--¿Si Silvia se te desvía,
más la sigues?--Hago bien.
--Morirás por ello.--Amén;
quizá la contentaría.
--Pon más consideración
en tan confusa aspereza,
que te lleva tu firmeza
carrera de perdición;
¿cuando más males te envía
más te humillas?--Hago bien.
--Tú te destruyes.--Amén;
que esso es lo que yo querría.
--No abras con tal error
tu mal soldada herida,
que si es mala la caída,
la recaída es peor;
mira que es gran niñería,
no escarmentar.--Hago bien.
--¿Y si te pierdes?--Amén;
que poco se perdería.
--De tantos males y enojos
¿qué nuevas esperas buenas,
si tu afición y tus penas
son culpas ante sus ojos?
¿A la que te desafía
te avassallas?--Hago bien.
--Veráse vengada.--Amén;
que entonces yo triunfaría.
--Eres juez tan cruel
en sentenciar tu processo
que, ó se te ha enjugado el seso
ó no naciste con él;
lo que en tu frente se cría,
¿es locura?--Hago bien.
--¿Y si te atassen?--Amén;
que por cuerdo quedaría.
O por oir Silvia á Dinarda, ó porque el
cantar la movió á más atención que el
primero, mientras duró estuvo puestos los
ojos en los pastores que cantaban. Mas
ya que vió que era acabado, con rostro
grave y hermoso, vuelta á la pastora
le dixo: Volvamos, Dinarda, á nuestro
cuento, que aunque el día es largo, para
esso faltará lugar y para essotro no,
que llegados al valle todos cantaremos.
Esso creo yo, dixo Uranio (pastor de
pocas palabras, pero de mucho aviso),
mas será la diferencia que cantaréis
en la rama y Licio en la red. Si yo la
hice, dixo Silvia, en ella muera. ¿Pues
quién la hizo? dixo Licio. Tú, pastor,
dixo Silvia; si alguna hay, aunque tu
desassossiego no es prisión, sin duda,
sino temor de venganza de las más
conocidas sinrazones que jamás contra
mujer se han hecho. ¿Quién las hizo? dixo
Licio. Tú, dixo Silvia, que en medio de
una tierníssima voluntad mía, donde eras
solo señor, moviste en pago tus pies y tu
lengua contra mí. Si tú primero, dixo
Licio, me quitaste el seso, no fué mucho
que yo hiciesse locuras. ¿Pues tengo yo
culpa, dixo Silvia, á tus desvariadas
sospechas? Desso, dixo Licio, tú eres
testigo, pero sey juez, que yo huelgo de
ser el condenado. Sola una cosa, dixo
Silvia, quiero preguntarte: ¿Qué te
movió á desterrar á Celio de la ribera?
Esso, dixo el pastor, fué concierto de
nuestra contienda que el que quedasse
vencido no pudiesse, por término de un
año, apacentar en la ribera del Tajo:
condición fué sacada por su boca y
desafío hecho por su mano, y pena por
que yo passara (aunque á mi pesar) si
él me venciera. Y oxalá Licio fuera el
vencido, con que el cielo me ayudara con
la más mínima parte del sentimiento que
por Celio tienes. Mira, pastor, dixo
Silvia con rostro más altivo y tierno;
vuelve á Celio á su cabaña, y de mí y de
la mía no te acuerdes jamás, y agradece
mucho que me humillo á enseñarte cómo
podrás tenerme menos agraviada. Sí,
agradezco á ti y al cielo, dixo Licio;
y llamando á Ergasto, á passo largo se
entraron por una senda que á mano derecha
estaba, quedando los demás pastores
muy agradecidos del noble respeto del
pastor y del buen proceder de la pastora.
Pero viéndola casi forzada á llorar, no
quisieron enternecerla; antes, vuelto
Uranio al nuevo pastor Alfeo, con gran
cortesía le preguntó su nombre y su
venida. Mi nombre, dixo el pastor, es
Alfeo; mi venida, de passo, y serlo
ha más si os soy inconveniente. Esso
estuviera á mi cargo, dixo la serrana
Finea. Y volviendo á los demás les
asseguró que Alfeo era muy digno de su
compañía y trato. Y en estos agradables
razonamientos llegaron á una hermosa y
gran floresta que á la entrada del valle
de Elisa estaba, y donde había orden de
irse aguardando los pastores hasta que
juntos entrassen al sagrado valle. Y assí
agora hallaron muchos, divididos por los
arroyos y fuentes, tejiendo guirnaldas,
juntando ramos de diversas flores y
algunos tañendo y cantando con gran
harmonía y arte, que allí estaban Sasio,
Filardo y Arsiano, y la pastora Belisa,
hija del doctíssimo lusitanio Coelio, los
cuatro más aventajados en música y canto
que en las españolas riberas se hallaban.
Ayudábales el mucho estudio, suaves
voces v discreción y donaire, aunque en
suavidad y harmonía Belisa los dejaba
atrás. Cantando estaba Arsiano cuando
nuestros pastores llegaron; pero á poco
rato, Belisa, ayudada de Sasio, al son de
la lira con gran dulzura comenzó á cantar
aquestos versos: