Pues el suave sentido y dulce canto
perdió la causa, en testimonio desto
comenzad, Musas, vuestro amargo llanto.
Presentes sean al dolor funesto
Beldad, Fortuna, Amor, Gracia y Prudencia,
en veste negra y dolorido gesto.
Llore Beldad la sin igual violencia
de la muerte cruel, acerba y dura
de quien le daba vida y excelencia.
Fortuna ofrezca suma desventura,
pues quien la pudo dar al mundo buena
guarda su luz en esta pira oscura.
Amor derrame en abundante vena
su sentimiento, pues la cruda muerte
á fin eterno su poder condena.
La Gracia, viuda de mezquina suerte,
pues la fuente perdió de do manaba,
la de sus ojos crezca en mal tan fuerte.
Prudencia llore su deidad, esclava
de la Parca cruel, pues juntamente
con las demás su breve curso acaba.
Y todos ellos mi cantar doliente
acompañen con lágrimas, en tanto
que diere luz al mundo el rojo Oriente.
Sin igual es la causa del quebranto,
débelo ser también en sentimiento;
proseguid, Musas, vuestro amargo llanto.
Yace á la sombra deste encerramiento,
oscuro y negro, reverente y pío,
la misma Idea de merecimiento.
Mi voz cansada, en monte, en valle, en río
Elisa, Elisa en triste son resuena
y acoge el cielo el tierno acento mío.
General es la pérdida y la pena,
general es el afligido lloro,
general la sentencia que condena.
En lo más alto del Castalio coro,
las nueve Hermanas con estrecho luto
cubren la luz de sus cabellos de oro.
Allánanse á pagar este tributo
los que en mil lastimosas ocasiones
han conservado siempre el rostro enjuto.
Dolopes fieros, duros Mirmidones,
los soldados de Ulises inclementes
ablandaran aquí sus corazones.
No es maravilla que unas y otras gentes
tomen el triste oficio por costumbre,
haciendo agora de sus ojos fuentes.
Que el Sol, subido en la más alta cumbre,
envuelto en nubes de mortal tristeza,
tiene eclipsada su serena lumbre.
Y el fértil suelo lleno de aspereza,
de seco invierno con estéril manto,
llora también la celestial belleza.
Y que llore ó no llore, el duro canto
que sus miembros bellíssimos encierra,
bañadle, oh Musas, con amargo llanto.
Fría piedra, estrecha pira, poca tierra,
que encerráis juntamente cuanta gloria
de nuestras almas el dolor destierra.
De la Muerte cruel fué la vitoria;
vuestros son los raríssimos despojos,
nuestro será el dolor y la memoria.
La clara luz de los serenos ojos,
el semblante gentil, el aire digno
de producir y refrenar antojos,
La blanca mano, el rostro cristalino,
la boca de rubín, ebúrneo cuello,
frente de nieve, trenzas de oro fino,
Beldad que puso á la beldad el sello;
¿dónde está, pira oscura, piedra fría,
tu poca tierra? Danos cuenta dello.
Tierra dichosa en cuanto el cielo cría,
dichoso en cuanto tú, Neptuno, bañas,
y en cuanto mira el portador del día.
De Atlante en las altíssimas montañas,
en lo hondo del Gange sólo suenes
y bañen venas de oro sus entrañas.
Que las perlas y el oro no son bienes
que con gran parte deban igualarse
á la menor que en tu custodia tienes.
Montes y mares vengan á humillarse
á ti, Pira; á ti, Piedra; á ti, Tirrheno,
en quien tanta beldad quiso encerrarse.
Guarda, sepulcro, en tu dichoso seno
la que guardó en el suyo todo cuanto
se conoce en el mundo amable y bueno.
Y si oprimidas de piedad ó espanto
el dolor os suspende, al mismo punto
volved, oh Musas, al amargo llanto.
Si debe ser en todos tan á punto
el dolor, la tristeza, el descontento,
¿qué hará en quien lo paga todo junto?
Padre Sileno, el alto entendimiento
socorra en tan justíssima querella
y en ocasión de tanto sentimiento.
Limpiad los ojos y veréis aquélla
libre de nuestras graves ligaduras,
alma pura, gentil, beata y bella,
Entre las almas gloriosas puras
que, escarneciendo nuestros desatinos,
van de esperanza y de temor seguras;
Y si gozaba acá con los más dignos
pareceres humanos tanta estima,
lo mismo hace allá con los divinos.
Nadie, Pastor, se espantará que oprima
vuestro sentido tan pesada carga
y esse dolor que en general lastima.
Pero por esso os dió, con mano larga,
juicio el cielo, con que la vitoria
dulce gocéis de la contienda amarga;
Y cuando os diere assalto la memoria
de la ocasión de vuestro bien passado,
volvedla luego á su presente gloria.
Yo sé que su provecho, ponderado
con vuestro daño, y aunque no os lo quite,
comportable hará vuestro cuidado.
En el dolor que la razón permite,
si no tomáis por vuestra su ganancia,
pérdida fué que no terná desquite.
En público lugar, en sola estancia,
el tiempo aplicaréis con celo santo
á consideración tan de importancia.
Y después que digáis al mundo cuanto
supierdes de dolor y de consuelo,
dexen las Musas el amargo llanto,
Suba el incienso al cristalino cielo;
los versos píos, las ofrendas santas
hinchan de honor y de socorro el suelo;
Júntense ahora en esta pira cuantas
nobles, piadosas y diversas gentes
hoy tienes á la sombra de tus plantas.
Cercanos deudos, próximos parientes,
que desto fuiste tan enriquecida
como de otros bienes excelentes,
Y junta la progenie esclarecida,
templos se hagan á tu nombre ilustre,
que pueda Fama eternizar su vida.
De siglo en siglo irán, de lustre en lustre,
contigo allí mil ínclitos varones,
sin que fortuna ó tiempo los deslustre.
Y entre sus gloriossísimos blasones,
otro se les añada por su parte
de tus virtudes y admirables dones.
Las venas cessarán de ingenio y arte,
mas no podrá jamás faltar, yo fío,
la voluntad perpetua de alabarte.
Los hombres con respeto y señorío,
á tu nombre pondrán de tiempo en tiempo
mil epitafios, y primero el mío:
Aquí se hace tierra; aquí contemplo
la más perfecta y singular criatura
que fué en su muerte de bondad ejemplo,
siendo en su vida sol de hermosura.
Fué escuchado Alfesibeo de toda la
agradable compañía con un grave silencio,
interrumpido á ratos con terníssimos
suspiros. Pero ya que hubo dado fin á
sus versos, el venerable Sileno le tomó
la lira con que los tañía, y colgándola
de la ancha rama que de una gran encina
sobre ellos pendía, mandó que Arsindo
tocasse nueva señal, á cuya bocina los
pastores y pastoras se fueron dividiendo
por el ameno valle, y sobre humildes
mesas, cuál del cortado tronco y cuál de
la fresca y menuda hierba, gustaron las
rústicas viandas que traían. Lo mismo
hicieron el viejo Sileno y los gallardos
cuatro pastores que le acompañaban con el
rabadán Alfesibeo, y todos seis al cabo
de su breve comida, que fué al pie de una
fuente que salía de una viva peña poco
distante de la alta pira, enderezaron
á la parte que la pastora Belisa de
los más hábiles y nobles pastores de
nuestro Tajo estaba acompañada, y con
gran cortesía les pidieron que mudassen
lugar, porque la fuente de la peña estaba
más fresca y el sitio más acomodado. No
gastaron mucho tiempo en ruegos, que al
punto Sileno fué obedecido, y tras los
llamados fueron otros muchos, deseosos
de gozar tan buen entretenimiento, y
entre ellos Alfeo y Finea, que, vistos de
Sileno, por el conocimiento de la gentil
serrana y la pastora del nuevo pastor,
particularmente les hizo lugar entre sí y
la pastora Belisa. A esta hora Pradelio,
pastor mozo, robusto, de más bondad que
hacienda, llegó cansado y solo por la
parte que Sileno estaba, y disculpando
su tardanza fué de todos bien recebido,
pero más de la pastora Filena, cuya
hermosura y gracia traía robadas mil
secretas intenciones, sin poderse guardar
en esto la cara amigos á amigos. Bien
conoció Belisa el contento de Filena
en la llegada del pastor, porque sabía
que con gran bondad y ternura le amaba,
y porque la vido mezclar de fina rosa
el cristal de su cara con una alegría
conocida y honesta, y volviéndose á ella,
por ayudarla á dissimular, le dijo:
Cantemos juntas, pastora. Canta tú, dijo
Filena, que es lo que Sileno y los demás
aguardan. Como mis cantares, dixo Belisa,
no nacen de propia ocasión, siempre he
menester quien me los acuerde. Esso
haré yo, dixo Arsindo: canta, pastora,
aquel que ayer dijiste en la ribera, que
si no fuere á tu propósito será al de
todos, que esso tiene lo que por sí es
tan bueno. Con lo cual Belisa, templando
el rabel de seis cuerdas, dixo con gran
dulzura aquesta letra: