Sabe el cielo, Andria, que cuantas
señales doy de vivo son para mí nueva
muerte, después que de mi vida y de tu
fe tan mala cuenta diste: pues mira
si el quexarme de ti será mi gusto, ó
cómo lo excusaré contra el poder de tu
crueldad. Yo soy el mismo que levantaste
y desvaneciste, y tú eres sola quien
me pudo hacer bien ó mal, sin haber en
la tierra otra parte de dó venir me
pudiesse; ya tu bien no le quiero, que
sé cuán poco dura; tu mal me basta para
que hartes en mí tu condición terrible.
Yo fuí, Siralvo mío, el primero de los
dichosos, y soy de los desdichados el
postrero, porque jamás vendrá desdicha
como la mía. Vime hasta la edad de
veinte años tan señor de mí, que jamás
mis cuidados salían de mi contento,
no porque viviesse tan sencillamente
que no procurasse parecer bien y ser
querido, pero con una libertad sobre
todo, que jamás Amor ni Fortuna me dieron
mala comida. Era mi estancia en la
Corte, y mis entretenimientos, amigos,
caballos y caza, música y libros, á
que principalmente era inclinado: las
liviandades del mundo passaban por mí
sin dejar señal ninguna; pero cansado
Amor de mis burlas y Fortuna de mis
veras, armáronme un poderoso lazo en la
hermosura de Andria, por lo menos, donde
tropecé y caí de manera que nunca me he
levantado. Es Andria de clara generación
y caudalosos parientes, de hermosura sin
igual, de habilidad raríssima, moza de
dieciocho años y de más ligero corazón
que la hoja al viento. ¡Oh qué mal viene,
Andria, lo uno con lo otro! Ya que era
forzoso tener algo para mostrarnos que
eres del suelo, no fuera tan contra
nuestras almas y vidas; quitara el cielo
del fino oro de tu cabeza, del cristal
puro de tu frente, de la inmensa luz
de tus ojos, del vivo rubín de tus
labios; hiciera menos buenas las perlas
de tu boca; descompusiera la rosa y el
jazmín de tus mexillas; de essa gracia y
habilidad tan altas cercenara un poco y
un mucho pudiera, y quedar tú bastante
á prender y nunca soltar; mas no quiso,
pastor, sino que probasse yo lo que
pruebo. No se mostró esquiva Andria á
mis deseos, ni gasté mucho tiempo en
procurar sus favores, ni cuando vinieron
los sentí como solía otros muchos de que
sin trabajo había triunfado. Vime en un
punto cautivo, de manera que contento ni
gusto, si de Andria no venía, me podía
recrear. Retiréme de mis amigos y deudos,
dejé la caza y los libros, fundé todo mi
deleite en los papeles de Andria y en
visitar su calle y en verla las horas
hurtadas que ella me concedía. No fué
menos lo que Andria sentía por mí ni
lo que menos me dañó; porque retirada
de cuanto le solía dar contento, fué
notada en su casa y más en las ajenas,
y muchos, prendados de su amor (hombres
de suerte y caudal), procuraron saber la
causa de su novedad, y á pocos lances
la hallaron en mí. Luego comenzaron las
assechanzas, los chismes y las mentiras,
cartas falsas contra Andria, amenazas
contra mí. Día me amaneció en que mil
veces deseé la muerte, porque Andria,
apretada de amigos y parientes, se
enfriaba conmigo en verme y escribirme,
y yo á cada cosa más encendido por ella,
viendo levantarse montes de estorbos
contra mi contento, no hallaba remedio de
valerme; ya las horas de verla y de oirla
estaban impossibilitadas; sus Letras,
pocas y de estilo caído; forzado deste
dolor, con su licencia me ausenté de mi
casa, y caminando por los passos de la
muerte, Andria me hizo buscar y me volvió
á la passada vida, atropellando cuantos
estorbos é inconvenientes se ofrecían;
pero todo esto para más mal, porque
en medio desta felicidad comenzaron
de uno y otro lado á combatirme celos
y sospechas. ¡Oh crueles enemigos del
alma y de la vida! ¿de qué servían aquí
mis quejas? De indignarla conmigo y de
sufrir mil agravios para volver en su
gracia, de no dormir assechando, de
no hablar viendo y de no ver llorando
mis desventuras. ¡Oh, cuántas veces me
despedí del cielo, y vuelto á los abismos
invoqué los infernales! y en medio deste
furor llamaba á Andria y con un breve
papel de su mano quedaba sossegado mi
corazón, hasta que ocasión nueva tornaba
á verter en mis venas la cruel ponzoña
de los celos. Día hubo que, después de
haberme jurado con gran ternura y amor
que solo en la tierra me amaba y todo
lo demás que hacía era fingido y de
ningún efeto, estando yo alentándome en
mi casa y contradiciendo lo que veían
mis ojos y oían mis oídos, me envió á
pedir cuantos papeles tenía suyos y otras
prendecillas de su mano que yo estimaba
más que á mi corazón, y partiéndoseme en
mil partes, le obedecí sin réplica, y á
la noche, cuando me disponía al sueño de
la muerte, me tornó mis caras prendas,
culpándose de su ímpetu. Mil veces la
indigné con lo que le solía agradar, y
otras mil la injurié honrándola; y no
es, Siralvo, esto lo peor que por mí ha
passado: mis trabajos y mis celos con
verme en su memoria se aliviaban; pero
cansóse de todo y olvidóse de su honra
y de mi fe, y juntó en mi pecho todas
las penas del infierno, dolor, espanto
y desesperación; halléme sin ella y sin
mí, porque lo procuré remediar y no pude:
busqué medios lícitos, no me bastaron;
hice supersticiones, no me valieron;
llamé la muerte, no me oyó; dolíme del
alma, y por esso no me privé de la
vida; determinéme á mudar lugar; mira,
SIRALVO, qué huésped te ha venido, para
tu recreación, tan importante. Ereslo
tanto, dixo SIRALVO, que no te lo sabré
encarecer. Lastimado me ha mucho tu mal,
mas no es possible que la sinrazón de
Andria no pare en gran consuelo tuyo.
Afrenta es amar á tan varia mujer. ¿De
qué sirve ahí la hermosura y discreción,
alto linaje y los favores colmados, si
todo es sin proporción de bondad? Yo
sé de mi corazón que sabe amar á veces
más de lo que le está bien, pero en tu
causa mejor supiera valerse que el tuyo.
No te quiero aconsejar que la olvides,
que esto no será en tu mano; ni que te
alegres, porque nadie es tan señor de sus
tristezas que, cuando vienen, las pueda
tomar ó dexar: sólo encargo que no se
aparten de tu memoria los agravios que
Andria te hubiere hecho y la fe con que
siempre la amaste, y cuando su hermosura
te salteare, acuérdate que della procedió
el mal que has passado y pasas. Si
quieres proseguir con tu disfraz y tomar
el rebaño del gran Paciolo, no te será
contrario el ejercicio para tu mal, y si
quieres estarte en mi cabaña, della y de
mí podrás hacer á tu gusto. Todo cuanto
dices me le da muy grande, dixo Alfeo, y
por ahora contigo me quiero estar, que
entiendo que has de ser el solo consuelo
de mis daños; mas no se gaste toda
nuestra plática en tristeza y desventura,
alégrala con algo de tu parte, debajo de
fé, que te será guardada con la mayor del
mundo. Gran cosa me pides, dixo SIRALVO;
pero, pues en essas se han de ver los
amigos, óyeme, Alfeo: