FILIDA ilustre, más que el sol hermosa,
sol de mi alma, sin razón ausente
destos húmidos ojos anublados,
¿cuándo veré la cristalina fuente?
¿Cuándo el jazmín? ¿Cuándo el color de rosa
con los dos claros ojos eclipsados?
¿Cuándo piensas romper estos nublados
y mostrarnos el día,
FILIDA, dulce mía?
Si en algún tiempo á los desconsolados
mancilla hubiste, tenla de mi pena;
cesse tan triste ausencia,
que en tu presencia la fatiga es buena.
FILIDA, tú te fuiste, que de otra arte
estar ausentes no fuera possible,
porque nunca de ti yo me apartara.
Que ni acidentes de dolor terrible
ni peligros de muerte fueran parte
para partirme de tu dulce cara.
Ven, no te muestres á mi amor avara;
que si gusto te diera,
FILIDA, si bien fuera,
entre tigres de Hircania te buscara;
mi mal me hace que á mi bien no acierte,
y estando tú escondida,
busco la vida y topo con la muerte.
FILIDA, mira con quién vivo ausente;
mira de quién estoy acompañado
y lo que saco de su compañía.
La esperanza ligera, el mal pesado,
el bien passado con el mal presente
y el interés morir en mi porfía;
mas si yo viesse un venturoso día
en que tu rostro viesse,
FILIDA, aunque muriesse
¡por cuán vivo y dichoso me tendría!
Mas ay de mí, que temo más que espero:
temo que si hay tardanza,
esta esperanza morirá primero.
FILIDA, cuantas lágrimas envío,
no son ya tanto porque no te veo
cuanto porque jamás espero verte;
no sé si tiene culpa mi desseo,
bien sé que tiene pena, y yo lo fío,
que al que espera salud, no hay dolor fuerte;
¿qué juzgarías que perdí en perderte?
Perdí la misma vida,
FILIDA mía querida,
que en tu ausencia no es vida, sino muerte;
perdí los ojos, que sin ti los niego,
y negarlos conviene,
pues quien los tiene y no te mira es ciego.
FILIDA, tal quedé de ti apartado
cual sin el alma el cuerpo, ó cual la nave
sin marinero, ó cual sin sol el día;
muriendo aprendo, ciencia harto grave,
á conocer un buen y un mal estado,
y cuánto va de un es á un ser solía;
edificando estoy de noche y día
labores sin cimiento:
FILIDA el argumento;
y el oficial mi vana fantasía;
mas en siendo la torre levantada
trazada á mi deseo,
luego la veo por tierra derribada.
FILIDA mía, consuelo de mi alma,
más agradable que la luz serena
y muy más que la misma vida cara,
¿dónde suena tu canto de sirena?
¿Quién goza tu amistad sincera y alma?
¿Dónde se mira tu hermosa cara?
¡Oh! cuán de veras me ha costado cara
la lumbre de los ojos,
FILIDA, que mis ojos
de espaldas ven el bien, el mal de cara,
la triste vida que posseo me culpa,
y ella misma me pena:
sufra la pena quien causó la culpa.
FILIDA, en tanto que el sereno Apolo
ciñe nuestro horizonte, y entre tanto
que le da cuna el húmido Neptuno,
mis ojos, no en reposo, mas en llanto,
su oficio es llorar solo, y como solo
á solas estas rocas importuno,
excúsome que sepa ya ninguno
vida tan trabajosa.
FILIDA mía hermosa,
si contasse mis males de uno en uno,
corta sería la vida, el tiempo, el modo,
corto el entendimiento,
que mi tormento no se entiende todo.
FILIDA, viva ó muera, llore ó ría
ó trabaje ó repose, ó duerma ó vele,
ora tema, ora espere y dude y crea,
ha de estar firme lo que siempre suele,
firme el querer y firme la porfía
del que mirarte y no otro bien desea.
Escrito está en mi alma, allí se lea,
tu nombre y mi deseo.
