BELISA

Entre hierbas fresquíssimas floridas,

un cendal por los ojos rodeado,

juntos los pies, las alas escondidas,

Suelta la aljava, el arco floxo al lado,

durmiendo estaba con descuido y gana

el pequeñuelo dios de Amor echado.

Llevaba en el frescor de la mañana

FILIDA sus ovejas, que las flores

iban barriendo con la blanca lana.

No sonaban zampoñas de pastores,

iba cantando (cuando vió dormido

al mismo Amor) qué cosa es mal de amores.

No conoció quién era, aunque le vido,

porque nunca sintió su pena grave,

mas llegó á conocerle sin ruido.

Miróle y dixo con su voz suave:

¿Hombre y ciego y con alas? No eres hombre.

¿Ave con solas alas? No eres ave.

Si te pusiste aquí porque me assombre

con tu nueva facción, por no hacello

quiero saber de ti cuál es tu nombre.

Una trenza texió de su cabello

y atóle, y recordando el Amor luego,

se vió cautiva della y preso en ello.

FILIDA dixo: Dime, alado ciego,

cómo te llamas. Respondió riendo:

Furor causado de tu gran sossiego.

FILIDA le responde: No te entiendo.

Y dice Amor: Mi nombre es tu belleza,

con cuya luz la misma nieve enciendo.

Yo soy Amor, si quieres más certeza,

ves allí el arco, ves allí la aljaba,

tiéntalos y verás su fortaleza.

FILIDA dice: El tiempo que me amaba

el que solo obligada me tenía

al yugo que atajó la muerte brava,

Cuatro coronas el Amor traía,

no era arquero, no era amor alado,

ni ciego como tú, que bien veía.

Tú vienes con dos jaras adornado,

una ligera y otra muy pesada,

y el efeto por dicha más pesado.

Dícele humilde Amor: Essa dorada,

de sólo bien querer está sangrienta,

y essa de plomo, en desamor bañada.

Sin quebrar la pesada te contenta

puedes, pues para el hombre que te viere

es imposible que su fuerza sienta;

Mas cuanto tu beldad acá viviere,

por fuerza essotra vivirá segura,

que cuando de mi aljaba se perdiere,

la hallaré en tu gracia y hermosura.

La mucha arte, la gran harmonía del

vario son que la pastora Belisa á sus

versos iba dando, fué de manera que no

quedó pastor ni pastora que por una y

otra parte no la rodeassen. Y al fin de

su cantar, como maravillados de oirla

y no menos satisfechos de mirarla, no

se movían de aquel lugar, deseosos que

tornasse á su agradable canto. Pero á

esta hora ya la floresta estaba llena

de la más noble y lucida gente que

jamás se ha visto entre pastores. Y el

viejo Sileno, con largo sayo y retorcido

bastón, la barba al cinto, cana como

la limpia nieve, y sobre su arrugada

frente una corona de funeral ciprés,

salió del valle acompañado de los cuatro

escogidos y gallardos pastores Mireno y

Liardo, Galafrón y Barcino, en discreción

y gentileza iguales, y en caudal y

estimación lo mismo. Traían de varios

pellicos sus vestiduras, con dardos

gruessos de fresno de puntas de luciente

acero en sus manos, sus cabellos limpios

y peinados, cubiertos con guirnaldas

de verde yedra, á cuya entrada todo

el pastoral concurso prestó un atento

silencio. Y después que Sileno con sus

cuatro pastores hubo pasado y visto por

todas partes la floresta, vuelto al

encerrado valle mandó que Arsindo tocasse

en él su bocina, cuyo son apenas fué oído

cuando por una sola entrada que el valle

tenía se trasladó en él toda la gente

que en la floresta estaba. Dispuesto

era el lugar para la gran fiesta que se

ordenaba. Tenía de ancho media milla y

una en largo. Guardábale de ambos lados

un espesso y alto monte de gruessos

robles y viejas encinas, por entre los

cuales baxaban muchos arroyos de agua

clara, que unos hacían estanques en el

fresco valle y otros por las cavernas

sumiéndose, acrecentaban su deleite

y hermosura. No faltaban en el llano

fuentes puríssimas que, como de cristal,

bañaban los troncos á las diversas y

hermosas plantas. Estaba entre ellas una

alta pirámide de rico mármol, casi toda

cubierta de nativa yedra y de compuestos

ramos; aquí con gran reverencia fueron

llegando pastoras y pastores sin quedar

ninguno que no dejasse en el devoto

sepulcro verde ramo ó florida guirnalda.

Y apartados por orden, sentándose sobre

la menuda hierba, Alfesibeo, caudaloso

rabadán, de edad madura y de presencia

gentil, subiendo con el viejo Sileno,

Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo á un

ramoso y alto assiento que á un lado de

la pira estaba, tomó la templada lira, y

no impedido de las aves del cielo, pero

ayudado de los suaves vientos y oído de

los atentos pastores, comenzó á cantar

esta piadosa elegía.

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 364 / 605 题