En que se cuentan las razones que podría
haber para que Belisia olvidase los
amores de Torcato; hay en ella algunos
avisos provechosos.
FILONIO.--Grandes son las cosas,
Torcato, que por ti en estos tus amores
han passado. No puedo dexar de haberte
muy gran lástima, aunque tú mesmo has
tenido la culpa de todo tu daño, según
de tus razones se puede haber atendido;
pero muy bien has hecho en no encubrir
ninguna cosa, porque los enfermos que á
los médicos no dan particular cuenta de
sus enfermedades, mal pueden ser curados
dellas; y assí, para que yo y Grisaldo
con nuestros pobres juicios podamos
decirte lo que te conviene y darte el
consejo que mejor nos parezca para que
tu trabajo y passión reciban algún
alivio, convenía que tan enteramente nos
hubiesses informado como con tu larga
relación lo heciste. Y lo primero que
quiero decir es que las mujeres de su
naturaleza son movibles y insconstantes y
sin ninguna firmeza en sus hechos, tanto
que cuando con mayor affición y voluntad
las vieres puestas en alguna cosa, has
de pensar y tener por averiguado que
se mudarán más presto que las hojas
suelen menearse en los árboles, y que
poco viento basta para llevarlas á donde
quisiere; y assí todos los auctores que
escriben dellas lo dicen, y Salomón las
compara al mesmo viento en sus mudanzas.
Belisia era mujer, y en naturaleza y
condición no diferente de las otras,
y assí no me maravillo que haya hecho
lo que las otras hacen, que hacen
mudanza, pues esta es la más principal
condición que tiene la ausencia, y de
aquí nace aquel común proverbio que
dixe: _Cuan lexos de ojos, tan lexos de
corazón_. Si tú estuvieras presente, el
amor se conservara, porque la continua
conversación es causa de acrescentarlo,
y la ausencia de disminuirlo, como por
experiencia lo has conocido.
TORCATO.--Antes en mí he visto al
contrario, porque ninguna cosa por estar
ausente ha mudado mi voluntad, que si
juntamente con la de Belisia se mudara no
tuviera de qué agraviarme.
FILONIO.--Yo fiador, si no se ha mudado,
que ella se mude, si no tomas tú por
punto de honra estar tan firme en ella
que procures permanecer en tu desatino.
TORCATO.--¿Qué llamas desatino? que yo
por muy atinado me tengo en lo que hago,
pues una voluntad tan bien empleada no
debe tan presto mudarse.
FILONIO.--Bien digo yo que tú mesmo no
quieres dar lugar á tu propia salud.
¿Por ventura puedes estar más desatinado
que en querer á quien no te quiere, y
en amar á quien no te ama, y en llamar
á quien no te responde y seguir á quien
anda huyendo de ti, y en tener tan
verdadera fe con quien ninguna tiene
contigo? Esto digo que son desatinos
y locuras, que los hombres debrían
desechar de sus pensamientos y fantasías,
sacudiéndose dellos para ponerse en
libertad y conocer con ella lo que
les conviene; porque á los que están
aficionados, el Amor los tiene ciegos
y sin juicio, ni entienden, ni ven, ni
conocen lo que les está bien ni mal, como
agora tú haces en parecerte que es bien
perseverar en los amores de Belisia,
conociendo della que ninguna fe, ni ley,
ni amor tiene contigo, y que si alguna te
mostró en algún tiempo no era verdadera
sino fengida para engañarte, y si lo fué,
que era tan poca que cualquiera causa
por pequeña que fuese bastó para que te
olvidase, no se acordando del amor tan
verdadero que tenía y mostraba.
TORCATO.--Lo que mayor pena me da es no
saber essa causa, para juzgar si tuvo
razón en lo que conmigo ha usado.
GRISALDO.--Ninguna habría que á ti te
pareciese bastante porque no te pudiese
condenar por ella á ti mesmo.
TORCATO.--No estoy tan fuera de razón que
me quitase el buen juicio, aunque fuesse
contra mí, pues no es menos el amor que
tengo á la mi Belisia; pero no veo cosa
que bastase para el desamor que muestra
tenerme, que por mi parte no ha habido
falta ninguna para la mudanza que ha
hecho.
FILONIO.--Si por tu parte no la ha
habido, por la suya había tantas que
basten para quitarla de culpa cuanto á ti
te parecerá tener la mayor por ellas.
TORCATO.--Por tu fe, Filonio, que tú me
las digas, pues yo no las alcanzo ni
entiendo.
FILONIO.--Ya yo te dixe que la primera
de todas es ser mujer, á quien es propio
y natural no permanecer en un ser mucho
tiempo, y si alguna cosa las detiene más
de lo que por su voluntad lo harían, es
el interese de los servicios, los cuales
tú no heciste, según has confessado,
y assímesmo tú me has confessado que
conociste ser servida y secuestrada de
otros pastores y zagales, que con grande
agonía procuraban ganarle su voluntad,
y estando tú presente tuvieras mucho
que hacer en entretenerla para no ser
vencida, mira cómo podrás hacerlo estando
ausente tanto tiempo, que por ventura
tendrá ya perdida de ti la memoria como
si nunca te hubiera conocido.
TORCATO.--Propiedad es de las mujeres la
que me has dicho; pero no confesaré yo
de Belisia esse pecado, que porque en mí
conociese el grande y verdadero amor que
le tenía y por él me diese los favores
que os he contado, los cuales casi
fueron sin perjuicio de su honestidad,
no por esso podré pensar que me dexasse
de querer á mí por poner el amor en otro
ninguno, pues sería difficultoso hallar
otro que tanto la quisiese para forzarla
á que se mudasse con ponerme á mí en
olvido.
FILONIO.--Esso todo es á tu parecer; pero
otros hallarás muy diferentes, porque
estando sin pasión conocen mejor que tú
la condición y calidad de las mujeres, no
haciendo á ninguna dellas tan casta como
tu quieres que lo sea tu Belisia.
TORCATO.--Yo por casta la tengo á ella y
á todas las mujeres, si las lenguas malas
y testimonieras de los hombres dexasen
de morderlas con testimonios falsos y
levantados, como si las tuviésemos por
mortales enemigas.
FILONIO.--Bien puede ser assí como tu
dices; pero escúchame lo que acaesció en
el reino de Egipto, por donde conocerás
el engaño que te tiene ciego para tener
por tan cierto lo que has dicho.
TORCATO.--Alguna fábula ó hablilla
querrás contarme de las que suelen contar
las viejas tras el fuego.
FILONIO.--Antes te digo que es cosa muy
cierta y verdadera, porque la escriben
y cuentan notables varones y auctores á
quien se da muy gran crédito: Diódoro,
Herodoto (_Libro II_). «Y fué que uno
llamado Ferón, hijo de un rey de Egipto
que llamaron Sofis, tuvo una recia y muy
grande enfermedad, de la cual vino á
quedar del todo ciego, que fué para él la
mayor persecución y trabajo que le podía
venir en el mundo, tanto que no la tenía
en menos que la muerte, y haciendo por
su parte todas las diligencias possibles
para saber si podría tornar á cobrar la
vista que tenía perdida, y no hallando en
los médicos consejo que le aprovechasse,
acordó de consultar con grandes
sacrificios los oráculos de sus dioses,
los cuales le dieron por respuesta que
después que hubiesse sacrificado con
gran devoción á un dios que estonces era
reverenciado y servido en la ciudad de
Eliópoli, porque decían ellos que hacía
grandes milagros en aquel tiempo, que
pussiese los ojos en una mujer tan casta
que no hubiese tenido pendencia sino con
solo su marido, y que luego sería sano
del mal que en ellos tenía. Ferón cumplió
luego lo que los dioses le dixeron sin
faltar nada, y teniendo confianza en su
propia mujer, trayéndola delante de sí
para cobrar por ella la salud que le
faltaba, quedó como de antes sin ver
ninguna cosa, y luego hizo traer todas
las principales mujeres del reino de
Egipto, las cuales no le aprovecharon
más de lo que su mujer había hecho, y
viéndose por esto affligido y fatigado,
perdiendo del todo la esperanza de cobrar
la vista, comenzó á probar de poner los
ojos en todas las mujeres comunes, sin
que le aprovechase, hasta que le traxeron
una mujer de un hortelano, y poniéndolos
en ella, tornó luego á ver de la manera
que antes, como si no hubiera tenido
mal ninguno, y haciendo quemar por esto
á su mujer con otras muchas de las más
principales, se casó con ésta, aunque no
faltaron maliciosos que dixeron que en
aquel mesmo día que la habían traído se
había casado con el hortelano, y que si
esperaban á otro día, por ventura Ferón
no viera ni tuviera la salud tan deseada,
porque no turara en ella la castidad
tanto tiempo».
TORCATO.--Si en Egipto había en este
tiempo falta de buenas mujeres, ¿por
ventura no la hubiera en otras partes
donde hay tanta abundancia dellas que
para cada hombre que haya bueno se
hallarán mil que le hagan ventaja?
FILONIO.--Esas que tú dices yo no
las veo, porque si hablan en algunas
partes de mujeres que tuvieron en mucho
su castidad, luego veréis que traen
por exemplo y dechado de todas ellas
á Lucrecia y Virginea, romanas, y á
Penélope, griega, y á otras semejantes,
y si todas son tales como éstas fueron,
poco tienen que loarse de su bondad para
que las tengan por castas.
TORCATO.--¿Y qué defeto hallas tú que
hubo en la bondad desas?
FILONIO.--De Lucrecia yo te lo diré:
si cuando Tarquino la quiso forzar,
poniéndole el puñal á los pechos, ella
consintiera que le diera con él y la
matara antes que su castidad fuera
violada, yo la tuviera verdaderamente por
casta; pero después que consentió en que
compliesse con ella su voluntad, aunque
fuesse forzada, para cumplir con su
marido Collatino y aun para cumplir con
el mundo y alcanzar aquella fama después
de su muerte que todos los gentiles
procuraban, se mató públicamente, así
mesmo preveniendo á la muerte que por
ventura Collatino le diera cuando
tuviera noticia de lo que había pasado,
cuanto más que no hay nadie que sepa si
ella consentió en el adulterio por su
voluntad, y arrepentida de haberlo hecho,
ó temiendo las causas que he dicho,
quiso remediarlo todo con la muerte; y
no pienses que yo por solo mi parecer
la condeno, que muchos hay que dicen lo
mesmo, y un flaire en nuestra aldea me
dixo que Sant Agustín trataba della como
de mujer que no había dado de sí tan buen
exemplo que se hubiesse de tener en mucho
la castidad que había mostrado.
TORCATO.--Paréceme que, según la
enemistad que muestras con la bondad de
las mujeres, que no corres menos peligro
con ellas que aquel su grande enemigo
Torrella; pero, ¿de Penélope qué tienes
que decir; que, según yo he oído, todos
los libros griegos y latinos están llenos
de sus alabanzas, loándola de casta y
recogida, assí en el tiempo que su marido
Ulises estuvo en la guerra de Troya y
anduvo peregrinando por el mundo como en
todo lo demás de su vida?
FILONIO.--Assí es como tú dices; pero
entre estos autores que escribieron della
algunos hubo que dixeron muy al revés,
porque no faltó quien ha escrito que,
estando Ulises ausente, Penélope usaba
de su cuerpo como pública ramera, y otro
autor que dixo que Pan, dios de los
pastores, fué hijo suyo y de Mercurio, y
que por saber esto Ulises hizo divorcio
con ella y se fué á vivir á la ínsola
Cortina; y otros muchos que hablando de
su vida trataron della como de mujer
que había vivido deshonestamente y que
no solamente tuvo por hijo al dios Pan,
sino á otros muchos de diferentes padres,
hechos en adulterio; y si Virginea
fué muerta por no consentir en la
desenfrenada voluntad de aquel varón de
los diez que entonces gobernaban á Roma,
que por tan exquisitas y desvergonzadas
formas y maneras procuraba gozar el amor
ilícito y deshonesto que con ella tenía,
fué porque su padre hizo sacrificio de
la hija por no recebir la afrenta que
viviendo le estaba aparejada, que si á
la voluntad de Virginea lo dexaran, por
ventura excusara la muerte con dexarse
corromper su honestidad antes que recebir
las puñaladas que le fueron dadas por su
padre; así que no estés, Torcato, tan
confiado de la tu Belisia que no puedas
presumir que por haber puesto sus amores
y voluntad en otra persona haya dexado
los que contigo tenía, porque esto es lo
que yo por más cierto tengo.
TORCATO.--Y yo por más incierto, porque
no me podrás inducir con tus enxemplos
que pueda creerlo; porque ya que fuese
verdad lo que has dicho, ¿cuántas mujeres
ha habido y hay en el mundo tan castas
que ninguna mancilla se puede poner en
su bondad? Y si no mira lo que hizo
la reina Dido por no querer consentir
en los amores del rey Yarvas, ni que
después de la muerte de su marido Sicheo
hubiese quien pudiesse triunfar de su
honestidad, y así escogió por mejor dexar
hacer ceniza su cuerpo en el ardiente
fuego que no dar lugar á que otro ninguno
pudiese gozar de lo que él había gozado;
aunque el poeta Virgilio, no sé por qué
causa ó razón inducido, quiso poner en
su bondad y buena fama la mancilla que
puso, diciendo que había tenido amores
con Eneas, siendo falsedad averiguada,
porque Dido fué mucho tiempo antes que
Eneas, saliendo de Troya, anduviesse
peregrinando por el mundo; y sin tratar
de las mujeres antiguas, ¿cuántas
en nuestros tiempos se sojuzgan al
incomparable trabajo de las religiones,
haciendo sacrificio de la vida hasta la
muerte, y otras que han tenido por mejor
que sus cuerpos fueran despedazados que
no consentir en que por su voluntad la
castidad fuesse en ellas violada? Sola
Susana bastaba para quitar las lenguas
de los maldicientes, viendo con cuánta
firmeza procuró guardarla de aquellos
viejos que procuraban aprovecharse della,
teniendo por mejor ser por su falso
testimonio condenada á la muerte que
consentir en sus torpes desseos. Y sin
ésta, te podría decir otras muchas que
bastan en nuestros tiempos á defenderse
de la importunidad de los hombres, sin
dexarse jamás vencer para que su castidad
corra peligro, ni ellas se puedan dexar
de llamar mujeres castas; y para que
mejor entiendas la ventaja que en esto
hacen las mujeres á los hombres, mira
lo que se usa en muchas partes y entre
muchas naciones de gentes idólatras, que
en muriendo los maridos se matan y se
entierran, ó se queman con ellos, por su
propia voluntad, y mostrando muy gran
contentamiento en huir de los peligros en
que quedaría su honestidad siendo viudas,
y no verás hombre ninguno que haga lo
mesmo aunque se le mueran cien mujeres;
y ten por cierto que muchas habría en la
christiandad que seguirían esta mesma
orden si el temor de la perdición de sus
ánimas no se lo vedase.
FILONIO.--En cargo te son las mujeres,
que assí quieres defender contra la
común opinión de todo el mundo ser
hechas de otra differente condición y
costumbres de las que tienen y en ellas
se conocen; continuamente todos cuantos
han escrito, cuando vienen á hablar en
ellas, no hallan palabras que basten á
contar sus vicios y torpezas; los libros
están llenos dello, y no solamente
los proffanos, pero también los de la
Sagrada Escriptura, y si no pregúntalo
á Salomón y verás con cuán encarescidas
palabras las pone muchas veces del lodo,
tratándolas como ellas lo merecen. Y en
un libro que yo oí una vez leer decía
que la mujer nunca era buena sino una
vez en la vida, y que ésta era la hora
que se moría, y que era mejor cuando más
presto se muriese; y con estas palabras
consolaba un amigo á otro porque su mujer
se le había muerto.
TORCATO.--Bastaría que alguna mujer
te hubiesse á ti tratado como á mí me
ha hecho Belisia para que tanto mal
me dixeses della y de todas las otras
mujeres; pero no quiera Dios que yo con
pasión me ciegue para decirlo, ni para
consentir que tú pienses que tienes razón
en lo que dices. Y lo primero que quiero
preguntarte es quiénes son esos que
escribieron los libros que has dicho.
FILONIO.--¿Quiénes han de ser sino
hombres muy sabios y avisados que las
tienen bien conocidas?
