CENSURA

Por comissión de los Señores del Consejo

de su Majestad, he visto este libro,

cuyo título es EL PASTOR DE FILIDA,

compuesto por Luis Gálvez de Montalvo, en

prosa y verso castellano; y habiéndole

passado con atención, me parece no sólo

digno de salir á luz, en conformidad de

la pretensión de su autor, más aun que

me parece, por su pureza, propiedad,

facilidad y dulzura, por la novedad

de las invenciones, por la orden y

disposición con que las trata, ser

estimado por uno de los más aceptos que

hasta ahora en este género han salido á

juicio del mundo; y aunque la materia,

siendo pastoril y amorosa, parece que de

suyo requiere humildad y llaneza, no le

ha costado tan poco guardar el decoro que

en ella se pide, que no haya hecho por

igual el estilo y acomodarle al propósito

que se sigue, guardando las partes á

él necessarias, todo lo que, con mucho

estudio, de un aventajado ingenio se

puede esperar: y assí, libre de pasión,

me parece que se le debe conceder la

licencia que pide. En Madrid á dos de

Junio de 1581.

_Pedro Laínez._

PRIMERA PARTE

DEL PASTOR DE FILIDA

Cuando de más apuestos y lucidos pastores

florecía el Tajo, morada antigua de las

sagradas Musas, vino á su celebrada

ribera el caudaloso Mendino, nieto

del gran rabadán Mendiano, con cuya

llegada el claro río ensoberbeció sus

corrientes: los altos montes de luz y

gloria se vistieron; el fértil campo

renovó su casi perdida hermosura, pues

los pastores dél, incitados de aquella

sobrenatural virtud, de manera siguieron

sus pisadas que, envidioso Ebro,

confuso Tormes, Pisuerga y Guadalquivir

admirados, inclinaron sus cabezas, y las

hinchadas urnas manaron con un silencio

admirable: sólo el felice Tajo resonaba,

y lo mejor de su son era Mendino, cuya

ausencia sintió de suerte Henares, su

nativo río, que con sus ojos acrecentó

tributo á las arenas de oro. Bien le

fué menester al gallardo pastor, para

no sentir la ausencia de su caríssimo

hermano, hallar en esta ribera al

gentil Castalio, su primo, al caudaloso

Cardenio, al galán Coridón, con otros

muchos valerosos pastores y rabadanes,

deudos y amigos de los suyos, con quien

passaba dulce y agradable vida Mendino,

en quien todos hallaban tan cumplida

satisfación, que como olvidados de sus

propias cabañas, sitios y albergues, los

de Mendino estaban siempre acompañados

de la mayor nobleza de la pastoría: de

allí salían á los continuos juegos, y

allí volvían por los debidos premios;

allí se componían las perdidas amistades

y por allí pasaban los bienes y males de

Amor, cuáles pesada y cuáles ligeramente:

sólo Mendino entre todos era tan señor

de sí en sus tratos, que si todos no le

amaran, todos le fueran envidiosos; mas

¿quién gozará perseverancia en tanto bien

contra las fuerzas del tiempo, si donde

unas no bastan otras sobran? Curiosamente

Mendino, guiado de los pastores de la

nueva ribera, vido las más hermosas

pastoras y ninfas de ella: la gracia

y gallardía de Filena y Nise, la gran

hermosura de Pradelia y Clori, la sin

igual discreción de Nerea, acostumbrada

á vencer en versos á los más celebrados

poetas del Tajo; el dulcíssimo canto de

Belisa, acompañado de igual valor, y

otras muchas, que no quedaban atrás, no

bastaron á que la libertad de Mendino

no passase por muchos días adelante,

hasta llegar el plazo de su deuda, que

fué en un día del florido Abril, entre

los salces del río, donde, retirados de

los silvestres juegos los más validos

pastores y las pastoras de más beldad,

Elisa entre ellas fué señalada para

venganza de Amor, á quien Mendino rindió

las fuerzas y la voluntad á un punto.

Era Elisa de antigua y clara generación,

de hermosura y gracia sin igual, de

edad tierna y de maduro juicio, amada

de muchos, mas de ninguno pagada, y

aun el saber esto fué causa en Mendino

de detenerse en descubrir su fuego,

que, como las plantas con los años,

iba con las horas creciendo, hasta que

el sufrimiento rompió, y las secretas

llamas resplandecieron por mil diversas

partes, ora en placer, ora en tristeza;

cuándo concertando fiestas públicas,

donde á todos los pastores se aventajaba,

y cuándo en profundas melancolías

retirándose, aunque lo más ordinario

era, olvidado del hato y los amigos,

buscar los lugares donde Elisa estaba,

no inocente, aunque dissimulada, de la

afición de Mendino, el cual, entre temor

y esperanza, determinó decirle su mal,

y faltándole aliento en la presencia,

tomó por medio escribirle, no en versos

propios ni ajenos, ni con palabras de

artificio y cuidado, sino con pura

llaneza del corazón, en razones humildes

como éstas:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 332 / 605 题