Elisa, que un tiempo fuiste
descanso de los enojos
con sólo volver los ojos
á los que en llanto volviste,
la furia perpetua y triste
de nuestras continuas quexas
no es tanto porque nos dexas
como por ver que te fuiste.
Porque, Elisa, aunque dexarnos
sea lo mismo que irte,
sintiendo el mal de partirte
no se entiende el de quedarnos;
y sólo en representarnos
la memoria que te has ido,
no queda libre el sentido
para de otro mal quexarnos.
Mas, dime: ¿en prisión tan grave
por qué nos dexas con ceño,
como cautivos sin dueño,
donde esperanza no cabe?
¿qué nueva vendrá suave
á nuestra prisión y pena,
si, cerrada la cadena,
el cielo rompe la llave?
Algún alivio tenemos
en ausencia tan amarga,
y es que no puede ser larga,
aunque ya larga la vemos;
otra rienda hallaremos
que más enfrene al tormento,
y es que vives en contento
ya que nosotros penemos.
Tengo aquí, pastora cara,
una canción que decías,
con cuyos versos cubrías
de mis lágrimas mi cara,
y aunque de dulzura avara
y más que la muerte fiera,
si yo agora te la oyera
bien piadosa la juzgara.
De suerte nos igualaste,
que contra el competidor
nuestra venganza mayor
era ver que le miraste:
bien seguros nos dexaste
de memorias de contento,
porque aun de darnos tormento,
señora, no te preciaste.
Por nuestra afición abrojos
nos diste, en lugar de palma,
y nunca sintió tu alma
lo que hicieron tus ojos;
nuestros más ricos despojos
llevaste sin pretendellos,
y este es el mal, que, á querellos,
gloria fueran los enojos.
Baxe ya tu luz preciosa
del alto cielo á la tierra,
y venga á hacernos guerra
si no quisiere piadosa,
por el mármol do reposa
tu ceniza sepultada,
que de mi diestra cuitada
fué pruebecilla amorosa.
Vaya lexos la alegría
de nuestro monte y ribera,
cuanto se teme y se espera
pare en la ventura mía;
fálteme el postrero día
una común sepultura,
que si yo busqué ventura,
por ti sola la quería.
Húyame el contentamiento,
nada me preste favor,
conviértaseme en dolor
cualquier causa de contento,
déme el cielo sólo aliento
para conocer mi mengua,
no quiera llegar la lengua
do no alcanza el sentimiento.
Bien puede, Elisa, subir
atrás el corriente río,
y el más importuno frío
nuevas flores producir;
mas no podrán permitir
tiempo, fortuna ó estrella
que cesse nuestra querella
hasta que cesse el vivir.
En tanto que Galafrón cantaba desta
suerte, muchas de las pastoras habían
traído blancos tabaques de hierbas y
rosas de la florestas y en un punto,
sobre sus luengos cabellos poniendo
artificiosas guirnaldas, alrededor de
la alta pira, presas por las manos sus
anchas mangas, de blanco lienzo colgando,
mientras cantaban, iban en sossegado
corro, y acabado el cantar, vueltas
las unas á las otras con gran donaire
bailaban. Ya en esto, el gran planeta
parecía, que, agradecido de la solene
fiesta, quería dejar libre sombra para
que los pastores buscassen sus moradas, y
al trasponer del monte, su rostro alegre
y bello (recogiendo la lumbre de sus
rayos) desde el Ocaso arrojó una viva y
templada claridad, que, bordando de fina
plata y luciente oro las varias nubes,
dejó nuestro cielo hermosíssimo. Y luego
las pastoras, trocando las guirnaldas de
sus frentes con las que en el sepulcro
estaban, y los pastores ramos con ramos,
todos juntos comenzaron á seguir al viejo
Sileno hasta la salida del valle, que
allí con alegre rostro y dulces abrazos
se despidió (uno por uno) de todos, y
dejando con él sus cuatro pastores y el
rabadán Alfesibeo, se comenzaron por las
sendas y caminos á dividir desde la verde
floresta.
TERCERA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Alegremente vinieron nuestros pastores al
fresco valle de la celebrada Elisa, y no
menos se dividieron al salir dél, porque
no quedó senda, atajo ni camino donde no
sonassen voces acordadas, liras, rabeles,
flautas y otros alegres instrumentos;
solos Finea y Alfeo, como solos entraron
por la vereda de los salces, camino
poco usado, por ser áspero y estrecho,
al principio dél dixo Finea: ¿Qué te
ha parecido, Alfeo, de los pastores
del Tajo? Tan bien, dixo Alfeo, que no
te lo sabré decir: su gala es mucha;
discreción y cortesía, grande, y lo que
es habilidad y mesura, aventajado á
cuanto he visto. Paréceme que de España
lo mejor se recoge en estas selvas. Esso
puedes creer, dixo Finea, que aunque lo
natural dellas es bueno, todos essos
ricos pastores que hoy has visto y essas
pastoras de tanta gracia y hermosura,
cuál es del Ebro, cuál del Tormes,
Pisuerga, Henares, Guadiana, y algunos de
donde, mudando nuestro Tajo el nombre,
se llama _Tejo_; pero como el sitio
es tan acomodado á la crianza de los
ganados, á la labor de la tierra y á la
recreación de la gente, muchos que aquí
vienen por poco, se quedan por mucho,
como á mí me ha sucedido y á ti creo que
será otro tanto. No hará, pastora, dixo
Alfeo, que aunque entiendo que no me
estaba mal, véome impossibilitado para
ello. ¿Qué podría yo hacer aquí, ó en qué
entretendría el tiempo que no pareciesse
feo á todos? Yo te lo diré, dixo Finea:
lo que yo hago, ó lo que hace SIRALVO,
forastero pastor que aqui habita. Yo
compré ovejas y cabras conforme á mi
poco caudal, y con pocos zagales las
apaciento. SIRALVO, aunque pudo hacer
otro tanto, gustó de entrar á soldada con
el rabadán Mendino, por poder mudar lugar
cuando gusto ó comodidad le viniesse,
sin tener cosa que se lo estorbasse.
¿Quién es esse SIRALVO? dixo Alfeo. Es
un noble pastor, dixo Finea, de tu misma
edad, honesto y de llaníssimo trato:
amado generalmente de los pastores y
pastoras de más y menos suerte, aunque
hasta agora no se sabe de las suya más
de lo que muestran sus respetos, que
son buenos, y sus exercicios, de mucha
virtud. ¿Cómo vería yo á SIRALVO? dixo
Alfeo. Bien fácilmente, dixo Finea;
porque las cabañas de MENDINO están muy
cerca de aquí, y SIRALVO por maravilla
sale dellas, y más agora que está su
radabán ausente y él no podrá apartarse
del ganado. Assí hayas ventura, dixo
Alfeo, que vamos allá. Vamos, pastor,
dixo Finea; y volviendo el camino
sobre la mano derecha, mientras Alfeo,
agradeciendo á la serrana su voluntad y
trabajo, ella nuevamente con amor se le
ofrecia, llegaron á la fuente de MENDINO,
que poca distancia de las cabañas estaba,
y á un lado della, cerca del arroyo,
oyeron una flauta, que al son del agua y
de los inquietos árboles acordadamente
sonaba. Aquella flauta, dixo Finea, es
de SIRALVO, y si él canta, á buen tiempo
hemos venido, que no es menos músico
el pastor que enamorado, aunque él, no
preciado desto, siempre busca la soledad
para cantar sus versos. Oyámosle, dixo
Alfeo, que no es possible que el aparejo
tan conforme á su condición no le incite.
Y con esto, sentándose los dos junto á la
fuente casi á un punto, SIRALVO, dejando
la zampoña, comenzó á cantar aquestas
rimas: