SIRALVO

Ojos á gloria de mis ojos hechos,

beldad inmensa en ojos abreviada,

rayos que heláis los más ardientes pechos,

hielos que derretís la nieve helada,

mares mansos de amor, bravos estrechos,

amigos, enemigos en celada,

volveos á mí, pues sólo con mirarme

podéis verme y oirme y ayudarme.

Si me miráis, veréis en mí, primero,

cuanto con Vos Amor hace y deshace;

si me escucháis, oiréis decir que muero,

y que es la vida que me satisface;

si me ayudáis, lo que pretendo y quiero,

que es alabaros, fácil se me hace;

en tan altas empressas alumbradme,

mis ojos, vedme, oídme y ayudadme.

Siendo verdad que el alma que me ampara

es sólo un rayo dessa luz pendiente,

cuando no me miráis, es cosa clara

que estoy del alma con que vivo ausente;

mas no tan presto á la marchita cara

vuelve la vuestra, soles de mi oriente,

cuando, el espíritu mío renovado,

quedo vivo, contento y mejorado.

La causa fuistes de mi devaneo,

y podéis serlo de mi buena andanza,

que si á vuestra beldad cansa el deseo,

vuestra color ofrece la esperanza,

esmeraldas preciosas, donde veo

más perfeción que el ser humano alcanza,

viva mi alma entre essas dos serenas

lumbres divinas, de vitorias llenas.

¡Cuánto mejor en vuestra compañía

que con la lira ó con el tierno canto,

pudiera Orfeo, el malhadado día,

robar la esposa al reino del quebranto!

pues la amorosa ardiente ánima mía,

al resplandor de vuestro viso santo

suspende tantas penas infernales,

Ojos verdes, rasgados, celestiales.

¿Sois celestiales, soberanos ojos?

Si que lo sois, aunque os alberga el suelo,

pues solas almas son vuestros despojos,

almas que os buscan como á propio cielo;

fundó el Amor sus gustos, sus enojos,

estableció su pena y su consuelo,

dejó las armas frágiles de tierra,

y escogió vuestra luz en paz y en guerra.

Estrellas, nortes, soles, que á la diestra

del Sol salís, por soles verdaderos,

si en cuanto el lugar cielo al mundo muestra,

no hay cosa que merezca pareceros,

¿quién verá sola una pestaña vuestra

que presuma, aun con muerte, mereceros?

Bástale á aquel que os ve, si os conociere,

morir, y ver que por miraros muere.

Pues los que os miran quedan condenados

á arder de amores si miráis piadosos

y á rabia eterna si volvéis airados,

ved si los que abrasáis son venturosos;

yo que con pensamientos inflamados,

Ojos, os miro, y con deseos rabiosos,

ó rabie, ó arda, ó muera, ó viva, al menos

no dejéis de mirarme, Ojos serenos.

Al revolver de vuestra luz serena,

se alegran monte y valle, llano y cumbre;

la triste noche de tinieblas llena,

halla su día en vuestra clara lumbre,

sois, Ojos, vida y muerte, gloria y pena;

el bien es natural; el mal, costumbre:

no más, Ojos, no más, que es agraviaros,

sola el alma os alabe, con amaros.

No tocó SIRALVO al fin de la postrera

estancia la flauta, como á las demás

había hecho, pero rematóla con un

terníssimo suspiro, y Alfeo y Finea, que

con mucho gusto le habían escuchado,

dexando la fuente se llegaron á él,

saludándole con muy corteses palabras.

¿Qué caso, dixo Siralvo, te trae, Finea,

por esta parte tan á deshora? Buscarte,

SIRALVO, dixo la graciosa serrana. Aquí

me hallarás muy á tu voluntad, dixo

SIRALVO, y levantándose del suelo,

echando al hombro el zurrón, todos tres

se fueron llegando á la fresca fuente,

y allí sentados, preguntó quién era el

pastor que con ella venía. No dió lugar

Finea á que Alfeo respondiesse; mas

ella lo hizo de arte que SIRALVO, muy

contento de su venida y deseoso de saber

su suerte, se le ofreció en lazo estrecho

de amistad, á que Alfeo bastantemente

correspondió en voluntad y razones. No

se contentó Finea con esto, pero pidió á

SIRALVO que diesse orden en acomodar á

Alfeo. Aquí estaban, dixo SIRALVO, mil

ovejas del gran rabadán Paciolo, que

las guardaba Liardo, y ahora está con

Sileno; este rebaño tiene cuatro zagales

diligentes, cabaña nueva, instrumentos

muy cumplidos, dehesa propia en que

se apacienta y abrevaderos y corrales

para él solo; estaba á mi cargo buscar

un mayoral que le gobierne, y si Alfeo

le quiere tomar al suyo, en cuanto yo

le pudiere descuidar lo haré, con las

mismas veras que lo ofrezco. Finea y

Alfeo acetaron con grande agradecimiento

la voluntad y obra de Siralvo; y

contentíssima desto, le pareció á la

serrana irse á su cabaña, y á los dos

pastores hacerle compañía, y sin valer

excusas, que ella dió para desviarles

aquel cuidado, los tres comenzaron á

caminar por la espessura, y la pastora

á contar á Siralvo lo que en el valle

de Elisa había passado, cuando Filardo,

competidor de Pradelio, hacia ella venía

cantando, con una voz llena de melodía y

tristeza, y por no ser causa de que lo

dexasse, apartándose entre los árboles

con gran silencio, oyeron esta canción

que no con menos espacio iba diciendo:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 370 / 605 题