FILIDA, allí te veo,
mas haz que con mis ojos hoy te vea;
míralos viudos, tristes y enlutados,
coronados de nieblas,
con las tinieblas por Amor casados.
Ya falta aliento al espíritu cansado
que vencen las passiones,
FILIDA, y las razones
con mi seca ventura se han helado;
muero, y si quieres que contento muera,
doquier que estés, señora,
acoge agora mi razón postrera.
Apenas Siralvo puso fin á su afligida
canción, cuando, llamado de un súbito
ruido, volvió los ojos al monte, y
por la falda dél vido venir un ligero
ciervo herido de dos saetas en el lado
izquierdo, sangrientas las blancas
plumas, y tan veloz en su carrera, que
sólo el viento se le podía comparar, y
á poco rato que entró por la espessura
del bosque, por las pisadas que él había
traído llegaron dos gallardas cazadoras,
que con presuroso vuelo le venían
siguiendo. Descalzos traían los blancos
pies y desnudos los hermosos brazos;
sueltos los cabellos que, como fino oro,
al viento se esparcían; blanco cendal y
tela de fina plata cubrían sus gentiles
cuerpos, las aljabas abiertas y los
arcos colgando. Pues ahora, sabed que la
una destas era Florela, que juntamente
con FILIDA seguía los montes de Diana,
y como vido á Siralvo, casi forzada de
amor y compassión le dixo: Pastor, ¿has
visto por aquí un ciervo herido que poco
ha baxaba de la altura deste monte? Sí
he visto, respondió Siralvo lleno de
turbación de ver quién se lo preguntaba.
Pues guíanos, pastor, dixo la cazadora,
que las saetas que lleva nuestras son
y tuya será parte de los despojos.
No respondió Siralvo, pero atónito y
contento tomó la senda del bosque,
obligándolas á correr más que solían, y
después que gran rato anduvieron por la
espessura, á un lado oyeron bramar el
ciervo, y acercándose á él se hallaron
cerca de una fuente, que al pie de un
pino salía, asiendo de la hierba sobre
el agua. Prestamente, Siralvo le asió
por los anchos cuernos y con el puñal
le cortó las piernas, con que quedó
tendido al pie del árbol. Las cazadoras,
contentas con la presa, pidieron á
Siralvo que le quitasse los cuernos y
los pusiesse en lo alto del pino en
tanto que ellas se alentaban de la larga
carrera. Poco tardó Siralvo en hacer esto
y menos Florela en hablarle cuando á la
compañera vió dormida. Siralvo mío, le
dixo, ¿qué buena suerte te ha traído por
donde yo te topasse? Esa, dixo Siralvo,
mía sola la puedes llamar, si siendo tan
buena puede ser de quien tan mala como yo
la tiene. Esso me enoja, dixo Florela;
viva FILIDA y contenta; tú en su gracia,
¿cómo puedes quexarte de tu suerte?
Desde ahora, dixo Siralvo, mal contado
me sería que sé de ti tales nuevas; pero
ausente de su hermosura y ignorante de
su contento, desesperado del mío, ¿cómo
juzgas, Florela, que yo podría estar?
Como tú dices, respondió la cazadora;
pero porque á ti y á FILIDA no ofendas,
te certifico dos cosas: la una, su gusto,
y la otra, tu favor; mira si es razón
que basten contra tus melancolías y
vuelvas al tiempo de tus deleites, pues
que nunca ha habido mudanza en la causa
dellos, ya que en el estado la haya.
¿Esso te parece poco, dixo Siralvo, una
privación continua de ver su beldad como
solía? Pues sabe que aunque los ojos del
ánima nunca de FILIDA se apartan, éstos
que la vieron y no la ven bastantes
enemigos son para aguar mis consuelos.
¿Y si yo hago, dixo Florela, que la
veas? Harías conmigo, dixo Siralvo, más
que el cielo, pues lo que él me niega
tú me lo dabas. Pues alégrate, pastor,
dixo Florela, y vete en buen hora, que
me importa quedar aquí; mira qué quieres
que le diga á FILIDA, que de la misma
arte se lo diré. Dile, Florela, dixo el
pastor, que aquella misma vida que en
virtud de sus ojos se sustentaba, está
ahora en su ausencia. ¿Qué más le diré?
dixo Florela. Dile más, dixo Siralvo,
que se fué y me dexó; y basta, que ella
sabe más de lo que tú y yo le podemos
decir. Lo que ves en mi cara le podrás
contar, y el bien que me hubiere de hacer
sea á tiempo que aproveche, porque me
llama la muerte muy aprissa, y aunque
ahora por ti entretendré la vida, si
tardas en confirmarla no sé qué será
de mí. Pierde cuidado, pastor, dixo
Florela, que yo le tendré como verás;
con lo cual Siralvo se partió della, y
por pensar mejor en su sucesso, entró
por lo más espesso del bosque, entre
temor y esperanza, lleno de turbación,
y sentándose en aquella soledad sombría
oyó un sospiro tan tierno que le juzgó
por proprio suyo. ¡Oh, sospiros míos,
dixo Siralvo, si será possible que algún
día lleguéis á las orejas de Filida, y
vosotros, tristes ojos, veáis en los
suyos vuestra lumbre verdadera! Resuma el
cielo en este solo bien cuantos pensare
hacerme, Aqui Siralvo quedó suspenso
consigo, y á poco rato oyó otro sospiro
muy más tierno, y volviendo los ojos á la
parte donde había salido, por entre la
espessura de sus ramas vió un bulto que
no determinó si de pastor ó de pastora
fuesse, y levantándose en pie, lo más
quedo que pudo se fué acercando hasta
llegar donde vido, el cuerpo en la tierra
y en la mano la mexilla, una pastora, en
tanto extremo hermosa, que si no hubiera
visto la hermosura de FILIDA, aquélla
estimara por la primera del mundo. Su
vestidura humilde era y el apero humilde,
pero su suerte tan extraordinaria, que
Siralvo quedó admirado. Sus cabellos,
cogidos en ellos mismos, despreciaban
al sol y al oro; el color de su rostro,
vestido de leche y sangre, con una
ternura que representaba el alba cuando
nace; sus ojos eran negros, rasgados, con
las pestañas y cejas del color mismo;
la boca y dientes excedían al rubí y á
las finas perlas orientales. Tan nueva
cosa le pareció á Siralvo, que sacó el
retrato de la sin par FILIDA; mas en
viéndole, arrepentido de haberle opuesto
á beldad humana, le tornó á cubrir, y
representándose á la pastora le dixo:
Si supiesses al tiempo que me llego á
ti, verías lo que has podido conmigo. De
tu tiempo, dixo la pastora, poco puedo
yo saber; del mío te sé decir que es el
peor que nunca tuve. Si tu congoja, dixo
Siralvo, es tal que un pastor con sus
fuerzas pueda remediarla, dímela, gentil
pastora, que assí halle yo quien por mí
vuelva como tú hallarás á mí. ¿Qué te
mueve, dixo la pastora, á tanta cortesía
con quien no conoces? Paréceme, dixo el
pastor, que es mucho lo que mereces.
Mejor le diré yo, dixo la pastora, que
es ser tú noble de corazón y quizá
haberte visto en necessidad como me veo.
Essa deseo saber, dixo Siralvo. Por
ahora, dixo la pastora, no es possible;
pero yo voy barruntando que tú y los
demás pastores destas selvas y riberas
seréis testigos deste mal y no podréis
remediarle. Bien podrá ser, dixo Siralvo;
pero yo ganoso estoy de servirte, y si
me pruebas, hallarme has muy á punto.
Soy contenta, dixo la pastora. ¿Conoces
á Alfeo, un pastor nuevo de esta ribera?
Sí conozco, dixo Siralvo. Pues búscale,
dixo la pastora, y dile que no tengo aquí
más armas de un cayado y un zurrón, y que
si todavía me teme, se traya consigo á
la serrana Finea que le quite el miedo.
A la hora entendió Siralvo quién era,
mas no quiso hacer demostración, y sin
más detenerse, tomando aquello á su
cargo, dió la vuelta á su cabaña, donde
ya Alfeo le estaba aguardando, triste y
pensativo, lleno de dolor. Siralvo, pues,
aunque confuso, contento iba y animado
en las palabras de Florela; mas ahora
sin tratar nada de sí: pastor, le dixo,
¿qué congoja es ésta en que te hallo? La
mayor, dixo Alfeo, que me pudiera venir.
Sabe que Andria, en hábito de pastora,
es venida á buscarme y está en el bosque
del pino. ¿Cómo lo sabes, dixo Siralvo?
¿Cómo? dixo Alfeo. Como me ha enviado á
llamar. También yo lo sé, dixo Siralvo, y
te trayo un recado suyo, porque pasando
yo por el bosque encontré con ella y
preguntándole quién era no me lo quiso
decir, pero rogóme que te dixesse que
estaba sola, sin más armas que el cayado
y el zurrón, y que si assí la temías,
llevasses contigo á Finea que te quitasse
el miedo. Luego conocí quién era y te
vine á dar aviso. Harto hemos menester
ahora, dixo Alfeo, para no errarlo; á
ti te basta tu mal sin ponerte á los
ajenos; yo estoy necessitado de consejo
y de favor, y no sé adonde lo halle.
Pastor, dixo Siralvo, no creas que mis
passiones han de estorbarme el buscar
remedio á las tuyas; yo quiero volver
á Andria y saber della lo que quiere,
y conforme á su intención podremos
apercebir la nuestra para lo que mejor
te estuviere. Muy bien me parece, dixo
Alfeo, y quedándose en la cabaña tornó
Siralvo al bosque, y por presto que
llegó, halló con ella á Arsiano, que
era con el que primero había topado y
había enviado á llamar á Alfeo, y como
volvió tan turbado de la nueva, volvió
luego á la pastora á darle cuenta de lo
que passaba; por parte llegó Siralvo
que los dos no le vieron, y gran rato
estuvo escondido oyendo sus razones. Ella
le dixo que era una pastora de Jarama,
que se llamaba Amarantha, y por cierta
adversidad era allí venida, y Alfeo era
un pastor que le estaba muy obligado, y
se admiraba que en el Tajo se hubiera
hecho tan descortés que no viniesse
llamándole. Arsiano le decía que Alfeo no
se osaba apartar de la serrana Finea, y
que ninguna cosa querría ella mandar que
no la hiciesse él tan bien y mejor que
Alfeo. A esto la pastora replicaba que
ninguna importancia al presente tenía,
sino verse con Alfeo en parte donde nadie
lo pudiesse juzgar; que se le truxesse
allí si quería dexarla muy obligada.
Arsiano parece que, pesaroso de apartarse
della, tornó con aquel recado, y Siralvo
que la vió sola llegó con el suyo; pero
el mismo despacho tuvo que Arsiano, y
assí volvió á su cabaña, donde llamaron
á Finea y le dieron cuenta de lo que
passaba. Su parecer, entre mil temores,
fue que Alfeo se escondiesse algunos días
y se echasse fama que se había ido, para
que Andria también se fuesse á buscarle;
y cuando Arsiano volvió certificáronle
que Alfeo, en sabiendo la venida de la
pastora Amarantha, se había despedido
dellos y ídose no sabían adónde. Con esto
volvió Arsiano á la pastora, y ella, que
amaba y era mala de engañar, posponiendo
el crédito al enojo, con Arsiano se
vino á la ribera donde, vista su gran
hermosura, no quedó pastor ni pastora que
no se le ofreciesse, y ella, agradecida
á todos, escogió la cabaña de Dinarda,
por consejo de Arsiano, que estaba herido
de su beldad, sin bastar su cordura para
dissimularlo, y assí la noche siguiente,
cubierto de la capa del silencio, tomó
la flauta, y puesto donde Amarantha le
pudiesse oir, con estos versos acompañó
su instrumento: