TORNA Á HABLAR TORCATO

¡Oh, desventurado Torcato! ¿á quién

dices tus fatigas? ¿á quién cuentas tus

tormentos? ¿á quién publicas tus lástimas

y angustias? Mira que estás solo; ninguno

te oye en esta soledad; ninguno dará

testimonio de tus lágrimas, si no son

las ninfas desta clara y cristalina

fuente y las hayas y robles altos y

las encinas, que no sabrán entender lo

que tú entiendes. Das voces al viento,

llamas sin que haya quien te responda,

si no es sola Eco que, resonando de

las concavidades destos montes, de ti

se duele, sin poder poner remedio á tu

pasión. ¡Ay de mí, que no puedo acabar de

morir, porque con la muerte no se acaban

mis tormentos; tampoco tengo fuerzas para

sustentar la miserable vida, la cual

no tiene más del nombre sólo, porque

verdaderamente está tan muerta que yo no

sé cómo me viva! ¡Ay de mí, que muero y

no veo quién pueda valerme!

GRISALDO.--¡Filonio, Filonio; mira que

se ha desmayado Torcato! Socorrámosle

presto, que, perdiendo la color, su

gesto ha quedado con aquel parecer que

tienen aquellos que llevan á meter en la

sepoltura.

FILONIO.--¡Oh, mal afortunado pastor,

y qué desventura tan grande! ¿Qué mal

puede ser el tuyo que en tal extremo

te haya puesto? Trae, Grisaldo, en tus

manos del agua de aquella fuente, en

tanto que yo sustento su cabeza en mi

regazo; ven presto y dale con ella con

toda furia en el gesto, para que con la

fuerza de la frialdad y del miedo los

espiritus vitales que dél van huyendo

tornen á revivir y á cobrar las fuerzas

que perdidas tenía; tórnale á dar otra

vez con ella.

GRISALDO.--¡Ya vuelve, ya vuelve en

su acuerdo! Acaba de abrir los ojos,

Torcato, y vuelve en ti, que no estás tan

solo como piensas.

TORCATO.--El cuerpo puede tener compañía;

pero el alma, que no está conmigo, no

tiene otra sino la de aquella fiera y

desapiadada Belisia, que contino della

anda huyendo.

FILONIO.--Déxate deso, Torcato, agora que

ningún provecho traen á tu salud esos

pensamientos.

TORCATO.--¿Y qué salud puedo yo tener

sin ellos, que no fuese mayor emfermedad

que la que agora padezco? Pero decidme:

ansí Dios os dé aquella alegría que á mí

me falta, ¿que ventura os ha traído por

aquí á tal tiempo, que no es poco alivio

para mí ver que en tan gran necesidad

me hayáis socorrido, para poder mejor

pasar el trabajo en que me he visto; que

bien sé que la muerte, con todas estas

amenazas, no tiene tan gran amistad

conmigo que quiera tan presto contarme

entre los que ya siguen su bandera?

FILONIO.--La causa de nuestra venida

ha sido la lástima que de ti y de tu

dolencia tenemos; y el cuidado nos puso

en camino, buscándote donde te hemos

hallado, para procurar como amigo que

vuelvas al ser primero que tenías,

porque según la mudanza que en tus

condiciones has hecho, ya no eres aquel

Torcato que solías; mudo estás de todo

punto, y créeme, como á verdadero amigo

que soy tuyo, que los males que no son

comunicados no hallan tan presto el

remedio necesario, porque el que los

padece, con la pasión está ciego para ver

ni hallar el camino por donde pueda salir

dellos; así que, amigo Torcato, páganos

la amistad que tenemos con decirnos la

causa de tu dolor más particularmente

de lo cual hemos entendido, pues ya no

puedes encubrir que no proceda de amores

y de pastora que se llame Belisia, á

la cual no conocemos, por no haber tal

pastora ni zagala en nuestro lugar, ni

que de este nombre se llame.

GRISALDO.--No dudes, Torcato, en hacer lo

que Filonio te ruega, pues la affición

con que te lo pedimos y la voluntad

con que, siendo en nuestra mano, lo

remediaremos, merecen que no nos niegues

ninguna cosa de lo que por ti pasa; que

si conviene tenerlo secreto, seguro

podrás estar que á ti mesmo lo dices,

porque los verdaderos amigos una mesma

cosa son para sentir y estimar las cosas

de sus amigos, haciéndolas propias suyas,

así para saberlas encubrir y callar como

para remediarlas si pueden.

TORCATO.--Conocido he todo lo que

me habéis dicho, y aunque yo estaba

determinado de no descubrir mi rabioso

dolor á persona del mundo, obligado quedo

con vuestras buenas obras y razones á que

como amigos entendáis la causa que tengo

para la triste vida que padezco. Y no

porque piense que ha de aprovecharme, si

no fuere para el descanso que recibiré

cuando viere que de mis tribulaciones y

fatigas os doléis, las cuales moverán á

cualquier corazón de piedra dura á que

de mí se duela y compadezca. No quiero

encomendaros el secreto, pues me lo

habéis offrecido, que nunca por mí vaya

poco en que todo el mundo lo sepa. Es

tanto el amor que tengo á esta pastora

Belisia, que no querría que ninguno

viniesse á saber el desamor y ingratitud

que conmigo ha usado, para ponerme en el

extremo que me tiene.

FILONIO.--Bien puedes decir, Torcato,

todo lo que quisieres, debaxo del seguro

que Grisaldo por ambos te ha dado.

TORCATO.--Ora, pues, estad atentos, que

yo quiero comenzar desde el principio de

mis amores y gozar del alivio que reciben

los que cuentan sus trabajos á las

personas que saben que se han de doler

dellos.

COMIENZA TORCATO Á CONTAR EL PROCESO DE

SUS AMORES CON LA PASTORA BELISIA

En aquel apacible y sereno tiempo,

cuando los campos y prados en medio del

frescor de su verdura están adornados

con la hermosura de las flores y rosas

de diversas colores, que la naturaleza

con perfectos y lindos matices produce,

brotando los árboles y plantas las

hojas y sabrosas frutas, que con gran

alegría regocijan los corazones de los

que gozarlas después de maduras esperan,

estaba yo el año passado con no menor

regocijo de ver el fruto que mis ovejas

y cabras habían brotado, gozando de ver

los mansos corderos mamando la sabrosa

leche de las tetas de sus madres y á los

ligeros cabritos dando saltos y retozando

los unos con los otros; los becerros y

terneros apacentándose con la verde y

abundante yerba que en todas partes les

sobraba, de manera que todo lo que miraba

me causaba alegría, con todo lo que veía

me regocijaba, todo lo que sentía me daba

contento, cantando y tañendo con mi rabel

y chirumbela passaba la más sabrosa y

alegre vida que contar ni deciros puedo.

Muchas veces, cuando tañer me sentían los

zagales y pastores que en los lugares

cercanos sus ganados apacentaban,

dexándolos con sola la guarda de los

mastines, se venían á bailar y danzar con

grandes desafíos y apuestas, poniéndome

á mí por juez de todo lo que entre ellos

passaba; y después que á sus majadas se

volvían, gozaba yo solo de quedar tendido

sobre la verde yerba, donde vencido

del sabroso sueño sin ningún cuidado

dormía, y cuando despierto me hallaba,

contemplando en la luz y resplandor que

la luna de sí daba, en la claridad de los

planetas y estrellas, y en la hermosura

de los cielos y en otras cosas semejantes

passaba el tiempo, y levantándome daba

vuelta á la redonda de mi ganado y más

cuando los perros ladraban, con temor

de los lobos, porque ningún daño les

hiciessen.

Y después de esto, pensando entre mí, me

reía de los requiebros y de las palabras

amorosas que los pastores enamorados

á las pastoras decían, gozando yo de

aquella libertad con que á todos los

escuchaba, y con esta sabrosa y dulce

vida, en que con tan gran contentamiento

vivía, pasé hasta que la fuerza grande

del sol y la sequedad del verano fueron

causa que las yerbas de esta tierra

llana se marchitassen y pusiesen al

ganado en necesidad de subirse á las

altas sierras, como en todos los años

acostumbraban hacerlo; y ansí, juntos

los pastores, llevando un mayoral

entre nosotros, que en la sierra nos

gobernase, nos fuimos á ella. Y como de

muchas partes otros pastores y pastoras

también allí sus ganados apacentassen, mi

ventura, ó por mejor decir desventura,

traxo entre las otras á esa inhumana y

cruel pastora, llamada Belisia, cuyas

gracias y hermosura así aplacieron á mis

ojos, que con atención la miraban, que

teniéndolos puestos en ella tan firmes

y tan constantes en su obstinado mirar,

como si cerrar, ni abrir, ni mudar no los

pudiera, dieron lugar con su descuidado

embovescimiento que por ellos entrase

tan delicada y sabrosamente la dulce

ponzoña de Amor, que cuando comencé á

sentirla ya mi corazón estaba tan lleno

della que, buscando mi libertad, la vi

tan lexos de mí ir huyendo, con tan

presurosa ligera velocidad, que por

mucha diligencia que puse en alcanzarla,

sintiendo el daño que esperaba por mi

descuido, jamás pude hacerlo, antes quedé

del todo sin esperanza de cobrarla,

porque volviendo á mirar á quien tan sin

sentido robádomela había, vi que sus

hermosos ojos, mirándome, contra mí se

mostraban algo airados, y parecióme casi

conocer en ellos, por las señales que

mi mismo deseo interpretaba, decirme:

¿De qué te dueles, Torcato? ¿Por ventura

has empleado tan mal tus pensamientos

que no estén mejor que merecen? Yo con

grande humildad, entre mí respondiendo,

le dije: Perdonadme, dulce ánima mía, que

yo conozco ser verdad lo que dices, y en

pago de ello protesto servirte todos los

días que viviere con aquel verdadero amor

y affición que á tan gentil y graciosa

zagala se debe.

Y ansí, dándole á entender, con mirarla

todas las veces que podίa, lo que

era vedado á mi lengua, por no poder

manifestar en presencia de los que entre

nosotros estaban el fuego que en mis

entrañas comenzaba á engendrarse, para

convertirlas poco á poco en ceniza,

encontrándonos con la vista (porque ella,

casi conociendo lo que yo sentίa, también

me miraba), le daba á conocer que,

dexando de ser mía, más verdaderamente

estaba cautivo de su beldad y bien

parecer. Y mudando el semblante, que

siempre solίa estar acompañado de

alegrίa, en una dulce tristeza, también

comencé á trocar mi condición, de manera

que todos conocían la novedad que en mí

había.

Y todo mi deseo y cuidado no era otro

sino poder hablar á la mi Belisia, y

que mi lengua le pudiese manifestar lo

que sentía el corazón, para dar con

esto algún alivio á mi tormento; y

porque mejor se pudiese encubrir mi

pensamiento, determiné en lo público

mostrar otros amores, con los cuales

fengidos encubriese los verdaderos, para

que de ninguno fuesen sentidos, y así

me mostré aficionado y con voluntad de

servir á una pastora llamada Aurelia,

que muchas veces andaba en compañía de

la mi Belisia, y conversaba con mucha

familiaridad y grande amistad con ella.

Y andando buscando tiempo y oportunidad

para que mi deseo se cumpliese, hallaba

tantos embarazos de por medio, que no era

pequeña la fatiga que mi ánima con ellos

sentía. Y habiéndose juntado un día de

fiesta algunos pastores y pastoras en la

majada de sus padres de la mi Belisia,

después de haber algún rato bailado al

son que yo con mi chirumbela les hacía,

me rogaron que cantase algunos versos de

los que solía decir otras veces, y sin

esperar á que más me lo dixesen, puestos

los ojos con la mejor disimulación que

pude á donde la afición los guiaba, dando

primero un pequeño sospiro, al cual la

vergüenza de los que presentes estaban

detuvo en mi pecho, para que del todo

salir no pudiese, comencé á decir:

Extremos que con fuerza así extremada

dais pena á mis sentidos tan sin tiento,

teniendo al alma triste, fatigada,

Causáisme de continuo un tal tormento

que mi alma lo quiere y lo asegura,

porque viene mezclado con contento.

Si acaso vez alguna se figura

á mi pena cruel que se fenece,

ella misma el penar siempre procura.

Cuando el cuidado triste en mí más crece,

mayor contento siento y mayor gloria,

porque el mismo cuidado la merece.

De mal y bien tan llena mi memoria

está, que la razón no determina

cuál dellos lleva el triunfo de vitoria.

Con este extremo tal que desatina,

mi esperanza y mi vida van buscando

el medio[1274] que tras él siempre camina.

Y si grandes peligros van pasando,

ninguno les empece ni fatiga;

de todos ellos salen escapando.

El agua no les daña, porque amiga

á mis lágrimas tristes se ha mostrado,

pues que ellas dan camino en que las siga.

El fuego no las quema, que abrasado

de otro fuego mayor siempre me siente,

y assí passan por él muy sin cuidado.

También mi sospirar nunca consiente

que el viento les fatigue ni dé pena,

si aquel de mis sospiros no está ausente.

Amor con mi ventura así lo ordena,

para mostrar en mí su gran potencia,

porque á perpetua pena me condena.

Dada está contra mí cruel sentencia,

que no pueda morir, ni yo matarme

ni sanar pueda desta gran dolencia.

Sólo Amor puede con fuerza acabarme

si me falta el consuelo y esperanza

de aquella que el consuelo pueda darme.

Con mucha atención estuvieron

escuchándome todos los que allí estaban,

y principalmente aquella hermosa Belisia,

conociendo que salían mis palabras

forzadas de la pasión que mi ánima por

ella sentía, y tornando al regocijo

primero de los bailes y danzas, oímos

muy grandes voces de pastores y ladridos

de mastines y perros, que seguían un

lobo que de entre el ganado un cordero

llevaba, al cual todos los de la

compañía, deseosos de aquella provechosa

caza, comenzaron á seguir con gran grita

y alaridos, acossando los perros para que

con mayor voluntad al lobo siguiesen,

y como todos con grande atención lo

fuesen mirando y siguiendo, sólo yo

miraba en lo que más me convenía, que

era en la mi querida Belisia, la cual,

no sé si por no poder más correr, ó con

la lástima que de mí tenía, por darme

lugar á que con manifestársela recibiese

algún descanso, se quedó harto zaguera;

y yo, deteniéndome de la mesma manera,

hasta que ambos emparejamos juntos, con

la color mudada y la voz temblando, que

casi formar las palabras no podía, así le

comencé á decir:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 594 / 605 题