MENDINO

«Elisa: Si el conoceros ha sido causa

para desconocerme, podrálo ser también

de mi disculpa en esta osadía, que os

certifico que no lo es decir mis males,

sino un dolor, de que debéis doleros

como causa dél, y no le tuviera por tal

si le mereciera; pero verme indigno del

daño me quita la esperanza del remedio

y me acobarda de suerte al descubrirle,

que holgaría que este papel perdiesse el

camino, por que no nos perdamos los dos:

que esto es muy cierto, si vos, como sola

señora mía, no volvéis en todo por mí,

revolviendo á vuestro valor y hermosura,

de cuya fuerza fuera impossible

resistirme, cuanto más librarme. En fin;

peno, y no hay para mí lugar de alivio,

sino vuestra voluntad, que, como yo la

sepa, será la medida de mi deseo, del

cual, pues antes que á vos he hecho

testigos á las piedras y á las plantas,

no es razón que también antes que vos se

duelan de quien ama la muerte por amaros».

Este papel llegó á las manos de Elisa

por las de un zagal de Mendino, que en

la cabaña de la hermosa pastora tenía

entrada. No fué Sirio (que assí el

zagal se llamaba) mal recibido, antes,

passando Elisa muchas veces los ojos

por la carta, passaron por su pecho mil

consideraciones tiernas, que con cada

una iba perdiendo de la entereza de

su corazón, que siempre fué desdeñoso

y grave, y vuelta á Sirio, le dixo:

_Dile, zagal, á Mendino, que si éstas

son verdades, el tiempo lo dirá por él._

Con esto el zagalejo volvió á Mendino,

y Mendino tan en sí, como de muerte á

vida. Primero alabó su pensamiento y la

hora de su determinación, y ofreció

de nuevo la libertad á Elisa, y luego

estudió los passos de su jornada con

más cuidado y menos demostraciones, que

es muy de buen enamorado, más recatado

á más favor. No dejó la compañía de

los amigos y deudos, ni se apartó de

los ratos de exercicio público, aunque

todos eran pesados para él, pero con una

templada dissimulación buscaba los de su

contento, y acompañaba al viejo Sileno,

venerable padre de la hermosa pastora;

y muchas veces en su compañía, y en la

de Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo,

los tres deudos y el uno apasionado de

Elisa, passaban los días por la espessura

del monte ó por las sombras del llano,

á gran placer de todos, que sin más

industria de su natural condición, de

buenos y malos era amado, y en cualquier

lugar se le daba el primero; mas en el

pecho de Elisa no había segundo, ni el

pastor quería otro bien sino éste, ni

ya ella podía detenerse en allanarse,

ni Amor en favorecer sus intentos, y

assí todo era verdad, todo amor y todo

llaneza sin estorbo, que los mismos

deudos y aficionados de Elisa entretenían

á Mendino y le llevaban á las cabañas de

Sileno; y el mismo Sileno, sin esquivarse

de que acompañasse á la cara hija por

la soledad de los campos y las fuentes;

y todo se podía fiar de la bondad de

Mendino y del valor de Elisa, aunque no

en la opinión de Filis, hermosa ninfa del

Tajo, que, amando secretamente á Mendino,

sin osar descubrirle su intención,

combatida de amor y celos, muchas veces

los buscaba, y con fingida amistad

acompañándolos, escudriñaba sus pechos,

sin entender el pastor que Filis le amaba

ni Elisa que le aborrecía. Pues como un

dia, entre otros, Elisa, Filis y Clori,

Mendino, Galafrón y Castalio, se hallasen

juntos á la sombra y frescura de un manso

arroyo, habiendo passado gran rato en

dulces pláticas y razones, ya que el sol

iba igualando los campos y los sotos,

Galafrón, incitado de los demás pastores,

sacó la lira y la acompañó cantando:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 333 / 605 题