«Ninguna razón, Torcato, tienes de
agraviarte de mí, pues que hasta agora
ninguna causa hay con que justamente
puedas hacerlo. Si me amas, yo te amo; y
si me quieres, yo te quiero; si me deseas
hacerme placer, yo deseo darte todo el
contentamiento que pudiese; y pues que
en esto puedes estar satisfecho de mi
voluntad, debrías contentarte con ella y
no pedirme las obras que sin perjuicio
de mi honestidad no pueden hacerse. Lo
que con grande affición te ruego es
que me ames con el verdadero amor que
yo te tengo, y no con amores ilícitos
y dañosos, porque mi voluntad nunca se
ha podido inclinar á consentirlos; y si
con los favores que yo te pudiere dar
desta manera te contentare, jamás por
mí te serán negados; y los que fuera
dellos me pidieres, no pienso darlos en
tanto que mi propósito no se mudare, el
cual, poniendo á la razón de por medio,
no dexará de estar firme en esto que te
digo. Aunque no puedo negarte que nunca
supe qué cosa era verdadero amor, si no
es el que de mí para contigo he conocido;
y así querría conocer el tuyo, dando
alivio á la pena que en ti sientes, la
cual me da á mi poca fatiga, ni me tiene
puesta en poco cuidado de verte sin ella,
conociendo que á mi causa la recibes.»
Ningún alivio me dieron las razones
desta carta, más del que recibí con el
favor que Belisia me daba en escribirme,
ni tampoco perdí del todo la esperanza
por lo que en ella me decía, conociendo
la condición de las mujeres y que,
haciendo guerra contra el Amor, se ha
de combatir procurando ir ganando las
entradas y salidas de su fortaleza
poco á poco. Y como no pudiese hallar
lugar para hablar con ella, si no era
en público y delante de mucha gente, le
torné á escrebir otras cartas, á las
cuales siempre me respondió con unas
razones tan dudosas, que ni podía tomar
de ellas verdadera esperanza ni tampoco
perderla del todo. Así andaba confuso,
cargado de pensamientos y cuidados, y
el mayor que tenía era procurar que mis
ojos pudiessen contemplar en presencia
de Belisia la causa de su mal, y esto
buscaba todas las ocasiones y achaques
que podía; el mayor trabajo, ó uno
de los mayores, era la disimulación
fingida que traía con Aurelia, en la
cual conocía siempre algún recelo
sospechoso de lo que verdaderamente
pasaba, sin poder averiguar la verdad,
porque andaba recatado para que ninguna
persona del mundo entenderme pudiese.
Desta manera se pasaron algunos días,
hasta que la ventura quiso que la mi
Belisia de una muy grave enfermedad se
hallase fatigada; que como á mi noticia
viniese, ninguna adversidad en el
mundo pudiera venirme que en tan gran
confusión y fatiga me pusiera; y así
mayor esfuerzo que el mío era necesario
para poder passarla, y desmayando el
corazón y las fuerzas, quedé con esta
triste nueva hecho un hombre de piedra,
sin sentido, de manera que ni oía lo
que me hablaban ni respondía á lo que
me decían; tenía el juicio alterado y
todo lo que hacía y decía desatinaba,
porque el Amor mostraba estonces contra
mí todo su poder, y como los que andaban
embelesados con algún espanto por haber
visto visiones ó fantasmas, así anduve
yo hasta que, siendo Belisia sabidora
dello, con alguna lástima buscó aparejo
para que yo pudiese entrar á verla
donde estaba, que para mí, después de
su salud, ninguna cosa pudiera darme
mayor alivio y consuelo; y assí puesto
delante su lecho, viendo en su hermoso
gesto las señales del mal que tenía, que
eran amarillez y flaqueza, le dixe: «No
sé cómo pudo tener fuerza el mal donde
tan gran bien se encierra; y ten por
cierto, dulce ánima y señora mía, que más
verdaderamente lo siento yo en el alma
que tú lo puedes sentir en el cuerpo; y
en tanto que lo tuvieres enfermo, poca
salud puedo yo tener, pues toda la que
en mí hay, por ti y por tu esperanza la
tengo. ¡Ay de mí, Belisia mía, que me
sobra el sentimiento y me faltan las
palabras para poderte encarecer lo que
siento! Pluguiesse á Dios que con todo el
mal que la fortuna puede darme pudiese
merecer de verte á ti sin el que padeces,
que todo se me hacía poco por el menor
bien que venirte pudiese, para que por
mi causa lo gozases; y si por decir lo
que querría y deseo dixese desatinos,
no me pongas, señora mía, culpa, que el
dolor de verte á ti tal me hace que no
pueda atinar en ninguna cosa que diga ni
haga; y así te suplico tú mesma guíes mi
lengua como eres señora de la voluntad,
para que mejor puedas entenderme lo que
ella por sí sóla como muda delante de ti
manifestar no te puede».
Diciendo esto, mis lágrimas daban señal
muy manifiesta de que era más lo que
quedaba encubierto en mi corazón que lo
que la torpeza de mi lengua publicaba.
Y Belisia, viéndome tal, me dixo:
«Satisfecha estoy, Torcato, de todo lo
que me dices, y cada día me vas obligando
más con ver la verdadera fe que conmigo
tienes, de la cual no eres tan mal pagado
que no halles en mí mucha parte della
para agradecerte y pagarte la affición
con que conozco que de ti soy amada. Mi
mal me ha dado hasta agora fatiga; mas
ya se me va aliviando, de manera que
tengo esperanza de verme presto buena del
todo; y si en tanto que del lecho no me
levantare pudieres alguna vez visitarme,
no dexes de hacerlo, que aunque no se
puede hacer en secreto, como hoy lo
has hecho, ocasiones habrá para que
públicamente puedas verme y hablarme,
que para mí no será pequeño alivio, pues
no puedo negarte que no recibo gran
consolación con tu vista, y mayor que de
ninguno de los que visitarme pueden».
Diciendo esto, tomando mis grosseras
manos con las suyas delicadas y hermosas,
me las apretó con ellas, dándome á
entender que no era fingido lo que me
decía, sino que sus palabras procedían de
verdadero amor y voluntad que tenía.
Yo, con este favor transportado en una
gloria comparada, en mi entendimiento,
á la mayor que en la tierra se puede
recebir, después de aquella que los
bienaventurados reciben en el cielo,
cobré un poco de más esfuerzo y osadía,
mezclados con un temor que me embarazaba
para no saber en qué determinarme; pero
al fin, vencido de mi mesmo deseo,
junté mi boca con la de mi Belisia,
hallándome con tan gran bien subido en
un contentamiento tan glorioso, que casi
estaba para desconocerme, pensando que
era impossible que tan gran gloria se
pudiese hallar en el mundo para quien
con tantos trabajos y penas infernales
contino andaba padeciendo; y no sabiendo
si por mi atrevimiento de mí quedaba
enojada, le dixe:
«Perdonadme, señora mía, si algún agravio
de mí has recebido, el cual no era yo
parte para hacerlo si el Amor no me
forzara sin poder resistirle, y aunque yo
no tengo toda la culpa, aparejado estoy
para sufrir toda la pena que por haberte
ofendido te merezco».
Belisia, sintiéndome confuso y afligido,
me respondió: «La causa de tu yerro,
Torcato, trae consigo el perdón que
me pides; bien fuera que esperaras mi
licencia, pero pues tú la has tomado,
yo habré de tenerlo por bueno, que no
veo otro remedio para quedar satisfecha
de lo que conmigo has hecho». Yo, que
tanto miraba lo que me daba á entender
en su hermoso gesto como lo que en sus
palabras me decía, la vi quedar alegre y
sonriéndose, con que cobré mayor ánimo
y esfuerzo para tornar á gozar de lo
que me había consentido; y estando desta
manera, con un gozo y contentamiento
incomparable, que yo jamás quisiera que
se acabara, fueme forzado, para no ser
sentido, que me saliese, y abrazando y
besando á la mi Belisia, le dixe: «Aquel
consuelo y alegría con que, señora, me
envías quede contigo, para que con ella
tengas la salud que yo te deseo, la cual
plegue á Dios que te dé á ti, pasando en
mí la dolencia que te aflige, para que en
mí se junte todo el mal que tú tienes y
en ti todo el bien que yo tengo y tener
puedo».
«Dios vaya contigo, respondió Belisia,
que mi mal no es tanto que no piense
levantarme muy presto del lecho, y así
holgaría dello por el contentamiento tuyo
como por la salud que me deseas».
Con esto me salí templando la gloria de
lo que por mí había pasado con la pena
de verme tan presto sin ella; y con ver
á Belisia en poco tiempo fuera de su
enfermedad se me alivió la pasión que por
esta causa muy congojoso y fatigado me
traía. Con estos favores que sustentaban
mi esperanza y con el deseo que se
contentaba hasta haberla gozado, pasaba
la vida en la soledad de los desiertos
campos y deshabitados montes, con una
alegre tristeza, y tal que yo no la
entendía; porque cuando se ponía ante mis
ojos la razón que para estar triste se
me mostraba, la alegría, muy agraviada,
decía que por fuerza y por sola mi
voluntad era de mí desechada, pues sentía
ser amado con el verdadero amor que yo
amaba y pagado de lo que mis mortales
ansias y cuitas merecían.
¡Oh, cuántos y cuán diversos pensamientos
eran los que combatían mi entendimiento,
sin que pudiese quedar de ninguno dellos
vencido, por las razones contrarias
que por cada parte hallaba! Y, en
fin, siempre me parecía inclinar á
la tristeza, que con mayores y más
sufficientes razones y pruebas me
combatía, assí admirando el fin tan
áspero, cruel y engañoso con que de la mi
Belisia he sido tratado, que al estado y
punto de la muerte en que me habéis visto
me ha traído.
Andando desta manera, dando sus vueltas
acostumbradas el movible tiempo, estando
ya Belisia fuera de la enfermedad y
vuelta á lo que de antes solía, parecíame
ser requestada de algunos zagales
polidos, que confiando en su apostura
y vencidos de la gracia y hermosura de
Belisia, daban señales manifiestas del
amor que los aquexaba, serviéndola en
lo que podían y festejándola con bailes
y danzas; y de día y de noche, tañendo
flautas y chirumbelas, con músicas
de rabeles muy acordados, procuraban
agradarla con alboradas, cantando versos
muy bien compuestos y canciones bien
ordenadas. Lo cual todo para mí era muy
grande aflición y tormento, y mayor lo
fuera si la mi Belisia no me confiara
diciéndome que todas estas cosas le eran
enojosas y que no tenía de qué recelarme
ni vivir con cuidado, porque ninguno en
el mundo, por mayor valor que tuviese,
llevaría della jamás los favores que á mí
me había dado; y assí me traxo vacilando
de mi ventura algunas veces, con grandes
sinsabores y sobresaltos de disfavor, y
otras con alguna manera de esperanza,
aunque siempre dudosa, porque Belisia me
daba á entender que no por affición sino
por lástima era lo que conmigo hacía, y
que yo no tenía más que esperar de lo
passado, y que con ello pensaba haber
offendido á lo que á sí mesma se debía.
Y yo, aquexado con la tristeza que
estas cosas me causaban, andaba siempre
buscando aparejo para persuadirla á que
de mis fatigas se doliese, y así un día
que mi ventura quiso que en el campo
entre unos espesos árboles la hallase
sentada, apartada de la compañía de las
otras pastoras y mirando cómo su ganado
por los verdes y floridos prados se
apacentaba, llegándome á ella con la
voz temerosa y temblándole, comencé á
decir: «Ya, hermosa Belisia mía, mi ánima
no puede con mis fatigas ni el cuerpo
con el trabajo de mis cuidados, ni todo
junto con el tormento que padezco en ver
que de mí no te dueles para satisfacer
al deseo con la gloria de gozar tan
excelentes gracias y hermosura; porque
los favores que me das y la merced que
con tus palabras me haces, y el amor y
voluntad que me muestras, todo es para
acrecentar en mí el dolor, poniéndome en
mayor agonía, como á los que, estando con
gran calentura y rabiosa sed con ella, si
les muestran alguna vasija de agua clara
y dulce sin poder beber della, muy más
sedientos y fatigados los dexa, y pues
que conoces que mis palabras no pueden
acabar de manifestarte lo que mi corazón
siente, en mis ojos podrás conocer
cuánto es mayor mi fatiga y congoxa y
cuánta ventaja hace el dolor y pasión
encerrada en mi pecho al que publica mi
lengua, que para poder decirlo delante
de ti se me enmudece; por el verdadero
amor que te tengo, por la affición y
fidelidad con que te amo, te conjuro y
requiero que no uses conmigo de crueldad,
dexándome acabar la vida, pues con la
muerte ningún servicio te hago, que si
con ella lo recibieses, en poco tendría
que se sacrificasse por tu voluntad, sin
dilatarlo por la mía solo una hora».
En medio de estas palabras eran tantos
mis sospiros y sollozos, que me
impidieron lo que más pudiera decirle. Y
Belisia, mirándome con los ojos húmedos
de la compasión y lástima que de mí
tuvo, me comenzó á decir: «Vencido han,
Torcato, tus lágrimas á mi determinación
y propósito; mudado has mi voluntad para
hacer contigo lo que jamás pensé hacer
con ningún hombre del mundo, porque
el verdadero amor que en ti conozco
me fuerza á que te pague con amarte y
quererte, procurando darte el descanso
y alivio que fuere en mi mano; y no
digo el que desseas, porque, aunque yo
quisiese, no sería verdadero amor el que
tú me tienes si me quisieres poner en el
peligro que de ello podría seguirse. Y si
de ti tengo seguridad que en ninguna cosa
procurarás offenderme, yo holgaré de que
de noche me veas á donde con más libertad
puedas hablarme y gozar de aquellos
favores que yo sin dañar del todo á mi
honestidad y bondad pudiere darte».
Tan gran contentamiento me dió esta nueva
de alegría, que para mí ninguna pudiera
ser mayor en la vida para resucitar la
vida que muerta andaba, que tomándole sus
hermosas manos, se las besé muchas veces,
bañándolas con otras lágrimas alegres que
mi corazón con el nuevo descanso por mis
ojos destilaba. Y después lo mejor que
supe di las gracias de tan gran merced y
beneficio y le supliqué que no dilatase
tan gran bien como me hacía; y ella me
señaló tercero día, diciéndome que, por
quitar la ocasión de alguna sospecha, me
fuese, lo cual yo hice luego tan alegre,
que á mí mesmo por el bien que esperaba
no me conocía; y llegando con muy gran
regocijo á donde los otros zagales y
pastores estaban, y la mi Belisia por
otra parte, comenzamos todos, en tanto
que el ganado pacía, á hacer muchos
juegos con que nos solazamos, y después,
rogándome que con mi flauta les hiciese
algunos sones, bailaron hasta que de
cansados tornaron á sentarse. Y yo, que
la alegría me tenía otro del que solía
ser, comencé á cantar estos versos, que
agora quiero deciros:
Alegre tiempo, sereno y claro día
en que el sol resplandeciente se ha mostrado,
no dexes parecer algún nublado
que pueda oscurecer nuestra alegría;
el campo con sus flores se cubría,
las yerbas con verdura se mostraban,
las rosas de sí olor suave daban
y la fruta estando en flor se descubría,
y el zagal enamorado,
aunque más ande penado
su gran dolor y tormento despedía.
Huyendo se va el pesar de este rebaño,
donde el placer en tal día se ha sentido;
el trabajo y el dolor se han escondido
de manera que no pueden hacer daño;
el regocijo y contento es ya tamaño
en pastores y pastoras de esta sierra
que ningún trabajo pueda darles guerra,
por ser el día mejor de todo el año;
y los zagales polidos
que de amor están heridos
hoy no pueden recelar algún engaño.
Las cabras con sus cabritos retozaban;
las ovejas y corderos van saltando;
las terneras van corriendo y saltos dando,
y este día con placer regocijaban;
los páxaros con dulzura voces daban,
mostrando en su dulce canto estar contentos;
los animales que andan muy hambrientos
en los pastos abundosos se hartaban;
los zagales con amores
hoy no sienten sus dolores
contemplando los favores que llevaban.
Acabando de cantar nos partimos los unos
de los otros, y yo, esperando la tercera
noche por mí tan deseada, unas veces
reñía con el tiempo, pareciéndome que
contra mi ventura se alegraba, y otras le
rogaba que, apresurando su curso, diese
lugar para que se cumpliese mi deseo;
y pasando en estas consideraciones,
Belisia me dió aviso de la manera que
había de tener para entrar á donde ella
me esperaría, y no siendo yo perezoso,
sin faltar un punto y sin ser de ninguno
sentido me vine á hablar solo con ella
sola, pareciéndome que, dexando de
estar en la tierra, gozaba de la gloria
del cielo; pero Belisia, antes que yo
palabra ninguna pudiese hablarle, más
de besar sus hermosas manos, que para
mi boca eran el más precioso manjar
que gustar en el mundo podía, me dixo:
«Mira, Torcato, que, confiando yo en el
grande y verdadero amor que me muestras
y tengo por cierto que me tienes, me he
osado poner en tus manos, no para que
de mí pienses aprovecharte de manera
que fueses causa de ponerme en fatiga,
procurando quitarme el mayor bien de
que la naturaleza me ha dotado, porque
entonces no sería amistad la tuya para
conmigo, antes te juzgaría por el mayor
enemigo de todos los que tener puedo, y
aunque yo inconsideradamente te diese
lugar para cumplir lo que deseas,
obligado estás tanto á mi honra como á
tu contentamiento. Bien sé que no tengo
fuerzas para poder resistir las tuyas
si quisieses; pero tú eres el que has
de forzarte á ti mismo, contentándote
con lo que fuera desto yo pudiere hacer
para aliviarte de la pena con que estos
días te he visto andar tan fatigado,
porque si otra cosa hicieses gozarías
breve tiempo de tu voluntad, poniéndome
á mí en el peligro de la vida y á ti de
perderme para siempre». Con muy gran
tristeza estuve escuchando estas razones;
pero pensando que el tiempo, que todas
las cosas trueca y muda, podría hacer
en esto lo mesmo, me hizo recibirlo con
paciencia respondiéndole: «Dulce ánima y
señora mía, yo no tengo, no puedo tener
otra voluntad sino la tuya, y aunque con
tan duro freno quieras gobernarme, yo lo
pasaré todo en paciencia, gozando de la
merced que me haces, y con la condición
que tú hacérmela quisieres; no tengas
recelo de mis fuerzas para contigo,
que la mayor fuerza de todas es tu
mandamiento, que por mí en ninguna manera
puede dexar de ser obedecido». Hablando
en esto y en otras muchas cosas pasamos
toda aquella noche, estando yo siempre
abrazado con la mi Belisia, y las más
veces la una boca con la otra, gozando
della y de sus hermosas manos, sin que
otra cosa yo intentase ni ella me lo
prometiese, y acercándose la mañana harto
más presto de lo que yo quisiera, fueme
forzado salirme, pasando entre nosotros
al despedirnos muchas cosas con que cada
uno procuraba dar á entender al otro el
amor que le tenía.
Y tornándome yo á mi ganado, anduve
muchos días contento y ufano con una
sabrosa y agradable vida, aunque no era
cumplida mi gloria del todo, porque
algunas veces que con importunidad y
casi forzada Belisia me hacía la merced
pasada de verme y hablarme á solas de
noche y de día, era con las condiciones
que la primera vez lo había consentido;
pero tanto podía el Amor para conmigo,
que tenía en más cualquier enojo, por
muy pequeño, que Belisia á mi causa
recibiese que todo el tormento y trabajo
que yo recibía con el buen comedimiento,
el cual tengo agora por cierto que fué
la causa de todo mi daño. Desta manera
anduvimos muchos días, passando el tiempo
con entretenimientos aplacibles, buscando
siempre lugares oportunos para que unas
veces descansasen los ojos y otras las
lenguas, publicando lo que los corazones
sentían y procurando darnos todo el
contento que podíamos, sin passar jamás
aquella ley que me estaba puesta, la que
para mí no tenía menos fuerza que si con
quebrarla hubiera de perder la vida.
Y como las cosas no pueden estar siempre
en su ser, passándose este tiempo comenzó
á acercarse aquel en que nos era forzado
hacer mudanza, porque la aspereza del
viento cierzo, acarreando las heladas y
nieves, y el viento ábrego hinchiendo el
cielo de nubes, que con grandes avenidas
de aguas nos amenazaban, nos pusieron á
todos en cuidado de baxar los ganados á
la tierra llana. Y como esta nueva fatiga
tuviese acongoxada mi ánima, comenzándose
á mostrar en mi gesto la tristeza grande
de que comenzaba á andar acompañado,
sintiéndolo Belisia me dixo:
¿Qué nuevo cuidado es éste, Torcato?
Jamás te tengo de ver tan alegre que no
sea más parte la tristeza para hacer
huir de ti la alegría. Flaco andas y
amarillo, de que á mí muy de veras me
pesa, porque el Amor no consiente que
yo pueda ver en ti tal experiencia sin
que te haya de consentir lo mesmo que tú
sientes; y assí, holgaría de que no te
fatigasses, pues nos es forzado passar
las cosas como la ventura las ordena,
debrías contentarte con haber conocido mi
voluntad y obras, sin querer con el fin
dellas ponerme en aquella turbación que
sólo mi muerte tendría por remedio».
«No es eso, le respondí yo, mi Belisia,
lo que agora me atormenta y desatina
para andar como me ves, que con la vida
que tengo más verdaderamente podría ser
contado entre los muertos. Mi nuevo
cuidado nace de ver que se allega para
mí el día más temeroso que podría haber
después de aquel universal juicio;
porque assí como los que estonces fueren
condenados carecerán de la gloria que los
bienaventurados gozan en el cielo, assí
me falta á mí la mayor de que gozo ni
podría gozar sin tu vista en la tierra.
Si alguna cosa me puede dar alivio será
verte á ti, ánima mía, con alguna parte
del sentimiento que yo tengo, para que
conozcas que, ya que me aparto de tu
presencia, no me apartaré de tu memoria
ni de tu gracia, que son dos cosas que
pueden sustentarme la vida que anda por
acabarse muy presto».
«Desso puedes estar cierto, respondió
Belisia, que no será menos lo que yo
sentiré que lo que tú sientas; pero
menester es que tengamos paciencia
á donde no vemos otro remedio.» Con
esto nos apartamos, y todas las veces
que después nos podimos ver fueron
para tratar esta materia, preveniendo
el trabajo y apercibiéndonos contra
la fatiga; porque, á tomarnos
desapercibidos, ninguna paciencia bastara
según lo que de mí conocía y lo que
Belisia me mostraba, la cual con sus
palabras siempre procuraba consolarme
mostrándome una fe tan verdadera, que yo
jamás pensé que me faltara; y bien fué
menester estonces, porque verdaderamente
creo que sin ella en aquella partida
también se partiera el ánima de mi cuerpo.
Y venido el día señalado, que á entrambos
nos puso casi deffuntos en la sepoltura,
no fué poco poder en él sustentar la vida
que no se acabase del todo ó no mostrar
tan claramente que todo el mundo lo
conociera cuán difficultosamente podía
sufrirse una prueba tan áspera como el
Amor en nosotros ambos hacía. Yo traía
mis ojos hinchados por arreventar con las
lágrimas; un nudo hecho en mi garganta
que apenas hablar me dexaba; tenía las
fuerzas tan perdidas, que con difficultad
moverme podía, y en fin, andaba tal, que
no tenía otro remedio sino mostrarme muy
enfermo, para que nadie podiesse conocer
mi verdadera dolencia.
Ya cierto en este tiempo lo que Belisia
hacía no parecía fingido, que las señales
y muestras que daba eran de verdadero
amor y agradecimiento.
Y así aquella noche antes que nos
partiésemos se dió tan buena maña y la
ventura nos favoresció á entrambos de
manera, que nos dió lugar para pasar
mucha parte della juntos, y puesto yo en
su presencia le decía: «No sé, señora
mía, cómo podrá este cuerpo vivir ausente
de ti, que eres más ánima suya que la
que consigo trae; de una cosa podrás
estar cierta, que la que yo tengo queda
contigo, y que conmigo va sólo mi cuerpo
con el deseo de que siempre andará
acompañado, no teniendo otra vida sino la
esperanza de tornar á verte y servirte,
pues yo no puedo emplearme en otra cosa
ninguna que fuera desto pueda darme
contentamiento».
Diciendo estas palabras, mis lágrimas
eran tantas, mis sollozos y sospiros eran
tan grandes, que no me dexaron pasar
adelante. Y Belisia, viéndome casi sin
aliento, ayudándome con la mesma congoxa
que yo tenía, mezclaba sus lágrimas con
las mías, porque los ojos de entrambos
estaban hechos manantiales fuentes, y
dando un profundo sospiro me respondió:
«Nunca pensé, Torcato, que á tal extremo
me traxera la affición y verdadero amor
que para contigo dexé aposentar en mis
entrañas, el cual me tiene tal que no sé
cuándo podré tener una hora de alegría
viéndome ausente de ti, aunque nunca te
apartaré de mi pensamiento porque ya no
soy parte para hacerlo si quisiese, ni
tengo la libertad pasada con que hacerlo
en otro tiempo pudiera. Y así el tiempo
que no te viere, estaré desamparada y
sola, como viuda y triste y desconsolada,
sin esperanza de bien ninguno, hasta que
mis ojos puedan tornar á ver la luz que
agora pierden en perder de poder mirarte
para su descanso, como hasta agora
hacían».
Con esto, juntando una boca con otra,
llorando la cercana partida, pudo tanto
el dolor en el tierno corazón de Belisia,
que no pudiendo socorrerle con sus
flacas fuerzas, le tomó en mis brazos
un desmayo que sin sentido ninguno la
dexó, y pareciéndome que la muerte le
ponía asechanzas, rodeando por todas
partes para hallar manera cómo sin vida
la dexasse, á mí me tenía casi sin ella,
estando con una pasión tan crecida y un
dolor tan áspero y fiero, que agora en
pensarlo me espanto cómo pude sufrir una
experiencia tan fuerte y poderosa, la
cual me puso en tal extremo, que por más
muerto me contaba que la mi Belisia; y no
hallando otro remedio con que socorrerla
pudiesse, la abundancia de mis lágrimas
socorrieron á la falta de la agua para
echarle en su hermoso gesto, las cuales,
despidiéndolas mis ojos por mis mejillas
y cayendo en él, fueron causa para que
más presto en sí volviese diciendo:
«No fuera pequeño descanso, Torcato, si
en tus brazos se feneciera la vida que
de aquí adelante se pasará con tanta
tristeza y tan desventurada muerte; mejor
fuera que me dexaras morir que buscarme
remedio que tan caro me costará todo el
tiempo que viviere».
«No quiera Dios, mi señora, le respondí
yo, que tu muerte sea primero que la mía,
ni á mí me venga tan gran mal que yo
ver ni saberla pueda. No me pesa de que
sientas el tormento de nuestra partida,
porque por el tuyo conozcas el que yo
siento, y acordándote dél hayas lástima
de mí, como de tu verdadero siervo,
aunque no querría que tu sentimiento
fuesse tanto que no pudiesse encubrirlo
y pasarlo sin que con señales de tanto
dolor lo manifiestes. Y pues ningún
otro remedio nos puede valer en esta
adversidad sino la paciencia, suplícote,
ánima mía, y por el verdadero amor que me
tienes y yo te tengo te conjuro que tú
la tengas hasta que yo busque y procure
cómo los tiempos se muden y truequen,
para hallar otro descanso del que agora
tenemos, que yo no pienso perder la
esperanza estando tan conformes las
voluntades».
«Yo lo haré, me respondió, como lo
dices, ó á lo menos procuraré hacerlo, y
pues la noche se nos acaba y el día se
nos muestra en enemigo para apartarnos
forzosamente, forzado será que tú te
vayas. Y porque no tengo prenda mía que
pueda darte para que de mí te acuerdes,
con este cordón de mi camisa quiero ligar
tu mano derecha, con la cual me diste tu
fe, porque no puedas mudarte ni trazarla
sin que te venga á la memoria la injuria
que haces á quien tan verdadera la tiene
y tendrá siempre contigo, que jamás
hallarás en ella mudanza».
«Ya poca necesidad hay, le dixe yo, de
prendarme con ninguna cosa más que con
aquel amor que tan gran fuerza tiene que
ninguna prosperidad ni adversidad bastará
para quebrar su firmeza. Y pues yo voy
tan prendado, queda, señora, segura que
yo el mayor consuelo que llevo es pensar
que voy seguro de que nuestras voluntades
es una mesma voluntad, sin haber entre
ellas differencia».
Con estas palabras nos abrazamos, y
acompañados el uno y el otro de lágrimas
y sospiros nos apartamos, yendo yo tan
cargado de cuidados y fatigas, que no
me acordaba de otra cosa, y así entre
dos luces me torné al ganado, sin que de
ninguno de los pastores que cerca estaban
fuesse sentido. Y venido el día, puestos
todos á punto, nos partimos; pero antes
en lo público estando todos juntos,
Belisia y yo con los ojos nos dábamos á
entender lo que los corazones en esta
partida sentían, y no fué poco poderlo
encubrir de manera que los que estaban
presentes no lo conociessen. Assí nos
apartamos, yendo los unos por una parte y
los otros por la otra; y si yo quissiese
contar ni encarecer el sentimiento que
llevaba, imposible sería que mi lengua
podiese decirlo, porque yo iba tan fuera
de mi juicio, que ni entendía lo que
me hablaban ni oía lo que me decían,
porque todos mis pensamientos y sentidos
llevaba ocupados en la contemplación de
mi desventura teniendo el retrato de la
mi Belisia en el alma de tal manera que
los ojos espirituales, que mirándola
estaban siempre, también ocupaban á los
corporales para que en otra cosa ocupar
no se pudiesen; llegados que fuimos á
nuestra aldea, muchos días anduve con
esta triste vida buscando la soledad de
los desiertos y montes deshabitados,
trayendo mis ganados por los riscos y
peñascos, huyendo de los otros pastores y
de cualquiera otra compañía que apartarme
del pensamiento de la mi Belisia pudiese,
porque sola esta era mi gloria y en solo
esto hallaba descanso y alivio; muchas
veces á voces la llamaba, llevándolas en
vano el viento sin ser oídas, y otras
estaba hablando con ella contándole mis
passiones y trabajos, como si presente la
tuviera; pero después, hallándome burlado
de ver cuán lexos de mí estaba apartada,
tornaba á mis principiadas quexas conmigo
solo, de las cuales hacía muchos días
testigo á esta clara fuente donde agora
estamos, porque sola ella las oía. Y
andando con este cuidado, determiné de
escrebirla una carta dándole cuenta de
mi vida y rogándole que me enviase algún
consuelo con que sustentarla pudiesse; lo
cual ella hizo con muy amorosas razones,
de manera que en mi salud y contento
se pareció la alegría que con ella
había recebido. Passado algún tiempo,
la ventura me descubrió cierto negocio
y ocasión con que lícitamente pude ir
á la aldea donde sus padres habitaban;
y llegado sin haber sentido cansancio
ninguno en el camino, con la agonía
que llevaba, aunque la mi Belisia me
recibió con alegre semblante y palabras
amorosas, el corazón, que pocas veces
suele engañarse, me daba á entender
que no hallaba en ella aquella fuerza
de affición con que otras veces eran
dichas, antes me las representaba con una
tibieza que por una parte me espantaba y
ponía temor y por otra no la creía. Pero
al fin, dándome audiencia en secreto,
con alguna importunidad que me puso en
mayor sospecha y parecióme hallarla con
alguna más libertad que solía, aunque no
de manera que pudiese tener razón que
por estonces bastase para agraviarme, y
habiéndome detenido tanto espacio cuanto
el negocio requería, el cual yo dilaté
todo lo que pude, fueme forzado volverme,
dexando el ánima con ella y llevando
conmigo solo el cuerpo y el cuidado que
me acompañaba, porque ya yo iba algún
tanto sospechoso, adivinando el mal que
esperaba de las señales encubiertas, que
hacían á mi atribulado corazón adivino,
y assí entreteniéndome algún tiempo la
esperanza confiando en la fe que había
en un tiempo conocido y en las promesas
que con tan gran hervor y voluntad se
me habían hecho, determiné de tornar á
descubrir tierra, y para ello le escribí
una carta, la cual le envié con mensajero
cierto, y si queréis oirla, decírosla he,
porque la tengo en la memoria de la mesma
manera que fué escrita.
GRISALDO.--Antes te lo rogamos que lo
hagas; pero bien será, si te parece,
Torcato, que primero, por ser passada
tanta parte del día, comamos algún bocado
si en tu hatero traes aparejo para ello,
que ya la hambre me acusa y á Filonio
creo que le debe tener fatigado.
FILONIO.--Antes os hago ciertos que casi
de hambre y de sed estoy desmayado;
porque ayuno me vine esta mañana, y
como no me sustento en amores, de la
manera que Torcato lo hace, hasme dado,
Grisaldo, la vida con tu buen aviso de
acordarlo á tan buen tiempo.
TORCATO.--Yo confiesso que no ha sido
pequeño mi descuido en no convidaros,
y aunque no esté tan bien aparejado
como vosotros lo merecéis y como lo
estuviera si fuera avisado de vuestra
venida, todavía no faltará qué comáis,
que aquí tengo un pedazo de cecina de
venado que mis mastines este invierno,
por estar herido en una pierna, mataron;
también hallaréis parte de un buen queso
y cebolletas y ajos verdes, y el pan,
aunque es de centeno, tan bien sazonado
que no habrá ninguno de trigo que mejor
sabor tenga.
FILONIO.--Yo traigo conmigo la salsa
de San Bernardo para que todo me haga
buen gusto; pero bien será, Torcato,
que también tú nos ayudes, porque sin
comer ni beber mal pueden los hombres
sustentarse, y, como suelen decir, todos
los duelos con pan son buenos.
TORCATO.--Quiero hacer lo que me dices,
que no es poca mi flaqueza ni la
necesidad que tengo de socorrerla.
GRISALDO.--En mi vida no comí cosa
que mejor me supiese; ¡oh qué sabroso
está todo y qué bueno! que aunque nos
esperaras no estuviera más á punto,
ni nos pudieras hacer convite que más
agradable nos fuera.
FILONIO.--Dame, Torcato, el barril, que
no es menor mi sed que mi hambre, y
quiero que se corra todo junto.
TORCATO.--Vedlo aquí; y aunque yo no
lo he probado, por muy buen vino me lo
dieron.
GRISALDO.--Passo, Filonio, que no lo has
de acabar todo, que á dos vaivenes como
ese apenas nos dexarías una gota.
FILONIO.--No había bebido tres tragos
cuando ya te matabas; ¿no miras que tiene
el cuello muy angosto y que sale tan
destilado que casi no le he tomado el
gusto?
TORCATO.--Bebe, Grisaldo, que no faltará
vino, porque acabado esse barril otro
está en aquel zurrón, con que podréis
tornar á rehacer la chanza.
GRISALDO.--¡Oh, qué singular vino, mal
año para el de San Martín ni Madrigal,
que ninguna ventaja le hacen!
FILONIO.--Por tu fe, Grisaldo, que
ordeñes aquella cabra negra que tan
llenas trae las tetas de leche como si
el cabrito no hubiera hoy mamado; que
pues hay barreños y cuchares en que la
comamos, no vendrá á mal tiempo para
tomarla por fruta de postre.
GRISALDO.--Bien has dicho; harta tiene
para todos, aunque, según tú tienes las
migas hechas, no parece que te bastaría
toda la que traen las cabras y ovejas del
rebaño.
FILONIO.--No las hago todas para mí, que
muy bien podrán repartirse, y assí haz tu
de la leche; bien está, para mí no eches
más.
TORCATO.--Pues harta tenemos yo y
Grisaldo en la que queda.
GRISALDO.--Dios te dé muchos días de
vida, Torcato, que así nos has socorrido.
FILONIO.--El barril vuelva á visitarnos,
que la hambre ya la maté como ella me
mataba.
GRISALDO.--Toma y bebe á tu placer;
paréceme que no hay sacristán que mejor
ponga las campanas en pino.
FILONIO.--De ti lo aprendí cuando fueste
monacino, que solías hacer de la mesma
manera á las vinajeras antes que se
desnudase el clérigo que había dicho la
misa.
GRISALDO.--Hora sus, pues estamos hartos.
¡Dios loado! recoge, Torcato, lo que
queda, que no dexará de aprovechar para
otro día.
TORCATO.--Bien me parece que seas en tus
cosas tan bien proveído; y pues todo está
ya guardado, ved qué es lo que más os
agrada que hagamos.
FILONIO.--¿Qué es lo que hemos de hacer
sino que nos digas la carta que á Belisia
escribiste, con todo lo demás que sobre
tus amores tan penados te hubiere
sucedido?
TORCATO.--Por dos cosas quisiera dexarlo
en el estado que habéis oído: la una
era por pensar que con mi largo cuento
os tenía enfadados, y la otra porque no
podré decir cosa que no os dé sinsabor
y enojo, entendiendo cuán contrario fue
de aquí adelante el fin de mi porfía á
lo que de razón hubiera de serlo, según
los buenos prencipios con que el Amor me
había favorescido; y para que entendáis
cuán poderosamente executó contra mí sus
inhumanas fuerzas, escuchadme la carta,
que después os diré lo demás: