No por sospiros que deis,
corazón, descanso espero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Estando la vida tal
de su tiempo bueno ausente,
que ser vida es acidente,
y cansarme es natural,
corazón, no alcanzaréis
con sospiros lo que quiero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
El rato que sospiráis,
descansárades siquiera,
cuando la vida no fuera
el fuego en que os abrasáis;
dad sospiros, y veréis
que el mejor es más ligero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Un solo rayo os abrasa,
mas sus lugares son dos:
las llamas tocan en vos,
y en el alma está la brasa;
con sospiros la encendéis,
y el sospiro verdadero
es dar al alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
No quiero yo, corazón,
quitaros el sospirar,
que sospiro podéis dar
que os valga por galardón;
si con sospiros movéis
la voluntad por quien muero,
sin dar el alma el postrero,
ella y Vos descansaréis.
No estaba muy confiado de merecer Filardo
tanto bien (como sus versos decían), se
ablandasse por tiempo la causa de su
dolor, y assí el presente fué tanto, que,
sin poder animarse, con los postreros
acentos cayó en tierra. Siralvo con gran
lástima y amor se le presentó, diciendo:
¿Qué es esto, Filardo mío, qué congoxa te
mueve á tanto extremo? ¿Qué ha de ser,
dixo Filardo, sino lo que siempre suele?
¿ó qué fatiga me puede descomponer, sino
la que Filena me quisiere dar? ¿ó qué
rato podré vivir sin que ella guste de
atormentarme? ¡Maldita sea la hora en
que nací para amalla, y maldito sea el
hombre que nace para amar! Puesto estoy,
Siralvo, en el profundo de las miserias
de Amor, sin haber cosa de donde espere
consuelo. Levántate amigo, dixo Siralvo,
que aunque yo creo que tendrás razón, de
tu propio humor eres congojoso; vente con
nosotros, y dime tu pena, quizá no será
tanta la causa como te parece. Como tú
quizá, dijo Filardo, estás favorecido,
parécete poco el mal ajeno. En cada
jornada, dixo Siralvo, hay su legua de
mal camino; pero menester es resistencia,
si ha de haber perseverancia. Si Filena
se descuidó en algo contigo, ya pensarás
que el mundo es acabado: no la fatigues
con quejas continuas, aunque la razón
te sobre; no la pidas celos, aunque
te arranquen el corazón, que la mujer
apretada siempre desliza por donde peor
nos está. Haz lo mismo que Pradelio, que
donde quiera que la ve llega risueño y
regocijado, y pone en fiesta á cuantos
allí están, inventando juegos y danzas,
y cualquier cosa que la pastorcilla haga
alaba por buena. Créeme, que la primera
fuerza que con mujeres se ha de probar
es bien parecer, y un hombre marchito y
trashojado viene á ofendellas, hasta ser
demonio en su presencia. Basta pastor,
dijo Filardo, hablas como sano en fin, y
tus medicinas no son para el doliente:
haga Filena conmigo lo que hace con
Pradelio, verás cuál ando yo y cuál anda
él. Mas, si desde que entró en el valle
de Elisa hasta la salida, jamás dél
partió los ojos ni los volvió á mirarme:
¿qué quieres que sienta? ¿ó qué sintieras
tú si como yo la amaras? Doliérame, dixo
Siralvo, mas á las veces una sinrazón
notable suele desapassionar al más
enamorado. Y aun indignar, dixo Filardo
mas pássase essa ira en un momento y
queda el triste que ama hecho un centro
de dolores, donde creo que nunca la
muerte viene por fuerza de los males,
sino por contradición del que la teme,
que á mí que la deseo, tan necessitado
de su favor, niégamele; y niéguemele si
quiere, que si nací para esto, yo no lo
puedo excusar. ¿Qué ves, ingrata, en
Pradelio más que en mí, sino lo que tú
le das? ¿ó qué en mí menos que en él,
sino lo que tú me quitas? Ayer pagada
de mis servicios, y hoy de mi muerte,
buen galardón lleva el que desea servir;
tómate cuenta de lo que haces, y volverás
por tí misma, si no olvidas del todo, á
lo que te obliga tu propio valor. Passó
Filardo, y dixo Finea: Assí veas á Filena
tan de tu parte como deseas, que no te
aflijas; mas saca la lira y canta un
poco, y entretendrás tu dolor y nuestro
camino. Gracia tienes, serrana, dixo
el pastor: ¿cantar me mandas de gusto,
viéndome morir? Pues haz como el cisne,
dixo Finea, y lo que has de lamentar
sea cantando, que no enternecerán menos
tus querellas. Por castigarte de lo que
pides, dixo Filardo, quiero cantar,
serrana; y sacando la lira, con tres mil
sospiros, en son triste, pero artificioso
y suave, comenzó á decir Filardo: