CORIDÓN

Faltó la luz de tus hermosos ojos,

dulce Fenisa, á los de mi alma triste,

y assí quedaron en eterna noche,

sin buscar otro alivio de su pena,

sino la muerte que les fuera vida;

¿mas cuándo les vendrá tan dulce día?

Si aquesta cuenta rematasse un día

cerrando ya mis afligidos ojos

para principio de otra nueva vida,

y pudiesse salir el alma triste

desta prisión mortal de infernal pena,

el sol saldría en medio de la noche.

Razón sería tras tan larga noche,

que apareciesse en el Oriente el día,

que no son dinos de llevar la pena,

pues que no fué la culpa de mis ojos,

el yerro fué de la ventura triste,

que siempre yerra á costa de mi vida.

Cómo podrá passar mi enferma vida

con la pesada carga de la noche,

que si es consuelo del doliente triste

la esperanza de ver el nuevo día,

ninguna tienen mis cansados ojos

que les pueda aliviar su grave pena.

Dure la ausencia, dóblese la pena

que á todo he de pagar con una vida,

no veré los despechos de mis ojos,

ni andaré tropezando por la noche,

ni tendré envidia de quien goza el día,

ni mancilla de mí, pues volví triste.

Por cuán más venturoso tengo al triste,

que le acaba la furia de su pena,

que al doliente, á quien va de día en día

atormentando la mezquina vida,

el vivir cesse ó cesse ya la noche:

ó véante ó no vean estos ojos.

Que no son ojos en tu ausencia triste,

son dura noche, son eterna pena,

pues en la vida no gozaron día.

Apenas dio Coridón fin á su canto,

cuando se oyó resonar gran número de

instrumentos, albogues, flautas, liras,

cítaras, y cornamusas, que con suave

harmonía se iban llegando á la floresta,

y mirando los pastores á aquella parte

vieron entrar sesenta ninfas, veinte

del río, veinte del monte y veinte de

las selvas; todas venían vestidas de

sus propias telas de oro y seda, pero

las unas traían guirnaldas de flores en

sus frentes; las otras luengos ramos

levantados, y los cabellos sueltos; las

otras cogidos en varios velos y redes,

y las aljabas á los hombros, los brazos

desnudos y los arcos en las manos; tanta

fué la hermosura de las Ninfas, que los

pastores admirados, no sabían apartar los

ojos dellas; no viniera allí la simpar

FILIDA si no fuera por reparar la vida

de su amante, que ya sabía de Florela

en el estado que SIRALVO estaba. Entró,

pues, en la floresta tan aventajada á

las demás, que no sólo á ellas, mas á la

misma Diana, parecía que despreciasse.

Brotó el suelo nuevas flores, el cielo

mejor luz, la fuente más agua y los

suaves vientos, arrogantes entre tanta

beldad, desdeñándose de herir en los

verdes ramos, entre las vestiduras

de las ninfas, y los cabellos de sus

cabezas mezclándose, hicieron graciosos

y agradables juegos. Pues SIRALVO, que

atentamente miraba los ojos de FILIDA,

y su alma en ellos, no es possible

encarecer su sentimiento, ni es poca

prueba de la hermosura de las pastoras

no haber parecido mal entre las ninfas.

No se detuvieron mucho en la floresta,

antes llamando luego á los pastores,

entraron al sagrado templo, donde quince

en quince hicieron cuatro corros y los

tres danzando y el uno tañendo, fueron

dejando sus insignias sobre el altar: las

del río sus guirnaldas, las de las selvas

sus ramos y las de los montes, arcos y

saetas. Con esto remitieron la oración

al viejo Sileno, que entre ellos iba, y

con aquel aspecto grave y gentil, vuelto

al de la triforme Diana, primeramente

alabó su excessiva belleza, y después

con humildad le pidió perdón si algunas

veces violaron los montes con la misma

sangre de las fieras á ella consagradas,

ó si acaso cansados de la propia caza,

torpemente, el curso della maldixeron,

y assimismo de otros errores y culpas,

en que el frágil juicio suele caer; pero

después de todo le rogó los librasse de

las venenosas redes de los solícitos

lisonjeros y falsos halagüeños, con

la fuerza de los carnales apetitos,

destruidores de devoción y salud; antes

prestándoles de su cumplido favor, les

diesse resistencia contra todo mal,

contra todo daño y contra toda malicia.

Y con esto, callando él, la música

tornó á sonar, y las ninfas á la orden

de sus corros, en que por gran espacio

se ocuparon, hasta que pareciéndoles

hora del reposo, tomando por orden sus

insignias, tornaron á la floresta, y

mezcladas con los pastores, se fueron

repartiendo por las sombras, donde no

faltaron rústicas y delicadas viandas,

y algunos que durmiessen, y alguno que

velasse. No os he contado la ventura de

Siralvo: pues sabed que al salir del

templo estuvo gran rato con Florela,

que de parte de FILIDA le certificó que

holgaba de su vida, y de la suya le avisó

que se templasse en miralla, porque nunca

aparencias sirvieron sino de dañar. Con

esto volvió Siralvo tan contento que

en sí mismo no cabía, y mientras todos

reposaban, él á la sombra de un fresno

en voz baxa estuvo recitando al silencio

unos versos que hizo al principio de la

ausencia, cuando entre temor y esperanza

andaba el sufrimiento de partida; quien

gustare de oirlos, podrá llegarse al

pastor, en tanto que las ninfas duermen

y quien no, passe por ellos y hallarálas

despiertas.

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 499 / 605 题