CARTA

Vive Amor, dulce señora,

y vivirá en mi cuidado,

al natural retratado,

del que en nuestros ojos mora,

que holgara de callar

si pudiera, mas no puedo;

con Amor sin culpa quedo,

con vos lo querría quedar.

Vuestra hermosura vi,

y luego mi muerte en ella,

que cualquiera parte della

tocó al arma contra mí;

ojos, frente, manos, boca,

que al ser humano excedéis,

tate, dije, no os juntéis

tantos á empresa tan poca.

Prendiéronme juntamente,

sin mostrar desto desdén:

vuestra voluntad también

se quiso hallar presente;

viendo que merecimiento

faltaba de parte mía,

puse yo lo que tenía,

que fué mi consentimiento.

Á la sazón que el Amor

me prendió desta manera,

la montaña y la ribera

sin hoja estaba y sin flor,

y cuando os llegué á mirar,

mostróme Amor de su mano

el más felice verano

que el cielo puede mostrar.

Mas apenas fué llegada

vuestra ausencia fiera y cruda,

cuando mi verano muda

su fuerza en sazón helada;

y assí será hasta ver

la luz dessos claros ojos,

que entonces estos abrojos

flores tornarán á ser.

Pues, esmeraldas divinas,

lumbre generosa y alma,

desterrad ya de mi alma

tan rigurosas espinas,

que aunque ella siempre os adora,

y veros en sí merece,

sabed que se compadece

deste cuerpo donde mora.

Llevó mis passos ventura,

pensándome despeñar,

y heme venido á hallar

en minas de hermosura;

tan soberana riqueza,

tesoros tan extremados,

no permitáis que, hallados,

se me tornen en pobreza.

Por ventura á mis razones,

aunque ciertas desmandadas,

vuestras orejas, usadas

á más agradables sones,

tomarán alteración,

y la púrpura y la nieve

que en nuestras mejillas llueve,

crecerán por mi ocasión.

Señora, no lo hagáis,

reid y burlad de mí;

haced cuenta que nací

para que vos os riáis;

mas no, pastora, no sea

tomada en burla la fe

que en vuestra beldad juré

y en mi alma se recrea.

No hay en mí cosa valida

que os ponga en obligación

de estimar esta afición

que estimo en más que la vida:

loaros es ofenderos;

serviros, ¿quién llega allí?

y si os quiero más que á mí,

ya voy pagado en quereros.

Ninguna cosa he hallado

que merecer pueda dar

de desearos mirar,

si no es haberos mirado;

porque aquel conocimiento

de vuestro sumo valor,

es la dignidad mayor

que cabe en merecimiento.

Ya veis que fuistes nacida

por milagro de natura;

sedlo también de ventura,

y hacelde en mi humilde vida,

y vénganse luego á mí

los más bien afortunados;

volverán desconsolados,

muertos de envidia de mí.

¿Qué nos enseña en la tierra

el cielo por sobrescrito

de aquel poder que, infinito,

todo lo abarca y encierra?

¿qué pinta imaginación?

¿qué descubre ingenio ó arte

que llegue á la menor parte

de vuestra gran perfeción?

Juntáronse tierra y cielo

á poneros sus señales;

con las dotes celestiales

y las mejores del suelo

hizoos tan perfeta Dios,

que lo que es menos espanta,

y á mí dé ventura tanta,

que venga á morir por vos.

Yo sé que, si lo que os quiero

acertara á encarecer,

os pudiera enternecer

aunque fuérades de acero;

mas de lo poco que muestro

podéis ver mi mucho amor,

y que con ira ó favor

me firmaré: _Siempre vuestro_.

Enamorado está Carpino dixo Siralvo al

fin de la carta, y, para decir verdad,

no me hace muy buen gusto. Siempre

vosotros, dixo Filena, querríades que la

que amáis no pareciesse bien á nadie. Mal

recado tendría yo, dixo SIRALVO, si esso

quisiesse; que á la belleza de FILIDA

los cielos se enamoran, los hombres

se admiran y pienso que las fieras se

amansan. ¡Oh, Florela, qué excesivas

ventajas puso Dios en ella sobre cuantas

viven! Pues la condición, Siralvo, dixo

Florela, yo te prometo que no es menos

buena que su hermosura; tiene una falta,

que no es discreta, á lo menos como las

otras mujeres, porque su entendimiento

es de varón muy maduro y muy probado,

aquella profundidad en las virtudes y en

las artes, aquella constancia de pecho á

las dos caras de fortuna. ¿Y la gracia,

pastora? dixo Siralvo. No me hables en

esso, dixo Florela, que con ser yo mujer,

me veo con ella mil veces alcanzada de

amores; su limpieza y aseo, liberalidad y

trato, ¿dónde se hallará? Amala, Siralvo,

y ámela el mundo, que no hay en él cosa

tan puesta en razón. Mas dime, ¿qué papel

era el que le emviastes anoche, que no

me acordé de pedirsele? Florela, dixo

Siralvo, era un retrato en versos que yo

le hice. Dímele, pastor, dixo Florela,

que aun podría yo pagártele en otro

de pintura suyo, que hizo el lusitano

Coelio, padre de Belisa: mira si será

extremado. También lo será la paga, dixo

SIRALVO, y por que no la excuses, oye el

que yo hice, que el uno y el otro sé yo

que cuando á FILIDA no se parezca, menos

habrá quién se parezca á ellos, pues de

tan rico dechado no saldrá labor que en

otra pueda hallarse.

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 374 / 605 题