Si el dessabrido y rústico aldeano,
en quien Amor no luce ni parece,
por ajena ocasión hace jornada
Y por un solo acogimiento humano
suele cobrar amor á la posada,
y al despedirse della se enternece;
Con razón se entristece
el alma sola amarga,
que con mano tan larga
Regalada se vió en su pensamiento,
al inhumano, y triste apartamiento,
de su sombra, y abrigo:
y no es razón que esté sin ti conmigo.
Sale de Oriente con ligero passo
Febo, vistiendo el cielo de alegría,
comunicando al mundo su grandeza;
Mas apenas le alberga el frío Ocaso,
cuando se ve una sombra, una tristeza
de negra noche temerosa y fria.
Desta arte el alma mía
del Sol de hermosura,
gozó la luz más pura
Que se puede mirar con vista humana,
y desta arte es ya noche su mañana,
y desta arte, en su ausencia,
es de tiniebla y muerte la sentencia.
La verde hierba que el arroyo baña,
la tierra, el aire, el sol, la favorecen;
mas si le falta el agua, assí se muda,
Que el viento fresco la inficiona y daña,
quémala el Sol, la tierra no le ayuda,
y su verdor y su virtud fenecen.
Desta suerte perecen
gracia, salud y vida,
estando despedida
De tu presencia el alma que te adora;
porque sin este solo bien, señora,
cualquiera que se ofrezca
es mal y daño, con que más padezca.
Levanta el diestro artífice seguro
sobre muro y colunas su artificio,
que quiere competir con las estrellas;
Mas si quebranta el tiempo el fuerte muro
ó rompe el peso las colunas bellas,
también ha de faltar el edificio.
Yo, que de tu servicio,
y de mi bien y gloria
máquinas de vitoria
Sobre tu voluntad iba subiendo,
esta ilustre coluna falleciendo,
tu servicio y mi suerte
cairán por tierra en manos de la Muerte.
En tanto que el favor, y la privanza
siente el siervo leal del Rey benino,
su lozanía y su contento suena;
Mas si después en esto ve mudanza,
por su mal hado ó por industria ajena,
corrido y triste le veréis contino:
Oh menguado destino,
mira cual he quedado,
solo, desamparado
De aquel favor y tiempo venturoso,
que entre las gentes ando vergonzoso,
cabizbajo y con miedo
que me señalen todos con el dedo.
Canción de mi despecho,
si llanto y no canción quieres llamarte,
aquí podrás por mi amistad quedarte,
que en desventura tanta
bien se puede llamar loco el que canta.
Los tiernos afectos, la mucha harmonía,
las amorosas palabras del afligido Alfeo
se hicieron sentir generalmente, de
suerte que, acabado el dulce canto, por
gran rato unos con otros encarecieron,
cuál los afectos, cuál la harmonía y cuál
las palabras. Pero Belisa, que de todo
quedó pagada, todo lo encareció mientras
duraba, y después de acabado, primero con
el semblante y después con mil discretas
razones, que ayudaron á confirmar en
todos la buena opinión de Alfeo. Pero él,
agradecido á sus favores, no podía en lo
interior tomar contentamiento. A esta
hora Sileno ordenó que la música cessase
y se diesse lugar á otro entretenimiento
de los usados entre pastores, porque no
solamente las almas se recreasen en aquel
exercicio, que en efecto no era para
todos; y assí, señalando premios para la
lucha, ofreció al más fuerte un cayado
de acebo guarnecido de estaño, tallado
de buril de despojos de caza, y por la
una parte un gran cuchillo secreto, que
tocando á una llave salía y tocando
á otra se tornaba á esconder, obra
ingeniosa del valiente Alcimedonte; y si
este dón era para el más fuerte, para
el más mañoso había otro tal, un arco
era de palo indio, con la empuñadura de
luciente plata y esmalte fino, cuerda de
seda, aljaba labrada y seis ligeros tiros
de diversas puntas, con plumas variadas,
blancas, encarnadas y verdes; premios que
movieron, por ser tales, los ánimos más
exentos de amor, que los enamorados no
han menester quien los mueva. Hízose á la
hora una ancha plaza de toda la general
compañía, con gran concierto y orden, y á
poco rato que esperaron, en medio dellos
se puso Colín, pastor de cabras, más
robusto que bien proporcionado, en el
cuello y brazos desnudo, camisa muy justa
y zarefuelle estrecho y medias de lienzo
sin zapatos. No le dexó mucho sossegar
Barcino, rico ovejero y competidor suyo
en amores, que con el mismo hábito le
salió delante, y sin aguardar más señal,
se fueron el uno para el otro, cada cual
intencionado de hurtar el cuerpo al
contrario, y assí sucedió que casi desta
vez no se tocaron. Pero queriéndolo ambos
enmendar la segunda, con tal maña se
acometieron, y con tal fuerza se hicieron
presa, que ambos arrodillaron. Era el
perder ó el ganar á la primera caída,
y el conocimiento del vencido estar en
tierra y su contrario ambas rodillas sin
tocar al suelo; y como agora assí se
vieron, cada cual procurando que el otro
no se levantasse, anduvieron gran rato
volteando por la hierba, sin conocerse
ventaja, hasta que Colín, inadvertido,
se cogió la una pierna debajo de la
otra, y al revolver el cuerpo se torció
la rodilla de manera que, olvidado del
premio y de Dinarda que le miraba,
quexándose se dejó tender en tierra, y
Barcino sobre él comenzó á pedir vitoria.
La grita de los pastores, unos con gusto
y otros con pesar, hicieron mayor la
honra del uno y el corrimiento del otro.
Luego salió Damón, mozo membrudo, aunque
de poca edad, gran amigo de Colín, pero
presto le hizo compañía y alguna parte de
consuelo.
Los dos vencidos pastores tenían á
Barcino más animoso y á los circunstantes
menos determinados. Y assí de la segunda
lucha le dexaron algún tanto de lugar
para que descansasse; pero Pradelio, que,
ardido en amores, los ojos en la pastora
Filena, con gran atención veía mirar á
los otros que luchaban, pareciéndole que
le hurtaba á su corazón cualquier vuelta
que con sus ojos daba en otra parte, á
la hora, sin más prevención de quitarse
el gabán y el cinto, se presentó con
gentil cuerpo y donaire al vitorioso
Barcino, que ya le esperaba. Asiéronse
por los brazos igualmente, y aunque la
fuerza de Barcino era aventajada, la
maña de Pradelio no era menos, y cuanto
el uno de la fuerza del uno, el otro
de la maña del otro se debían recelar.
Y assí, andando en torno gran espacio,
sin dar el uno lugar al otro para sus
fuerzas ni el otro al otro para sus
mañas, ya sus venas estaban tan gruesas
que parecían querer reventar, y el
sudor de sus frentes les quitaba la
vista; pisaban sobre la verde hierba,
inconveniente grande para Barcino por no
poder restribar en ella como quisiera,
pero no para Pradelio, que tenía en esso
la confianza. Y assí, viendo á Barcino
que con gran furia venía sobre él,
hurtándole el cuerpo, tuvo muy cerca la
vitoria; mas el fuerte pastor, proveyendo
al daño, tan fuertemente tuvo á Pradelio
por los brazos, que juntos llegaron á
tierra y juntos se levantaron, juntos se
tornaron á apercibir y juntos gimieron
como dos bravos toros en pelea. Ya la
gente estaba admirada de la terrible y
peligrosa lucha, y lastimosos los dos
pastores; pero ellos, más animosos que
al principio, iban buscando sus presas,
cuando Sileno, puesto en medio, les
atajó su porfía, con aprobación de toda
la compañía, mayormente de las pastoras
Dinarda y Filena. Y á Barcino le fué dado
el cayado gentil, y á Pradelio el galán
arco, y á Colín y á Damón licencia para
tenerles envidia.
Quedó Sileno nuevamente deseoso de ver
á los demás ejercitarse en saltar ó
correr ó tirar á la barra. Gran turba
de pastores se levantó para estos
ejercicios, pero con diferentes intentos:
porque Uranio y Folco, Frónimo y Tirseo,
se apercibieron para la carrera; Elpino,
Bruno y Silveo para la barra; Delio,
Lidonio y Florino para el salto. Cupo la
primera suerte de ejercicio á los cuatro
corredores, que sin ningún detenimiento
se despojaron de sus vestidos, salvo de
las camisas y zarafuelles, sin medias
ni zapatos. Puso Sileno al cabo de la
carrera, que era en una parte del valle,
sin tropiezo ni hierba, cuatro premios.
El primero, y menos bueno, un rabel
de tres cuerdas, de oloroso ciprés de
Candía; el segundo, y mejor, un zurrón
de seda y lana, labrado con gran arte;
el tercero, y mejor que el segundo, un
espejo de acero, guarnecido en palo de
serval; el cuarto, y mejor que todos,
un puñal de monte, por la una parte de
corte vivo y por la otra sierra muy
fuerte, con vaina verde y empuñadura de
cuerno de ciervo, trabado con correas
blancas de venado. En esta forma: el
rabel colgaba de un olmo; y adelante ocho
pasos, el zurrón, de un salce; y otros
ocho adelante, el espejo, de un mirto; y
doce más el puñal, de un enebro. Y hecha
calle vistosíssima de todos los pastores
y pastoras, ya que los cuatro corredores
estaban los pies izquierdos adelante y
los derechos casi en las puntas, haciendo
Arsindo señal, el son de su bocina fué
como el de la cuerda de sacudido arco,
y los pastores no otra cosa parecieron
que ligeras saetas por el aire. Fáltame
por decir lo más gustoso: como Sildeo,
pastor de claro entendimiento, aunque de
pies perezosos, vido el orden con que
los premios estaban, barruntó luego lo
que había de suceder, y alzó al viento
las luengas haldas del sayo y púsose con
los cuatro, que en ligereza excedían al
viento, y juntamente con ellos empezó á
medir sus passos por la carrera, y toda
la gente que lo miraba á reirse de su
osadía; pero como los cuatro passaron
tan adelante, y los ojos de todos iban
tras ellos, Sildeo pudo correr á sus
anchuras sin ser más mirado ni reído.
Que cosa fué ver á Folco del primer
vuelo tan aventajado, que á la mitad de
la carrera todos juzgaron el puñal por
suyo; pero Fronimo, corrido, criando
alas de su afrenta, con dos cuerpos se
le puso delante. Uranio iba tras Folco,
y Tirseo tras Uranio, cuando Fronimo,
vanaglorioso de su ventaja y codicioso de
la vitoria, ó tropezó en la tierra ó en
sus piernas, que súbito pareció tendido
en la carrera, y Folco sobre él, que no
pudo apartase sin caer. Uranio y Tirseo
se vieron señores del campo, y la grita
y ruido de la gente, que les debiera
animar, parece que los desalentó, de
modo que los dos caídos, levantándose, y
ellos dos entorpeciéndose, todos cuatro
llegaron casi juntos á los premios, y
todos cuatro, despreciándose del rabel,
passaron al zurrón, y desde allí al
espejo, y adelante al puñal, que en un
instante alargaron los brazos á tomarle.
Bien se contentara Sildeo (que tras ellos
iba) con el rabel, pero viéndolos que,
asidos del puñal, reciamente porfiaban,
passó hasta el espejo y tomóle, y baxó
al zurrón y púsosele al cuello y desde
allí al rabel, y pudo hacerlo porque el
concierto era que, comenzando de premio
mayor, pudiessen de allí tomar los
menores que hallasen. Sildeo, risueño y
gritado de la gente, enderezó los passos
á Sileno, y los cuatro pastores asidos
de su puñal, cuál por la vaina, cuál
por el puño y cuáles por los correas,
hicieron lo mismo. No pudo Uranio (aunque
quisiera) desnudar el cuchillo, porque
tenía un secreto que le cerraba; pero
Sileno, presto en atajar su contienda,
tomó á su cargo el puñal y dióle á
Sildeo para que él le diesse á quien
le agradasse. Discreto y gracioso era
Sildeo, y como se vió hecho juez de todo,
les dixo desta manera: Estos premios se
pusieron para el corredor que primero los
viesse en su poder; yo los veo en el mío
sin que nadie me tocasse á los tres en la
carrera, y sin que ninguno de vosotros
haya tenido el cuarto libremente como
yo, y assí, por derecho y condición son
todos los cuatro míos, y así lo juzgo.
No solos los amigos de Sildeo rieron
de la graciosa sentencia, pero á los
mismos pretensores hizo mucho donaire,
y Sileno la confirmó como bien dada, y
mandó á Valleto, zagal suyo, que diesse
á los cuatro pastores, el siguiente
día, cada dos gruesos carneros de los
mejores del rebaño, con que quedaron
los circunstantes muy contentos y los
pastores muy pagados.
Y mientras muchos se estaban culpando
de no haber tenido el aviso de Sildeo,
Delio, Lidonio y Florino pidieron lugar
para los saltos, y Elpino, Bruno y Silveo
para la barra, y aunque quisiera Sileno
dársele, viendo que del día estaba
gastada la mayor parte, y aquellos
ejercicios (aunque de mucha estima) no
eran de tanta recreación, acordó que
se ingeniasen en pruebas de fuerza y
ligereza, cada cual como supiesse ó
bastasse, prometiendo á todos dignos
premios de su exercicio. Prueba haré
yo, dixo Bruno, que no la hará otro
pastor de la ribera. Hazla, dixo Elpino;
veamos dónde llega tu soberbia. Agora
lo veréis, dixo Bruno, y haciéndose
atar por las muñecas con dos cuerdas de
torcido cáñamo dió el un cabo á Elpino
y el otro á Silveo, y tomando en cada
mano una manzana, tirad, les dixo, cada
uno por su parte, veréis si salgo con mi
intención. Con tanta fuerza tiraban los
dos pastores, que parecía quererle abrir
por los pechos; pero Bruno, recogiendo
sus fuerzas, haciendo piernas, apretando
los dientes, á pesar de entrambos puso
las manzanas en la boca. No hubo entre
todos quien á otro tanto se atreviesse.
Pero Lidonio, que deseaba mostrarse en
algo aquel día, viendo presente á la
hermosa Silvia (digo aquélla que á la
ida del valle toparon Alfeo y Finea con
la pastora Dinarda), alegre de verla
sin los dos competidores Licio y Celio,
le pidió licencia para ejercitarse en
su nombre, y ella, que de nada tenia
gusto, le dixo que hiciese el suyo; esto
tuvo Lidonio por gran favor, y animado
con él, mientras que Delio y Florino,
haciendo vueltas galanas y dificultosas
por el suelo y por el aire, entretenían
la gente, envió por perchas altas y
delgadas á un huerto suyo, que cerca del
valle estaba, y puesto en medio de la
gente, las afirmó en tierra derechas sin
hincarlas, y con ambas manos, sin otra
ayuda, comenzó á subir por ellas con
grande facilidad, hasta poner los brazos
sobre lo alto, y arrimándolas al cuerpo
sin otra ligadura, ni afirmar los pies
en nada, se comenzó á pasear por entre
los que le miraban, y después de ser bien
visto, se dexó deslizar por ellas hasta
el suelo. Prueba fué que agradó y admiró
á todos en general.
Mas viendo que el luchador Pradelio
tomaba el puesto para hacer nueva prueba,
todos volvieron á él atentamente, y el
mancebo gentil, tendiéndose en tierra
de espaldas, los brazos abiertos, sobre
la una mano se puso un pastor de pies y
sobre la otra otro, asiéndose los dos
de las manos para afirmarse. Pradelio
levantó en alto los brazos con ellos y
estuvo assí un rato, y luego se sentó
en tierra con la misma carga, tras lo
cual se levantó en pie, y trayendo á
los pastores tres ó cuatro vueltas en
el aire, se fué sentando y tendiendo y
baxando los brazos hasta dexarlos donde
los había tomado. ¡Oh, cómo fué prueba
esta del esfuezo y maña de Pradelio y
cómo contentó á todos los pastores y
pastoras que la vieron! El gusto de
Filena para después se quede, y aun las
pruebas por ahora, porque Sileno bien
siente que no es razón de exercitarse
tanto con tanta fatiga, y así, premiando
á todos con mucha voluntad y franqueza,
mandó tornar á componer las rústicas
mesas con regaladas viandas, de donde
brevemente todos se levantaron, y
siguiendo á Sileno, Galafrón y Barcino,
Mireno y Liardo y el rabadán Alfesibeo
enderezaron á la devota pirámide; y allí
Galafrón, tierno y verdadero amante de la
difunta Elisa, la una rodilla en tierra,
al son de la flauta de Barcino, que de la
misma arte la tocaba, cantó estos versos
tristes y amorosos: