Apartado de la vida
pago, viniendo á morir,
con la pena del partir
la culpa de la partida;
culpa que (si bien se apura)
procede en tal ocasión,
no por falta de razón,
mas por mengua de ventura.
Húyome de vos agora,
aunque decirlo es afrenta,
mas si vos quedáis contenta,
iré pagado, señora;
sin derramar más querellas,
que en su mayor fundamento
las ha de llevar el viento
y á mí la vida tras ellas.
Partíme de vos sin veros,
porque no puedan decirme
que fué possible partirme
y no lo fué enterneceros;
excusaré, mal mi grado,
el juzgar en la partida
á vos por desconocida
y á mí por desesperado.
No hay fortuna que assegure
aquel que de vos se parte,
ni tiempo, razón ni arte
que por su salud procure;
y así á tan amarga suerte
no buscaré resistencia,
pues vos disteis la sentencia,
yo ejecutaré mi muerte.
No crece en esta jornada
la pena como el quereros,
que no es mayor mal no veros
que veros contino airada;
y pues iguala á la ausencia
lo que padezco presente,
no podrá llamarme ausente
quien no me lloró en presencia.
Yo me huyo, y no me quejo,
porque no vengo conmigo,
perdonadme que os lo digo
por galardón de que os dejo;
y si os mostráredes servida
en partirme desta suerte,
podré decir que la muerte
me valió más que la vida.
Coged el fruto que ofrece
mi partida en mis enojos,
pues quita de vuestros ojos
lo que vuestra alma aborrece;
quedad satisfecha así,
que aunque soy el agraviado,
triunfaré como vengado
si sé vengaros de mí.
De este bien desconfiando,
mis males agradeciendo,
vuestro desdén conociendo,
de la vida no curando,
tal me voy á tierra extraña
á volverme en tierra poca
con vuestro nombre en la boca
y en el alma vuestra saña.
Bien pensó Alfeo que se quexaba á solas,
ignorando que á su siniestro lado, á la
caída del río, al fin de la espesura,
estaba la cabaña de la pastora Finea,
discreta y bella serrana, la cual,
recordando á la bocina de Arsindo, fué
herida de las palabras del afligido
amante; mientras las cuales duraron, dejó
el humilde lecho, calzó abarcas de limpio
cuero con cordones de fina lana, vistió
su cuerpo gentil de saya parda oscura
con saino baxo y camisa blanca gayada,
cogió sus cabellos, y cubriéndolos con
un ancho y alto tocado á fuer de la
serranía, salió al lugar donde Alfeo
estaba con más semejanza de muerto que
de vivo. Y aunque la graciosa Finea
había bien entendido de sus palabras
la causa de su dolor, dissimulando le
dijo: ¿Duermes, pastor? No duermo, dixo
Alfeo. ¿Pues por qué, dixo Finea, dejas
passar el río tu manada, que cuando
della no cures, del daño que puede hacer
deberías tener cuidado? No tengo cosa,
dixo Alfeo, que á nadie pueda dañar, sin
haberla en el mundo que á mí no me dañe.
Según esso, dixo Finea, tú eres el más
desdichado de los hombres, pues ninguno
lo es tanto que no halle quien dél se
duela. Y sin duda ya yo lo hago de ti,
porque me pareces enamorado y forastero.
En lo uno y lo otro, dixo Alfeo, has
acertado; sólo yerras en tener compassión
de mí, y así te ruego no la tengas si no
eres amiga de tiempo muy perdido. ¿Qué
sabes, dixo Finea, si puedes pagarme
en mi moneda? ¿Eres acaso, dixo Alfeo,
enamorada y forastera? Esso, dixo Finea,
puedes tú ver, sin preguntarlo, en mi
traje por una parte y en mi piedad por
otra. Pero dime, pastor, así triunfes de
tus enojos, ¿quién eres, de dónde y á
qué eres venido, que tu hábito me dice
uno y tu persona me descubre otro? No
creas nada, dixo Alfeo, que aquí estoy
yo que te desengañaré de todo, pues no
puedo ser ingrato al cargo que en tan
breves razones me has echado: suplícote
primero me digas qué es la causa del
ruido que esta mañana (al parecer del
sol) sonó en la ribera. La causa, dixo
Finea, de las voces é instrumentos que
has oído es una junta casi general de
los pastores desta ribera que hoy se
hace en lugar señalado, por recordación
de la difunta Elisa, hija del caudaloso
rabadán Sileno, cuyas cenizas serán cada
año en este mismo día celebradas. Por
esto subió el rústico Arsindo á avisar
con su ronca bocina desde las altas
peñas, y toda la pastoral compañía desde
sus moradas le respondieron, á cuyo son
recordé yo y oí tus quexas, y estimo
en lo que es razón la voluntad con que
te ofreces á darme cuenta de ti; pero
el detenimiento en este lugar podría
ser peligroso, porque el sitio de Elisa
es más de una milla distante de donde
estamos, y la obligación de entrar yo á
tiempo, forzosa, y sin duda no hay pastor
ni pastora que no vaya caminando, así que
en el camino podré saber lo que tanto
deseo, y tú mandar lo que ya quisieres de
tu gusto, que responderé á él con toda
la obligación que me has hecho. Pastora,
dixo Alfeo, yo no debo hacer essa jornada
si no es porque tú lo quieras, y así te
acompañaré hasta donde fueres contenta,
que para mí no tiene más un lugar que
otro, salvo los de la soledad á que mi
mala fortuna me tiene tan obligado.
Sígueme, pastor, dixo Finea, y saliendo
de entre los tarayes se entraron por una
senda estrecha y deleitosa, entre olmos y
salces, y á poco espacio, antes que nada
pudiessen tratar, sobrevino á la parte
del río una banda de apuestos pastores y
hermosas pastoras, y entre ellos Licio,
pastor de mucha estima, desfavorecido y
celoso de Silvia, una de las pastoras
que allí iban. Fuéles forzoso á los dos,
Alfeo y Finea, seguir su compañía, que
sin esquivarse del nuevo pastor, iban en
dulces pláticas entreteniéndose, y á la
mitad del camino Finea pidió á Ergasto
que tañese y á Licio que cantasse, á cuyo
ruego Ergasto sacó la flauta, y á su son
Licio comenzó á cantar de aquesta suerte: