«Mi mano está temblando, ánima mía;
mi lengua se enmudece contemplando
lo mucho que el dolor decir podría.
Tantas cosas se están representando
juntas con gran porfía de escrebirse,
que yo las dexo á todas porfiando.
Porque en mi alma pueden bien sentirse;
mas mostrar cómo están es excusado,
pues nunca acabarían de decirse.
Su confusión me tiene fatigado,
aunque lo que me da mayor fatiga
es verme estar de ti tan apartado.
Mi poca libertad es mi enemiga,
pues quiere que te escriba mis pasiones
sin estar yo presente que las diga.
No me falta razón; mas las razones
con que entiendas mi mal yo no las hallo
si tu en mi torpe lengua no las pones.
Mis cuitas y trabajos, porque callo,
me dan mayor fatiga y más cuidado,
y el remedio se alexa en procurallo.
No sé qué me hacer, desventurado,
que todo me aborresce en no tenerte
presente ante mis ojos y á mi lado.
En todo cuanto veo hallo la muerte,
todo placer me daña y da tormento,
todo me da pesar si no es quererte.
Los campos que solían dar contento
con los montes y bosques á mis ojos,
estrechos son agora al pensamiento.
Las ovejas y cabras, que despojos
de lana y queso y leche dan contino,
en lugar de esto me causan mil enojos.
No hay monte, valle ó prado, ni camino
donde halle holganza ni reposo,
que en todos me aborrezco y pierdo el tino.
A las fuentes me llego temeroso,
por no hallar en ellas mi figura
que en verme cuál estoy mirar no me oso.
Ell alma tiene en mí la hermosura
con tenerte á ti en sí representada,
que el cuerpo casi está en la sepoltura.
La vida trayo á muerte condenada
si tú no revocares la sentencia
que mi pena cruel ya tiene dada.
Porque no pasarla en tu presencia
no es pena, mas es muerte muy rabiosa,
ó que me da fatiga con tu ausencia.
En esta vida triste y trabajosa
paso mis tristes días padeciendo,
teniendo á mi esperanza algo dudosa.
Las noches, si las paso, es no durmiendo;
los días sin comer, gemidos dando,
y en verme que estoy vivo no me entiendo.
Susténtase mi vida contemplando
cuán bien está empleado mi tormento,
y por algún favor tuyo esperando
con que pasarlo pueda más contento».
Inviada esta carta, Belisia la recibió,
según supe, mostrando poca voluntad, y
pidiéndole la respuesta de ella, como
ya las velas de su voluntad y affición
estuviessen puestas en calma, ó por
ventura vueltas á otro nuevo viento
con que navegaban, no la quiso dar por
escrito, sino que con gran desabrimiento
de palabras me invió á decir que no
curase más de escrebirla ni importunarla,
porque su determinación era de despedir
de su memoria todas las cosas passadas,
las cuales estaban ya fuera de ella, y
que si alguna vez se acordaba de ellas
era para pesarle, y que estuviesse cierto
de que jamás haría conmigo otra cosa de
lo que me decía, y que tendría por muy
enojosa persecución la que yo le diese
si quissiese proseguir en mi porfía
más adelante, de la cual no sacaría
ningún fruto, si no era ponerla en
mayor cuidado, para que de mí y de mis
importunidades con gran diligencia se
guardasse.
Venido el mensajero, el cual yo esperaba
con alegres nuevas para mi descanso, y
recibiendo en lugar dellas esta desabrida
respuesta, ya podéis sentir lo que
mi ánima sentiría, que muchas veces
estuve por desamparar la compañía de mi
atormentado cuerpo para procurar por su
parte algún alivio de sus passiones;
pero no habiendo acabado de perder del
todo la esperanza, y pensando que este
nuevo accidente podría presto hacer otra
mudanza, quise sustentar la vida para
poder ver con ella la razón que Belisia
me daba, mostrando la que tenía para
tratarme con tanta crueldad y aspereza.
Y comenzando á mostrar en mi gesto la
tristeza que me acompañaba, desechando
de mí toda alegría, andaba cargado de
cuidados y pensamientos, no sabiendo
qué decir ni qué hacer que aprovecharme
pudiesse; no dormía ni reposaba; mi
comer, era tan poco que difficultosamente
podía sustentarme; la flaqueza y la falta
del sueño, que me traían casi fuera de mi
juicio.
Y lo que mayor pena me daba era que á
ninguno osaba descubrirla, ni con nadie
la comunicaba para recibir algún alivio.
Anduve ansí muchos días, más muerto que
vivo, y pensando que Belisia por ventura
lo había hecho por probarme para saber de
mí si estaba firme con la fe que siempre
le había mostrado, determiné de tomar el
camino para su aldea, lo cual puse luego
por obra; y llegando allá ninguna manera
ni diligencia bastó para que Belisia
oirme ni escucharme quisiesse, á lo menos
en secreto como solía, que en lo público
no podía decirle nada que á nuestros
amores tocasse, y con tal disimulación
me inviaba como si jamás entre mí y ella
ninguna cosa hubiera pasado; estaba
tan seca de razones y tan estéril de
palabras, que, en verlo, mil veces estuve
por desesperarme.
Y, en fin, queriendo tornar á probar
mi ventura, me determiné de escribirle
otra carta, encaresciéndole mi pena y
passión todo lo que pude, pensando que
aprovecharía para que dello se doliesse,
y la carta era ésta, porque aquí tengo el
traslado della: