exemplo y dechado de todas ellas

á Lucrecia y Virginea, romanas, y á

Penélope, griega, y á otras semejantes,

y si todas son tales como éstas fueron,

poco tienen que loarse de su bondad para

que las tengan por castas.

TORCATO.--¿Y qué defeto hallas tú que

hubo en la bondad desas?

FILONIO.--De Lucrecia yo te lo diré:

si cuando Tarquino la quiso forzar,

poniéndole el puñal á los pechos, ella

consintiera que le diera con él y la

matara antes que su castidad fuera

violada, yo la tuviera verdaderamente por

casta; pero después que consentió en que

compliesse con ella su voluntad, aunque

fuesse forzada, para cumplir con su

marido Collatino y aun para cumplir con

el mundo y alcanzar aquella fama después

de su muerte que todos los gentiles

procuraban, se mató públicamente, así

mesmo preveniendo á la muerte que por

ventura Collatino le diera cuando

tuviera noticia de lo que había pasado,

cuanto más que no hay nadie que sepa si

ella consentió en el adulterio por su

voluntad, y arrepentida de haberlo hecho,

ó temiendo las causas que he dicho,

quiso remediarlo todo con la muerte; y

no pienses que yo por solo mi parecer

la condeno, que muchos hay que dicen lo

mesmo, y un flaire en nuestra aldea me

dixo que Sant Agustín trataba della como

de mujer que no había dado de sí tan buen

exemplo que se hubiesse de tener en mucho

la castidad que había mostrado.

TORCATO.--Paréceme que, según la

enemistad que muestras con la bondad de

las mujeres, que no corres menos peligro

con ellas que aquel su grande enemigo

Torrella; pero, ¿de Penélope qué tienes

que decir; que, según yo he oído, todos

los libros griegos y latinos están llenos

de sus alabanzas, loándola de casta y

recogida, assí en el tiempo que su marido

Ulises estuvo en la guerra de Troya y

anduvo peregrinando por el mundo como en

todo lo demás de su vida?

FILONIO.--Assí es como tú dices; pero

entre estos autores que escribieron della

algunos hubo que dixeron muy al revés,

porque no faltó quien ha escrito que,

estando Ulises ausente, Penélope usaba

de su cuerpo como pública ramera, y otro

autor que dixo que Pan, dios de los

pastores, fué hijo suyo y de Mercurio, y

que por saber esto Ulises hizo divorcio

con ella y se fué á vivir á la ínsola

Cortina; y otros muchos que hablando de

su vida trataron della como de mujer

que había vivido deshonestamente y que

no solamente tuvo por hijo al dios Pan,

sino á otros muchos de diferentes padres,

hechos en adulterio; y si Virginea

fué muerta por no consentir en la

desenfrenada voluntad de aquel varón de

los diez que entonces gobernaban á Roma,

que por tan exquisitas y desvergonzadas

formas y maneras procuraba gozar el amor

ilícito y deshonesto que con ella tenía,

fué porque su padre hizo sacrificio de

la hija por no recebir la afrenta que

viviendo le estaba aparejada, que si á

la voluntad de Virginea lo dexaran, por

ventura excusara la muerte con dexarse

corromper su honestidad antes que recebir

las puñaladas que le fueron dadas por su

padre; así que no estés, Torcato, tan

confiado de la tu Belisia que no puedas

presumir que por haber puesto sus amores

y voluntad en otra persona haya dexado

los que contigo tenía, porque esto es lo

que yo por más cierto tengo.

TORCATO.--Y yo por más incierto, porque

no me podrás inducir con tus enxemplos

que pueda creerlo; porque ya que fuese

verdad lo que has dicho, ¿cuántas mujeres

ha habido y hay en el mundo tan castas

que ninguna mancilla se puede poner en

su bondad? Y si no mira lo que hizo

la reina Dido por no querer consentir

en los amores del rey Yarvas, ni que

después de la muerte de su marido Sicheo

hubiese quien pudiesse triunfar de su

honestidad, y así escogió por mejor dexar

hacer ceniza su cuerpo en el ardiente

fuego que no dar lugar á que otro ninguno

pudiese gozar de lo que él había gozado;

aunque el poeta Virgilio, no sé por qué

causa ó razón inducido, quiso poner en

su bondad y buena fama la mancilla que

puso, diciendo que había tenido amores

con Eneas, siendo falsedad averiguada,

porque Dido fué mucho tiempo antes que

Eneas, saliendo de Troya, anduviesse

peregrinando por el mundo; y sin tratar

de las mujeres antiguas, ¿cuántas

en nuestros tiempos se sojuzgan al

incomparable trabajo de las religiones,

haciendo sacrificio de la vida hasta la

muerte, y otras que han tenido por mejor

que sus cuerpos fueran despedazados que

no consentir en que por su voluntad la

castidad fuesse en ellas violada? Sola

Susana bastaba para quitar las lenguas

de los maldicientes, viendo con cuánta

firmeza procuró guardarla de aquellos

viejos que procuraban aprovecharse della,

teniendo por mejor ser por su falso

testimonio condenada á la muerte que

consentir en sus torpes desseos. Y sin

ésta, te podría decir otras muchas que

bastan en nuestros tiempos á defenderse

de la importunidad de los hombres, sin

dexarse jamás vencer para que su castidad

corra peligro, ni ellas se puedan dexar

de llamar mujeres castas; y para que

mejor entiendas la ventaja que en esto

hacen las mujeres á los hombres, mira

lo que se usa en muchas partes y entre

muchas naciones de gentes idólatras, que

en muriendo los maridos se matan y se

entierran, ó se queman con ellos, por su

propia voluntad, y mostrando muy gran

contentamiento en huir de los peligros en

que quedaría su honestidad siendo viudas,

y no verás hombre ninguno que haga lo

mesmo aunque se le mueran cien mujeres;

y ten por cierto que muchas habría en la

christiandad que seguirían esta mesma

orden si el temor de la perdición de sus

ánimas no se lo vedase.

FILONIO.--En cargo te son las mujeres,

que assí quieres defender contra la

común opinión de todo el mundo ser

hechas de otra differente condición y

costumbres de las que tienen y en ellas

se conocen; continuamente todos cuantos

han escrito, cuando vienen á hablar en

ellas, no hallan palabras que basten á

contar sus vicios y torpezas; los libros

están llenos dello, y no solamente

los proffanos, pero también los de la

Sagrada Escriptura, y si no pregúntalo

á Salomón y verás con cuán encarescidas

palabras las pone muchas veces del lodo,

tratándolas como ellas lo merecen. Y en

un libro que yo oí una vez leer decía

que la mujer nunca era buena sino una

vez en la vida, y que ésta era la hora

que se moría, y que era mejor cuando más

presto se muriese; y con estas palabras

consolaba un amigo á otro porque su mujer

se le había muerto.

TORCATO.--Bastaría que alguna mujer

te hubiesse á ti tratado como á mí me

ha hecho Belisia para que tanto mal

me dixeses della y de todas las otras

mujeres; pero no quiera Dios que yo con

pasión me ciegue para decirlo, ni para

consentir que tú pienses que tienes razón

en lo que dices. Y lo primero que quiero

preguntarte es quiénes son esos que

escribieron los libros que has dicho.

FILONIO.--¿Quiénes han de ser sino

hombres muy sabios y avisados que las

tienen bien conocidas?

TORCATO.--Bien se parece que son hombres,

que si fueran mujeres harto más tuvieran

que poder decir y escribir y con mayor

verdad de los hombres que no los hombres

dellas, porque verdaderamente muy mayores

y más torpes y más comunes son los vicios

en los hombres que en las mujeres, y

nosotros, que las notamos y acusamos de

parleras y desenfrenadas en sus lenguas,

somos los que las infamamos diciendo

tantos males dellas, que debríamos de

tener vergüenza de que nuestras palabras

saliessen por nuestras bocas tan

perjudiciales contra personas de quien

tantos bienes recebimos; y aunque haya

algunas malas entre ellas, yo fiador

que no sean tantas como los hombres,

y nosotros mesmos somos la principal

causa de sus males, importunándolas y

fatigándolas con promesas, con engaños,

con lisonjas y con persuasiones que

bastarían á mover las piedras, cuanto más

á mujeres, para que algunas veces vengan

á dar en algunos yerros; y ellas jamás

nos importunan ni fatigan requiriéndonos,

y molestándonos con desvergüenza, antes

tienen por mejor callando passar sus

trabajos, que no dar á entender lo que

por ventura con su flaqueza les piden sus

apetitos. Y los que escribieron contra

ellas no fué contra las buenas, sino

contra las malas, y lo que dixeron de las

unas, siendo pocas, no se ha de entender

de las otras, que son muchas; así que

sería mejor que todos nosotros nos

empleásemos en decir bien de quien tantos

bienes habemos recebido y recebimos

cada día, y no mal de quien ninguno nos

merece; y si alguna nos diere causa,

con algunos desatinos, á que podamos

decir mal della, sea particularmente

para reñirla y castigarla con palabras y

obras, siendo necessario, y no queramos

que paguen las justas por las peccadoras

y las que no tienen culpa por las que

merecen el castigo; que lo que fuera

desto se hiciere ó dixere, será mal dicho

y mal hecho, y los vituperios y infamias

y deshonras quedarán en aquellos que las

dixeren, queriendo por una mujer mala

hacer á todo el género de las mujeres

malas, siendo por la mayor parte buenas

y tan buenas que plugiesse á Dios que

no fuéssemos nosotros peores que ellas;

y concluyendo digo que yo no tengo

la sospecha que dices de que Belisia

por haber tomado amores con otro haya

dexado los míos, y primero lo habré

visto por los ojos que lo confirme en el

pensamiento.

FILONIO.--Paréceme, Torcato, que hablar

alguna cosa en perjuicio de Belisia es

tocarte á ti en el alma, y pues que con

tanta afición y tan apassionadamente

defiendes lo que le toca, yo no te veo

otro remedio para salir deste piélago

en que estás metido sino esperar á que

el tiempo vaya consumiendo el agua

poco á poco hasta que te halles en

seco, y entonces juzgarás las cosas muy

diferentemente de lo que agora lo haces.

GRISALDO.--Con estas pláticas se nos ha

pasado el día, y pues que ya, Torcato,

has descansado con decirnos tu fatiga y

nosotros quedamos obligados á procurar

tu remedio y consuelo en todo lo que

pudiéremos hacerlo, aunque sea contra tu

parecer y voluntad, procura de dexar la

compañía de la soledad con que andas,

porque con la conversación no tiene tanto

lugar la tristeza que sin sentirlo te

consumirá la vida, y agora todos nos

vamos al lugar, donde los regocijos

de las bodas de Silveyda no serán aún

acabados, y podremos llegar á tiempo que

gocemos alguna parte dellos.

TORCATO.--Haced lo que os pareciere, que

determinado estoy á forzarme y seguir

vuestro consejo.

FILONIO.--Pues ¡alto! ¡sus! caminemos,

y para que menos sintamos el camino,

vamos cantando alguna cosa con que

tomemos placer, que, según veo, bien será

menester para que Torcato deseche parte

de la tristeza con que anda.

TORCATO.--Yo quiero comenzar unos versos

que hice en este desierto, al propósito

de lo que mi corazón siente; vosotros me

ayudad, para que mejor pueda cantarlos.

GRISALDO.--Comienza á decirlos, que así

lo haremos.

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 602 / 605 题