Agua corriente serena,
que desde el Castalio coro
vienes descubriendo el oro
de entre la menuda arena,
y haces con la requesta
del verde y florido atajo,
parecer que está debajo
una agradable floresta.
Más bella y regocijada
en otras aguas me vi;
ya no me conozco aquí
según me hallo trocada,
y assí no pienso ponerme
á mirar en ti mi arreo,
pues cual era no me veo
y cual soy no quiero verme.
De mi parte estaba Amor
cuando me dexó mortal,
no vive más el leal
de lo que quiere el traidor;
vendióseme por amigo,
fuéme señalando gloria
y hizo de mi vitoria
triunfo para mi enemigo.
No quiero bien ni esperanza
de quien á mi costa sé
que tuvo en menos mi fe
que el gusto de su mudanza;
pero en tanto mal me place
que se goce en mi tormento,
si puede tener contento
quien lo que no debe hace.
Contigo hablo, alevoso
Amor, que si tal no fueras,
de mis ojos te escondieras
de ti mismo vergonzoso;
mas en daño tan sin par
claro se deja entender,
que el que lo pudo hacer
lo sabrá dissimular.
Querrás quizá condenarme,
que merezco mi passión;
pues sabes bien la razón,
consiénteme disculparme:
quise amar y ser amada,
pero fortuna ordenó
que la fe que me sobró
me tenga ya condenada.
¿Quién juzgará las centellas,
dime, Alfeo, en que vivías,
viendo ya las brasas mías
y á ti tan helado en ellas?
Tempestad fué tu dolor,
menos que en agua la sal,
pues no quedó de tu mal
cosa que parezca Amor.
Dime qué hice contigo,
ó lo que quieres que haga,
pues en lugar de la paga
me das tan duro castigo.
Tu voluntad se me cierra
cuando me ves que me allano;
¿tu corazón es serrano
que assí se inclina á la sierra?
No tengo celos de ti,
ni tu desamor se crea
que es por amar á Finea,
mas por desamarme á mí;
quejarme della no quiero
porque tú me vengarás,
que presto la dexarás
si no te dexa primero.
¡Mas, ay, que un tigre sospecho
que en mis entrañas se cría,
que las rasga y las desvía
y las arranca del pecho,
y un gusano perezoso
carcome mi corazón,
y yo canto al triste son
de su diente ponzoñoso!
Y confieso que algún día
me sobró la confianza,
mas si no hice mudanza
perdonárseme debía;
muera quien quiera morir,
y como lloro llorar,
que en esto suele parar
el demasiado reir.
Sólo aquel proverbio quiero
por consuelo en mi quebranto,
pues en tan contino llanto
le hallo tan verdadero:
las abejuelas, de flor
jamás tuvieron hartura,
ni el ganado de verdura,
ni de lágrimas Amor.
Los tiernos metros de la pastora
Amarantha no sólo á Pradelio dieron
contento, pero á otros muchos que le
escucharon, y por no atajalla, apartados
del manso arroyo por entre las plantas
se iban deteniendo; al fin de los
cuales llegaron á la falda de un fresco
montecillo, donde el sitio de Diana
comenzaba. Y en él vieron al pastor Alfeo
que, en compañía de otros caminaba al
templo de la diosa; aquí quedó la vencida
Amarantha casi muerta, sin alzar los
ojos de la tierra dixo: Mucho quisiera,
pastor, acompañarte y dar á Diana los
debidos loores, pero ya ves cuán mal se
me ha ordenado; pues yo no puedo vivir
donde Alfeo estuviere, aunque él sea mi
propia vida y contento; mira si mi dolor
es grave y mi ventura ligera, pues temo
lo que deseo, y siendo aquella presencia
la cosa que yo más amo, tantas veces
la excuso cuantas puedo, como el que
huyesse la luz, medroso de ser abrasado
della; porque, mi buen Pradelio, cuando
el amador no es desamado debe seguir
contino lo que ama; pero después que
conoce el adverso odio y enemiga, debe
siempre excusar de dar fastidio, porque
es llana cosa que entonces son las
gracias grosserías, la beldad fiereza y
la luz tiniebla; assí que el aborrecido
por donde mas gana es buen callar y
retraimiento, que nunca mejor me hallo
que cuando sola llorando de mí misma
me querello; por eso te ruego que,
dexándome, te vas, y si á Alfeo de mi mal
hablares, antes le cuentes mancillas que
proezas, que aquellas creerá y á estotras
dará la poca fe que siempre ha dado. Esto
decía Amarantha con tantas lágrimas, que
para ayudarla Pradelio, sólo bastara
cualquier movimiento de su lengua, y
assí, forzado desto, sin más respuesta
que mirarla tiernamente, se partió della
tan enemigo de nueva compañía, que
dexando el camino derecho entró per una
angosta senda que más de una milla se
alargaba, y por ella apresurándose vino á
rodear el templo que estaba en un valle
escondido, no edificado de cedros ni de
cipreses, pero de sólo laureles y fresca
murta y no cortados; pero assí desde sus
troncos, los ramos entretejidos y las
hojas añudadas que por ninguna parte
podía el sol entrar, salvo por la que
con artificio se apartaban. En medio dél
estaba la imagen de la hermosa Diana,
de mármol resplandeciente; caían sus
cabellos hasta la cinta, y en las blancas
manos su arco y saetas con la pendiente
aljaba, todo de fina plata, cristal y
oro; estaba cercada de bultos de castas
ninfas con las mismas armas de cazadoras:
unas desnudas, sólo cubiertas con sus
luengos cabellos; otras entre flores,
tendidas, como fatigadas del presuroso
curso, y otras vestidas de ricos paños,
hinchendo de contentamiento el sacro
templo, en el cual por un lado y otro
había clavados muchos despojos, cabezas
de jabalís, cuernos de ciervos, redes,
arcos, cepos y otros instrumentos de la
generosa caza; tenía dos altas puertas
de maravilloso artificio abiertas, y
cerrábanse con dos laureles que, puestos
en dos vasos grandes de tierra cocida, y
allí bastantemente cultivados, se podían
quitar y poner cuando importaba. No era
este templo aquel que en la provincia de
Jonia estaba sobre su fiera Laguna, con
ciento y veinte y siete colunas de rico
mármol, parte dellas con esculturas,
parte lisas como el bruñido acero, sobre
las cuales todo el maderamiento era de
labrado cedro y las puertas de oloroso
ciprés, de anchura de doscientos y veinte
pies y de longura cuatrocientos y veinte
y cinco y de alto cada coluna ciento y
veinte, hecho por las manos de Tesifón
y Chersifón en doscientos y veinte años
de trabajo. Pero creo que si el nuestro
vieran las fuertes Amazonas se excusaran
de hacer aquél, y el maldito Herostrato
no se moviera á quemarle como el otro.
Dejémosle y hablemos del presente, el
cual, en el ancho pedestal de la bella
Diana tenía, de menuda talla, las otras
seis maravillas de la tierra.
Primero, el espantoso edificio de Babel,
hecho ó verdaderamente reparado por la
antigua Semíramis; en una parte del cual
se veía el anchuroso campo, lleno de
agradables frescuras, y de la otra parte
herían las claras ondas del río Eufrates,
acrecentando belleza á las puentes,
alcázares, huertos y jardines que, sobre
arcos, en los muros estaban edificados.
Tras esto estaba el fiero colosso ó
estatua de Rhodas, que, aunque no pudo
tallarse de setenta codos en alto como él
era, á lo menos mostraban las facciones
deste traslado claramente la grandeza de
su original; y para mayor muestra muchos
hombres de menor figura, puestos á sus
lados, procuraban abrazar solo uno de sus
dedos, pero menos podían que los vivos,
en tiempo que este colosso se sostuvo en
alto.
Después, entre la ciudad de Menfis y la
isla del Nilo, Delta, estaba la excelsa
pirámide que, comenzando en cuadro, subía
su punta en increible altura de mármoles
de Arabia; no tenía cada piedra como
ella treinta pies, pero cercábanla con
extraña viveza los trescientos y setenta
mil hombres que tardaron veinte años en
hacerla.
Luego el ancho y alto sepulcro que la
honesta Arthemisa hizo para su caro
marido, rey de Caria, que aunque no pudo
dársele en circuito los cuatrocientos y
seis pies, y en alto los veinte y cinco
codos que él tenía, al menos diéronsele
sus treinta y seis colunas de extraño
artificio y riqueza, sembrando por todo
él piezas de mucho valor y hermosura, y
abriéndole con anchurosos arcos al Norte
y al Mediodía, que era su propio asiento.
Pero hacia la parte del Oriente estaba
su artífice Escopas, de su propia labor
maravillado, y á la del Septentrión
Brias tendido como cansado de su larga
y trabajosa jornada, y á la de Mediodía
Timotheo con grande alegría; pero á la de
Poniente Leocares como esperando la paga
de su trabajo, junto á la viuda animosa
que, más ocupada en su largo planto, sin
respuesta la detiene, acaso por no ser la
obra conforme á su voluntad acabada.
Más la provincia de Acaya en el Olimpo,
entre las ciudades Elis y Pisa, y allí el
simulacro ó figura de marfil de Júpiter,
del artífice Fidias, de riqueza y arte
incomparable y no con menos retratado.
Seguíanse otra vez los huertos pensiles
de la alta Babilonia, y con ellos,
frontera á las bocas del Nilo, de
albíssima piedra cercada de agua, la alta
y muy costosa Torre de Faros, en cuya
altura se mostraban muchas y grandes
lumbres dando guía á los presurosos
navíos que por la ancha mar iban á tomar
puerto.
No faltaba el obelisco de Semíramis, á
manera de pirámide, salvo que era todo de
una pieza, y en él por números señalados
sus ciento y cincuenta pies en alto, y
noventa y seis en circuito, como de los
montes de Armenia fué sacado. Todo lo
cual estaba en el último cuadro por la
variedad de los que dello tratan, pero
no estaba el antiguo templo de la Diosa,
por no ofender al presente que con tanto
cumplimiento suplía.
Acababan aquí las esculturas, las
pinturas no, que sobre la una puerta
estaba la ínsula Delfos, donde Latona,
retraída de la fiera serpiente, se veía
en el parto de la amada Diana, al fin del
cual la misma hija ayudaba á la madre en
el nacimiento de su hermano Apolo; el
cual nacido se mostraba de tan perfetos
matices, que verdaderamente se juzgara
que él daba la luz al templo.
No era menos agradable el cuadro de la
segunda puerta, donde la misma Diana,
metida en su fresca y reservada fuente,
había tornado ciervo al sin ventura
Acteón, al cual sus propios lebreles
rabiosamente despedazaban; y lo que más
era de mirar del sutil artífice, que
habiendo pintada una cabeza de perro
ferocíssima se pintó temeroso junto
á ella, queriendo honestamente loar
la viveza de su pintura. Aquí entró
Pradelio lleno de pesar, y viendo que la
gente aun no era entrada, imaginó que
estuviesse en la floresta, y assí se
fué allá, que muy cerca estaba, donde
con estudiosa y abundante mano parecía
que la maestra Natura hubiesse querido
señalarse. Eran las flores rojas, blancas
y amarillas casi como rubís y diamantes
entre el oro, y pienso que la esmeralda
no llegasse á la fineza de la hierba;
estaba en medio de la hermosa estancia
una pura fuente de relevado cimiento,
assí alrededor cercada de hierba y hoja
que por ninguna parte se veía. Salía de
allí un arroyo claro cercado de muchas
plantas donde las varias aves seguras
volando andaban de una en otra parte, sin
faltar algunas que suavemente cantassen,
no impidiendo al manso susurro que entre
claveles y sándalos las abejuelas hacían.
Halló Pradelio de la una parte de este
arroyo que más ancha y llana era todos
los pastores que buscaba esperando á
las bellas ninfas que, nacidas en las
aguas, en las selvas y en los montes,
vivían en los secretos jardines y
reservados lugares del sagrado templo.
Y lo primero que el pastor vido fué á
Mireno, que en compañía de Filena andaba
cogiendo de las bellas flores. Sintió
traspassar su corazón de rigurosa espina,
y esforzándose cuanto pudo, se llegó á
Siralvo y Filardo que estaban cerca de
la fuente. Bien conocieron el dolor con
que llegaba, y por no acrecentársele
callaron. Y á poco rato que assí
estuvieron, el gallardo Coridón, vaquero
de valor y estima, rendido y ausente de
la beldad de Fenisa y incitado de Sasio,
comenzó á cantar al son de su lira esta
sestina: