Toma del hondo del abismo el fuego,
la rabia y ansia de los condenados;
el descontento de los agraviados:
de los tiranos el desasossiego.
Ponlo en el alma donde el Amor ciego
puso tu merecer y mis cuidados,
y porque sean mis males confirmados
cessen mis ojos de mirarte luego.
Que de tu voluntad escarnecido,
aqueste Amor que sólo me asegura
prisión, afrenta y muerte de tu mano,
No sólo no de lo que siempre ha sido
podrá quitar un punto, un tilde, un grano,
pero hará mi fe más firme y pura.
Estos pastores cantaban y otros menos
afligidos, aunque todos enamorados, se
estaban ejercitando en grandes pruebas,
cuando entre todos llegó un pastor
robusto con un cayado, dejó un sayo
tosco, sin pliegues, hasta los pies, y
en el brazo izquierdo un zurrón de lana,
cinto ancho de piel de cabra y caperuza
baja de buriel. Serrano era el traje y el
color del rostro más; pero la postura y
brío tan gentil, que suspendió á todos su
llegada, y en lugar de cortesía, soltando
el cayado y zurrón, desafió á tirar,
saltar y correr á cuantos allí estaban.
Muchos salieron á estos desafíos, mas
á ninguno le estuvo bien, assí á los
que saltaron y corrieron, como á los
que tiraron la barra, y entre ellos no
quedó el menos corrido Alfeo, sino el
más deseoso de saber quién fuesse. Y si
con este cuidado mirara á la serrana
Finea, conociera fácilmente ser el
pastor Orindo, por cuyo desdén ella
andaba desterrada, que la turbación de
su rostro bien claro se lo dixera; pero
seguro desto pensó que era su mudanza
porque aquel serrano le había vencido,
y llegándose á ella le dixo: Finea mía,
en esto y en todo es fácil que todos me
venzan, mas en amarte ninguno. A esto
Finea le hizo señas que callasse, que
vido venir á Orindo á donde estaban, el
cual, tras breve salutación le dixo:
Finea, ¿hallaste mejor en lo llano que en
la sierra? ¿Quién eres tú, dixo Finea,
que quieres saber esso de mí? Si tú no lo
sabes, dixo Orindo, menos lo quiero yo
saber, pero certifícote que soy Orindo.
Ya te conozco, dixo la serrana, y sin
más hablar se levantó y dexólos; no hizo
señal Orindo de seguirla ni Alfeo de
sentimiento, aunque le tuvo en medio del
corazón, y ya que la noche cerraba se fué
á buscarla á su cabaña, donde amargamente
la halló llorando, y queriéndola alegrar
no pudo. Muchos días passó Finea desta
suerte, y muchos Orindo la seguía, y
otros muchos Alfeo confuso no sabía si
perdía ó si ganaba, hasta que viniendo
un día _Siralvo_ á la ribera, que muchos
acostumbraba venir á visitar las cabañas
de Mendino y los pastores que curaban su
ganado, Alfeo le rogó que hablase con
Finea y supiesse della la causa de sus
lágrimas, porque si era pesar de ver á
Orindo, él le echaría fácilmente de la
ribera, y si era voluntad de volverse
con él, no era razón desviárselo.
_Siralvo_ lo tomó á su cargo, y á pocos
lances sintió de Finea que andaba
cruelmente combatida y su salud á mucho
riesgo. Orindo era de su misma suerte,
y Alfeo no, de manera que, estándole
bien casarse con Orindo, á Alfeo no le
convenía casarse con ella; su destierro
había sido por desdén de Orindo, y ya
venía humilde á su disculpa: Orindo era
su amor primero; Alfeo, segundo; por
otra parte, amaba á Alfeo y se veía dél
amada, y en él había tantos quilates de
valor y merecimiento, que antes ella se
debía dejar morir que hacer cosa en que
le ofendiesse; acordábase de la venida
de Amarantha y que su mucha hermosura y
afición no habían sido parte para torcer
su voluntad. Estas consideraciones y
otras muchas en la discreta Finea eran
ponzoña que penetraba su pecho; pero
_Siralvo_, que verdaderamente á los dos
amaba, valiéndose de toda su industria
echó el resto de su diligencia y pudo
tanto, que en dos días que se detuvo en
la ribera trocó las lágrimas de aquellos
pastores en súbito placer y contento; de
manera que Orindo y Finea tornaron á su
primera amistad, Alfeo y la encubierta
Andria á la suya, y Arsiano, vencido
de la razón, volvió sus pensamientos á
Silvera, que tan tiernamente le amaba;
con intención Finea y Orindo de volverse
á la sierra, Alfeo y Amarantha á la
olvidada corte, Arsiano y Silvera de
habitar el Tajo. No quedó en sus campos
pastor que de tanto bien no se alegrase,
y junta la mayor nobleza de la pastoría,
concertaron celebrar estos conciertos
hechos por mano de Amor con alguna fiesta
en memoria dellos, y sabiendo ya que
Alfeo era cortesano, quisieron que la
fiesta fuese á su imitación. Propuso
Elpino que se enramassen carros y en
ellos saliessen invenciones y disfraces
con músicas y letras, cada uno á su
albedrío. Ergasto dixo que se cerrase
una gran plaza de estacada y dentro
se corriessen bravos toros con horcas
y lanzas; pero Sileno dixo: Yo tengo
yeguas que en velocidad passan al viento,
MENDINO y _Cardenio_ lo mismo y holgarán
de dallas para el caso; hágase una fiesta
de mucho primor que en las ciudades suele
usarse y sea correr una sortija, donde
se puede ver la destreza y ánimo de cada
uno. Esta proposición de Sileno agradó
á todos, y de conformidad hicieron
mantenedor á Liardo, y acompañado á
Licio, y juez á Sileno, y á la hora se
escribió un cartel señalando lugar para
el cuarto día, desde la mitad dél hasta
puesto el sol, donde, allende de los
precios que ellos quisiessen correr, al
más galán se le daría un espejo en que
viesse su gala; al de mejor invención, un
dardo con que la defendiese; á la mejor
lanza, un cayado para otro día; á la
mejor letra, las plumas de un pavón, y
al más certero, una guirnalda de robre,
por vencedor, y al que cayesse, un vaso
grande en que pudiesse beber. Venida la
noche, por toda la ribera se encendieron
muchas hogueras, y el buen Sileno con
toda la compañía, principalmente Mireno,
Liardo, Galafrón, Barcino, Alfeo,
Orindo, Arsiano, Colin, Ergasto, Elpino,
Licio, Celio, Uranio, Filardo y SIRALVO,
salieron por la ribera en yeguas de dos
en dos con largas teas encendidas en las
manos, corriendo por todas partes con
mucho contento de cuantos lo miraban;
porque unos se veían ir por la cumbre del
monte, otros por los campos rasos, otros
por entre la espessura de los sotos, y
aun algunos arrojar las hierbas en el
Tajo y pasarle á nado reverberando sus
lumbres en el agua; después al son de
la bocina de Arsindo se juntaron en un
ancho prado que, á una parte sin hierba
y llano y á otra lleno de altas peñas,
era sitio para la fiesta principal muy
acomodado y allí fijaron su cartel en
el tronco de una haya, y con gran orden
acompañando al viejo Sileno se volvió
cada cual á su cabaña, excepto SIRALVO,
que fué á despedirse de Arsiano, Orindo
y Alfeo y de las hermosíssimas Andria,
Finea y Silvera, prometiéndoles hallarse
allí el cuarto día, con lo cual guió
á la morada de Erión, donde Mendino y
Cardenio le aguardaban maravillados de su
tardanza; allí les contó el pastor lo que
pasaba en la ribera, y cómo los pastores
della les pedían sus yeguas y Sileno
daba las suyas; no lo excusaron MENDINO
y _Cardenio_, antes por su orden volvió
SIRALVO á darlas el tercero día, y ellos
también se determinaron de ver aquella
fiesta tan nueva entre pastores; pero
primero quisieron avisar á las amadas
ninfas, y pudiéronlo fácilmente hacer
porque hallaron á Florela en el monte,
esperando que un ruiseñor se recogiese
al nido para llevarle á FILIDA, que
aquella noche se había agradado mucho de
su canto; para este efeto la acompañaron
los dos gallardos pastores, y tomando
Mendino el ruiseñor se le dió á Florela
y le dijo lo que en la ribera pasaba, y
que en todo caso FILIDA y Filis y Clori
no perdiesen de ver aquella fiesta,
porque con la esperanza de verlos él y
_Cardenio_ y _Siralvo_ estarían allá;
con esto Florela se encumbró al monte
y los pastores se bajaron con el Mago,
que ya la mesa puesta los esperaba.
Costumbre tenía Erión de tomar el
instrumento sobre comida para recrear
juntamente los cuerpos y los ánimos;
assí esta vez en siendo acabada tomó un
coro, que divinamente le tañía, á cuyo
son los pastores se transportaron, y
al fin dél, alabando al docto Mago, y
tomando su licencia se salieron con los
arcos por el monte, deseosos de toparse
con las Ninfas, mas no les fué posible,
porque como ellas tuvieron aviso de la
fiesta, juntáronse Filida y Filis, Clori
y Pradelia, Nerea y Albanisa, Arethusa y
Colonia, y fueron al templo de la casta
Diana por licencia para ir á la ribera;
assí gastaron el día, y _Mendino_ y
_Cardenio_ buscándolas en vano, y ya que
bajaban á la cueva, mataron dos corzos
en la falda del risco; á la hora, con
Siralvo, que era venido á certificarles
la fiesta, los enviaron á Sileno, porque
supieron que los había menester el
siguiente día; y ellos en amaneciendo
dejaron la cueva y fueron á sus cabañas,
donde le hallaron poniendo orden en todo.
Era muy de ver á cada parte los sitios
de los pastores donde tenían sus yeguas
y ordenaban sus invenciones, cada uno en
soledad con los de su cabaña, sin que
de otra nadie los ocupase; y sabiendo
Sileno de Florela, que vino delante,
cómo las Ninfas venían, mando hacer tres
enramadas, una para él y los precios,
otra para las Ninfas y otra para las
pastoras. En estos apercebimientos,
pastores y Ninfas y la hora de la fiesta
llegaron juntas; á cada cual puso Sileno
en su sitio, y tomando el cartel subió
al suyo con Mendino y Cardenio y los
festejados Alfeo, Arsiano y Orindo. Sin
duda eran estos los más apuestos pastores
del Tajo, y éstas las más hermosas
pastoras del mundo. A las Ninfas no
alabe lengua humana, porque ellas no lo
parecían; invidioso Febo se puso tras las
pardas nubes, y assí passó el día todo
sin dar fastidio con sus rayos; soberbia
la tierra se alegró de arte que compitió
con el cielo, pues los pastores que tan
mejor lo sentían, celébrenlo con mirarlo
si ojos mortales bastan á tanto bien; y
ahora digamos cómo llegó el mantenedor
Liardo vestido de un paño azul finíssimo,
sayo largo vaquero y caperuza de falda,
camisa labrada de blanco y negro con
mangas anchas, atadas sobre los codos,
con listones morados, zarafuelle y medias
de lana parda y verde, zapato de vaca,
que le servía de estribo y espuela, en
una yegua castaña acostumbrada á volver
los toros á las dehesas; el freno era
un cabestro de cerdas con una lazada
revuelta por los colmillos, y la silla
una piel de tigre de varias colores, y
presentándose á Sileno fué su _letra_:
Si no gano manteniendo
más que en mantener la fe,
pocos precios ganaré.
Licio, su acompañado, salió de la misma
suerte, excepto que el vestido era
leonado, la yegua baya y por silla su
gabán doblado, y la _letra_:
El que con la fe ha perdido
la esperanza,
¿que ganará con la lanza?
Celio cogió de los campos gran diversidad
de flores y hierbas, y con el jugo
dellas y agua de goma pintó la yegua y
la lanza y su vestidura, que era de un
blanco lienzo todo á bandas, de más de
diez colores; pero la que caía sobre el
corazón era negra, y la _letra_:
Las alegres son ajenas,
mas las tristes propias son,
y más las del corazón.
Puso por precio una bolsa de lana parda
con cerraderos verdes, y contra ella
señaló Sileno unas castañetas de ébano
con cordones de seda; luego al son de
la bocina de Arsindo y de un atabal de
dos corchos, que Piron tañía, tomaron
lanzas, y á las dos que corrieron no hubo
ventaja, pero á las terceras Liardo llevó
la sortija y Celio la cuerda: recibió
Liardo sus precios y diólos á la hermosa
Andria, que á quien él quisiera no podía;
y vuelto al lugar, llegó Uranio, vestida
la piel entera de un osso que él había
muerto, y en la cabeza de la yegua,
hecha de cartones, otra de sierpe, que
la cubria, y en la anca una gran cola de
la misma invención; la lanza cubierta de
pellejos de culebras, de arte que parecía
verdaderamente un osso; sobre una sierpe
con una gran culebra en la mano, decía su
_letra_:
Pero la que sigo es
al revés.
Puso por precio un cuerno de hierba
ballestera, y Sileno un carcax con seis
saetas, y licencia para hacer un arco el
que ganasse. Corrieron sus lanzas Licio
y Uranio, y las cinco fueron con tanta
gallardía, que á todos dieron contento;
pero á la sexta, como la yegua de Uranio
llevaba la cabeza cubierta, tropezó y dió
con el osso una gran caída: perdió el
precio, pero diósele un vaso de agua, y
tornando á subir algo corrido se puso á
un cabo.
Luego entró Siralvo en una yegua overa,
vestido de caza, de una tela blanca y
verde, por toda ella sembrada de FF y SS;
de las FF salian unos lazos que en muchos
ñudos enredaban á las SS, y la _letra_:
De ti nacieron los lazos,
y de mí
la gana de verme anssí.
Puso por precio doce cintas de colores,
con cabos blancos, y Sileno dos cenogiles
de lo mismo. Corrieron Liardo y SIRALVO,
sin haber ventaja entre ellos; pero como
ya dos aventureros habían perdido, quiso
Sileno animar á los demás, y juntamente
hacer lisonja á MENDINO y dióle el precio
á SIRALVO: el cual, mirando á quién
pudiesse darle, vido llegar á la enramada
de las ninfas un pastor muy flaco,
vestido de un largo sayo de buriel, en un
rocín que casi se le veían los huessos, y
á las ancas traía otro pastor en hábito
de vieja, ambos con máscaras feíssimas; y
llegándose á ellos, les dió los cenogiles
y las cintas.
Los cuales á la hora los presentaron
á Sileno y pidieron campo. Sileno se
lo atorgó, y señaló contra sus precios
una bola de acero bruñida, que servía
bastantemente de espejo, y llegados al
puesto, el pastor disfrazado quiso suplir
la falta que había de padrinos en esta
fiesta, y hasta la media carrera le
llevaba la vieja la lanza: allí la tomaba
él y en corriendo se la tornaba á dar;
la gracia de las lanzas era muy conforme
al talle, y la risa de las ninfas y
pastores no cessaba; al fin, por pagalles
el contento, Licio pidió al juez que les
diesse los precios, y preguntándoles las
ninfas si traían letra, sacó la vieja un
papel y diósele. Entre los pastores no se
supo lo que decía, entre ellas, basta que
fué bien solenizado con risa y colores en
algunas.
Aquí llegó Filardo en una yegua alazana
de hermoso talle; traía vestido sobre
jubón y zarafuelles blancos, sayo y
calzones de grana fina, caperuza verde,
y en ella un manojo de espinas, y con un
ramo de oliva, que salía de entre ellas,
y la _letra_:
Mi guerra produxo espinas,
mas Amor
mi paz les puso por flor.
Dió por premio un caramillo de siete
puntos, y contra él Sileno una flauta de
trece. Corrió Liardo la primera lanza, en
que llevó la sortija. Siguióle Filardo
de la misma arte; á la segunda, Liardo
tocó en ella y derribóla; lo mismo hizo
Filardo, y á la tercera Liardo no llevó
tal lanza como las passadas; pero Filardo
la aventajó á todas, y assí Sileno le
dió el precio, y él á Silvia, que con el
deseo le tenía comprado.
A la hora oyeron gran ruido de
instrumentos y voces, y vieron llegar
una ancha cuba, sobre secretas rodajas,
tirada con cuerdas de cuatro máscaras,
con rostros de gimios y pies de
sátiros; venía enramada toda, y encima
un pastor sentado, con carátula ancha
y risueña, los brazos desnudos, los
pechos descubiertos, y en su cabeza una
guirnalda de pámpanos llenos de uvas y
hojas, en una mano una copa y en otra
un odre; alrededor dél, con las mismas
coronas y alegria, venían muchos hombres
y muchachos, que torciendo llaves,
del vientre de la cuba sacaban vino,
henchían vasos y derramaban los unos
sobre los otros. No faltaba quien también
tañesse chapas, albogues, bandurrias
y churumbelas y otros instrumentos
más placenteros que músicos; todos
generalmente se alegraron con la buena
venida del fingido Baco, y llegando á
Sileno le dió esta _letra_:
El que de mí se desvía,
á sí y á mi madre enfía.
Puso por precio un vaso grande de vidrio
sembrado de verde pimpinela. Sileno
señaló un caracol muy hermoso que podía
servir de vaso y de bocina; con esto
Baco y Licio fueron al puesto. La lanza
de Baco era hecha de luengos sarmientos
juntos y añudados con sus mismas hojas.
No quiso Licio correr primero por el
respeto del alegre rey; y en un punto,
al son de los envinados instrumentos, la
gran cuba fué llevada con grandíssima
velocidad, y sin hacer calada ni cosa
fea, Baco llevó la sortija, y lo mismo
hizo la segunda y la tercera lanza; y
aunque Licio corrió bien, quedóse en
todas muy atrás. Tornaron á sonar los
instrumentos, y la bocina de Arsindo y
el atabal de Pirón, y con gran aplauso y
contento se le dió á Baco el caracol, con
lo cual hizo lugar á Galafrón, que entró
en una yegua cebruna, cubierto de hierba
tan compuesta y espessa, que por ninguna
parte se veía otra vestidura; la cual
lanza teñida del mismo color, y un sol de
flores en la caperuza con esta _letra_:
Mi sol fué la flor de abril,
mi contento la verdura
y el invierno mi ventura.
Puso por precio un cinto de becerro
bayo, tachonado de nuevo latón, con
su escarcela plegada, y Sileno unas
carlancas de cuero de ante, herradas con
puntas de acero, importantíssimo reparo
del mastín contra los noturnos lobos
robadores del ganado. Corrió Liardo la
primera lanza con mucha destreza, y
Galafrón con mucha más; á la segunda
se aventajó Liardo, y á la tercera
anduvieron tan iguales, que SIRENO,
_Mendino_ y _Cardenio_ no se supieron
determinar; pero queriendo Sileno igualar
á entrambos, trocó los precios, dando
á Galafrón las carlancas y á Liardo
el cinto, con que quedaron contentos,
y más Silvera, á quien ambas joyas se
presentaron.
Gran rato después desto estuvieron Liardo
y Licio esperando aventureros, y ya casi
admirados de la tardanza, vieron venir
un gran castillo almenado, con extraño
ruido de cohetes, que por todas partes
salían, invención que, á ser de noche,
sin duda pareciera la mejor, porque era
todo ensetado de mimbres torcidos y
cubiertos de lienzos pintados de color
de piedra, y dentro los pastores de
Mireno, por secretos lazos le llevaban; y
llegando á los jueces, abriéndose de una
parte una ancha puerta, por ella salió
Mireno en una yegua melada, pisadora,
vestido de un sayo corto, gironado á
colores, caperuza y calzón de lo mismo,
zarafuelle y camisa de varias sedas y
lana, con una argolla al cuello y esta
_letra_:
Por hado y por albedrío.
Puso por precio una hermosa caja de
cucharas, labradas con gran primor, y
Sileno otra de ricos cuchillos, limados
no con menos. Corrió Licio mejor que
nunca su primera lanza; mas bien le hizo
menester, que la de Mireno fué con gran
gala y destreza; la aegunda no menos;
pero á la tercera, Licio se embarazó y
perdióla. Mireno, más animado, remató con
llevar la sortija y el premio, el cual
fué luego á manos de la hermosa FILIDA.
Poco después entró Ergasto, en una yegua
tordilla, vestido al modo de serrano, un
sayo pardo de pliegues, largo de faldas,
escotado de cuello, mangas abiertas de
alto á baxo con cintas blancas, calzón
de polaina, y sobre una gran cabellera
postiza, la caperuza vaquera sembrada de
cucharas y peines, y en lo alto della una
mata de retama en flor, con esta _letra_:
Tales son, Amor, tus flores
que, del olor engañado,
el gusto queda burlado.
Quitó un peine de su caperuza, y púsole
por precio, y Sileno unas tijeras grandes
lucias de desquilar. Liardo fué en las
dos lanzas primeras desgraciado, y en la
tercera muy gracioso; pero como Ergasto
en todas anduvo bien y igual, diósele el
precio de que hizo presente á la serrana
Finea, y ella le recibió con rostro
afable.
Iba ya el sol tan cerca de ponerse, que
á poco más que Barcino tardara no fuera
de efecto su venida; mas él llegó á
tiempo en una hermosa yegua rucia rodada,
vestido un galán pellico y calzón de
armiño, sombrero en su cabeza, alto y
ancho, de la misma piel, con zarafuelle y
camisa de igual blancura, y su _letra_:
En quererte,
y tan en blanco mi suerte.
Puso por precio un ramillete de rosas
blancas, y Sileno un vidrio do se
pudiessen conservar en agua. Corrió Licio
la primera lanza, y llevó la sortija;
Barcino tras él hizo otro tanto sin haber
mejoría en la destreza, y volviendo á la
segunda, mientras Lucio corría, y todos
se ocupaban en mirarle, Barcino, sin
dejar la yegua, se quitó el hábito de
pastor y quedó hecho salvaje, cubierto de
largo vello de pies á cabeza, de suerte
que no fuera conocido á no serlo tanto
la yegua. Estas segundas lanzas también
fueron buenas; y de la misma suerte,
mientras Licio corrió la tercera menos
bien que las otras, Barcino tornó á dejar
la piel de salvaje, y quedó vestido de un
cuero plateado en forma de arnés desde
el escarpe hasta la celada: iba todo él
y la lanza bañado en agua ardiente, y en
medio de la carrera, cuando la gente con
más atención le miraba, con fuego secreto
se hizo arder todo el cuerpo, hasta la
armella de la lanza, de manera que no
se pudo tener con ella cuenta, mas ella
la dió tan buena de sí que se llevó la
sortija. Mucho placer hubieron ninfas y
pastores de la invención de Barcino, y
dándole Sileno el precio, él le dió á
Dinarda.
Con esto, viendo ya que el sol era
traspuesto, Sileno pidió á Mendino que
diesse los _premios_ del _cartel_; y
llegando todos á la enramada, _Mendino_,
con muchos loores, encareció su fiesta, y
á Barcino dió el dardo que era el premio
de la invención; á Mireno el espejo, que
era el de gala; á Uranio confirmó el vaso
de agua que se le dió tan á mejor tiempo;
á Baco, que se supo que era _Elpino_,
cayado por mejor lanza; y á Liardo la
corona, por vencedor, y las plumas del
pavón que eran para la _letra_, remitió
á las ninfas que las habían leído todas,
y ellas con mucho gusto las dieron á la
vieja.
Bien quisieran los jueces que hubiera
premios para cumplir con todos, y
alabando á Aquel que sólo todo lo cumple,
dejaron las enramadas, y ninfas y
pastores siguieron al buen Sileno, que en
su cabaña estaba aparejada la cena, donde
passaron cosas de no menos gusto y donde
se vido junta toda la bondad y nobleza
humana, y donde quedaron en silencio
hasta que más docta zampoña los cante ó
menos ruda mano los celebre.