Divino rostro, en quien está sellado
el postrer punto del primor del suelo,
pues de aquel, en quien tanto puso el cielo,
tanto el pincel humano ha trasladado.
Rostro divino, fuiste retratado
del que Natura fabricó de hielo,
ó del que amor, passando el mortal velo,
con vivo fuego en mí dejó estampado.
Divino rostro, el alma que encendiste,
y los ojos que helaste en tu figura,
por ti responden y por ellos creo;
Rostro divino, que de entrambos fuiste
sacado, en condición y en hermosura,
pues tiemblo y ardo el punto que te veo.
Lo que hace un buen sujeto, dixo Florela;
no me ha contentado menos el Soneto que
las Estancias; escríbemele, Siralvo,
en estas memorias que son de FILIDA
y quiero que le vea. Assí lo hizo el
pastor, y pareciéndoles que ya la noche
tenía muy vecina la mañana, con gran
amor se despidieron. La pastora volvió
al aposento de FILIDA, y el pastor á la
cabaña donde quedó Alfeo, y hallándole
dormido, se puso junto á él á esperar
que recordasse, donde el Sueño, parece
que agraviado de lo poco que dél curaba,
llegó con gran silencio y le bañó el
rostro de un licor suavíssimo, con
que Siralvo quedó por gran espacio
trasportado, hasta que Alfeo recordó, y
á su movimiento Siralvo dexó el sueño
y el lugar, y saliendo á la puerta del
albergue halló el Sol extendido por el
monte y su ganado por la dehesa, y antes
que la calor se lo impidiesse, dió vuelta
á las demás cabañas, y dexando orden en
todas, para todo, volvió á la suya, donde
ya Alfeo levantado le esperaba; allí
passaron dulces y agradables pláticas, y
después de haber visitado los zurrones,
se bajaron á la fuente, acomodado y
fresco lugar para su propósito, donde
sin dar lugar Alfeo á que Siralvo le
preguntasse, desta manera comenzó su
Cuento: