Alégrenos la hermosa primavera,
vístase el campo de olorosas flores,
y reverdezca el valle, el bosque y el prado.
Las reses enriquezcan los pastores,
el lobo hambriento crudamente muera,
y medre y multiplíquese el ganado.
El río apressurado
lleve abundancia siempre de agua clara;
y tú, Fortuna avara,
vuelve el rostro de crudo y variable
muy firme y favorable;
y tú, que los espíritus engañas,
maligno Amor, no aquejes mis entrañas.
Deja vivir la pastoril llaneza
en la quietud de los desiertos prados,
y en el placer de la silvestre vida.
Descansen los pastores descuidados,
y no pruebes tu furia y fortaleza
en la alma simple, flaca y desvalida.
Tu llama esté encendida
en las soberbias cortes, y entre gentes
bravosas y valientes;
y para que gozando un dulce olvido,
descanso muy cumplido
me den los valles, montes y campañas,
maligno Amor, no aquejes mis entrañas.
¿En que ley hallas tú que esté sujeto
á tu cadena un libre entendimiento
y á tu crueldad una alma descansada?
¿En quien más huye tu áspero tormento,
haces, inicuo Amor, más crudo efecto?
¡oh, sinrazón jamás acostumbrada!
¡Oh, crüeldad sobrada!
¿No bastaría, Amor, ser poderoso,
sin ser tan riguroso?
¿no basta ser señor, sino tirano?
¡Oh, niño ciego y vano!
¿por qué bravo te muestras y te ensañas,
con quien te da su vida y sus entrañas.
Recibe engaño y torpemente yerra
quien Dios te nombra, siendo cruda llama,
ardiente, embravescida y furiosa.
Y tengo por más simple el que te llama
hijo de aquella Venus, que en la tierra
fue blanda, regalada y amorosa.
Y á ser probada cosa
que ella pariesse un hijo tan malino,
yo digo y determino
que en la ocasión y causa de los males
entrambos sois iguales:
ella, pues te parió con tales mañas,
y tú, pues tanto aquejas las entrañas.
Las mansas ovejuelas van huyendo
los carniceros lobos, que pretenden
sus carnes engordar con pasto ajeno.
Las benignas palomas se defienden
y se recogen todas en oyendo
el bravo son del espantoso trueno.
El bosque y prado ameno,
si el cielo el agua clara no le envía,
la pide á gran porfía,
y á su contrario cada cual resiste;
sólo el amante triste
sufre su furia y ásperas hazañas,
y deja que deshagas sus entrañas.
Una passión que no puede encubrirse,
ni puede con palabras declararse,
y un alma entre temor y amor metida.
Un siempre lamentar sin consolarse,
un siempre arder, y nunca consumirse,
y estar muriendo, y no acabar la vida.
Una passión crescida,
que passa el que bien ama estando ausente,
y aquel dolor ardiente,
que dan los tristes celos y temores,
estos son los favores,
Amor, con que las vidas acompañas,
perdiendo y consumiendo las entrañas.
Arsileo, acabada la canción de Syreno,
comenzó á tañer su rabel, y después
de haber tañido un rato, respondiendo
particularmente á cada estanza de su
competidor, cantó desta suerte: