SIRALVO

FILIDA, tus ojos bellos

el que se atreve á mirallos,

muy más fácil que alaballos

le será morir por ellos.

Ante ellos calla el primor,

ríndese la fortaleza,

porque mata su belleza

y ciega su resplandor.

Son ojos verdes, rasgados,

en el revolver suaves,

apacibles sobre graves,

mañosos y descuidados.

Con ira ó con mansedumbre,

de suerte alegran el suelo,

que fijados en el cielo

no diera el sol tanta lumbre.

Amor, que suele ocupar

todo cuanto el mundo encierra,

señoreando la tierra,

tiranizando la mar,

para llevar más despojos,

sin tener contradición,

hizo su casa y prisión

en essos hermosos ojos.

Allí canta y dice: Yo

ciego fui, que no lo niego,

pero venturoso ciego,

que tales ojos halló,

que aunque es vuestra la vitoria

en dárosla fui tan diestro,

que siendo cautivo vuestro

sois mis ojos y mi gloria.

El tiempo que me juzgaban

por ciego, quíselo ser,

porque no era razón ver

si estos ojos me faltaban;

será ahora con hallaros,

esta ley establecida:

que lo pague con la vida

quien se atreviere á miraros.

Y con esto, placentero

dice á su madre mil chistes:

el arquillo que me distes

tomáosle, que no le quiero;

pues triunfo siendo rendido

de aquestas dos cejas bellas,

haré yo dos arcos dellas

que al vuestro dejen corrido.

Estas saetas que veis,

la de plomo y la dorada,

como herencia renunciada,

buscad á quien se las deis,

porque yo de aqui adelante

podré con estas pestañas,

atravessar las entrañas

á mil pechos de diamante.

Hielo que dexa temblando,

fuego que la nieve enciende,

gracia que cautiva y prende,

ira que mata rabiando;

con otros mil señoríos

y poderes que alcanzáis

vosotros me los prestáis,

dulcíssimos ojos míos.

Cuando de aquestos blasones

el niño Amor presumía,

cielo y tierra parecía

que aprobaban sus razones,

y él dos mil juegos haciendo

entre las luces serenas,

de su pecho, á manos llenas,

amores iba lloviendo.

Yo que supe aventurarme

á vellos y á conocer

no todo su merecer

mas lo que basta á matarme,

tengo por muy llano ahora

lo que en la tierra se suena,

que no hay Amor ni hay cadena,

mas hay tus ojos, señora.

No cesara con esto el cantar de los

pastores, porque Silva y Filena también

cantaran, si las Ninfas no oyeran señal

en el templo que las forzaba á ir allá

y assí, con gran amor despedidas de los

pastores, por no serles permitido ir esta

vez con ellas, por el mismo orden que

primero, volvieron á visitar á la casta

Diana, y los pastores y pastoras, que

eran muchos y en diferentes ejercicios

repartidos, dejando la floresta, unos

con placer y otros con pesar tomaron

el camino de sus ganados. _Cardenio_,

MENDINO y su mayoral SIRALVO, tales iban

como aquellos que se apartaban de su

propia vida y contento. Filardo, Alfeo

y Mireno, éstos sí que llevaban consigo

todo su bien y descanso, pero el más

contento de todos era Sasio, que supo

allí que Silvera era venida al Tajo; y

el más triste de los tristes Pradelio,

que á rienda suelta Filena no sólo le

negaba sus favores, pero, olvidada de

la estimación que le debía, le iba

escarneciendo. Tal llegó Pradelio á la

ribera, que sus enemigos se pudieran

lastimar, y viendo que la causa estaba

tan lejos de hacerlo, determinó partirse

y dejarse el ganado perdido, como él lo

iba, y aquella misma noche, sin dar parte

á amigos ni parientes, solo, sin guía,

dexó los campos del Tajo con intención

de pasar á las islas de Occidente,

donde tarde ó nunca se pudiesse saber

de sus sucessos, y para testigo de su

apartamiento, llegando á la cabaña de

Filena, en la corteza de un álamo que

junto á ella estaba, dexó escrita esta

piadosa despedida:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 506 / 605 题