¿A quién enderezaré mis clamores y
gemidos, que con alguna lástima procure
socorrerme? ¿A quién rogaré que escuche
mi doloroso llanto, para que, oyéndolo,
de mi rabioso mal se compadezca? ¿A
quién publicaré mis rabiosas cuitas y
fatigas, para que, con entenderlas, me
procure dar algún consuelo? Hienda mis
dolorosas voces el aire, rompiendo las
embarazosas nubes, y pasando aquella
región del fuego, menor que el que á mí
me abrasa, preséntense en los soberanos
cielos pidiendo la ayuda y socorro que
en la tierra me ha faltado, en la cual
no hay cosa que contra mí no se muestre
enemiga. Todas me son contrarias. Todas
me amenazan con la muerte. Todas me la
procuran, sin que ninguna dellas pueda
dármela, por no me dar el descanso que
con ella recibiría.
¡Oh, Fortuna cruel, mudable, ciega,
mentirosa, traidora, engañosa, sin
ninguna fe, inconstante, perversa,
maliciosa y sobre todo la mayor enemiga
del bien que los mortales tener
pueden! Porque tú mesma, que se lo
das forzada y por no poder hacer otra
cosa, después con todas tus fuerzas
procuras quitárselo, pareciéndote que
cuanto mayor mal hicieres á los que con
algún bien tienes en parte satisfechos,
quitándoselo muestras ser mayor poder el
tuyo, el cual jamás conocen las gentes
en la prosperidad hasta que con mayor
adversidad y tribulaciones no están
amenazados, para que no puedan gozarla,
teniendo siempre temor de tu inconstancia
y condición sin ninguna firmeza. Dime,
tirana, perversa, perseguidora de
aquellos á quien sientes tener algún
contento, arrepintiéndote de habérselo
dado, ¿para qué me pusiste en la cumbre
del mi deseo? ¿para qué me favoreciste?
¿para qué me quesiste poner ante mis ojos
la gloria que podías darme en la vida, si
con quitármela tan presto me habías de
dexar en tantas y tan escuras tinieblas,
negándome la esperanza de poderla gozar
en ningún tiempo?
¡Oh, baxa tierra fementida, que jamás das
cosa que prometes, jamás cumples cosa que
digas, siempre son al revés tus obras
de las señales que muestras! ¿con qué
palabras podré encarecer el agravio que
de ti recibo, pues al tiempo que pensaba
llegar á la cumbre de tu rueda con tantas
angustias y trabajos me has derrocado
della, poniéndome en el centro de los
abismos?
¡Oh, cruel enemiga de todo mi bien,
ocasión de todo mi mal! ¿qué te han
merecido las obras y deseos de un
pobre pastor para que contra él tan
poderosamente quisieses mostrarte airada,
executando tu dañosa condición, llena de
mortal ponzoña contra mí, persiguiéndome
hasta ponerme en el más mísero estado de
todos los nacidos? ¡Oh, verdugo cruel de
aquellos á quien, cumpliendo sus deseos,
has hecho dichosos, porque siempre en la
mayor prosperidad les armas los lazos
de las mayores adversidades! No quiero
maravillarme de que conmigo hayas hecho
lo mesmo, pues que, con ser propio
officio tuyo, heciste lo que hacer sueles
con todos los mortales, y assí, dexándote
para quien eres, será bien dexarte hacer
y cumplir tu voluntad buscando algunas
fuerzas más poderosas que las tuyas para
que de tu falso poder puedan librarme.
_A la Muerte._
¡Oh, Muerte, dichosa para mí si, oyendo
mis llantos, mis sospiros y gemidos
dolorosos, quisieses socorrerme, para
hacer dichoso con tu acelerada venida
al más desdichado y sin ventura pastor
de todos los pastores! Tú que sola eres
socorro de los afflegidos cuerpos, tú
que sueles consolar á los que más han
menester tu consuelo, y tú que das alivio
á los que con necesidad te lo piden,
ayúdame, socórreme, no me niegues tu
favor en tiempo que la muerte que me
darías sería más verdadera vida que la
que agora, muriendo con ella, sostiene
este miserable cuerpo cercado de tantas
angustias y tribulaciones; usa agora
conmigo de aquella piedad que sueles
tener de los que con necesidad te llaman;
respóndeme, pues que te llamo; recíbeme
en tu compañía, pues que te busco; no
me niegues lo que te pido, ni dexes de
executar en mí tu officio, pues yo tan
de veras lo quiero y lo desseo; no seas
contra mí tan cruel como la Fortuna lo
ha sido, porque la herida de la flecha
de tu arco poderoso no me dará dolor,
ni yo huiré mi cuerpo para recibirla,
antes con muy gran contentamiento estaré
esperándola, conosciendo el bien que
con ella rescibo. Más agradable me será
la sepoltura que me dieres que los
verdes campos y prados y las deleitosas
florestas en que la Fortuna tan contra
mi voluntad me trae; tú sola serás mi
descanso y mi reposo, y contigo fenecerán
todas mis penas, mis ansias y mis
trabajos. ¿Para qué tardas tanto? ¿cómo
no vienes? ¿cómo no me socorres? ¡También
me quexaré de ti! ¡También publicaré que
me haces agravio! Mira que es crueldad
la que conmigo usas, y tanto será mayor
cuanto más te detuvieres en hacer lo
que te ruego, que ya el cuerpo querría
verse sin la compañía de mi alma y el
alma anda huyendo de la de mi cuerpo y no
espera sino tu voluntad y tu mandamiento.
No dilates más tu venida, para quien
con tanto desseo y con tan gran agonía
la está esperando para alivio de sus
rabiosos tormentos y passiones.
_Al Tiempo._
Y tú, Tiempo, que con tu ligero
movimiento se hacen y deshacen todas las
cosas, poniendo las alas que en ti tienen
principio, ¿por qué me haces agravio
en no poner fin á la terrible pasión y
á las rabiosas cuitas que contigo me
cercaron? ¿por qué te muestras tan largo
con ellas? Abrevia tu veloz corrida,
haciendo conmigo la mudanza que sueles,
pues el más verdadero officio que tienes
es no dexar cosa ninguna estar mucho
tiempo en un ser, y assí como para mi
mal tan presto te mudaste, haciéndote de
bueno malo, de alegre triste, de dichoso
desaventurado, podrías si quisieses
convertir al contrario tus obras, para
que yo no pudiese con tanta razón mostrar
el agravio que de ti tengo por el daño
que de ti rescibo, siendo el mayor de
todos cuantos hacerme pudieras. ¡Oh,
Tiempo, que un tiempo para mí fuiste
dulce, alegre, sereno y claro, el más
apacible y lleno de deleites de cuantos
tiempos por mí, no por otro ninguno, han
passado! ¿por qué te has tornado tan
presto triste y amargo y tan escuro que
mis ojos no pueden ver ni mirar si no
son tinieblas más escuras y espantables
que las de la mesma muerte? ¡Oh, tiempo
bueno, que por mí como sombra pasaste,
no dexando más de la memoria para
mayor tribulación del que en ti piensa
continuamente! ¿cómo te trocaste en
malo y tan malo que ninguno para este
desventurado pastor á quien has dexado
tan sin esperanza puede haber en el mundo
que peor sea?
_A Belisia._
Y tú, vida de la vida que conmigo contra
mi voluntad vive, ¿qué razón podrás dar
de ti que pueda excusarte de la más
ingrata, inhumana, cruel y despiadada
pastora de todas las nacidas? Mira que
el amor verdadero con otro amor se paga,
y tú con un extraño y fiero desamor
quieres que yo quede pagado de lo mucho
que te quise y quiero, y de lo que he
padecido y padezco por tu causa. ¿Es
este el galardón de mi rabiosa pena, la
lástima que mostrabas de mis angustias,
la affición con que mostrabas dolerte mis
lágrimas? ¡Oh, Belisia, Belisia! escucha
mis versos y entiende lo que por ellos
te digo, para que tú mesma te conozcas y
sientas la razón que yo tengo para sentir
mi agravio de tu crueldad, que por ello
quiero publicar lo que contra mí haces,
para que otros se guarden de no caer en
el pozo de desventuras en que por tu
causa estoy metido. Escucha, Belisia,
que mi voz, triste como de cisne que
con ella solemniza su muerte, ayudada
con las cuerdas de mi rabel, que otras
veces en versos que loaban tu beldad,
gracias y hermosura se empleaban, dirán
agora lo que de ti y tus condiciones he
conocido, las cuales has descubierto
contra un pobre pastor que, atado de pies
y de manos, y, lo que peor es, ciega la
voluntad y libertad, flacas fuerzas halla
en sí para poderlas resistir.
Las Furias infernales temorosas,
que al son de mis querellas han venido,
de mi mal espantable muy medrosas
al centro del abismo se han huido;
las Parcas, que al vivir son enojosas,
de acortarme tal vida se han tenido;
tú sola me procuras mal eterno,
más que rabiosa Furia del infierno.
Los ángeles que fueron condenados
y en diablos espantables convertidos,
de mi rabioso mal muy espantados,
escuchan mis clamores y gemidos,
paréceles ser poco atormentados
mirando mis tormentos tan crecidos,
y tú, cruel más que leona fiera,
no quieres contentarte sin que muera.
Ninguno por justicia condenado
que tenga ya la soga á la garganta,
con esperar la muerte fatigado,
jamás se viera estar con pena tanta;
tu ingratitud me tiene en tal estado
que cosa más del mundo no me espanta,
pues te precias y quieres dar la muerte
á quien no quiere vida sin quererte.
Los tigres y leones muy furiosos,
los osos y las onzas muy ligeras,
los lobos muy crueles y rabiosos,
las bestias que se cuentan por más fieras,
siendo animales brutos muy medrosos
de mí se van huyendo muy de veras;
tú sola, que mi sangre estás bebiendo,
de mi rabioso mal te estás reyendo.
¿Qué víbora ó serpiente ponzoñosa,
qué basilisco fiero ó qué dragón,
qué áspide cruel muy enconosa,
qué bravo cocodrilo y sin razón
podrán tener tu condición dañosa
ni tu duro y sangriento corazón?
¡Oh, corazón cruel, áspero y fuerte,
que lo que más te aplace es dar la muerte!
¿Qué corazón de acero ó de diamante
puede ser que no ablande mi fatiga?
Y tú, en tu crueldad firme y constante,
con más rabia te muestras mi enemiga.
No hay nadie que lo sepa á quien no espante,
que no conozca y sienta y que no diga
que tu desamor fiero assí te agrada
como á sangrienta loba encarnizada.
Acabando de cantar estos versos, con
la ayuda que mis lágrimas hacían para
solemnizarlos y con la fatiga que mi
espíritu padecía pensando en las cosas
que por mí pasaban, de cansado venció á
mis ojos un pesado sueño que sin poder
resistirlo dexó todos mis miembros
sepultados en el olvido que consigo traer
suele; sola mi memoria estaba velando, y
de tal manera me representaba durmiendo
las cosas pasadas como si presentes las
tuviera; pero descuidándose un poco,
venció la imaginación, la cual en sueños
me puso delante lo que agora contaros
quiero, que más verdaderamente me pareció
haberlo visto pasando por mí derecho que
no haberlo soñado ni que fingidamente se
me representasse.
PARTE SEGUNDA
CUENTA TORCATO EL SUEÑO
Parecíame que lo que en la fantasía
se me representaba mis ojos lo vían
palpablemente, y que sin saber de qué
manera ni por quién era llevado, en muy
breve tiempo caminaba muy grande espacio
y cantidad de tierra, discurriendo por
diversas provincias y regiones con una
velocidad tan arrebatada que mis pies
apenas tocaban la pesada tierra, y
habiendo hecho fin á mi tan larga jornada
con algún cansancio del trabajoso camino,
me hallé en un muy verde y florido prado,
con tanta diversidad de hermosas flores
y rosas, que con diversos colores al
suelo matizaban, dando de sí un olor muy
perfecto y suave, del cual mi fatigado
cuerpo era recrecido que del todo me
sentí vuelto en mis corporales fuerzas,
y echando los ojos alrededor de donde
estaba, vi cosas que me pusieron tan
grande espanto y admiración, que aun
agora en volverlas á mi memoria para
contarlas me espantan y tienen confuso,
pareciéndome que apenas sabré decirlas.
Era este hermoso y aplacible prado todo
alrededor cercado de unas florestas muy
espesas y deleitosas en los ojos que
las miraban, porque demás de ser los
árboles muy altos, verdes y floridos,
y todos puestos con muy gran orden y
concierto, estaban cargados de muchas y
diversas frutas maduras, y en tan gran
perfición, que sólo en verlas ponía gran
deleite y contentamiento á mis ojos que
las miraban, viendo que las hojas con
un manso y amoroso viento se andaban
meneando á una parte y á otra, haciendo
un sordo ruido agradable á mis oídos,
y sus sombras, con que la fuerza de la
calor del sol hurtaban, me ponían en
agonía de gozarlas cuando con mi ganado á
sestear me venía; andaban por ellas muy
gran cantidad de diversos animales bravos
y mansos, envueltos los unos con los
otros, sin hacerse daño ninguno.
Y en las cimas de los árboles estaban
sentados grande abundancia de aves y
páxaros de diversos colores y raleas,
grandes y pequeños, los cuales con sus
arpadas y differentes lenguas cantando
hacían una música y armonía tan acordada
que yo jamás quisiera dexar de oirla si
permitido me fuera; y después revolando
todos por el aire, trocando sus lugares,
tornaban como de principio á proseguir en
la suavidad de su canto.
Estaban estas florestas cercadas de una
muy alta montaña, que por todas partes
igualmente parecía levantarse, llevando
por sí tendidos en gran cantidad los
montes y florestas, hasta que en el
remate della se hacía un muro tan alto,
que parecían comunicar con las nubes
las almenas que con muy gran orden
y concierto estaban edificadas. Era
este muro triangulado, y de un ángulo
á otro de diferentes colores; porque
la una parte estaba hecha de unas
piedras coloradas, que en la fineza
parecía ser muy verdaderos rubís; en
medio desta pared estaba edificado un
castillo, assimesmo de las mesmas
piedras, entretexidas con otras verdes
y azules, enlazadas con unos remates
de oro que hacían una tan excelente
obra que más divina que humana parecía,
porque con los rayos del sol que en él
daban, resplandeciendo, apenas de mis
ojos mirarse consentía. Estaba tan bien
torreado y fortalecido con tantos cubos y
barbacanas, que cualquiera que lo viera,
demás de su gran riqueza, lo juzgara por
un castillo de fortaleza inespugnable.
Tenía encima del arco de la puerta
principal una letra que decía: «Morada
de la Fortuna, á quien por permissión
divina muchas de las cosas corporales son
subjetas».
La otra pared del otro ángulo que cabe
éste estaba era toda hecha de una piedra
tan negra y escura, que ninguna lo podía
ser más en el mundo; y de la mesma manera
en el medio della estaba edeficado un
castillo, que en mirarlo ponía gran
tristeza y temor. Tenía también unas
letras blancas que claramente se dexaban
leer, las cuales decían: «Reposo de la
Muerte, de adonde executaba sus poderosas
fuerzas contra todos los mortales».
La otra pared era de un christalino muro
transparente, en que como en un espejo
muy claro todas las cosas que había
en el mundo, así las pasadas como las
presentes, se podían mirar y ver, con una
noticia confusa de las venideras. Tenía
en el medio otro castillo de tan claro
cristal que, con reverberar en él los
rayos resplandecientes del sol, quitaban
la luz á mis ojos, que contemplando
estaban una obra de tan gran perfición;
pero no tanto que por ello dexase el ver
unas letras que de un muy fino rosicler
estaban en la mesma puerta esculpidas,
que decían: «Aquí habita el Tiempo, que
todas las cosas que se hacen en sí las
acaba y consume».
En el medio deste circuito estaba
edificado otro castillo, que era en el
hermoso y verde prado cerca de adonde
yo me hallaba, el cual me puso en mayor
admiración y espanto que todo lo que
había visto, porque demás de la gran
fortaleza de su edificio era cercado
de una muy ancha y tan honda cava, que
casi parecía llegar á los abismos. Las
paredes eran hechas de unas piedras
amarillas, y todas pintadas de pincel,
y otras de talla con figuras que gran
lástima ponían en mi corazón, que
contemplándolas estaba, porque allí se
vían muchas bestias fieras, que con gran
crueldad despedazaban los cuerpos humanos
de muchos hombres y mujeres; otras que
después de despedazados, satisfaciendo
su rabiosa hambre, á bocados los estaban
comiendo. Había también muchos hombres
que por casos desastrados mataban á
otros, y otros que sin ocasión ninguna,
por sólo su voluntad, eran causa de
muchas muertes; allí se mostraban
muchos padres que dieron la muerte á sus
hijos y muchos hijos que mataron á sus
padres. Había también muchas maneras
y invenciones de tormentos con que
muchas personas morían, que contarlos
particularmente sería para no acabar tan
presto de decirlos. Tenía unas letras
entretalladas de color leonado que
decían: «Aposento de la Crueldad, que
toda compasión, amor y lástima aborrece
como la mayor enemiga suya».
Tan maravillado me tenía la novedad
destas cosas que mirando estaba, que
juzgando aquel circuito por otro nuevo
mundo, y con voluntad de salirme dél
si pudiesse, tendí la vista por todas
partes para ver si hallaría alguna salida
adonde mi camino enderezase, que sin
temer el trabajo á la hora lo comenzara,
porque todas las cosas que allí había
para dar contentamiento, con la soledad
me causaban tristeza, deseando verme
con mi ganado en libertad de poderlo
menear de unos pastos buenos en otros
mejores y volverme con él á la aldea
cuando á la voluntad me viniera; y no
hallando remedio para que mi deseo se
cumpliese, tomando á la paciencia y
sufrimiento por escudo y compañía para
todo lo que sucederme pudiese, me fuí á
una fuente que cerca de mí había visto,
la cual estando cubierta de un cielo
azul, relevado todo con muy hermosas
labores de oro, que cuatro pilares
de pórfido, labrados con follajes al
romano, sostenían, despedía de sí un gran
chorro de agua que, discurriendo por
las limpias y blancas piedras y menuda
arena, pusieran sed á cualquiera que no
la tuviera, convidando para que della
bebiesen con hacer compañía á las ninfas
que de aquella hermosa fuente debían
gozar el mayor tiempo del año; y assí,
lavando mis manos y gesto, limpiándolo
del polvo y sudor que en el camino tan
largo había cogido, echado de bruces y
otras veces juntando mis manos y tomando
con ellas el agua, por no tener otra
vasija, no hacía sino beber; pero cuantas
más veces bebía, tanto la sed en mayor
grado me fatigaba, creciéndome más cada
hora con cuidado de la mi Belisia, que el
agua me parecía convertirse en llamas de
fuego dentro de mi abrasado y encendido
pecho, y maravillado desta novedad me
acordaba de la fuente del olivo, donde
agora estamos, deseando poder beber
desta dulce agua y sabrosa con que el
ardor matar pudiese que tanta fatiga
me daba; y estando con este deseo muy
congojado, comencé á oír un estruendo
y ruido tan grande, que atronando mis
oídos me tenían casi fuera de mi juicio,
y volviendo los ojos para ver lo que
podía causarlo, vi que el castillo de
la Fortuna se había abierto por medio,
dexando un gran trecho descubierto,
del que salía un carro tan grande, que
mayor que el mesmo castillo parecía;
de los pretiles y almenas comenzaron á
disparar grandes truenos de artillería,
y tras ellos una música tan acordada de
menestriles altos con otros muchos y
diversos instrumentos, que más parecía
cosa del cielo que no que en la tierra
pudiese oirse; y aunque no me faltaba
atención para escucharla, mis ojos se
empleaban en mirar aquel poderoso carro,
con las maravillas que en él vía que
venían, que no sé si seré bastante para
poder contar algunas dellas, pues que
todo sería imposible á mi pequeño juicio
hacerlo. El carro era todo de muy fino
oro, con muchas labores extremadas hechas
de piedras preciosas, en las cuales
había grande abundancia de diamantes,
esmeraldas y rubís y carbunclos, sin
otras de más baxa suerte. Las ruedas eran
doce, todas de un blanco marfil, asimesmo
con muchas labores de oro y piedras
preciosas, labradas con una arte tan
sutil y delicada que no hubiera pintor
en el mundo que así supiera hacerlo.
Venían uncidos veinte y cuatro unicornios
blancos y muy grandes y poderosos, que lo
traían; encima del carro estaba hecho un
trono muy alto con doce gradas, que por
cada parte lo cercaban, todas cubiertas
con un muy rico brocado bandeado con
una tela de plata, con unas lazadas
de perlas, que lo uno con lo otro
entretexía; encima del trono estaba una
silla toda de fino diamante, con los
remates de unos carbunclos que daban
de sí tan gran claridad y resplandor
que no hiciera falta la luz con que el
día les ayudaba, porque en medio de la
noche pudiera todo muy claramente verse.
En esta silla venía sentada una mujer,
cuya majestad sobrepuja á la de todas
las cosas visibles; sus vestidos eran
de inestimable valor y de manera que
sería imposible poder contar la manera
y riqueza dellos; traía en su compañía
cuatro doncellas; las dos que de una
excelente hermosura eran dotadas venían
muy pobremente aderezadas, los vestidos
todos rotos, que por muchas partes sus
carnes se parecían; estaban echadas en
el suelo. Y aquella mujer, á quien ya
yo por las señales había conocido ser
la Fortuna, tenía sus pies encima de
sus cervices, fatigándolas, sin que
pudiesen hacer otra cosa sino mostrar con
muchas lágrimas y sospiros el agravio
que padecían; traían consigo sus nombres
escritos, que decían: el de la una,
«Razón», y el de la otra, «Justicia».
Las otras dos doncellas, vestidas de
la mesma librea de la Fortuna, como
privadas suyas, tenían los gestos muy
feos y aborrecibles para quien bien los
entendiesse, conociendo el daño de sus
obras; traían en las manos dos estoques
desnudos, con que á la Razón y á la
Justicia amenazaban, y en medio de sus
pechos dos rótulos que decían: el de la
una, «Antojo», y el de la otra, «Libre
voluntad». Con grande espanto me tenían
estas cosas; pero mayor me lo ponía el
gesto de la Fortuna, que algunas veces
muy risueño y halagüeño se mostraba y
otras tan espantable y medroso que apenas
mirarse consentía. Estaba en esto con
tan poca firmeza, que en una hora mill
veces se mudaba; pero lo que en mayor
admiración me puso fué ver una rueda que
la Fortuna traía, volviendo sin cesar
con sus manos el exe della; y comenzando
los unicornios á mover el carro hacia
adonde yo estaba tendido junto á la
fuente, cuanto más á mí se acercaba
tanto mayor me iba pareciendo la rueda,
en la cual se mostraban tan grandes y
admirables misterios, que ningún juicio
humano sin haberlos visto es bastante
á comprenderlos en su entendimiento;
porque en ella se vían subir y baxar tan
gran número de gentes, assí hombres como
mujeres, con tantos trajes y atavíos
diferentes los unos de los otros, que
ningún estado grande ni pequeño desde el
principio del mundo en él ha habido que
allí no se conociese, con las personas
que dél próspera ó desdichadamente habían
gozado, y como cuerpos fantásticos y
incorpóreos los unos baxaban y los otros
subían sin hacerse impedimiento ninguno;
muchos dellos estaban en la cumbre más
alta desta rueda, y por más veloce que el
curso della anduviese, jamás se mudaban,
aunque éstos eran muy pocos; otros iban
subiendo poniendo todas sus fuerzas,
pero hallaban la rueda tan deleznable
que ninguna cosa le aprovechaba su
diligencia, y otros venían cabeza abaxo,
agraviándose de la súpita caída, con que
vían derrocarse; pero la Fortuna, dándose
poco por ello, no dexaba de proseguir
en su comenzado officio. Yo que estaba
mirando con grande atención lo que en la
rueda se me mostraba, vime á mí mesmo que
debaxo della estaba tendido, gemiendo por
la grande caída con que Fortuna me había
derribado; y con dolor de verme tan mal
tratado, comencé á mirar la Fortuna con
unos ojos piadosos y llenos de lágrimas,
queriéndole mover con ellas á que de
mis trabajos se compadeciese. Y á este
tiempo, cesando la música del castillo
y parando los unicornios el carro, la
Fortuna, mirándome con el gesto algo
airado y con una voz para mí desabrida,
por lo que sus palabras mostraron, con
una gran majestad me comenzó á decir
desta manera:
_La Fortuna contra Torcato._
«Mayor razón hubieras, Torcato, de tener
para agraviarte de mí, como ha poco
hacías, tratándome tan desenfrenadamente
con tu descomedida lengua, que fuera
mejor darte yo el pago que merecías con
mis obras que no satisfacerte con mis
palabras; aunque si quisieres quitar
de ti la pasión con que has querido
juzgarme no será pequeño el castigo tuyo
haciéndote venir en conocimiento de que
tú solo tienes la culpa que á mí has
querido ponerme sin tenerla, pues no
podrás decir ni mostrar causa ninguna de
tus agravios que no sea testigo contra
ti mesmo para condenarte justamente; y
si no dime: ¿De qué te quejas, de qué
te agravias, por qué das voces, por
qué procuras infamarme con denuestos y
injurias tan desatinadas? ¿Por ventura
has recibido de mí hasta agora, en el
estado que estás, sino muy grandes
beneficios, muy grandes favores y muy
buenas obras, las cuales por no hacer
al propósito de la causa de tus quexas
quiero excusar de decirlas? Veniendo
á lo principal, que es la congoxa y
tormento que agora te aflige y tiene
tan desatinado que estando fuera de
ti quieres culparme del mal que nunca
te hice, antes todo el bien que pude
hacerte conforme á tu desseo, que era de
que Belisia te quisiese y amasse como
tú á ella hacías, lo cual viste por
experiencia manifiesta, y muchos días
estando firme en su propósito, de manera
que por ello me loabas y mill bienes de
mi decías, dándome gracias por el estado
en que te tenía, que para ti era el más
dichoso y bienaventurado que poseía
ninguno de tus iguales, es verdad que yo
volví la rueda, abaxando tu felicidad,
trocando tu contentamiento y consentiendo
en tu caida; pero no fué tanto por mi
voluntad como por tu descuido, pues
dexaste de tomar prendas con que tu
gozo se conservara y el Amor venciera
de la libertad que en la tu Belisia has
conoscido.
Bien sabes tú que mi propio officio es
no ser constante ni firme en ninguna
cosa, como poco ha lo manifestabas.
Si lo sabías, ¿por qué no te armabas
contra mí? ¿por qué no tomabas defensa
contra mi condición? Tenías en las manos
el escudo para recibir mis golpes y
perdístelo, consentiéndolo tú mesmo en
ello; pues quéxate de ti y no de mí,
que ninguna culpa te tengo, y quéxate
de tu Belisia, que por su voluntad y no
forzada se metió en essa fortaleza de
la Crueldad, de la cual te hacen ambas
la guerra para destruirte, que aunque
yo soy parte para tu remedio, menester
es su consentimiento, el cual habrías
tu de procurar lo mejor que pudiesses,
y no estarte haciendo exclamaciones sin
provecho ninguno para el alivio de tu
pena. No te desesperes, pues sabes que
todas las cosas se truecan y mudan,
y cuando no hallares piedad en la tu
Belisia, por ventura hallarás mudanza en
tus deseos, paresciéndote que, aunque los
hayas tan bien empleado, te estará mejor
verte y hallarte después sin ellos. Y
porque lo dicho basta para satisfacerte
del engaño que en agraviarte de mí
recebías, no quiero decirte más de que
no te ensalces con la prosperidad ni con
la adversidad dexes abatirte; siempre
osadía y esfuerzo, que son las armas con
que yo puedo ser vencida, y si usare
de mis acostumbradas mañas haciendo mi
officio, no te maravilles, ni me culpes,
ni me maltrates con palabras tan ásperas
y enojosas, que al fin soy mandada y
tengo superior á quien obedezco, y por su
voluntad me rijo y gobierno. De Belisia
te agravia, que si ella quiere bien puede
forzarme para que no te falte mi favor,
aunque yo no quiera, pues tu ventura está
en su voluntad, la cual está al presente
más libre que ésta que vees venir en mi
compañía».
Acabando de decir esto, los unicornios
con la mesma solemnidad y aparato que
habían traído el carro comienzan á
dar la vuelta con tanta presteza, que
aunque á mí no me faltaban palabras y
razones para poder responder á lo que la
Fortuna me había dicho, no tuve lugar
para hacerlo como quisiera, porque
antes que yo pudiese abrir mi boca para
comenzarlas, ya estaba dentro en su
castillo, siendo recebida con aquella
dulce armonía de música que al salir la
había acompañado; y siendo cerrado el
castillo de la manera que antes estaba,
el sol comenzó á escurecerse, y el
día, con muchos nublados escuros que
sobrevenieron, perdía gran parte de su
claridad. Comenzaron luego á sonar de
las nubes grandes truenos, y á mostrarse
muchos y muy espesos relámpagos que en
medio de la escuridad con el resplandor
de su luz fatigaban á mis temerosos ojos,
de manera que en cualquiera corazón es
forzado miedo. Y así, estando no poco
medroso con lo que se me representaba,
vi que el castillo que en el muro negro
estaba edificado se abría de la mesma
suerte que el de la Fortuna había hecho,
quedando en el medio dél muy grande
espacio descubierto, en el cual se
me mostró una tan fiera y espantable
visión, que aun agora en pensarlo los
cabellos tengo erizados y el cuerpo
respeluzado; y porque sepáis si tengo
razón para encarecerlo de esta manera,
quiero deciros particularmente la forma
de su venida. Estaba un carro tan grande
y mayor que aquel en que había venido
la Fortuna, aunque en el parecer harto
diferentes el uno del otro; porque éste
era hecho de una madera muy negra, sin
otra pintura ninguna, con doce ruedas
grandes de la mesma suerte, á las
cuales estaban uncidos veinte y cuatro
elefantes, cuya grandeza jamás fué vista
en el mundo, estando por su compás dos
de ellos entre cada rueda de un lado y
de otro, que todo el carro rodeaban, y
en el medio dél estaba un trono hecho,
cercado de gradas por todas partes, y
encima una tumba grande como las que se
ponen en las sepolturas; lo uno y lo
otro cubierto todo de un paño negro
de luto. En la delantera de este carro
venían tres mujeres muy desemejadas,
flacas y amarillas, los ojos sumidos, los
dientes cubiertos de tierra, tanto que
más muertas que vivas parecían; traían en
sus manos sendas trompas, con que venían
haciendo un son tan triste y doloroso,
que atronando mis oídos parecía oir aquel
de las trompetas con que los muertos
serán llamados el día del juicio; y
estándolas mirando no con pequeño temor,
vi que traían sus nombres escritos, que
decían: «Vejez», «Dolor», «Enfermedad».
Tras éstas venían otras tres, sentadas
junto á la tumba, de las cuales la una
tenía una rueca y la otra con un huso
estaba hilando, y la tercera con unas
tijeras muchas y diversas veces cortaba
el hilo, sin cesar jamás ninguna de ellas
de proseguir en su officio, por el cual
y por lo que ya yo muchas veces había
oído conocí ser las tres Parcas: Atropos,
Cloto y Lachesis; y después que bien las
hube mirado, puse los ojos en una figura
que encima de la tumba venía sentada,
tan terrible y espantable de mirar que
muchas veces se me cerraban los ojos por
no verla; porque con muy gran miedo y
temor de ver una fantasma tan temerosa y
aborrescible, comenzó á temblar todo mi
cuerpo y los sentidos á desfallecerme y
dexarme casi sin vida. Tomóme un sudor
muy frío y congoxoso, como suelen tomar
aquellos que están muy cerca de las
sepolturas para ser metidos en ellas;
pero tomando algún esfuerzo para que el
desmayo del todo no me venciese, alzando
algunas veces y no con pequeña fuerza
la vista, vi que era toda compuesta de
huesos sin carne ninguna; por entre
todos ellos andaban bullendo muy gran
cantidad de gusanos; en lugar de los
ojos no traía sino unos hondos agujeros;
venía con un arco y una flecha en la una
mano y con una arma que llaman guadaña
en la otra. Cuando se meneaba, todos los
huesos se le descomponían, y cuando los
elefantes andando con el carro más hacia
mí se acercaban, mayor espanto me ponía;
ninguna cosa viva de las que en el campo
y en el aire poco antes se mostraban
dexó de desaparecer en el miedo de su
presencia, y cierto si yo pudiera huir
fuera de aquel circuito de buen grado lo
hiciera; pero así esperando muy espantado
hasta que el carro estuvo cerca de mí y
los elefantes se hubieron parado, vi que
aquella fiera y temerosa voz me comenzó á
decir de esta manera:
_La Muerte contra Torcato._
«Si no me conoces, Torcato, yo soy
aquella Muerte que poco ha en tus
exclamaciones con muy grande afición
llamabas y pedías; y no temas que vengo
para matarte, sino para que por mis
razones conozcas la poca razón que tienes
en mostrarte agraviado con la vida,
pues que con ella estás en la pena que
tu cobardía y descuido merecieron, para
ponerte en la desventura y miseria con
que agora vives tan penado; y por la
culpa que en esto tuviste en la vida
estás condenado á que viviendo padezcas
la pena que tan justamente has merecido,
lo cual es justo que sufras con mayor
paciencia de la que muestras. Y si te
parece que de mí recibes agravio en
no matarte, ¿para qué te quexas de la
vida que tienes, llamándola verdadera
muerte? Porque hallándote muerto por mi
mano habrías de decir que te daba más
verdadera vida, y no puedo yo dexarte de
confessar que tú viviendo estás muerto,
y que es mayor y más cruda la muerte que
recibes que la que yo con todo mi poder
darte podría; pero la vida desta muerte y
la muerte de tu vida están en las manos
de tu Belisia, de la cual te quexa y
agravia más que de mí, pues que entrando
en este circuito de nuestra morada, y
dexando la compañía de los que estamos en
ella, se ha entrado en el castillo de la
Crueldad y hecho en él su aposento, de
adonde te persigue y fatiga y te hace tan
cruel guerra como ya la Fortuna estando
contigo te dixo; y allí se ha hecho tan
fuerte y poderosa que, temiendo mi poder,
se ha puesto en competencia conmigo para
contigo, paresciéndole que es en su
mano darte la muerte ó la vida, y que
en esto por agora yo tengo obligación
forzosa á seguir su voluntad, aunque yo
no sigo sino la mía, dexándote vivo para
que procures el remedio con vencerla
ó con ponerte en la libertad sin que
agora vives, que no es pequeño género
de muerte para los que sin ella passan
la vida; y pues que la razón está por
mi parte y tú no tienes causa bastante
para poder estar de mí quexoso, no te
aflixas ni congoxes pediéndome ayuda y
socorro hasta que yo por mi voluntad
quiera dártelo, el cual jamás te será tan
agradable como te ha parescido, porque si
agora con sólo visitarte puse tan gran
espanto y temor como en tu descolorido
gesto se parece, y si hallaras aparejo
para huir no me vieras ni me esperaras,
¿qué hicieras si en mi compañía quisiera
luego llevarte? Créeme, Torcato, que
ninguno me llama con tan gran voluntad,
aunque mayores adversidades y trabajos le
persigan, que no se espante y le pese muy
de veras cuando siente mi venida, y que
no quisiesse huir cien mill leguas de mí
si pudiesse. Y pues que con lo que te he
dicho quedo contigo desculpada, no quiero
decirte más sino que sufras pacientemente
el vivir hasta que sea cumplido el curso
de la vida que por el soberano Hacedor de
todas las cosas te está prometido».
Acabando la Muerte de decir estas cosas,
sin esperar la respuesta dellas, de que
á mí no me pesó, por verla fuera de mi
presencia, se volvieron los elefantes
con el carro, yendo aquellas mujeres
proseguiendo aquella infernal y temerosa
música de las trompetas, que por no
oirla puse mis manos encima de mis
oídos, y siendo entrado el carro en el
castillo, se tornó á cerrar de la manera
que de antes estaba, dexándome á mí
tal que apenas ninguno de mis sentidos
me acompañaba; y huyendo los ñublados
y cesando la tempestad, el día tornó
tan claro y sereno como de antes había
estado; las aves y animales que con
espanto y temor estuvieron ascondidos,
volviendo á regocijarse, mostraban muy
grande alegría por hallarse fuera de
aquel temeroso peligro. Y yo, tornando
poco á poco á cobrar las fuerzas y
aliento que perdido tenía, comencé á oir
una música de voces tan dulce y apacible
que me paresció ser imposible que fuesse
cosa de la tierra, sino que los ángeles
hubiessen venido de los altos cielos á
mostrarme en ella parte de la gloria que
los bienaventurados poseían.
Salían estas voces del castillo del
Tiempo, el cual luego se abrió como
los passados, y del medio dél salió
otro carro bien diferente de los otros
que había visto, porque era muy menor
que ellos, y hecho todo de una piedra
transparente, que como un espejo
christalino por todas partes relucía.
Estaban uncidos á él seis griffos con
unas alas muy grandes, que con muy gran
velocidad lo levantaban tan alto, que
en un instante paresció sobrepujar á
las altas nubes; y batiéndolas con tan
gran ímpetu y furor que el aire que con
ellas hacían se sentía á donde yo estaba,
anduvieron revolando por el aire todo
aquel circuito á la redonda, y hecho esto
se baxaron, poniendo el carro tan cerca
de mí como los otros habían estado. Los
griffos eran en las plumas de varias
y diferentes colores, haciendo por sí
labores tan extrañas como las que los
hermosos pavos en sus crecidas colas
tener suelen; las ataduras de sus cuellos
eran torzales muy gruesos de oro fino. En
medio del carro vi que venía un hombre
tan viejo y arrugado que parecía ser
compuesto de raíces de árboles. La barba
y cabellos tenía todos tan blancos como
la blanca nieve y tan largos que pasaban
de la cintura; su vestido era de una tela
blanca que todo le cubría, y en la mano
traía un báculo con que sustentaba sus
cansados miembros. Estaba temblando, de
la manera que un solo punto jamás le vi
estar firme, y con unas pequeñas alas
que de los hombros le salían se hacía
continuo viento, con que ayudaba al
movimiento que en sí sin cesar tenía en
todo su cuerpo; traía asida con la otra
mano una doncella vestida con muy ricos y
preciosos atavíos, pero venía destocada y
sobre su gesto le caían un manojo de muy
rubios y hermosos cabellos, de manera que
casi se lo cubrían, y de la media cabeza
atrás tresquilada, sin cabello ninguno.
Mirábame con los ojos algo airados, como
si de mí algún enojo tuviesse; traía su
nombre escrito en los pechos que decía:
«Occasión», y en baxo una letra, que fue
por mí leída, vi que decía desta manera:
«El que pudiere alcanzarme
y asirme destos cabellos,
procure de no dexarme,
porque si me suelta dellos
muy tarde podrá hallarme».
Yo que casi atónito todas estas cosas
estaba mirando, vi que aquel tan anciano
viejo con una voz sonorosa y temblando
comenzó á decir:
_El Tiempo contra Torcato._
«Ya me debes, Torcato, haber conocido,
pues que teniéndome presente con la
tristeza que muestras, me tuviste en
lo passado con no menor alegría y me
tendrás en lo porvenir como la divina
Majestad por quien todos somos regidos
y gobernados lo ordenare y quisiere.
Poco ha que de mí, que soy el Tiempo,
te agraviabas con grandes querellas,
poniéndome la culpa que tú tienes, y
queriendo que contigo tuviesse la firmeza
que con ninguno de los mortales he
tenido. Mi propio officio es, como en mí
puedes ver, no estar jamás un instante
firme, y assí como soy mudable, assí
en mí se mudan todas las cosas, unas
de buenas en malas y otras de malas en
buenas, y que lo mesmo passasse por ti
no debe espantarte, ni por ello pienses
que tienes razón de estar mal conmigo
ni decirme las razones agraviadas que
con tanto enojo poco ha que de mi
decías. De ti mesmo podrás agraviarte
más justamente, pues no supiste ayudarte
de mí cuando yo puse en tus manos esta
doncella que conmigo trayo, que es la
ocasión que te di poniéndote en lugares
y tiempos que te pudieras aprovechar de
la tu Belisia, de la cual no quesiste
gozar, antes con tu floxedad temerosa
perdiste los cabellos que en tu mano á
mi intercesión tenías, dexándola que te
volviese las espaldas, poniéndote en
trabaxo de seguirla en vano, porque con
estar tresquilada por detrás, aunque
agora le eches la mano no podrás asirla
ni tenerla, y será menester que tengas
paciencia ó trayas compañía con que
puedas ayudarte para vencerla. Y ésta
solamente es la de tu Belisia, la cual
está en la fortaleza de la Crueldad,
tan armada y tan fuerte contra ti, que
no sé qué diligencia podrá bastar para
que quiera ayudarte á tornarla á poner
en tu favor como ya tú la tuvistes.
¿No has oído aquel común refrán de la
gente que dice: _Quien tiempo tiene y
tiempo atiende, etc.?_ En ti lo habrás
conocido ser muy verdadero, y assí no de
mí sino de ti te quexa y agravia, que
pocas veces se cobra el bien perdido si
no es con el affán y trabajo que basta á
comprarlo muy caro, y tanto está en ti
y en tu buena diligencia que yo vuelva
á parecerte el que solía, como en mí,
que sin tener respeto á ninguna cosa no
hago sino passar mi jornada disponiendo
de las cosas según el aparejo que en
ellas hallo, y pues ya has conocido mi
condición y tienes experiencia de lo
passado, aparéjate para lo porvenir, que
harta parte serás para vencerme y mudarme
si te dieres tan buena maña que puedas
volver á la tu Belisia de tu bando,
sacándola del castillo de la Crueldad,
donde muy esforzada con su fortaleza está
metida agora».
Acabando el Tiempo de decir esto, los
griffos comenzaron á menear con gran
fuerza y velocidad sus alas levantado
el carro con gran ligereza, y en muy
breve espacio volvieron á ponerlo en
el castillo, el cual se cerró como
los otros, cesando la música de voces
que hasta allí se habían oído, y en
lugar dellas comencé á oir otras muy
tristes y dolorosas, unos clamores y
gemidos como de gente apasionada y que
algunos tormentos grandes padescían; sus
suspiros, rompiendo el aire, parecían
llegar al cielo y oirse en él con quexas
de tan gran lástima, que en cualquiera
corazón la pusieran. Todo esto sonaba en
el castillo de la Crueldad, el cual se
abrió luego como los otros, y del medio
dél vi que salía otro carro pequeño de
color leonado, sin otra pintura ninguna;
las ruedas, que seis eran, venían
historiadas de la manera que el castillo
estaba; traía uncidos este carro doce
dragones muy espantables, que por sus
crueles bocas echaban llamas de fuego;
las alas, levantadas y temerosas, eran
enroscadas y vueltas para arriba; su
vista era muy fiera y temerosa; entre
cada rueda de una parte y de otra venían
dos dellos, guiando desta manera el
carro, encima del cual venía asentada en
una silla, que al parecer era hecha de
muy ardientes brasas, una mujer con un
semblante y gesto tan fiero y espantable,
que me puso harto mayor temor que los
dragones me lo habían puesto; sus
vestidos estaban todos ensangrentados,
y en la una mano tenía una espada
desnuda y con la otra á la mi Belisia,
la cual venía con todo el regocijo y
contentamiento del mundo, mostrándose
muy alegre y ufana por estar en compañía
para ella tan apacible. Venían en la
delantera del carro tres mujeres vestidas
de la mesma manera que la Crueldad,
pero con los ojos tristes y dolorosos,
vertiendo lágrimas en abundancia, sus
manos puestas en la mexilla, mostrando
en su tristeza venir forzadas y contra
su voluntad; sus nombres, que escritos
traían, eran: «Tribulación», «Angustia»
y «Desesperación». Delante destas estaba
un hombre sentado, amarillo y flaco y
tan pensativo que yo le juzgué más por
muerto que vivo; su nombre era «Cuidado».
Con esta compañía llegó á mí la mi
Belisia, reyéndose de verme cuál estaba,
y saliendo ella y la Crueldad del carro
saltando con el placer que mostraban,
se acercaron á mí, que atónito de lo
que vía, ninguna palabra podía formar
mi lengua, antes hecho mudo estaba sin
poderlos hablar ni menearme de adonde
estaba, y llegándose más cerca la
Crueldad, me comenzó á decir:
_La Crueldad contra Torcato._
«Poco te aprovecha, Torcato, llamar en
tu defensa á la Fortuna y á la Muerte
y al Tiempo, pues ninguno dellos te ha
podido socorrer ni valer de mis poderosas
fuerzas ayudándome de las de tu Belisia,
la cual tiene por bien que contra ti las
execute, para mostrarte cuán caro cuesta
el amor que no se sabe conservar con
prendas tan verdaderas que basten para
forzar la libertad y voluntad, dexándolas
subjetas de manera que no hallen camino
ninguno que pueda guiarlas para meterse
en mi castillo, como Belisia agora con
ellas ha hecho. Y pues de mi nombre
podrás conocer qué tales pueden ser mis
obras, no te espantarás que con ellas
quiera complacer á Belisia, á quien
tan obligada estoy por no tener piedad
ninguna para contigo, que es la mayor
enemiga que yo en este mundo tenga».
Diciendo esto, Belisia se llegó á mí y
con sus manos me comenzó á rasgar el
capisayo y jubón y camisa que sobre mis
pechos tenía, dexándolos descubiertos; y
aunque yo conocía que todo esto era para
daño mío, no podía dexar de holgarme en
gran manera que Belisia me tocase con sus
manos en mis carnes, recebiendo con ello
algún descanso; pero luego la Crueldad,
abriendo con su espada mi lado siniestro,
comenzó con Belisia á beber la sangre que
por la herida salía, y metiendo por ella
sus manos, sacaron mi corazón, dándome
tan áspero y terrible dolor, que aun
agora en pensarlo me desmayo, y ambas
con muy gran ferocidad y agonía daban en
él con sus dientes muy grandes bocados,
como si de rabiosa hambre estuvieran
atormentadas, y después que desta manera
lo estuvieron despedazando, Belisia,
holgándosse y reyéndose de verme cuál
estaba, comenzó á decirme:
_Belisia contra Torcato._
«Porque no digas, Torcato, que en pago
del amor que me has tenido y tienes
no te dexo compañía que en la soledad
con que quedas te acompañen, contigo
quedarán estas cuatro personas, que jamás
se apartarán de ti, y son las que en
este carro has visto que con nosotras
vinieron».
Y diciendo esto, me vi rodeado de la
Tribulación, Angustia, Desesperación
y Cuidado; y Belisia y la Crueldad,
tornando á subir en el carro, se metieron
en el castillo con gran contentamiento de
lo que contra mí habían hecho.
A esta hora, con los cuatro compañeros
que cercado sin desamparar me tenían,
sentí alzarme de tierra, y de la mesma
manera que había sido traído en aquel
lugar tan extraño fui llevado en el aire,
passando por mucha tierra deshabitada y
por grandes ciudades y poblaciones de
extrañas provincias y gentes, por muy
espessos montes y muy altas montañas,
hasta venir á hallarme donde tendido
estaba con el pesado sueño que todas
estas cosas en sí me había mostrado,
y recordando y abriendo mis ojos,
pareciéndome que verdaderamente y no en
sueños por mí hubiese pasado todo lo que
he dicho, echeles alrededor, mirando por
la compañía que conmigo había traído,
á la cual no pude ver pero sentíla que
había aposentado en mis entrañas y en
mi ánima, á donde aun agora la siento y
sentiré en tanto que la vida me durare.
Este fué, Filonio y Grisaldo, el fin de
mi sueño, y este ha sido el fin que han
tenido los amores de la mi cruel Belisia.
Este ha sido el pago que por el amor
que le he tenido y tengo me ha dado.
Si me sobra la razón para estar triste
y con el trabajo que me habéis visto;
si con justa causa me ando quexando á
vosotros pongo por jueces, pues no podéis
dexar de confessarme que mi mal es sin
remedio, faltándome la esperanza, y que
hago agravio á la vida en sustentarla y
tenerla, pues que con acabarse acabaría
de verme cual me veo; y cierto para mí
el menor mal de todos sería la muerte,
que en sueños y despierto huye de mí
para no darme la vida que con ella
recibiría. Como á verdaderos amigos os he
descubierto el secreto de mis entrañas y
os he dicho la verdad de todo lo que por
mí ha pasado; si como tales me podéis dar
algún consejo para aliviar mi tormento,
pues quitarlo del todo es impossible,
yo os ruego, y por la amistad que entre
nosotros hay os conjuro que lo hagáis,
porque teniendo el juicio más libre
estará con mayor claridad que no el mío
para mirar y ver lo que más me conviene
hacer y de qué manera, para alivio de mis
trabajos, pueda recibir algún descanso.
_Fin de la segunda parte._