Yéndote, señora mía,
queda en tu lugar la muerte,
que mal vivirá sin verte
el que por verte vivía;
pero viendo
que renaciste muriendo,
muero yo con alegría.
En la temprana partida
vieja Fénix pareciste,
pues tu vida escarneciste
por escoger nueva vida:
sentiste la mejoría,
y en sintiéndola volaste,
mas ay de aquel que dejaste
triste, perdido y sin guía;
y entendiendo
que te cobraste muriendo,
se pierde con alegría.
El árbol fértil y bueno
no da su fruto con brío
hasta que es de su natío
mudado en mejor terreno;
por esto, señora mía,
en el jardín soberano
te traspuso aquella mano
que acá sembrado te había;
y entendiendo
que allí se goza viviendo,
muero aquí con alegría.
Bien sé, Elisa, que convino,
y te fué forzoso y llano
quitarte el vestido humano
para ponerte el divino;
mas quien contigo vestía
su alma, di, ¿qué hará,
ó qué consuelo tendrá
quien sólo en ti le tenía,
si no es viendo
que tú te vistes muriendo
de celestial alegría?
En esta ausencia mortal
tiene el consuelo desdén,
no porque te fuiste al bien,
mas porque quedé en el mal;
y es tan fiera la osadía
de mi rabiosa memoria,
que con el bien de tu gloria
el mal de ausencia porfía;
pero viendo
que el mal venciste muriendo,
al fin vence el alegría.
Es la gloria de tu suerte
la fuerza de mi cadena,
porque no cesse mi pena
con la presurosa muerte,
que ésta no me convenía;
mas entonces lo hiciera
cuando mil vidas tuviera
que derramar cada día;
pues sabiendo
la que ganaste muriendo,
las diera con alegría.
Vi tu muerte tan perdido,
que no sentí pena della,
porque de sólo temella
quedé fuera de sentido;
ya mi mal, pastora mía,
da la rienda al sentimiento;
siempre crece tu contento
y el rigor de mi agonía;
pero viendo
que estás gozosa viviendo,
mi tristeza es alegría.
Así pasaba Mendino su congojosa vida,
huyendo de los lugares donde de Elisa se
trataba, honrándola ó llorándola, porque
para ella y para él era este recato de
grande importancia, y así se entretenía
en sus cabañas con el vaquero Coridón
ó con Castalio su primo lo más del
tiempo, y esto porque en amor no falte
su costumbre, que es haber siempre quien
de nuevo llore; Cardenio, enamorado de
Clori, perdió el respeto á Castalio,
que más que á sí la quería, y la pidió
en casamiento, y el generoso padre de
ella, viendo la igualdad de los dos ricos
pastores en edad y suerte, y que ambos le
pedían y ambos eran dignos, y á Castalio
heredero y á Cardenio heredado, dió la
palabra á Cardenio y dejó á Castalio, de
manera que estuvo mil veces por darse la
muerte. En estos trances tan dolorosos
se pasó lo restante del invierno. No
os he dicho nada de Galafrón, siendo
mucho lo que hay que decir; mas presto
celebraremos el sepulcro de Elisa, donde
serán sus lágrimas las mejores, porque
allí faltarán las de Mendino; y ahora
veréis que llega á la ribera un galán
cortesano en hábito de pastor; Alfeo se
llama, y con dolor viene: tratemos dél,
en tanto que de Mendino y Castalio sus
recientes daños no nos dan lugar: que tal
vendrá, que los hallemos más tratables,
pues
El mal que el tiempo hace,
el tiempo le suele curar.
SEGUNDA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
En tanto que el generoso Alfeo siguió
las pomposas Cortes tan satisfecho de
su habitación, que le parecía tiempo
perdido el que en otra parte se gastaba,
mayormente el de aquellos que de las
ciudades y villas, retirados á las
humildes aldeas, vivían entre aquella
soledad acompañada de murmuración, y
aquella compañía desierta de consejo,
no es de maravillar que así amasse el
trato cortesano: porque criado en él y
aficionado á las artes, hallaba allí del
mundo lo mejor; ayudábale á gozarlo ser
rico y liberal, gentil, cortés, discreto
y bien nacido, amado de todos, y sobre
todo, señor de su voluntad. Pero después
que vió la hermosura de Andria, que era
sin igual, y probó su condición, tan
fácil al mal y al bien, que en breves
días, enamorado y creído, sintió el
favor de su parte, medida de su deseo,
y en más breves la ponzoña secreta de
su dulzor, juzgó enemigos al cielo y á
la tierra, llamó la muerte, aborreció
la vida, estragó su pecho hasta quedar
tan trocado de sí, que á sí mismo no se
conocía, y tan enemigo del lugar, que á
otra cosa que infierno no le comparaba.
Huyó dél, corrido de sus amigos,
desesperado de su contento y atónito de
su perdición; buscó la ausencia, con
deseo de que en ella le viniese la muerte
sin que la despiadada Andria supiese
de su muerte ni de su vida. Así como
iba trocada su fortuna, así lo iba su
traje: camisa cruda llevaba y sayo pardo
vaquero, caperuza de faldas y calzón de
lienzo, polaina tosca y zapato gruesso,
é intencionado de encubrir su suerte y
guardar cabras y ovejas en la ribera
del Tajo, donde al silencio de la noche
enderezó sus pasos, sin más compañía que
su dolor y cuidado, que casi con alas del
viento apresuraban su jornada, llegó á su
verde ribera al punto que el sol con la
primera lumbre ahuyentaba las postreras
sombras de la noche. Era el tiempo que
la deleitosa primavera, desechando las
flores de sus plantas, casi apenas el
deseado fruto entre las tiernas hojas
descubría. Y á las aves de la noche por
las cavernas encerrándose, las del día
(desamparados los nidos) dulcíssimos
cantares acordaban. Ya el rústico
Arsindo, desde un alto peñasco que sobre
el Tajo pendía, tocaba una sonora bocina,
á que de todas partes de la ribera le
comenzaron á responder con flautas,
chapas, adufres y otros instrumentos
pastorales, donde Alfeo entendió ser día
entre ellos de gran solemnidad y fiesta,
y acrecentando su pena, se entró por la
espesura de unos tarayes, y recostado
en la tierra junto á un pequeño arroyo
que del Tajo salía, los ojos en él y el
pensamiento en Andria, al son del agua y
al compás de sus suspiros comenzó á decir: