DESCUBRE TORCATO SUS AMORES Á BELISIA

«Aquel amor, cuyas fuerzas poderosas á

ninguno perdonan, Belisia mía, en mí

las ha executado con tan gran fuerza,

que forzosamente me ha rendido y hecho

poner las armas de mi libertad en tus

manos, haciéndome cautivo de tu angélica

belleza, porque como del resplandeciente

sol la luna y estrellas resciben la

claridad que en ellas se muestra, no

teniendo de sí mesmas otra ninguna con

que manifestársenos puedan, así mis

sentidos, que la vida tienen prestada

por el tiempo que tú dársela quisieres,

recibiéndola de ti, te pagan el tributo

del conocimiento que desto te deben,

poniéndose en tu presencia con aquella

humildad que más piensan aprovecharles,

para que de mi atribulado corazón te

duelas. ¡Ay de mí, Belisia, que si

como siento el trabajo de mi rabioso

dolor sentiese no ser de ti conocido,

imposible sería sustentar la vida con

el bravo y contino tormento que padece!

Bien sé que, aunque no te he hasta agora

manifestado la crueldad de mi pena, ni

la causa de mi tristeza, ni el extremo

en que tu hermosura me ha puesto, en mis

ojos lo habrás conocido, los cuales,

habiendo querido mostrarse amigos de

mi lengua, y viéndola hasta agora que

estando muda ha callado, como no pueden

formar las palabras que la lengua diría,

con lágrimas dan señal de la fatiga que

el corazón siente; lo que te suplico es

que de mi terrible mal hayas lástima,

ayudándome con algún remedio que pueda

aliviarlo, pues que, faltándome tu favor,

del todo sería imposible sustentar la

vida, y si esto hacer no quisieres, á lo

menos que muestres que recibirás contento

con mi muerte; porque no está en más de

que tú lo quieras para que yo no pueda

vivir más sola una hora en el mundo».

Acabando de decir esto, mis ojos regaban

la tierra con tanta abundancia de

lágrimas, que yo mesmo me maravillaba,

pareciéndome que del todo me había de

convertir en ellas, y mis sospiros

parecía que rompían mis entrañas con

la fuerza que salían para alentar el

corazón, que en el golfo de mi pasión se

ahogaba, y temblando con el temor que de

la respuesta de Belisia esperaba, la vi

que, mirando con el gesto algo alegre y

risueño, me decía:

«Bien pensé, Torcato, que no llegara

á tanto tu atrevimiento que assí tan

claramente osases manifestarme lo que

sientes, pues que no has conocido de

mí ser amiga de oir ni entender cosa

que á mi honra y fama en alguna manera

dañar pueda; y no tengas en poco haberte

escuchado lo que muchos días ha que de

ti he conoscido, aunque más quisiera no

conocerlo; porque ni tú te vieras en el

trabajo que publicas, ni yo lo tuviera

en pensar que por mi causa lo padeces; y

digo que lo pienso, porque no sé cómo te

crea habiendo publicado tus amores con

Aurelia, de la cual entiendo que como

á su vida te quiere y ama; si lo que

dices es para engañarme, confiando en la

simplicidad de pastora que en mí sientes,

engañado vives, que con dificultad podrás

hacerlo, y si no el tiempo descubrirá tu

secreto y á mí me dirá lo que hacer debo;

por agora te baste que, si me amas como

lo muestras, te lo agradezco, y fuera

deste agradecimiento en la voluntad, no

me pidas otra cosa que no pueda, sin

perjuicio mío y de mi honestidad, en

ningún tiempo hacerla».

Tal quedé con la respuesta de la mi

Belisia como los que en la profundidad

de la mar con gran tormenta navegan,

inciertos del fin que han de haber en

su jornada peligrosa, porque lo que por

una parte en sus razones me concedía,

que era licencia para quererla, por otra

me la negaba para que más la serviesse;

y lo que más pena me dió era los celos

que de Anrelia me pedía, siendo yo tan

verdadero testigo de su engaño; y para

desengañarla del mal pensamiento que

tenía, le dixe: «Harto bien es para mí,

señora mía, que conozcas que la afición

que te muestro y el verdadero amor que

tengo no es fingido; y así quiero que

también me creas que ningún engaño en él

está encubierto, sino es el que recibe

Aurelia si piensa que yo la quiero,

habiendo subjetado mi voluntad á la suya

de manera que no quede por esta parte

libre del todo para amarte y quererte

como te quiero».

«Pues ¿por qué tienes tan engañosas

muestras para con ella, me dixo Belisia,

que yo la he lástima si es así?».

«Si tú me dices del engaño que recibe,

mayor la habrías de tener de mí, le

respondí yo, por la causa que tengo para

engañarla, que no es otra sino que mi

pensamiento no sea entendido, por no

poner en peligro el aparejo que pienso

hallar algunas veces para hablarte

y servirte conforme á mi deseo; que

bien sabes, mi Belisia, la sospechosa

condición de tu madre, y que si esto no

tuviese creído, que con mayor cuidado te

guardaría de mí que agora lo hace, de

manera que pocas veces ó ninguna pudieses

oir en presencia lo que en ausencia por

ti mi ánima siente».

«El tiempo dirá lo que en todo se ha

de hacer, me dixo Belisia; bástete por

agora el favor que de mí has recebido en

haberte escuchado, lo que jamás pensé

hacer con ninguno; y porque la gente

maliciosa no pueda pensar alguna cosa

de lo que hablamos, apártate de mí,

porque ya vuelven cerca los que solos nos

dexaron, y lo mejor será que no te vean».

Yo, viendo la razón que tenía, con

un suspiro que mis entrañas llevaba

envueltas en medio de sí, le dixe:

«Adiós, ánima mía y descanso mío, hasta

que yo pueda volver á buscarme á donde

agora yo quedo más enteramente que no

voy conmigo». «Dios te guíe, respondió

Belisia, assí como yo lo deseo.»

Diciendo esto, cada uno de nosotros se

fué por su parte, viendo venir á todos

los pastores y pastoras que al lobo

habían seguido, con tan grande estruendo

y alaridos y voces que todos los valles

cercanos resonaban con ellas; era la

grita y vocería de regocijo por haber

muerto el lobo, el cual traían con sus

manos arrastrando, y era tan grande que

pocos mayores se habían visto en aquella

montaña. Y como yo con el mesmo regocijo

me llegase á verlo, Aurelia, que con

Belisia me había visto hablando, tomando

alguna sospecha de lo que podía ser,

casi pediéndome celos, me dixo: «Alegre

te veo, Torcato, y con mayor contento

que estos días passados te vía; mucho ha

podido la buena conversación de Belisia,

pues tan presto te ha mudado de lo que

ser solías».

Yo entendiendo sus palabras y el fin con

que las decía, le respondí: «Engañada

estás, Aurelia, si de mí ni de Belisia

piensas ninguna cosa que en tu perjuicio

sea; presto te muestras desconfiada,

sabiendo que por ambas partes puedes

estar muy segura, pesarmería si pensase

que lo sientes así como lo dices». Ella,

reyéndose, me dixo: «Estoy burlando

contigo, que aunque de ti pudiese pensar

mal, no lo pensaría de Belisia, porque

está mejor acreditada conmigo».

Y con esto, tornando al regocijo que con

el lobo se tenía, llegamos á las majadas,

y en un prado que en medio dellas se

hacía se comenzó la fiesta de bailes y

danzas, que no con poco placer y alegría

tuvo hasta la noche, la cual yo pasé

más contento que las pasadas, por haber

podido manifestar á la mi Belisia la

presunción de mis pensamientos, que no me

parecía haber hecho poco, según lo mucho

que lo deseaba. Y con esto se pasaron

algunos días, que el tiempo no dió lugar

á que más pudiese á solas hablarla; lo

que procuraba con gran diligencia era

que por señales conociese lo que mi

ánima sentía, y aunque éstas eran tan

disimuladas que parecía imposible que

ninguna persona entenderlas podiese,

había quedado Aurelia con tanta sospecha

de lo pasado, que jamás de nosotros los

ojos quitaba, y entendiendo algunas

veces lo que hacía y diciéndome algunas

palabras maliciosas sobre ello, yo lo

mejor que podía disimulaba con ello,

haciéndola estar dudosa, porque lo que

por una parte sospechaba, por otra no

lo creía; mas con todo esto vivía tan

recatada y celosa, que una sola hora

jamás de la compañía de Belisia se

apartaba, y así, era el mayor estorbo y

embarazo que yo hallaba para mi deseo.

Muchas veces estando ambas solas y yo

solo con ellas, pasábamos graciosas

burlas y donaires envueltos en algunas

malicias; pero no por eso dexaba de pasar

mi disimulación adelante, por lo mucho

que á mi y á Belisia nos importaba.

Desta manera andaba esperando tiempo

y oportunidad para tornar á hablarla,

porque la afición y pasión que en mí

sentia crecer cada hora, tan ásperamente

me atormentaban, que en ninguna cosa

hallaba descanso ni sosiego.

Y andando con esta cuidadosa congoxa,

vino un día de fiesta para todos los

pastores y zagalas, no poco regocijado,

porque queriendo cumplir un voto ó

promesa que de correr toros tenían,

comenzaron á cercar un corro con muchas

talanqueras y palenques á la redonda,

con que de la braveza y ferocidad de los

toros pudiesen defenderse, y en ellas

todas las mujeres y hombres para ver

se pusieron, si no eran aquellos que

su ligereza y velocidad en el correr

mostrar querían, de los cuales los más

eran zagales y pastores enamorados, que

con garrochas y invenciones puestas en

ellas, paseándose por el corro con muchos

ademanes y meneos mostraban su gentileza,

y en saliendo los toros las emplearon en

ellos cada uno lo mejor que supo y pudo

hacerlo. Y ansí se comenzó la grita y

estruendo de los silbos, las voces, el

correr para una parte y para otra, el

huir, el asconderse, el saltar y trepar,

por excusar el peligro con que se podían

ver con una bestia fiera.

Todos los que miraban estaban muy atentos

y embebecidos con esto; sólo yo aquí en

el amoroso fuego abrasaba, sin tener

atención á ninguna cosa destas, como si

presente no me hallara; tenía los ojos

puestos donde mi corazón los guiaba, de

manera que de mirar á Belisia no podía

apartarlos, á la cual no hallé tan

descuidada que, doliéndose de mí, algunas

veces no me mirase, y movida con alguna

piedad y lástima que de mí tuvo, hallando

cierta ocasión para poderlo hacer sin

sospecha, se vino á donde yo estaba y se

puso á mi lado, sin que ninguna persona

estuviese entre nosotros, y con una

graciosa risa me habló diciendo:

«Bien fuera, Torcato, que como los otros

zagales salieras al corro para mostrar

con ellos el valor de tu persona, y que

no estuvieses tú mirando el peligro á

que se ponen por servir en ello á sus

enamoradas y amigas tan á tu salvo, que á

lo menos estarás bien seguro de no venir

á caer en los cuernos de los toros».

«¡Ay, dulce ánima mía, le respondí yo,

cuánto mayor es el peligro en que cada

hora me veo de no caer en tu desgracia,

que para mí es harto más temerosa que

no la braveza y ferocidad de los toros;

y quien tan peligrosa contienda tiene

consigo, no es justo meterse en otra,

donde tan poco provecho puede sacarse,

cuanto más que juzgando el dolor de

las heridas de las garrochas por las

que yo en el alma siento, tiradas con

la hermosa vista de tus ojos con tan

poderosa fuerza que las puntas de los

clavos tienen llagado el corazón y puesto

en el estrecho de la muerte, mal podía

tirárselas ni hacer mal ni daño á quien

ninguno me hace, antes tan gran bien

cuanto pueda encarecerlo, pues son causa

de que yo dé algún alivio y descanso á

mi tormento, con que tu entiendas que un

punto jamás sin él me hallo. Y créeme,

mi Belisia, que ya mis fuerzas no bastan

para sufrir la pena rabiosa que me está

consumiendo la vida; de manera que muy

presto dará señales de tu crueldad y de

mi muerte, si no es socorrida con aquella

paga que mi verdadero amor te merece».

«No tienes razón, Torcato, me respondió,

de aquexarte tanto ni de agraviarte de

mí, pues hago más de lo que puedo y debo

para darte contento, el cual yo te deseo;

assí los hados prósperamente me den la

ventura que yo querría, que si no desease

complacerte no hobiera venido á hablarte,

dexando la compañía de las zagalas

con quien estaba; y porque no puedan

agraviarse de lo que he hecho, á Dios te

queda, que yo me vuelvo para ellas».

Con esto se fué la luz de mis ojos,

dexándome tal que pocas señas podría dar

de los toros que se corrieron; y cuanto

mayor contentamiento me quedó con oir

sus amorosas razones, tanto crecia en

mí más el deseo cada hora de tornarla á

hablar si pudiese; y asi anduve algunos

días, que el poco aparejo que el tiempo

me daba y el estorbo que la presencia

de Aurelia me hacia me quitaron que no

gozasse de persuadir á Belisia que de

mis mortales cuitas se doliese, habiendo

lástima de quien las padecía; lo que

hacía era dar quexas al viento, echar mis

sospiros en el aire, derramar lágrimas

sin que ninguno las viese; pintaba con

mi cañibete en los árboles que hallaba

el nombre de la mi Belisia, y en la

cabeza de un cayado que tengo tan buena

maña me dí, que contrahice su gesto,

casi tan natural como yo en el alma lo

tengo pintado. Con esto me consolaba, no

queriendo que á nadie fuesse descubierta

la causa de mi pena, y algunas veces con

mi rabel tañia y cantaba, componiendo

versos, entre los cuales hice un día unos

que, por parecerme al propósito de lo que

os he contado, los quiero decir, para que

los oyáis.

FILONIO.--Antes, Torcato, si te place,

en pago de la atención con que te

escuchamos, y de la lástima que de ti

tenemos, te ruego que cantados nos los

digas, que después podrás acabar de

contarnos lo que has comenzado, que no es

tan poco el gusto que con ello recibo,

que aunque tú quisieses dexarlo yo lo

consintiría.

TORCATO.--Pues assí lo queréis, soy

contento de complaceros, que el rabel

tengo templado y luego quiero comenzarlos:

Los árboles y plantas con sus flores

se muestran apacibles y olorosos;

los campos, matizados con colores

que pintan su belleza, están hermosos;

los animales brutos con amores

andan regocijados y gozosos;

yo solo estoy penando y pensativo

con ver que Amor se muestra tan esquivo.

Los montes y los bosques, que el invierno

con las nieves y fríos tiene helados,

producen muchas hojas y gobierno

á las aves y bestias y ganados;

por todas partes sale el gromo tierno,

de que se vieron antes despojados,

y en mi engendró el Amor nuevo cuidado

con ver que del olvido estaba helado.

Los páxaros con cantos y armonía

regocijan el tiempo del verano,

publican con sus voces la alegría

que tiene cada uno muy ufano;

á mí me tiene tal mi fantasía,

que no hallo consejo que sea sano,

mi canto son aullidos, temerosos

sospiros y gemidos dolorosos.

Cuando quiero alegrarme, sin contento,

de verme con sabores y esperanzas,

combate á mi alegría un gran tormento,

diciendo que no tenga confianza,

que todos los favores lleva el viento

cuando el bien que se espera no se alcanza,

y es causa de mayor mal y fatiga

sentir que la esperanza es mi enemiga.

La esperanza me alegra cuando espero

la gloria que mi pena ha merecido;

mas luego me fatigo y peno y muero

en ver que en balde espero, y afligido

con mi dolor rabioso desespero,

viendo que la esperanza se ha huido,

volviendo alguna vez para engañarme,

pues no tiene otro fin sino matarme.

GRISALDO.--Encarescido has tu pena,

Torcato, de manera que gran sinrazón

te hiciera Belisia en no tener lástima

della; y porque estoy con agonía de

saber el fin que tus amores tan penados

tuvieron, te ruego que prosigas el cuento

dellos, que con los muchos pastos que el

ganado tiene adonde agora anda, seguros

estaremos de que no se irá á meter en los

panes ni en los cotos, para que pueda ser

prendado por nuestro descuido.

TORCATO.--Pues que así lo quieres,

escuchadme, para que sepáis en qué

pararon y conozcáis la razón que me

sobra para el sentimiento que tengo, que

con justa causa juzgaréis ser menos del

que debería tener de la paga tan cruel

con que el Amor y mi Belisia me han

pagado. Después que muchos días anduve

con la fatiga que me causaba no poder

tornar á hablar en mi trabajosa cuita,

con la causa della suplicándole por el

remedio para poder mejor pasarla, vine

á ponerme con el pensamiento y cuidado

en tal estrecho de la vida, que ni podía

comer tanto que sustentarme pudiese ni

cerrar mis ojos de manera que se pudiese

decir que dormía; así que la falta del

mantenimiento y del sueño pusieron á

mi afligida vida en tal estrecho, que

contino me parecía ver ante mis ojos la

muerte.

Y aunque todos vían claramente mi mal,

ninguno lo acababa de entender, si no era

la mi Belisia, la cual, doliéndose del, á

lo que estonces pareció, con una zagala

que consigo tenía y de quien se fiaba,

me envió á decir lo mucho que de mi mal

le pesaba, y que si yo su contentamiento

deseaba y quería, que ella me rogaba que

no me afligiese tanto y que me contentase

con saber que me quería y tenía tanto

amor, que verme á mí tan penado le daba

á ella tan gran pena, que si yo bien

lo supiese holgaría de hacerle placer

en esto que me rogaba. Tan gran fuerza

tuvieron para conmigo estas amorosas

razones, que no menos que de muerte á

vida me resucitaron. Y después de haber

dado las gracias lo mejor que supe á

la pastora que la embaxada me traía, le

rogué que por respuesta della me llevase

una carta á Belisia, porque no podría

tener memoria para decirle todo lo que

yo le respondiese. Y respondiéndome que

por amor de mí lo haría, la escribí luego

y se la di para que la llevasse; y ansí

se volvió con ella, dexándome á mí más

contento de lo que me había hallado; y

porque quiero que veáis el traslado, el

cual tengo en este mi zurrón, lo sacaré y

leeré, que dice desta manera:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 595 / 605 题