TORCATO.--Bien se parece que son hombres,
que si fueran mujeres harto más tuvieran
que poder decir y escribir y con mayor
verdad de los hombres que no los hombres
dellas, porque verdaderamente muy mayores
y más torpes y más comunes son los vicios
en los hombres que en las mujeres, y
nosotros, que las notamos y acusamos de
parleras y desenfrenadas en sus lenguas,
somos los que las infamamos diciendo
tantos males dellas, que debríamos de
tener vergüenza de que nuestras palabras
saliessen por nuestras bocas tan
perjudiciales contra personas de quien
tantos bienes recebimos; y aunque haya
algunas malas entre ellas, yo fiador
que no sean tantas como los hombres,
y nosotros mesmos somos la principal
causa de sus males, importunándolas y
fatigándolas con promesas, con engaños,
con lisonjas y con persuasiones que
bastarían á mover las piedras, cuanto más
á mujeres, para que algunas veces vengan
á dar en algunos yerros; y ellas jamás
nos importunan ni fatigan requiriéndonos,
y molestándonos con desvergüenza, antes
tienen por mejor callando passar sus
trabajos, que no dar á entender lo que
por ventura con su flaqueza les piden sus
apetitos. Y los que escribieron contra
ellas no fué contra las buenas, sino
contra las malas, y lo que dixeron de las
unas, siendo pocas, no se ha de entender
de las otras, que son muchas; así que
sería mejor que todos nosotros nos
empleásemos en decir bien de quien tantos
bienes habemos recebido y recebimos
cada día, y no mal de quien ninguno nos
merece; y si alguna nos diere causa,
con algunos desatinos, á que podamos
decir mal della, sea particularmente
para reñirla y castigarla con palabras y
obras, siendo necessario, y no queramos
que paguen las justas por las peccadoras
y las que no tienen culpa por las que
merecen el castigo; que lo que fuera
desto se hiciere ó dixere, será mal dicho
y mal hecho, y los vituperios y infamias
y deshonras quedarán en aquellos que las
dixeren, queriendo por una mujer mala
hacer á todo el género de las mujeres
malas, siendo por la mayor parte buenas
y tan buenas que plugiesse á Dios que
no fuéssemos nosotros peores que ellas;
y concluyendo digo que yo no tengo
la sospecha que dices de que Belisia
por haber tomado amores con otro haya
dexado los míos, y primero lo habré
visto por los ojos que lo confirme en el
pensamiento.
FILONIO.--Paréceme, Torcato, que hablar
alguna cosa en perjuicio de Belisia es
tocarte á ti en el alma, y pues que con
tanta afición y tan apassionadamente
defiendes lo que le toca, yo no te veo
otro remedio para salir deste piélago
en que estás metido sino esperar á que
el tiempo vaya consumiendo el agua
poco á poco hasta que te halles en
seco, y entonces juzgarás las cosas muy
diferentemente de lo que agora lo haces.
GRISALDO.--Con estas pláticas se nos ha
pasado el día, y pues que ya, Torcato,
has descansado con decirnos tu fatiga y
nosotros quedamos obligados á procurar
tu remedio y consuelo en todo lo que
pudiéremos hacerlo, aunque sea contra tu
parecer y voluntad, procura de dexar la
compañía de la soledad con que andas,
porque con la conversación no tiene tanto
lugar la tristeza que sin sentirlo te
consumirá la vida, y agora todos nos
vamos al lugar, donde los regocijos
de las bodas de Silveyda no serán aún
acabados, y podremos llegar á tiempo que
gocemos alguna parte dellos.
TORCATO.--Haced lo que os pareciere, que
determinado estoy á forzarme y seguir
vuestro consejo.
FILONIO.--Pues ¡alto! ¡sus! caminemos,
y para que menos sintamos el camino,
vamos cantando alguna cosa con que
tomemos placer, que, según veo, bien será
menester para que Torcato deseche parte
de la tristeza con que anda.
TORCATO.--Yo quiero comenzar unos versos
que hice en este desierto, al propósito
de lo que mi corazón siente; vosotros me
ayudad, para que mejor pueda cantarlos.
GRISALDO.--Comienza á decirlos, que así
lo haremos.