Suele en el bosque espesso el animoso
mozo gallardo, que con el agudo
venablo fuerte ha penetrado el crudo
pecho del tigre, del león ó el osso,
Mirarle en tierra muerto, sanguinoso,
y recrearse viendo lo que pudo;
y á las veces, dexándole desnudo,
la piel á cuestas irse victorioso.
¿No he sido digna yo de tanta cuenta
como las fieras, que la muerte suya
baña de invidia mis cansados ojos;
Pues tienes el matarme por afrenta,
y estimas en tan poco mis despojos,
que te ofende mi alma porque es tuya?
Acostumbrado estaba Alfeo á oir estas
mancillas y Arsiano á sentirlas por los
dos, pero no por esso menguaba punto de
su Amor, y como ahora vido que, callando
Silvera, Filardo tañía, dixo assí,
puestos los ojos en la fingida Amarantha: