«Los golpes de los azadones, Belisia
mía, que cavan en mi sepoltura, con su
temeroso son ensordecen mis oídos; y el
clamor de las campanas, con su estruendo
espantoso, no me dexan oir cosa que para
mi salud aprovechase. La tristeza de los
que con verme tan al cabo de mi vida
se duelen de mí, me tiene tan triste,
que ni ellos bastan á consolarme ni yo
estoy ya para recebir algún consuelo.
En tal extremo me tienes puesto, que lo
que con mayor verdad puede pronunciar
mi lengua es que me han rodeado los
dolores de la muerte y los peligros del
infierno me han hallado. Desventurado de
mí, que vivo para que no se acaben mis
tormentos muriendo, y muero por acabar
de morir si pudiesse. Mas ha querido mi
desventura que mi pena rabiosa tenga
mayores fuerzas que la muerte, la cual,
viéndome tan muerto en la vida no procura
matarme, antes, espantada de verme cual
estoy, va huyendo de mí con temor de
que no sea yo otra muerte más poderosa
que pueda matarla á ella, y cuando
la crueldad viene en su compañía con
intención de ayudarla, para acabarme,
movida á compasión de mí se pone á llorar
conmigo mis fatigas; y tú, más cruel que
la misma crueldad, te deleitas y recibes
contentamiento en verme metido en este
piélago de persecuciones. Bien creo que,
si alguno se puede llamar infierno,
fuera de aquel en que los condenados
perpetuamente padecen, que será éste
en que agora yo me veo, que según son
semejantes mis penas á las suyas, la
mayor diferencia que me parece que hay
es que ellos sin redención penarán para
siempre y tú podrías restituirme y
ponerme en la cumbre de la gloria de tu
gracia, viéndome yo con algún favor de
manera que pensasen ser restituido en
ella, y no tan desfavorecido como con
respuestas tan desabridas me he hallado.
Pero ¿de qué me agravio que, si bien lo
miro todo, poca razón tengo de quexarme,
pues que todo el amor está en mí para
contigo, sin dexar ninguno ni parte dél
para que tú lo puedas tener conmigo?
Yo tengo la fe tan entera, la amistad
tan cumplida, la ley tan verdadera, que
todo esto se queda en mí y tú estás
tan libre y exenta, que para lo que
aprovecharán mis agravios será para que
te rías dellos con aquella libertad que
has mostrado, teniéndome á mí en una
prisión y cautiverio perpetuo; lo que
siento que me puede quedar de lo passado
es la contemplación de una tristeza
dulce, trayendo á mi memoria aquellas
palabras de «tiempo bueno, que dicen, fue
tiempo y horas ufanas, en que mis días
gozaron, aunque en ellas se sembraron
las simientes de mis canas; yo me vi
ser bien amado, mi deseo en alta cima
contemplar en lo passado; la memoria me
lastima»; el tiempo, Belisia mía, me da
bien el pago de no haber sabido gozarlo,
y con verme cual me veo lo tengo por
mejor que haber passado un punto de lo
que por tu voluntad mostrabas y querías;
cuando quiero quexarme de mí mesmo, la
razón riñe conmigo, diciendo que no me
quexe del buen comedimiento que tuve,
pues que consigo tiene el galardón y
contigo queda la culpa de la ingratitud
y desconocimiento de lo mucho que me
debes. Si el tiempo fuera más largo no me
maravillara tanto de ver esta mudanza,
aunque ninguna cosa había de bastar para
hacerla; pero siendo tan breve, paréceme
que aquel amor que me mostraste, aquel
sentimiento que vi para verme á mí
siempre sin libertad ninguna, aquella
fe que estonces se me puso delante tan
verdadera, aquellas lágrimas con que
parecía sellarse la affición y voluntad
que se mostraba, que todo estaba colgado
de un hilo tan delgado que sólo el viento
bastó para quebrarlo. Cuando me acuerdo
de algunas cosas que por mí pasaron,
paréceme imposible lo que veo, por que no
eran prendas de tan poca fuerza que tan
presto habían de olvidarse, y assí ando
con el juicio desatinado, buscando cuál
podría ser la causa; porque en mí no ha
habido falta sino de los servicios, y
ésta no creo que bastaría, pues no sufre
pensarse que tú me habrías de tener amor
ni affición por solo interese; por otra
parte, combate una sospecha celosa, á
la cual no quiero dar crédito, porque
siempre cuanto á esto has estado bien
acreditada para conmigo. Bien sé que te
irás enojada con carta tan larga, pues
se leerá ya sin gusto habiéndolo perdido
de todas las cosas que tocan á quien la
escribe, y si soy porfiado, suplícote,
señora mía, me perdones, que lo hago con
determinación de no enojarte más con
otras, porque en esto quiero que conozcas
el deservicio que será, teniendo en
menos mi fatiga y tormento que no darte
á ti pesadumbre con serte más importuno;
viviré los pocos días y tristes que
tuviere con aquella fe que de mí se ha
conocido y con la voluntad y affición
que siempre he mostrado, y con el dolor
y trabajo que por galardón de todo esto
has querido darme, con el cual quedo, y
con aquel verdadero deseo de servirte,
que no se acabará en tanto que no se
acabare la vida que tú has querido que
tan miserablemente muera en el tiempo que
viviere».
Y inviada esta carta, supe que había
venido á sus manos y no con pequeña
diligencia, que para ello se puso,
porque yo con gran difficultad quería
oir ni ver cosa que á mí me tocasse, y
viendo que no quería responder, aunque
por otra cosa no esperé algunos días,
me vine harto desconsolado y affligido,
pero todavía con alguna esperanza, que
del todo no me había desamparado, porque
pensaba que por ventura Belisia lo hacía
por probarme, ó que le habían dicho de
mí alguna cosa que, sabiendo después no
ser verdadera, le haría arrepentirse de
la aspereza y inhumanidad con que me
trataba. Y pasados algunos días, no sé
si por estorbar que yo no le diese más
importunidad con palabras ni cartas, ó
si por ventura holgó de desesperarme
del todo, me escribió una carta breve,
que más verdaderamente se pudiera decir
sentencia de mi muerte, la cual decía
desta manera: