¡Oh tú, descanso del cansado curso
desta agra vida, á mi pesar, tan larga,
oye un momento en suma su discurso!
Y si mi boca más que hiel amarga
no te acertare á pronunciar dulzuras,
esso la culpa y esso la descarga.
Presentes sean mis entrañas puras,
mi limpio corazón, mi sano pecho,
atlantes firmes de mis desventuras.
Y tú, que con tus manos tienes hecho
el grave monte que su fuerza oprime,
no hagas cierto lo que yo sospecho.
Ya que tan grave mal no te lastime,
pues eres dél la causa, no la niegues,
porque, siquiera, á padecer me anime.
Amor te obliga que á razón te llegues,
y aun ella quiere que su fuerza entiendas:
no lo será, que con su lumbre ciegues.
¡Oh, es necesario que el rigor suspendas
de los duros peñascos, do no hallan
las aves nidos ni las bestias sendas!
Los perversos contrarios que batallan
por acabarme en desigual pelea
mientras te hablo, mira cómo callan.
Vieron mis ojos celestial idea
de gracia y discreción, tu soberana
beldad, que sola sin igual passea,
Desde la parte donde la lozana
aurora tierna de su luz hermosa,
abre á las gentes la primer ventana,
Hasta el ocaso á do la trabajosa
muestra, dada del sol, en premio justo,
en los brazos de Dórida reposa;
Y desde aquella do el ardor injusto
la habitación de su morada evita,
enflaqueciendo al Etíope adusto,
Hasta las fuentes donde el duro Scita
mata la sed y el inclemente Arturo
cuajando el mar, el curso al agua quita.
Y por essa beldad misma te juro
que, con ser en el mundo la primera,
es la menor que tiene en ti seguro,
La deleitosa y fértil primavera
de juventud, el sin igual tesoro
de esse rostro, do Amor teme y espera;
La mansedumbre y gravedad que adoro;
los cabellos que el ébano bruñido
han imitado, despreciando el oro;
El cristal de la frente, el encendido
rosicler puro ó púrpura de Oriente,
sobre los blancos lirios esparcido;
Las finas perlas, el coral ardiente,
con las dos celestiales esmeraldas,
beldad que loor humano no consiente,
Aunque de preciosíssimas guirnaldas
ciñen al sol y á Amor las francas sienes,
son las menores rosas de tus faldas.
Essotras plantas, que en el alma tienes,
que tocando en el cielo con sus ramas,
nos dan por fruto incomparables bienes;
Essos ricos tesoros que derramas
del pecho ilustre en abundancia tanta,
que á los deseos más remotos llamas;
Esse juicio, que á la tierra espanta;
esse donaire, que enamora el cielo;
esse valor, que á todos adelanta;
Essas y otras grandezas con que el suelo
tienes tan rico y tan enriquecida
el alma que te adora de consuelo,
Dejando aparte ahora el ser nacida
sobre las ilustríssimas llamada
y entre las más honestas escogida;
Y con ser de fortuna acompañada,
porque Himeneo al gusto te ofendía,
quisiste ser á Delia dedicada.
Aquestos bienes, que tu alma cría,
impressos en mi alma, y aun aquellos
de carne y sangre, en carne y sangre mía.
Llevo el yugo de Amor sobre dos cuellos,
que si no fuera más que de diamante,
fuera rompido á cada pa so dellos.
Cuando el cuello del cuerpo va delante
queda atrás el del alma, y cuando él passa,
cae el del cuerpo, y no hay quien le levante.
El uno quiere retirarse á casa,
llamado de la sombra y del reposo;
el otro al yermo, donde el sol abrasa;
El cuerpo está sediento, trabajoso;
el alma harta de sossiego llena,
¿quién compondrá combate tan furioso?
De suerte que, derecha la melena,
cuerpo y alma caminen, con templanza,
por la carrera para entrambos buena.
Y si hallaren muerta la esperanza,
y á la fe siempre viva que la llora,
juntos alaben á la confianza.
¿Mas, quién pondrá tan alta paz, señora,
entre dos enemigos tan contrarios,
_que con lo que uno sana otro empeora_?
Estos combates son tan ordinarios,
que los dones del alma escarnecidos
me son también mortales adversarios.
Los deleites del cuerpo no cumplidos,
los del alma turbados con engaños
y los inconvenientes tan unidos.
Bien sé que el solo medio destos daños
fuera apartarse deste cuerpo esta alma,
poniendo fin á mis cansados años.
Aquella fuera generosa y alma
vida del cuerpo cuando en tierra vuelto,
libre dejara al spíritu la palma.
Que como es el autor del mal revuelto,
y el alma está bañada en sus zozobras,
la vida es furia de enemigo suelta.
¡Oh tú, que á todas las potencias sobras
de bien y mal, tu pederosa mano
estampe en mí la fuerza de tus obras!
Que deste trance y cautiverio insano,
desta tristeza, deste mal terrible,
podrás dejarme libre, alegre y sano.
A tí sola ha dejado Amor posible
que aquesta piedra de mi gran cuidado
hagas, sobre esta roca, inconmovible.
Y estas navajas, con que el tierno lado
abre la rueda de mis fantasías,
sean rotas, y mi cuerpo desatado.
Y esta águila infernal, que tantos días,
me halla en este monte de sospechas,
no sepa más á las entrañas mías.
Y estas plantas y frutas tan ahechas
á burlar por momentos al deseo,
dejen mi sed y hambre satisfechas.
Mil continos estorbos ya los veo,
y otros más de creer dificultosos,
por mi corta ventura más los creo.
Ojos abiertos, pechos enconosos,
tu gran beldad, mis ricas intenciones,
cercadas de legiones de envidiosos.
Bien imagino yo que si te pones
á querer tropellar dificultades,
irás segura en carros de leones.
Bien tienes entendidas mis verdades,
y que en mí son llanezas conocidas
las que en mil otros son curiosidades.
Bien sabes que quisiera tantas vidas
cuantos momentos vivo por contallas,
por muy ganadas, en tu Amor perdidas.
Y bien sé yo que en mi rudeza hallas
iugenio soberano para amarte,
y sabes que te escucho aun cuando callas.
Entiendes que me huyo por buscarte,
y alguna vez tan sin piedad me dexas,
que pierdo la esperanza de hallarte.
Conoces claramente que mis quexas
llevan puro dolor sin artificio,
y con descuido mi cuidado aquexas.
Mis ojos ven que el principal oficio
que, sustentando el cuerpo, al alma honra,
es, no faltar los dos de tu servicio.
Y ven los tuyos, vueltos á mi honra,
que el rato que sin ellos me imagino,
tengo el alma y la vida por deshonra.
Alguna vez creciendo el desatino,
á fuerza del pestífero veneno
matarme ó despeñarme determino.
Acoge ¡oh mar! en tu sagrado seno
esta barquilla, que á tu golfo embiste,
porque se alabe de algún día sereno.
Essos divinos Nortes, que escogiste,
de la primera inacessible lumbre,
para alegrar al navegante triste,
Muéstrense en essa soberana cumbre,
hincha la vela el viento favorable
contra la calma desta pesadumbre.
Deje el cuidado el remo incomportable,
y estotras jarcias de trabajos llenas,
tórnense en ejercicio saludable.
Cántenme tus dulcíssimas sirenas,
que vencida del sueño mi barquilla,
y á voluntad la sangre de mis venas,
Si tu Neptuno á mi favor se humilla
aumentarás tus obras y mi suerte,
librando en tan heroica maravilla
á quien te ofrece el alma de la muerte.
Aunque SIRALVO en sus versos iba
mezclando tristeza, su corazón contento
estaba; pero como pocas veces hallaremos
un alegre sin un triste, Pradelio, que
menos dormía, le fué buscando entre todos
y le dió cuenta de la poca que ya Filena
tenía con él, antes le era tan contraria,
que á sus mismos ojos no se hartaba de
favorecer á Mireno, y hablándole él, no
le había respondido. Esto decía con tanto
dolor y enojo, que casi quería reventar,
y mientras SIRALVO procuraba consolarse,
ya los pastores y Ninfas, viendo passada
la hora ardiente de la siesta, iban
buscando la clara fuente y el manso
arroyo. A una parte del agua llegaron las
tres más hermosas del gremio de Diana:
era la una FILIDA, diosa en los montes;
la otra Filis, deesa en las selvas; la
otra Clori, Ninfa en el río; con ellas
estaban Silvia y Filardo y Filena
y Mireno, entreteniéndose en dulces
pláticas y suaves canciones; también
llegaron _Siralvo_ y _Pradelio_, uno de
placer y otro de pesar incitados, y no
faltaron los dos caudalosos y apuestos
rabadanes _Cardenio_ y _Mendino_. Gran
cosa se había juntado si Pradelio no
llegara: porque de once, solo él dejaba
de estar contento; y mirando la sin par
FILIDA la agradable compañía, escogió
al triste para que cantasse; mas viendo
SIRALVO que no estaba para cantares, le
disculpó con FILIDA, y rogó á Filardo
que lo hiciesse; el cual, los ojos en la
graciosa Silvia, tocó la lira, y comenzó
á cantar assí al son della: