Del Amor y sus favores,
lo mejor
es no tratar con Amor.
Esme el cielo buen testigo,
del cual voy tras mi deseo,
do con mil muertes peleo,
teniendo un solo enemigo,
no durarán lo que digo,
y aún peor
los que tratan con Amor.
Verán su fé y su razón
escrita en letras de fuego,
y verán que su sossiego
es campo de altercación;
verán que su galardón,
el mejor
no tiene señal de Amor.
Juntamente llegó Finea al fin de su
canción y á la puerta de su cabaña,
donde halló á Dinarda y á Silvia que
la esperaba, y allí despidiéndose los
pastores con gran cortesía. Filardo, á
ruego de Silvia, se quedó con ellas, y
Alfeo y SIRALVO tornaron por su camino.
No querría, dixo SIRALVO, cansarte con
preguntas ni congojarte con mi deseo;
pero no dexaré de decirte que holgara
en extremo de saber quién y de dónde
eres. Las alabanzas que de ti me dió la
serrana, tu persona las confirma todas,
y lo que tengo visto, bien basta para
procurar tu amistad; pero ya sabes que
entre amigos no es justo haber nada
encubierto: préndote mi fe, que no te
arrepientas jamás de lo que conmigo
comunicares. Esso creo yo muy bien, dixo
Alfeo, pero sabe que es mucho lo que
hay que saber de mí, y si más hubiera,
más supieras, que tu bondad, SIRALVO,
á esto y más me obliga. Tú sabrás que
este hábito no es mío: pluguiera al
cielo que desde mi nacimiento lo fuera,
excusara las mayores desventuras que
jamás han passado por hombre de mi
suerte. Caballero soy, natural desta
vecina Mantua, que por toda ella se ve el
blasón de mi verdadero apellido, y más
sabrás que pago en breves días con las
setenas lo que muchos gocé de libertad
y contento. No renuevas mi mal con tu
pregunta, que siempre se está presente,
ni me aflige tu voluntad, que bien
enseñado estoy á no seguir la mía; mas
porque temo cansarte con mi cuento largo
y pesado, te suplico cuando lo estés me
avises, que llevándolo en dos veces,
quizá te bastará la fuerza y á mí el
ánimo. Ser tú quien dices, dixo Siralvo,
bien claro lo muestras, y conocer yo
la merced que me haces, no lo dudes; y
menos que es imposible cansarme de oir
tus casos; mas yo sé, Alfeo, que el día
ha sido hoy largo para tí, y será razón
dar á la noche su parte hasta el alba, y
entonces, habiendo tú reposado, podrás
cumplir la promessa y oirme un rato,
quizá seré ocasión de alivio á tu mal.
No espero menos de ti, dixo Alfeo; y en
estas y en otras agradables pláticas
llegaron á las cabañas de _Mendino_,
donde Alfeo fué albergado, y _Siralvo_,
sin que él ni nadie lo sintiesse, tomó
el camino de las huertas del rabadán
_Vandalio_, donde FILIDA estaba, y á esta
hora SIRALVO con seguridad podía buscarla
para oirla ó verla desde aparte. Poco
tardó en llegar el enamorado pastor,
pero rato había que la hermosíssima
FILIDA reposaba. Triste y despechado
se halló Siralvo por su tardanza, y
sentándose al pie de un olmo, junto al
ancho y rico albergo, se dejó transportar
en un profundo pensamiento, de manera
que, sin sentirlo él, fué sentido,
recordando con sus sospiros á Florela,
hermosa y discreta pastora de la casa
de Vandalio, y tan amada de FILIDA, que
en su mismo aposento se albergaba; bien
conocía los sospiros de Siralvo, y muchas
veces deseó que FILIDA los sintiesse y
admitiesse la voluntad del pastor, allí
donde infinitas y de grande estima eran
despreciadas. Dexó el lecho Florela, y
mal vestida salió donde halló á Siralvo,
que vuelto en sí se levantaba para irse.
¿Qué venida es ésta? dixo Florela. La
mía no sé, dixo Siralvo; pero la tuya mi
remedio será, porque te certifico que
estaba á punto de acabarme. Consuélame,
pues siempre lo haces, y no hay quien
pueda hacerlo sino tú. Deja el pesar,
dixo Florela, que si esta noche vinieras
á la hora que sueles, pudieras ver y
oir á FILIDA en el lugar que estamos.
Buena manera, dixo Siralvo, es essa de
consuelo. ¡Maldita sea mi tardanza, que
soy el más desazonado de los hombres!
Bien le bastaría al que ama una pequeña
sepultura donde passasse el tiempo que
resta de sus contentos, para que cuidados
ajenos no le estorbassen los suyos.
Vinieron á mi cabaña Filardo y Finea, y
otro pastor forastero, y cuando dellos me
pude librar, hallo la pérdida que ves.
Descongójate, dixo la pastora, que por
lo menos sabrá FILIDA tu sentimiento, y
vente conmigo, que tengo grandes cosas
que contarte, y este lugar no me parece
muy seguro, que poco ha andaban por aquí
pastores de _Vandalio_ buscando unos
mastines. Vamos donde quisieres, dixo
Siralvo, y siguiendo á Florela entraron
por un camino estrecho que dividía dos
huertos, y entre las ramas que de ellos
salían, que casi el camino cegaban, los
dos se sentaron, y la pastora comenzó
diciendo: ¿Qué tanto amas á FILIDA,
Siralvo? Á esse grado, dixo el pastor, no
llegó mi propio sentimiento. ¿De manera,
dixo la pastora, que te parece mucho lo
que la amas? Sí, mientras no la veo, dixo
_Siralvo_; que llegado á miralla no me
parece possible amarla lo que se le debe.
¿Pues quién te ataja la voluntad, dixo
Florela, para no pagar essa obligación?
Un corazón de hombre, dixo Siralvo, con
que la amo, impossibilitado á pagar
deuda tan superior. Mucho me agrada tu
fe, dixo Florela, y ten cierto que toda
la debes como la pagas, que aunque te
parezca que FILIDA guarda su punto más
que las otras mujeres, pues es la mejor
de todas, no hay exceso en esto, y al fin
sólo has bastado en lo que nadie ha sido
parte: no se desgusta de que la veas,
y allánase á leer tus versos y oir tus
querellas cuando tú se las das, á yo por
ti. Ves aquí una carta de Carpino que le
envió con Silvia, y no la quiso leer ni
recebir, y yo por mostrártela se la tomé
á Silvia. No me encarezcas, dixo Siralvo,
mi buena fortuna, que para conocer el
bien que tengo no es menester que le
pierda: yo lo sé en más cosas de las que
tú me dices. Pésame que hayas tomado esse
papel, que no pensará Carpino que le
quieres para tu gusto, sino para el de
FILIDA. En esta respuesta lo verá, dixo
Florela, y sacando la carta, fácilmente á
la luna vió _Siralvo_ que decía: