Tú sabes que yo no soy natural desta
ribera; mis bisabuelos en la de Adaja
apacentaron, y allí hallaron y dejaron
claras y antiquísimas insignias de su
nombre, son las alas de un águila de
plata sobre color de cielo, que de
inmemorial es blasón suyo. Mis abuelos
y padres, trasladados al Henares, me
criaron en su ribera, y de allí yo, por
favorable estrella, bebo las aguas del
Tajo. Bien habrás oído nombrar á FILIDA,
aquella en cuya hermosura y bondad,
como en claríssimo espejo, resplandece
la virtud de sus mayores, y sabrás que
dexó las aguas de su pequeño río, anchas
y felicíssimas por su nacimiento, y
engrandeció con su presencia las del
dorado Tajo en los ricos albergues de
Vandalio, donde por deudo vive la sola
señora de mi voluntad; que á lugar tan
alto volaron mis pensamientos, y en él
permanecen sin despeñarse. ¿Quién hay,
dixo Alfeo, que la ignore? ¿en qué Corte
ó Ciudad, en qué montaña ó camino no se
celebra la sin par FILIDA? ¿Pero dime,
pastor, ella sabe que la amas? Sí sabe,
dixo SIRALVO, que pues he comenzado á
descubrirme contigo (cosa que jamás
pensé), no quiero dejar nada para otro
día. ¿Y dime, dixo Alfeo, estima tu
voluntad? No soy, dixo SIRALVO, tan
desvanecido que quiera tanto como eso:
basta que no se ofenda de que la ame,
para morir contento por su amor. Alguno
ha tenido fuerza en la tierra para
espantarla toda, y no ventura para que
allí se admita su voluntad; pues ¿quién
presumirá ganar aquella plaza? Sola
podría mi fe, por su grandeza; yo la amo
sobre todas las riquezas que Dios ha
criado, y ella sabe dónde llega mi amor,
y no fuera FILIDA quien es si despreciara
esta obra fabricada de su mismo poder.
No es locura mi intención, aunque en mil
cosas lo parezca, ni fuera desvalor suyo
valerla, pues sola se puede ser digna de
esta gloria, y como la mía no la puede
haber en lo terreno, digo que no le
pido á FILIDA que me ame, pero que vivo
contentíssimo con que no se desguste de
mi amor. No pienses, Alfeo, que por vivir
en los campos donde, en buena razón, la
malicia debería ser menos, lo debe ser el
recato. Grandes son mis inconvenientes,
grandes mis peligros y grandes mis
enemigos, de los que, en competencia,
miran la beldad de FILIDA; no me peno
mucho, aunque ellos lo son en caudal y
en suerte, sin haber en el mundo otros
mejores; pero yo sé cómo vuelven desta
empresa los pastores de Vandalio; éstos
son grandes contrarios á mis contentos,
pues por ellos pierdo el verla muchas
veces, siendo su dulcíssima presencia
principio y fin de mis deseos. Ves aquí
mi suerte, y ves aquí mi vida, y ves
aquí la voluntad que te tengo, pues tan
abiertamente te he manifestado lo más
íntimo de mi pecho. Plega al cielo, dixo
Alfeo, de conservar tu vida sin que la
sin par FILIDA de tu bien se canse. El
mismo, dixo SIRALVO, alegre la tuya, de
suerte que de la ingrata Andria te veas
con entera satisfacción; y ahora, por
mi contento, cantemos un poco, Alfeo,
que por el tuyo se hará luego lo que
ordenares. Y sacando la lira, SIRALVO
comenzó á cantar y Alfeo á responder: