Es el papel en que escribo
el corazón que os he dado;
y el estilo mal limado,
el mismo mal en que vivo;
el agotado licor
de mis entrañas la tinta;
y la pluma que le pinta,
es con la que vuela Amor.
Recebid esta embajada,
á vos sola dirigida,
de una libertad perdida
y una voluntad ganada,
aunque por aqueste modo
pagados vamos los dos,
pues que hallo en solo vos
todo lo que pierdo en todo.
Viviendo sola y ausente
de mi propia compañía,
agravio al alma sería
preguntarle lo que siente.
Si á descubrirlo me ofrezco,
en vano me cansaré,
pues se ha de entender por fe
ó por mí que lo padezco.
Estas montañas á una
testigos firmes me son
que lo es más mi corazón
á los golpes de Fortuna.
Y este noble humilde techo,
que de albergaros fué dino,
sabe que sólo Mendino
puede caber en mi pecho.
Moradas de hombres y fieras
conocen esta verdad,
que mi mucha voluntad
no se extiende á menos veras.
Y si vos de aqueste intento
lo cierto queréis sentir,
sin alma podré vivir
con vuestro conocimiento.
Si no escucháis el dolor,
tenelde de verme así,
con tal que me deis á mí
el vuestro todo, pastor;
mas no me contenta, no,
haceros tal demasía,
más á cuento nos vendría
pagar por entrambos yo.
Si por ventura estimáis
más mi fe que vuestro gusto,
á tiempo estamos, que es justo
que mostréis lo que me amáis:
pues puedo y quiero juraros,
así me vala el quereros,
que cuanto pierdo de veros
lo voy cobrando en amaros.
El que dañarnos pretende,
aqueste cargo nos echa,
si en estorbar se aprovecha,
que en aprovechar se ofende:
y no me juzguéis culpada
en su vana pretensión,
pues sola vuestra opinión
me hace á mí deseada.
El vela noches y días,
con enojo suyo y nuestro,
mas yo os ofrezco por vuestro
el fruto de sus porfías:
él verá, por más que haga,
el poco rastro que deja,
y siendo suya la queja,
veréis vos vuestra la paga.
Imposible me es quererle,
y aun no dexar él de amarme,
que cansarále el cansarme
más que á mí el aborrecerle.
Su bien y su mal igualo,
y por ponerle más freno,
ni le encenderé con bueno,
ni le indignaré con malo.
Si estos medios no son tales,
dadme vos otros mejores,
que aunque me los deis peores,
me serán los más cabales.
Esto es lo que Amor me enseña,
y lo que compro barato,
siendo de cera en el trato
y en la firmeza de peña.
Ausencias, muertes, debates,
adversidades y antojos,
son el toque en que á los ojos
muestra la fe sus quilates.
Los suyos os mostrará
la mía con tal excesso,
que la tomaréis sin peso
y después no os pesará.
Y pues tan claro veréis
que es mi fe tan viva y cierta,
porque no parezca muerta,
mandadla obrar y veréis
cómo atropella al momento
honra y vida sin temor,
porque no hay vida ni honor
fuera de vuestro contento.
Andando á solas un poco
ayer, sin vos y sin mí,
en un álamo leí:
_nunca mucho costó poco_;
mas yo, que sé cómo lucho,
con deseo y con trabajo
borrélo y puse debajo:
_nunca mucho costó mucho_.
En el mar seguro y manso
se anega el desconfiado;
y al que espera ser premiado
cualquier trabajo es descanso;
con la esperanza de gloria
no puede haber mucha pena,
que el que vence en la cadena,
mayor hace la victoria.
Hay un muro en mi vergel,
á la parte de la fuente,
y un resquicio suficiente,
para hablarnos por él,
dó podrás venir seguro,
entre el norte y el lucero,
que allí, pastor, os espero,
y en Dios, de veros sin muro.
Aunque no fuera deseado, fuera de mucho
contento en Mendino el papel de Elisa,
pues viniendo á tan buen tiempo, fácil
es de entender cómo sería recebido y
cómo celebrado. Quisiera el pastor poder
mostrar su alegría sin que fuera tan á
costa suya; pero cerrándola dentro de su
corazón, se dispuso á la siguiente noche
que apenas vido el silencio della, cuando
mudado el vestido, con un grueso bastón
de encina con que acostumbrado estaba
Mendino á despartir los toros en la pelea
y á derribar los ossos en los montes,
se salió de su cabaña, y rodeando la de
Elisa, con atento oído y pies sordos
llegó al muro señalado, donde ya la
pastora le esperaba y le avisó que aun no
era tiempo para hablarle de espacio, que
entretanto se fuese y tornase acompañado,
porque Padileo no pudiese como á solo
ofenderle ni como á ocupado hallarle. A
esto Mendino obedeció, y aunque pudiera
buscar á su buen primo Castalio, ó al
galán Coridón, su leal amigo, que con
mucho gusto de Elisa era consabidor
deste caso, no quiso más compañía que á
Siralvo, uno de sus mayorales, de quien
fiaba mucho y más podía. Juntos se fueron
á aquel secreto lugar, y quedando Siralvo
á la entrada dél, de donde todas las
del campo descubría, Mendiano por entre
el muro y las peñas, lugar estrecho y
sombrío, llegó al resquicio, y sentado
sobre la húmida hierba esperó, y no
mucho, que presto vino la hermosa Elisa,
que con su luz esclareció la noche y
con su habla puso el día en el alma de
Mendino. Allí hubo razones tiernas y
turbadas; allí lágrimas y risas, ruegos
y promesas, y sobre todo Amor que lo
sazonaba. No fué sola esta vez la que
Mendino y Elisa por aquella parte se
hablaron; pero no todas Mendino llevó
á Siralvo que le acompañasse, porque
sabía que el humilde pastor no lo era en
pensamientos. Andaba furiosamente herido
de los amores de FILIDA, FILIDA que por
lo menos en hermosura era llamada sin
par y en suerte no la tenía; y como los
días con la ocupación del ganado y el
recelo de Vandalio y sus pastores (á
donde FILIDA estaba) no le daban lugar á
procurar verla ni oirla, iba las noches
y descansaba á vista de sus cabañas, y
algunas veces veía á la misma FILIDA,
que en compañía de sus pastoras salía
á buscar la frescura de las fuentes, y
entre los árboles cantaba, y haciéndose
encontrado con ellas, no se esquivaba
FILIDA de oirle ni de entender que le
amaba, que bien sabía de Florela, pastora
suya, con quien Siralvo comunicaba su
mal, y de cuantos más al pastor conocían,
que cabía en su virtud su deseo. Esto
entendía Mendino, y lastimoso de
estorbarle, muchas noches se iba solo
á hablar á la hermosa Elisa, entre las
cuales una el sospechoso Padileo le
acechó y le vido, y fué por mejor que,
celoso y desconfiado, sin decir la causa
de su movimiento, pidió luego por mujer
á la hermosa y discreta Albanisa, viuda
del próspero Mendineo, hija del generoso
rabadán Coriano, que en la ribera del
Henares vivía, y allí desde las antiguas
cabañas de su padre apacentaba en la
fértil ribera 1.000 vacas, 10.000 ovejas
criaderas y otras tantas cabras en el
monte al gobierno de su mayoral Montano,
padre de Siralvo, pastor de Mendino.
Esta famosa empresa consiguió Padileo,
y en conformidad de los deudos de una y
otra parte, partió del Tajo, acompañado
de los mejores rabadanes dél, y el mismo
Mendino, que muy deudo y amigo era de la
gentil Albanisa, y desposado y contento,
con el mayor gassajo y fiesta que jamás
se vido entre pastores, volvió del
Henares con la cara esposa, enriqueciendo
de beldad y valor el Tajo y su ribera;
desta suerte quedó contento Mendino
y pagado Padileo, y Elisa, pagada y
contenta; y como de nuevo comenzó Mendino
en sus amores, y forzosamente á fingir
con Filis y Elisa con Galafrón, que no
les importaba menos que el sossiego,
y sin más industria dellos, el viejo
Sileno asseguró su pecho, y el trato como
primero y con más deleite tornó en todos
y los placeres y fiestas lo mismo, porque
para cualquier género de ejercicio había
en la ribera bastantíssima compañía:
en fuerza y maña, Mendino, Castalio,
Cardenio y Coridón; en la divina alteza
de la poesía, Arciolo, Tirsi, Campiano
y Siralvo; en la música y canto, con la
hermosa Belisa, Salio, Matunto, Filardo
y Arsiano, aunque á la sazón Filardo,
enamorado de la pastora Filena y celoso
de Pradelio, andaba retirado, con mucho
disgusto de todos, que nadie probaba su
amistad que no le amasse por su nobleza
y trato; pero de muchas bellas pastoras
favorecido, amaba á sola Filena y sola
ella le aborrecía, siendo verdad que
otro tiempo le estimaba; pero cansóse
el Amor, como otras veces suele, y con
todo esso Filardo, tan cortés y leal que
se escondía á aquejarse, y en la mayor
soledad encubría sus celos; solos estaban
Coridon y Mendino junto á una fuente,
que al pie de una vieja noguera manaba,
cubierta por la parte del Oriente de
una alta roca, que alargando la mañana
gozaban de más frescura y secreto, cuando
por un estrecho sendero vieron venir á
Filardo, buscando la soledad para sus
quejas, y al mismo tiempo fueron dél
sentidos; y viendo ocupado el lugar que
él buscaba, quiso volverse, pero los dos
no lo consintieron, antes Mendino le rogó
que llegasse, y llegado, Coridón le pidió
que tañesse, y tañendo ambos le incitaron
al canto, que, comedido y afable, no se
pudo excusar, ni aquí su canción, que fué
ésta: