Mil meses dure el tiempo que colora,
matiza y pinta el seco y triste mundo,
renazcan hierbas, hojas, frutas, flores.
El suelo estéril hágase fecundo.
Ecco, que en las espessas sylvas mora,
responda á mil cantares de pastores.
Revivan los amores,
que el enojoso hibierno ha sepultado;
y porque en tal estado
mi alma tenga toda cumplimiento
de gozo y de contento,
pues las fatigas ásperas engañas,
benigno Amor, no dejes mis entrañas.
No presumáis, pastores, de gozaros
con cantos, flores, ríos, primaveras,
si no está el pecho blando y amoroso.
¿A quién cantáis canciones placenteras?
¿á qué sirve de flores coronaros?
¿cómo os agrada el río caudaloso
ni el tiempo deleitoso?
Yo á mi pastora canto mis amores,
y le presento flores,
y assentando par della en la ribera
gozo la primavera,
y pues son tus dulzuras tan extrañas,
benigno Amor, no dejes mis entrañas.
La sabia antigüedad Dios te ha nombrado,
viendo que con supremo poderío
siempre ejecutas hechos milagrosos.
Por ti está un corazón ardiente y frío,
por ti se muda el torpe en avisado,
por ti los flacos tornan animosos.
Los dioses poderosos
en aves y alimañas convertidos,
y reyes sometidos
á la fueza de un gesto y de unos ojos,
han sido los despojos
de tus proezas é ínclitas hazañas,
con que conquistas todas las entrañas.
Vivía en otro tiempo en gran torpeza
con simple y adormido entendimiento,
en codiciosos tratos ocupado.
Del dulce amor no tuve sentimiento
ni en gracia, habilidad y gentileza,
era de las pastoras alabado.
Agora coronado
estoy de mil victorias alcanzadas
en luchas esforzadas,
en tiros de la honda muy certeros,
y en cantos placenteros,
después que tú ennoblesces y acompañas,
benigno Amor, mi vida y mis entrañas.
¿Qué mayor gozo puede recebirse,
que estar la voluntad de amor cautiva
y á él los corazones sometidos?
Que aunque algunos ratos se reciba
algún simple disgusto, ha de sufrirse
á vueltas de mil bienes escogidos.
Si viven afligidos
los tristes sin ventura enamorados
de estar atormentados,
echen la culpa al Tiempo y la Fortuna,
y no den queja alguna
contra ti, Amor, que con benignas mañas
tiernas y blandas haces las entrañas.
Mirad un gesto hermoso, y lindos ojos,
que imitan dos claríssimas estrellas:
que al alma envían lumbre esclarescida.
El contemplar la perfección de aquellas
manos, que dan destierro á los enojos,
de quien en ellas puso gloria y vida.
Y la alegría crescida,
que siente el que bien ama y es amado,
y aquel gozo sobrado
de tener mi pastora muy contenta,
lo tengo en tanta cuenta,
que aunque á veces te arrecias y te ensañas,
Amor, huelgo que estés en mis entrañas.
A todos generalmente fueron muy
agradables las canciones de los pastores.
Pero viniendo Eugerio á dar el prez al
que mejor había cantado, no supo tan
presto determinarse. Apartó á una parte
á Montano para tomar su voto, y lo que
á Montano le paresció fué, que tan bien
había cantado el uno como el otro. Vuelto
entonces EUGERIO á Syreno y Arsileo, les
dijo: Habilíssimos pastores, mi parescer
es que fuisteis iguales en la destreza
y sin igual en todas estas partes, y
aunque el antiguo Palemón resuscitasse,
no hallaría mejoría entre vuestras
habilidades. Tú, Syreno, eres digno
de la copa de cristal, y tú también,
Arsileo, la meresces. De manera que
sería haceros agravio, señalar á nadie
vencedor ni vencido. Pues resolviéndome
con el parescer de Montano, digo que tú,
Syreno, tomes la copa cristalina, y á tí,
Arsileo, te doy esta otra de Calcedonia,
que no vale menos. A entrambos os doy
copas de un mesmo valor, entrambas de
la vajilla de Felicia, y á mí por su
liberalidad presentadas. Los pastores
quedaron muy satisfechos del prudente
juicio y de los ricos premios del liberal
Eugerio, y por ello le hicieron muchas
gracias. A esta sazón ALCIDA, acordándose
del tiempo passado, dijo: Si el error,
que tanto tiempo me ha engañado, hasta
agora durara, no consintiera yo que
Arsileo llevara premio igual con el de
Syreno. Mas agora que estoy libre dél, y
captiva del amor de Marcelio mi esposo,
por la pena que me da su ausencia, estoy
bien con lo que cantó Syreno, y por el
deleite que espero alabo la canción de
Arsileo. ¡Mas ay, descuidado Syreno!
guarda no sean las quejas que tienes de
Diana semejantes á las que tuve yo de
Marcelio, porque no te pese, como á mí,
del aborrescimiento. Sonrióse á esto
Syreno, y dijo: ¿Qué más justas quejas se
pueden tener de una pastora que después
de haberme dejado tomar un desastrado
por marido? Respondió entonces ALCIDA:
Harto desastrado ha sido él, después que
á mí me vido, y porque viene á propósito,
quiero contarte lo que ayer, estorbada
por Felicia, no pude decirte, cuando
hablábamos en las cosas de Diana. Y esto
á fin que deseches el olvido, sabiendo
la desventura que mi desamor le causó
al malaventurado Delio. Ya te dije cómo
estuve hablando y cantando con Diana en
la fuente de los alisos, y cómo llegó
allí el celoso Delio, y luego tras él, en
hábito de pastor, el congojado Marcelio,
de cuya vista quedé tan alterada, que
di á huir por una selva. Lo que después
me acontesció fué, que cuando llegué á
la otra parte del bosque, sentí de muy
lejos una voz que decía muchas veces:
_Alcida_, _Alcida_, _espera_, _espera_.
Pensé yo que era Marcelio, que me seguía,
y por no ser alcanzada, con más ligera
corrida iba huyendo. Pero por lo que
después sucedió, supe que era Delio,
marido de Diana, que tras mi corriendo
venía. Porque, como yo de haber corrido
mucho, viniesse á cansarme, hube de ir
tan á espacio, que llegó en vista de
mí. Conoscíle y paréme, para ver lo
que quería, no pensando la causa de su
venida, y él, cuando me estuvo delante,
fatigado del camino y turbado de su
congoja, no pudo hablarme palabra. Al
fin, con torpes y desbaratadas razones
me dijo que estaba enamorado de mí, y
que le quisiesse bien, y no sé qué otras
cosas me dijo, que mostraron su poco
caudal. Yo reíme dél, á decir la verdad,
y con las razones que supe decirle,
procuré de consolarle, y hacerle olvidar
su locura, pero nada aprovechó, porque
cuanto más le dije, más loco estaba. Por
mi fe te juro, pastor, que no vi hombre
tan perdido de amores en toda mi vida.
Pues como yo prosiguiesse mi camino, y
él siempre me siguiesse, llegamos juntos
á una aldea que una legua de la suya
estaba, y como allí viesse mi aspereza,
y le desamparasse del todo la esperanza,
de puro enojo adolesció. Fué hospedado
allí por un pastor que le conoscía, el
cual luego en la mañana dió aviso á su
madre de su enfermedad. Vino la madre de
Delio con gran congoja y mucha presteza,
y halló su hijo que estaba abrasándose
con una ardentíssima calentura. Hizo
muchos llantos, y le importunó le dijesse
la causa de su dolencia; pero nunca
quiso dar otra respuesta, sino llorar y
suspirar. La amorosa madre con muchas
lágrimas le decia: ¡Oh, hijo mío! ¿qué
desdicha es ésta? no me encubras tus
secretos, mira que soy tu madre, y aun
podrá ser que sepa de ellos algo. Tu
esposa me contó anoche que en la fuente
de los alisos la dejaste, yendo tras no
sé qué pastora: dime si nasce de aquí tu
mal, no tengas empacho de decirlo; mira
que no puede bien curarse la enfermedad,
si no se sabe la causa della. ¡O triste
Diana! tú partiste hoy para el templo de
Felicia por saber nuevas de tu marido y
él estaba más cerca de tu lugar, y aun
más enfermo de lo que pensabas. Cuando
Delio oyó las palabras de su madre, no
respondió palabra, sino que dió un gran
suspiro, y de entonces se dobló su dolor;
porque antes sólo el amor le aquejaba, y
entonces fué de amor y celos atormentado.
Porque como él supiesse que tú, Syreno,
estabas aquí en casa de Felicia, oyendo
que Diana era venida acá, temiendo que
no reviviessen los amores passados, vino
en tanta phrenesía, y se le arreció el
mal de tal manera, que combatido de dos
bravíssimos tormentos, con un desmayo
acabó la vida, con mucho dolor de su
triste madre, parientes y amigos. Yo
cierto me dolí dél, por haber sido causa
de su muerte, pero no pude hacer más, por
lo que á mi contento y honra convenía.
Sola una cosa mucho me pesa, y es que,
ya que no le hice buenas obras, no le di
á lo menos buenas palabras, porque por
ventura no viniera en tal extremo. En
fin yo me vine acá, dejando muerto al
triste, y á sus parientes llorando, sin
saber la causa de su dolencia. Esto te
dije á propósito del daño que hace un
bravo olvido, y también para que sepas
la viudez de tu Diana, y pienses si te
conviene mudar intento, pues ella mudó
el estado. Pero espantóme que, según la
madre de Delio dixo, Diana partió ayer
para acá, y no veo que haya llegado.
Atento estuvo Syreno á las palabras de
Alcida, y como supo la muerte de Delio,
se le alteró el corazón. Allí hizo gran
obra el poder de la sabia Felicia, que
aunque allí no estaba, con poderosas
hierbas y palabras, y por muchos otros
medios procuró que Syreno comenzasse á
tener afición á Diana. Y no fué gran
maravilla, porque los influjos de las
celestes estrellas tanto á ello le
inclinaban, que paresció no ser nascido
Syreno sino para Diana ni Diana sino para
Syreno.
Estaba la sapientíssima Felicia en su
riquíssimo palacio, rodeada de sus castas
Nymphas obrando con poderosos versos lo
que á la salud y remedio de todos estos
amantes convenía. Y como vió desde allí
con su sabiduría que ya los engañados
Montano y Alcida habían conoscido su
error, y el esquivo Syreno se había
ablandado, conosció ser ya tiempo de
rematar los largos errores y trabajos de
sus huéspedes con alegres y no pensados
regocijos. Saliendo de la sumptuosa casa
en compañía de Dorida, Cyntia, Polydora y
otras muchas Nymphas, vino al ameníssimo
jardín, donde los caballeros, damas,
pastores y pastoras estaban. Los primeros
que allí vió fueron Marcelio, Don Felix,
Felixmena, Sylvano, Selvagia, Diana é
Ismenia, que á la una parte del vergel
en el pradecillo, como dije, junto á la
puerta principal estaban assentados. En
ver llegar á la venerable dueña todos se
levantaron y le besaron las manos, donde
tenían puesta su esperanza. Hízoles ella
benigno recogimiento, y señalóles que
la siguiessen, y ellos lo hicieron de
voluntad. Felicia, seguida de la amorosa
compañía, travesado todo el jardín, que
grandíssimo era, vino á la otra parte
dél, á la fuente donde Eugerio, Polydoro,
Alcida, Clenarda, Syreno, Arsileo,
Belisa y Montano estaban. Alzáronse
todos en pie por honra de la sabia
matrona; y cuando Alcida vió á Marcelio,
Syreno á Diana y Montano á Ismenia, se
quedaron atónitos, y les paresció sueño
ó encantamiento, no dando crédito á sus
mesmos ojos. La sabia, mandando á todos
que se assentassen, mostrando querer
hablar cosas importantes, sentada en
medio de todos ellos en un escaño de
marfil habló desta manera: Señalado y
hermoso ajuntamiento, llegada es la hora
que determino daros á todos de mi mano
el deseado contentamiento, pues á esse
fin por diferentes medios y caminos
os hice venir á mi casa. Todos estáis
aquí juntos, donde mejor podré tratar
lo que á vuestra vida satisface. Por
esso, yo os ruego que os contentéis
de mi voluntad y obedezcáis á mis
palabras. Tú, Alcida, quedaste de tu
sospecha desengañada por relación de
tu hermana Clenarda. Conoscido tenía
que, después que desechaste aquel cruel
aborrescimiento, sentías mucho estar
ausente de Marcelio. Ofrescite que esta
ausencia no sería larga, y ha sido tan
corta, que al tiempo que della te me
quejabas, estaba ya Marcelio en mi casa.
Agora le tienes delante tan firme en su
primera voluntad, que si á ti placerá, y
á tu padre y hermanos les estará bien, se
tendrá por dichoso de efectuar contigo el
prometido casamiento; el cual, allende
que por ser de tan principales personas
ha de dar grande regocijo, le dará más
cumplido á causa de la hermana Felixmena,
que Marcelio después de tantos años
halló en mi casa. Tú, Montano, de la
mesma Sylveria, que te engañó, quedaste
avisado de tu error. Llorabas por haber
perdido tu mujer Ismenia; agora viene á
vivir en tu compañía, y á dar consuelo
á tu congoja, después que por toda
España con grandes peligros y trabajos
te ha buscado. Falta agora que te dé
remedio, hermosa Diana. Mas para ello
quiero primero avisarte de lo que Syreno
y algunos destos pastores por relación
de Alcida saben, aunque sea cuento que
ha de lastimar tu corazón. Tu marido
Delio, hermosa pastora, como plugo á
las inexorables Parcas, acabó sus días.
Bien conozco que tienes alguna razón
de lamentar por él, pero en fin todos
los hombres están obligados á pagar ese
tributo, y lo que es tan común no debe á
nadie notablemente fatigar. No llores,
hermosa Diana, que me rompes las entrañas
en verte derramar essas dolorosas
lágrimas: enjuga agora tus ojos, y
consuela agora tu dolor. No vistas ropas
de luto ni hagas sobrado sentimiento,
porque en esta casa no se sufre largo
ni demasiado llanto, y también porque
mejor ventura de la que tenías te tiene
el cielo guardada. Y pues á lo hecho no
se puede dar remedio, á tu prudencia
toca agora olvidar lo passado y á mi
poder conviene dar orden en lo presente.
Aquí está tu amador antiguo Syreno, cuyo
corazón por arte mía, y por la razón
que á ello le obliga, está tan blando y
mudado de la passada rebeldía como es
menester para que sea contento de casarse
contigo. Lo que te ruego es que obedezcas
á mi voluntad, en cosa que tanto te
conviene: porque, aunque parezca hacer
agravio al marido muerto casarse tan
prestamente, por ser cosa de mi decreto
y autoridad, no será tenida por mala. Y
tú, Syreno, pues comenzaste á dar lugar
en tu corazón al loable y honesto amor,
acaba ya de entregarle tus entrañas, y
efectúese este alegre y bien afortunado
casamiento, al cumplimiento del cual son
todas las estrellas favorables. Todos
los restantes que en este deleitoso
jardín tenéis aparejo de contentamiento,
alegrad vuestros ánimos, moved
regocijados juegos, tañed los concertados
instrumentos, entonad apacibles cantares
y entended en agradables conversaciones,
por honra y memoria destos alegres
desengaños y venturosos casamientos.
Acabada la razón de la sabia Felicia,
todos fueron muy contentos de hacer su
mandado, paresciéndoles bien su voluntad
y maravillándose de su sabiduría.
Montano tomó por la mano á su mujer
Ismenia, juzgándose entrambos dichosos
y bienaventurados; y entre Marcelio
y Alcida y Syreno y Diana fué al
instante solemnizado el honesto y casto
matrimonio, con la firmeza y ceremonia
debida.
Los demás, alegres de los felices
acontescimientos, movieron grandes
cantos. Entre los cuales ARSILEO, por la
voluntad que á Syreno tenía, y por la
amistad que había entre los dos, al son
de su rabel cantó en memoria del nuevo
casamiento de Syreno lo siguiente:
_Versos franceses._
De flores matizadas se vista el verde prado,
retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
olor tengan más fino las coloradas rosas,
floridos ramos mueva el viento sossegado.
El río apressurado
sus aguas acresciente,
y pues tan libre queda la fatigada gente
del congojoso llanto,
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Destierre los ñublados el prefulgente día,
despida el alma triste los ásperos dolores,
esfuercen más sus voces los dulces ruiseñores,
Y pues por nueva vía
con firme casamiento,
de un desamor muy crudo se saca un gran contento,
vosotras entre tanto
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
¿Quién puede hacer mudarnos la voluntad constante,
y hacer que la alma trueque su firme presupuesto?
¿quién puede hacer que amemos aborrescido gesto
y el corazón esquivo hacer dichoso amante?
¿Quién puede á su talante
mandar nuestras entrañas,
sino la gran Felicia, que obrado ha más hazañas,
que la Thebana Manto?
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Casados venturosos, el poderoso cielo
derrame en vuestros campos influjo favorable,
y con dobladas crías en número admirable
vuestros ganados crezcan cubriendo su ancho suelo.
No os dañe el crudo hielo
los tiernos chivaticos,
y tal cantidad de oro os haga entrambos ricos,
que no sepáis el cuánto;
moved, hermosas Nymphas, regozijado canto.
Tengáis de dulce gozo bastante cumplimiento
con la progenie hermosa que os salga parecida,
más que el antiguo Néstor tengáis larga la vida,
y en ella nunca os pueda faltar contentamiento;
Moviendo tal concento
por campos encinales,
que ablande duras peñas y á fieros animales
cause crescido espanto:
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Remeden vuestras voces las aves amorosas,
los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta,
alégrese con veros el campo y la floresta,
y os vengan á las manos las flores olorosas.
Los lirios y las rosas,
jazmín y flor de Gnido,
la madreselva hermosa y el arrayán florido,
narcisso y amaranto;
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Concorde paz os tenga contentos muchos años,
sin ser de la rabiosa sospecha atormentados,
y en el estado alegre viváis tan reposados,
que no os cause recelo Fortuna y sus engaños.
En montes más extraños
tengáis nombre famoso;
mas porque el ronco pecho tan flaco y temeroso
repose agora un cuanto,
dad fin, hermosas Nymphas, al deleitoso canto.
Al tiempo que Arsileo acabó su canción
se movió tan general regocijo, que los
más angustiados corazones alegrara.
Comenzaron las deleitosas canciones
á resonar por toda la huerta, los
concertados instrumentos levantaron
suave armonía, y aun parescía que los
floridos árboles, el caudaloso río, la
amena fuente y las cantadoras aves, de
aquella fiesta se alegraban. Después que
buen rato se hubieron empleado en esto,
paresciéndole á Felicia ser hora de
comer, mandó que allí á la fuente, donde
estaban, se trajesse la comida. Luego
las ninfas obedesciéndole proveyeron
lo necesario, y puestas las mesas y
aparadores á la sombra de aquellos
árboles, sentados todos conforme al
orden de Felicia, comieron, servidos de
sabrosas y delicadas viandas en vasos
de muchíssimo valor. Acabada la comida,
tornando al comenzado placer, hicieron
las fiestas y juegos que en el siguiente
libro se dirán.
_Fin del libro cuarto._
LIBRO QUINTO
DE DIANA ENAMORADA
Tan contentos estaban estos amantes en el
dichoso estado, viéndose cada cual con
la deseada compañía, que los trabajos
del tiempo passado tenían olvidados. Mas
los que desde aparte miramos las penas
que les costó su contentamiento, los
peligros en que se vieron y los desatinos
que hicieron y dijeron antes de llegar á
él, es razón que vamos advertidos de no
meternos en semejantes penas, aunque más
cierto fuesse tras ellas el descanso,
cuanto más siendo tan incierto y dudoso,
que por uno que tuvo tal ventura se
hallan mil cuyos cargos y fatigosos
trabajos con desesperada muerte fueron
galardonados. Pero dejado esto aparte,
vengamos á tratar de las fiestas que por
los cosamientos y desengaños en el jardín
de Felicia se hicieron, aunque no será
possible contarlas todas en particular.
Felicia, á cuyo mandamiento estaban todos
obedientes, y en cuya voluntad estaba el
orden y concierto de la fiesta, quiso
que el primer regocijo fuesse bailar
los pastores y pastoras al son de las
canciones por ellos mesmos cantadas. Y
ansí, sentada con Eugenio, Polydoro,
Clenarda, Marcelio, Alcida, D. Felix y
Felixmena, declaró á los pastores su
voluntad. Levantáronse á la hora todos,
y tomando Syreno a Diana por la mano,
Sylvano á Selvagia, Montano á Ismenia y
Arsileo á Belisa, concertaron un baile
más gracioso que cuantos las hermosas
Dryadas ó Napeas, sueltas al viento
las rubias madejas del oro finísimo de
Arabia, en las ameníssimas florestas
suelen hacer. No se detuvieron mucho en
cortesías sobre quién cantaría primero,
porque como Syreno, que era principal en
aquella fiesta, estuviesse algo corrido
del descuido que hasta entonces tuvo de
Diana, y el empacho dello le hubiesse
impedido el desculparse, quiso cantando
decirle á Diana lo que la vergüenza le
había consentido razonar. Por esso sin
más aguardar, respondiéndole los otros,
según la costumbre, cantó ansí:
_Canción._
Morir debiera sin verte,
hermosíssima pastora,
pues que osé tan sola un hora
estar vivo y no quererte.
De un dichoso amor gozara,
dejado el tormento aparte,
si en acordarme de amarte
de mi olvido me olvidara.
Que de morirme y perderte
tengo recelo, pastora,
pues que osé tan sola un hora
estar vivo y no quererte.
En diferente parescer estaba Diana.
Porque como aquel antiguo olvido que
tuvo de Syreno con un ardentíssimo amor
le había cumplidamente satisfecho, y de
sus passadas fatigas se vió sobradamente
pagada, no tenía ya por qué de sus
descuidos se lamentasse; antes hallando
su corazón abastado del possible
contentamiento y libre de toda pena,
mostrando su alegría é increpando el
cuidado de Syreno, le respondió con esta
canción:
_Canción._
La alma de alegría salte;
que en tener mi bien presente
no hay descanso que me falte,
ni dolor que me atormente.
No pienso en viejos cuidados;
que agravia nuestros amores
tener presentes dolores
por los olvidos passados.
Alma, de tu dicha valte;
que con bien tan excelente
no hay descanso que te falte,
ni dolor que te atormente.
En tanto que Diana dijo su canción,
llegó á la fuente una pastora de
extremadíssima hermosura, que en aquella
hora á la casa de Felicia había venido,
é informada que la sabia estaba en el
jardín, por verla y hablarla, allí había
venido. Llegada donde Felicia estaba,
arrodillada delante della, le pidió la
mano para se la besar, y después le
dijo: Perdonar se me debe, sabia señora,
el atrevimiento de entrar aquí sin tu
licencia, considerando el deseo que tenía
de verte y la necesidad que tengo de
tu sabiduría. Traigo una fatiga en el
corazón, cuyo remedio está en tu mano;
mas el darte cuenta della lo guardo para
mejor ocasión, porque en semejante tiempo
y lugar es descomedimiento tratar cosas
de tristeza. Estaba aún MELISEA, que este
era el nombre de la pastora, delante
Felicia arrodillada, cuando vido por un
corredor de la huerta venir un pastor
hacia la fuente, y en verle dijo: Esta
es otra pesadumbre, señora, tan molesta
y enojosa, que para librarme della no
menos he menester vuestros favores. En
esto el pastor, que NARCISSO se decía,
llegó en presencia de Felicia y de
aquellos caballeros y damas, y hecho
el debido acatamiento, comenzó á dar
quejas á Felicia de la pastora Melisea,
que presente tenía, diciendo cómo por
ella estaba atormentado, sin haber
de su boca tan solamente una benigna
respuesta. Tanto que de muy lejos hasta
allí había venido en su seguimiento, sin
poder ablandar su rebelde y desdeñoso
corazón. Hizo FELICIA levantar á Melisea,
y atajando semejantes contenciones: No
es tiempo, dijo, de escuchar largas
historias; por agora, tú, Melisea, da
á Narcisso la mano, y entrad entrambos
en aquella danza, que en lo demás á
su tiempo se pondrá remedio. No quiso
la pastora contradecir al mandamiento
de la sabia, sino que en compañía de
Narcisso se puso á bailar juntamente con
las otras pastoras. A este tiempo la
venturosa ISMENIA, que para cantar estaba
apercebida, dando con el gesto señal del
interno contentamiento que tenía después
de tan largos cuidados, cantó desta
suerte:
_Canción._
Tan alegres sentimientos
recibo, que no me espanto,
si cuesta dos mil tormentos
un placer que vale tanto.
Yo aguardé, y el bien tardó,
mas cuando el alma le alcanza,
con su deleite pagó
mi aguardar y su tardanza.
Vengan las penas á cuentos,
no hago caso del llanto,
si me dan por mil tormentos
un placer que vale tanto.
Ismenia, al tiempo que cantaba, y aun
antes y después, cuasi nunca partió los
ojos de su querido Montano. Pero él como
estaba algo afrentado del engaño en que
tanto tiempo, con tal agravio de su
esposa había vivido, no osaba mirarla
sino á hurto al dar de la vuelta en la
danza, estando ella de manera que no
podía mirarle, y esto porque algunas
veces, que había probado mirarla en el
gesto, confundido con la vergüenza que
le tenía y vencido de la luz de aquellos
radiantes ojos, que con afición de
contino le miraban, le era forzoso bajar
los suyos al suelo. Y como en ello vió
que tanto perdía, dejando de ver á la
que tenía por su descanso, tomando esto
por ocasión, encaminando su cantar á la
querida Ismenia, desta manera dijo:
_Canción._
Vuelve agora en otra parte,
zagala, tus ojos bellos;
que si me miras con ellos
es excusado mirarte.
Con tus dos soles me tiras
rayos claros de tal suerte,
que, aunque vivo en solo verte,
me matas cuando me miras.
Ojos, que son de tal arte,
guardados has de tenellos:
que si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
Como nieve al sol caliente,
como á flechas el terrero,
como niebla al viento fiero,
como cera al fuego ardiente:
Ansi se consume y parte
la alma en ver tus ojos bellos:
pues si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
¡Ved qué sabe hacer amor,
y la Fortuna qué ordena!
que un galardón de mi pena
acresciente mi dolor.
A darme vida son parte
essos ojos sólo en vellos:
mas si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
MELISEA, que harto contra su voluntad
con el desamado Narciso hasta entonces
había bailado, quiso de tal pesadumbre
vengarse con una desamorada canción, y á
propósito de las penas y muertes en que
el pastor decía cada día estar á causa
suya, burlándose de todo ello, cantó ansí:
_Canción._
Zagal, vuelve sobre ti;
que por excusar dolor
no quiero matar de amor,
ni que Amor me mate á mí.
Pues yo viviré sin verte,
tú por amarme no mueras,
que ni quiero que me quieras
ni determino quererte.
Que pues tú dices que ansi
se muere el triste amador,
ni quiero matar de amor
ni que Amor me mate á mi.
No mediana pena recibió Narcisso con
el crudo cantar de su querida, pero
esforzándose con la esperanza que Felicia
le había dado de su bien, y animándose
con la constancia y fortaleza del
enamorado corazón, le respondió añadiendo
dos coplas á una canción antigua que
decía:
_Si os pesa de ser querida,
yo no puedo no os querer,
pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida._
Sufrid que pueda quejarme,
pues que sufro un tal tormento,
ó cumplid vuestro contento
con acabar de matarme.
Que según sois descreída,
y os ofende mi querer,
_pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida_.
Si pudiendo conosceros,
pudiera dejar de amaros,
quisiera, por no enojaros,
poder dejar de quereros.
Mas pues vos seréis querida,
mientras yo podré querer,
_pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida_.
Tan puesta estaba MELISEA en su crueldad,
que apenas había Narcisso dicho las
postreras palabras de su canción, cuando
antes que otro cantasse, desta manera
replicó:
_Canción._
Mal consejo me parescs,
enamorado zagal,
que á ti mismo quieres mal,
por amar quien te aborresce.
Para ti debes guardar
esse corazón tan triste,
pues aquella á quien le diste,
jamás le quiso tomar.
A quien no te favoresce,
no la sigas, piensa en ál,
y á ti no te quieras mal,
por querer quien te aborresce.
No consintió NARCISSO que la canción de
Melisea quedasse sin respuesta, y ansí
con gentil gracia cantó, haciendo nuevas
coplas á un viejo cantar que dice:
_Después que mal me quesistes
nunca más me quise bien,
por no querer bien á quien
vos, señora, aborrescistes._
Si cuando os miré no os viera,
ó cuando os vi no os amara,
ni yo muriendo viviera,
ni viviendo os enojara.
Mas bien es que angustias tristes
penosa vida me den,
que cualquier mal le está bien
al que vos mal le quesistes.
Sepultado en vuestro olvido
tengo la muerte presente,
de mí mesmo aborrescido
y de vos y de la gente.
Siempre contento me vistes
con vuestro airado desdén,
aunque nunca tuve bien
_después que mal me quesistes_.
Tanto contento dió á todos la porfía de
Narcisso y Melisea, que aumentara mucho
en el regocijo de la boda si no quedara
templado con el pesar que tuvieron de
la crueldad que ella mostraba y con la
lástima que les causó la pena que él
padescía. Después que Narcisso dió fin
á su cantar, todos volvieron los ojos á
Melisea, esperando si replicaría. Pero
calló, no porque le faltassen canciones
crueles y ásperas con que lastimar el
miserable enamorado, ni porque dejasse de
tener voluntad para decirlas; más, según
creo, por no ser enojosa á toda aquella
compañía. Selvagia y Belisa fueron
rogadas que cantassen, pero excusáronse,
diciendo que no estaban para ello. Bueno
sería, dijo DIANA, que saliéssedes de la
fiesta sin pagar el escote. Esso, dijo
FELIXMENA, no se debe consentir, por lo
que nos importa escuchar tan delicadas
voces. No queremos, dijeron ellas, dejar
de serviros en esta solemnidad con lo que
supiéremos hacer, que será harto poco;
pero perdonadnos el cantar, que en lo
demás haremos lo possible. Por mi parte,
dijo ALCIDA, no permitiré que dejéis
de cantar ó que otros por vosotras lo
hagan. ¿Quién mejor, dijeron ellas, que
Sylvano y Arsileo, nuestros maridos? Bien
dicen las pastoras, respondió MARCELIO,
y aun sería mejor que ambos cantassen
una sola canción, el uno cantando y el
otro respondiendo, porque á ellos les
será menos trabajoso y á nosotros muy
agradable. Mostraron todos que holgarían
mucho de semejante manera de canción, por
saber que en ella se mostraba la viveza
de los ingenios en preguntar y responder.
Y ansí SYLVANO y ARSILEO, haciendo señal
de ser contentos, volviendo á proseguir
la danza, cantaron desta suerte:
_Canción._
SYLVANO. Pastor, mal te está el callar:
canta y dinos tu alegría.
ARSILEO. Mi placer poco sería
si se pudiesse contar.
SYLVANO. Aunque tu ventura es tanta,
dinos de ella alguna parte.
ARSILEO. En empresas de tal arte
comenzar es lo que espanta.
SYLVANO. Acaba ya de contar
la causa de tu alegría.
ARSILEO. ¿De que modo acabaría
quien no basta á comenzar?
SYLVANO. No es razón que se consienta
tu deleite estar callado.
ARSILEO. La alma, que sola ha penado,
ella sola el gozo sienta.
SYLVANO. Si no se viene á tratar
no se goza una alegría.
ARSILEO. Si ella es tal como la mía
no se dejará contar.
SYLVANO. ¿Cómo en esse corazón
cabe un gozo tan crescido?
ARSILEO. Téngole donde he tenido
mi tan sobrada passión.
SYLVANO. Donde hay bien no puede estar
escondido todavía.
ARSILEO. Cuando es mayor la alegría
menos se deja contar.
SYLVANO. Ya yo he visto que tu canto
tu alegría publicaba.
ARSILEO. Decía que alegre estaba,
pero no cómo ni cuánto.
SYLVANO. Ella se hace publicar,
cuando es mucha una alegría.
ARSILEO. Antes muy poca sería
si se pudiesse contar.
Otra copla querían decir los pastores
en esta canción, cuando una compañía
de Nymphas, por orden de Felicia,
llegó á la fuente, y cada cual con su
instrumento tañendo movían un extraño
y deleitoso estruendo. Una tañía su
laúd, otra un harpa, otra con una flauta
hacía maravilloso contrapunto, otra
con la delicada pluma las cuerdas de
la cítara hacía retiñir, otras las de
la lira con las resinosas cerdas hacía
resonar, otras con los albogues y chapas
hacían en el aire delicadas mudanzas,
levantando allí tan alegre música que
dejó los que presentes estaban atónitos
y maravillados. Iban estas Nymphas
vestidas á maravilla, cada cual de
su color, las madejas de los dorados
cabellos encomendadas al viento, sobre
sus cabezas puestas hermosas coronas de
rosas y flores atadas y envueltas con
hilo de oro y plata. Los pastores, en
ver este hermosíssimo coro, dejando la
danza comenzada, se sentaron, atentos
á la admirable melodía y concierto
de los varios y suaves instrumentos.
Los cuales algunas veces de dulces y
delicadas voces acompañados causaban
extraño deleite. Salieron luego de través
seis Nymphas vestidas de raso carmesí,
guarnecido de follajes de oro y plata,
puestos sus cabellos en torno de la
cabeza, cogidos con unas redes anchas de
hilo de oro de Arabia, llevando ricos
prendedores de rubines y esmeraldas,
de los cuales sobre sus frentes caían
unos diamantes de extremadíssimo
valor. Calzaban colorados borzeguines,
subtilmente sobredorados, con sus arcos
en las manos, colgando de sus hombros
las aljabas. Desta manera hicieron una
danza al son que los instrumentos hacían,
con tan gentil orden que era cosa de
espantar. Estando ellas en esto, salió
un hermosíssimo ciervo blanco, variado
con unas manchas negras puestas á cierto
espacio, haciendo una graciosa pintura.
Los cuernos parescían de oro, muy altos
y partidos en muchos ramos. En fin, era
tal como Felicia le supo fingir para
darles regocijo. A la hora, visto el
ciervo, las Nymphas le tomaron en medio,
y danzando continuamente, sin perder
el son de los instrumentos, con gran
concierto comenzaron á tirarle, y él con
el mesmo orden, después de salidas las
flechas de los arcos, á una y otra parte
moviéndose, con muy diestros y graciosos
saltos se apartaba. Pero después que buen
rato passaron en este juego, el ciervo
dió á huir por aquellos corredores. Las
Nymphas yendo tras él, y siguiéndole
hasta salir con él de la huerta, movieron
un regocijado alarido, al cual ayudaron
las otras Nymphas y pastoras con sus
voces, tomando desta danza un singular
contentamiento. Y en esto las Nymphas
dieron fin á su música. La sabia FELICIA,
porque en aquellos placeres no faltasse
lición provechosa para el orden de la
vida, probando si habían entendido lo que
aquella danza había querido significar,
dijo Diana: Graciosa pastora, ¿sabrásme
decir lo que por aquella caza del hermoso
ciervo se ha de entender? No soy tan
sabia, respondió ella, que sepa atinar
tu subtilidades ni declarar tus enigmas.
Pues yo quiero, dijo FELICIA, publicarte
lo que debajo de aquella invención se
contiene. El ciervo es el humano corazón,
hermoso con los delicados pensamientos
y rico con el sossegado contentamiento.
Ofréscese á las humanas inclinaciones,
que le tiran mortales saetas; pero con la
discreción, apartándose á diversas partes
y entendiendo en honestos ejercicios,
ha de procurar de defenderse de tan
dañosos tiros. Y cuando dellos es muy
perseguido ha de huir á más andar y
podrá desta manera salvarse; aunque
las humanas inclinaciones, que tales
flechas le tiraban, irán tras él y nunca
dejarán de acompañarle hasta salir de
la huerta desta vida. ¿Cómo había yo,
dijo DIANA, de entender tan dificultoso
y moral enigma si las preguntas en que
las pastoras nos ejercitamos, aunque
fuessen muy llanas y fáciles, nunca las
supe adevinar? No te amengues tanto,
dijo SELVAGIA, que lo contrario he visto
en ti, pues ninguna vi qne te fuesse
dificultosa. A tiempo estamos, dijo
FELICIA, que lo podremos probar, y no
será de menos deleite esta fiesta que las
otras. Diga cada cual de vosotros una
pregunta, que yo sé que Diana las sabrá
todas declarar. A todos les paresció muy
bien, sino á Diana, que no estaba tan
confiada de sí que se atreviesse á cosa
de tanta dificultad; pero por obedescer á
Felicia y complacer á Syreno, que mostró
haber de tomar dello placer, fué contenta
de emprender el cargo que se le había
impuesto. SYLVANO, que en decir preguntas
tenía mucha destreza, fué el que hizo
la primera, diciendo: Bien sé, pastora,
que las cosas escondidas tu viveza las
descubre, y las cosas encumbradas tu
habilidad las alcanza; pero no dejaré de
preguntarte, porque tu respuesta ha de
manifestar tu ingenio delicado. Por esso
dime qué quiere decir esto:
_Pregunta._
Junto á un pastor estaba una doncella,
tan flaca como un palo al sol secado,
su cuerpo de ojos muchos rodeado,
con lengua que jamás pudo movella.
A lo alto y bajo el viento vi traella,
mas de una parte nunca se ha mudado,
vino á besarla el triste enamorado
y ella movió tristíssima querella.
Cuanto más le atapó el pastor la boca,
más voces da porque la gente acuda,
y abriendo está sus ojos y cerrando.
Ved qué costó forzar zagala muda,
que al punto que el pastor la besa ó toca,
él queda enmudecido y ella hablando.
Esta pregunta, dijo DIANA, aunque es
buena, no me dará mucho trabajo, porque
á ti mesmo te la oí decir un día en la
fuente de los alisos, y no sabiendo
ninguna de las pastoras que allí
estábamos adevinar lo que ella quería
decir, nos la declaraste diciendo que la
_doncella_ era la _zampoña_ ó _flauta_
tañida por un pastor. Y aplicaste todas
las partes de la pregunta á los efectos
que en tal música comúnmente acontescen.
Riéronse todos de la poca memoria de
Sylvano y de la mucha de Diana; pero
SYLVANO, por desculparse y vengarse
del corrimiento, sonriéndose dijo: No
os maravilléis de mi desacuerdo, pues
este olvido no paresce tan mal como el
de Diana ni es tan dañoso como el de
Syreno. Vengado estás, dijo SYRENO, pero
más lo estuvieras si nuestros olvidos
no hubiessen parado en tan perfecto amor
y en tan venturoso estado. No haya más,
dijo SELVAGIA, que todo está bien hecho.
Y tú, Diana, respóndeme á lo que quiero
preguntar, que yo quiero probar á ver si
hablaré más escuro lenguaje que Sylvano.
La pregunta que quiero hacerte dice:
_Pregunta._
Vide un soto levantado
sobre los aires un día,
el cual, con sangre regado,
con gran ansia cultivado
muchas hierbas producía.
De allí un manojo arrancando,
y sólo con él tocando
una sabia y cuerda gente,
la dejé cabe una puente
sin dolores lamentando.
Vuelta á la hora DIANA, á su esposo dijo:
¿No te acuerdas, Syreno, haber oído esta
pregunta la noche que estuvimos en casa
de Iranio mi tío? ¿no tienes memoria cómo
la dijo allí Maroncio, hijo de Fernaso?
Bien me acuerdo que la dijo, respondio
SYRENO, pero no de lo que significaba.
Pues yo, dijo DIANA, tengo dello memoria:
decía que el _soto_ es la _cola del
caballo_, de donde se sacan las cerdas,
con que las cuerdas del rabel tocadas dan
voces, aunque ningunos dolores padescen.
SELVAGIA dijo que era ansí y que el mesmo
Maroncio, autor de la pregunta, se la
había dado como muy señalada aunque había
de mejores. Muchas hay más delicadas,
dijo BELISA, y una dellas es la que yo
diré agora. Por esso apercíbete, Diana,
que desta vez no escapas de vencida. Ella
dice deste modo:
_Pregunta._
¿Cuál es el ave ligera
que está siempre en un lugar,
y anda siempre caminando,
penetra y entra do quiera,
de un vuelo passa la mar,
las nubes sobrepujando?
Ansi vella no podemos,
y quien la está descubriendo,
sabio queda en sola un hora;
mas tal vez la conoscemos,
las paredes solas viendo
de la casa donde mora.
Más desdichada, dijo DIANA, ha sido
tu pregunta que las passadas, Belisa,
pues no declarara ninguna dellas si no
las hubiera otras veces oído, y la que
dijiste, en ser por mí escuchada luego
fué entendida. Hácelo, creo yo, ser ella
tan clara, que á cualquier ingenio se
manifestará. Porque harto es evidente que
por el _ave_, que tú dices, se entiende
el _pensamiento_, que vuela con tanta
ligereza y no es visto de nadie, sino
conoscido y conjeturado por las señales
del gesto y cuerpo donde habita. Yo me
doy por vencida, dijo BELISA, y no tengo
más que decir sino que me rindo á tu
discreción y me someto á tu voluntad.
Yo te vengaré, dijo ISMENIA, que sé un
enigma que á los más avisados pastores
ha puesto en trabajo; yo quiero decirle,
y verás cómo haré que no sea Diana tan
venturosa con él como con los otros; y
vuelta á Diana dijo:
_Pregunta._
Decí, ¿cuál es el maestro
que su dueño le es criado,
está como loco atado,
sin habilidades diestro
y sin doctrina letrado?
Cuando cerca le tenía,
sin oille le entendía,
y tan sabio se mostraba,
que palabra no me hablaba
y mil cosas me decía.
Yo me tuviera por dichosa, dijo DIANA,
de quedar vencida de ti, amada Ismenia;
mas pues lo soy en la hermosura y en
las demás perfeciones, no me dará agora
mucha alabanza vencer el propósito que
tuviste de enlazarme con tu pregunta. Dos
años habrá que un médico de la ciudad de
León vino á curar á mi padre de cierta
enfermedad, y como un día tuviesse en
las manos un libro, tomésele yo y púseme
á leerle. Y viniéndome á la memoria los
provechos que se sacan de los _libros_,
le dije que me parescían maestros mudos,
que sin hablar eran entendidos. Y él á
este propósito me dijo esta pregunta,
donde algunas extrañezas y excelencias
de los libros están particularmente
notadas. Con toda verdad, dijo ISMENIA,
no hay quien pueda vencerte, á lo menos
las pastoras no tendremos ánimo para
passar más adelante en la pelea; no sé yo
estas damas si tendrán armas que puedan
derribarte. ALCIDA, que hasta entonces
había callado, gozando de oir y ver las
músicas, danzas y juegos, y de mirar
y hablar á su querido Marcelio, quiso
también travessar en aquel juego, y dijo:
Pues las pastoras has rendido, Diana,
no es razón que nosotras quedemos en
salvo. Bien sé que no menos adivinarás
mi pregunta que las otras, pero quiero
decirla porque será possible que
contente. Díjomela un patrón de una nave,
cuando yo navegaba de Nápoles á España, y
la encomendé á la memoria, por parescerme
no muy mala, y dice desta suerte:
_Pregunta._
¿Quién jamás caballo vido
que, por extraña manera,
sin jamás haber comido,
con el viento sostenido,
se le iguale en la carrera?
Obra muy grandes hazañas,
y en sus corridas extrañas
va arrastrando el duro pecho,
sus riendas, por más provecho,
metidas en sus entrañas.
Un rato estuvo DIANA pensando, oída esta
pregunta y hecho el discurso que para
declararla era menester, y consideradas
las partes della, al fin resolviéndose,
dijo: Razón era, hermosa dama, que de tu
mano quedasse yo vencida, y que quien se
rinde á tu gentileza se rindiesse á tu
discreción, y por ella se tuviesse por
dichosa. Si por el _caballo_ de tu enigma
no se entiende la _nave_, yo confiesso
que no la sé declarar. Harto más vencida
quedo yo, dijo ALCIDA, de tu respuesta
que tú de mi pregunta, pues confessando
no saber entendella subtilmente la
declaraste. De ventura he acertado, dijo
DIANA, y no de saber, que á buen tino
dije aquello, y no por pensar que en
ello acertaba. Cualquier acertamiento,
dijo ALCIDA, se ha de esperar de tan
buen juicio; pero yo quiero que adevines
á mi hermana Clenarda un enigma que
sabe, que no me paresce malo: no sé si
agora se le acordará. Y luego vuelta
á Clenarda le dijo: Hazle, hermana, á
esta avisada pastora aquella demanda
que en nuestra ciudad heciste un día,
si te acuerdas, á Berintio y Clomenio,
nuestros primos, estando en casa de
Elisonia en conversación. Soy contenta,
dijo CLENARDA, que memoria tengo della, y
tenía intención de decilla, y dice deste
modo:
_Pregunta._
Decidme, señores, ¿cuál ave volando
tres codos en alto jamás se levanta,
con pies más de treinta subiendo y bajando,
con alas sin plumas el aire azotando,
ni come, ni bebe, ni grita, ni canta;
Del áspera muerte vecina allegada,
con piedras que arroja, nos hiere y maltrata,
amiga es de gente captiva y malvada,
y á muertes y robos contino vezada,
esconde en las aguas la gente que mata?
DIANA entonces dijo: Esta pregunta no
la adivinara yo si no hubiera oído la
declaración della á un pastor de mi
aldea que había navegado. No sé si tengo
dello memoria, mas parésceme que dijo
que por ella se entendía la _galera_,
que estando en medio de las peligrosas
aguas, está vecina de la muerte, y á ella
y robos está vezada, echando los muertos
en el mar. Por los _pies_ me dijo que se
entendían los _remos_, por las _alas_ las
_velas_ y por las _piedras_ que tira las
_pelotas_ de artillería. En fin, dijo
CLENARDA, que todas habíamos de decir
por un igual, porque nadie se fuesse
alabando. Con toda verdad, Diana, que tu
extremado saber me tiene extrañamente
maravillada, y no veo premio que á tan
gran merescimiento sea bastante, sino el
que tienes en ser mujer de Syreno. Estas
y otras pláticas y cortesías passaron,
cuando Felicia, que de ver el aviso,
la gala, la crianza y comedimiento de
Diana espantada había quedado, sacó de
su dedo un riquíssimo anillo con una
piedra de gran valor, que ordinariamente
traía, y dándosele en premio de su
destreza, le dijo: Este servirá por
señal de lo que por ti entiendo hacer:
guárdale muy bien, que á su tiempo hará
notable provecho. Muchas gracias hizo
Diana á Felicia por la merced, y por
ella le besó las manos, y lo mesmo hizo
SYRENO. El cual acabadas las cortesías
y agradescimientos dijo: Una cosa he
notado en las preguntas que aquí se han
propuesto, que la mayor parte dellas han
dicho las pastoras y damas, y los hombres
se han tanto enmudescido, que claramente
han mostrado que en cosas delicadas no
tienen tanto voto como las mujeres. D.
FELIX entonces burlando dijo: No te
maravilles que en agudeza nos lleven
ventaja, pues en las demás perfecciones
las excedemos. No pudo sufrir BELISA la
burla de Don Felix, pensando por ventura
que lo decía de veras, y volviendo por
las mujeres dijo: Queremos nosotras,
Don Felix, ser aventajadas, y en ello
mostramos nuestro valor, subjetándonos
de grado á la voluntad y saber de los
hombres. Pero no faltan mujeres que
puedan estar á parangón con los más
señalados varones: que aunque el oro
esté escondido ó no conoscido, no deja
de tener su valor. Pero la verdad tiene
tanta fuerza, que nuestras alabanzas
os las hace publicar á vosotros, que
mostráis ser nuestros enemigos. No
estaba en tu opinión Florisia, pastora
de grande sabiduría y habilidad, que un
día en mi aldea, en unas bodas, donde
había muchedumbre de pastores y pastoras,
que de los vecinos y apartados lugares
para la fiesta se habían allegado, al
son de un rabel y unas chapas, que dos
pastores diestramente tañían, cantó una
canción en defensión y alabanza de las
mujeres, que no sólo á ellas, pero á
los hombres, de los cuales allí decía
harto mal, sobradamente contentó. Y si
mucho porfías en tu parescer, no será
mucho decírtela, por derribarte de tu
falsa opinión. Rieron todos del enojo
que Belisa había mostrado, y en ello
passaron algunos donaires. Al fin el
viejo Eugerio y el hijo POLYDORO, porque
no se perdiesse la ocasión de gozar
de tan buena música, como de Belisa
se esperaba, le dixeron: Pastora, la
alabanza y defensa á las mujeres les es
justamente debida, y á nosotros el oilla
con tu delicada voz suavemente recitada.
Pláceme, dijo BELISA, aunque hay cosas
ásperas contra los hombres, pero quiera
Dios que de todas las coplas me acuerde;
mas comenzaré á decir que yo confío
que, cantándolas, el mesmo verso me las
reducirá á la memoria. Luego ARSILEO,
viendo su BELISA apercibida para cantar,
comenzó á tañer el rabel, á cuyo son ella
recitó el cantar oído á Florisia, que
decía desta manera:
_Canto de Florisia._
Salga fuera el verso airado
con una furia espantosa,
muéstrese el pecho esforzado,
el espíritu indignado
y la lengua rigurosa.
Porque la gente bestial,
que, parlando á su sabor,
de mujeres dice mal,
á escuchar venga otro tal
y, si es possible, peor.
Tú, que el vano pressumir
tienes ya de tu cosecha,
hombre vezado á mentir,
¿qué mal puedes tú decir
de bien que tanto aprovecha?
Mas de mal harto crescido
la mujer ocasión fué,
dando al mundo el descreído,
que tras de habelle parido
se rebela sin por qué.
Que si á luz no la sacara,
tuviera menos enojos,
porque ansí no la infamara,
y en fin cuervo no criara
que le sacasse los ojos.
¿Qué varón ha padescido,
aunque sea un tierno padre,
las passiones que ha sentido
la mujer por el marido
y por el hijo la madre?
¡Ved las madres con qué amores,
qué regalos, qué blanduras
tratan los hijos traidores,
que les pagan sus dolores
con dobladas amarguras!
¡Qué recelos, qué cuidados
tienen por los crudos hijos;
qué pena en verlos penados,
y en ver sus buenos estados,
qué cumplidos regocijos!
¡Qué gran congoja les da
si el marido un daño tiene,
y si en irse puesto está,
qué dolor cuando se va,
qué pesar cuando no viene!
Mas los hombres engañosos
no agradescen nuestros duelos:
antes son tan maliciosos,
que á cuidados amorosos
les ponen nombre de celos.
Y es que como los malvados
al falso amor de costumbre
están contino vezados,
ser muy de veras amados
les paresce pesadumbre.
Y cierto, pues por amarlos
denostadas nos sentimos,
mejor nos fuera olvidarlos,
ó en dejarlos de mirarlos,
no acordarnos si los vimos.
Pero donoso es de ver
que el de más mala manera,
en no estar una mujer
toda hecha á su placer,
le dice traidora y fiera.
Luego veréis ser nombradas
desdeñosas las modestas
y las castas mal criadas,
soberbias las recatadas
y crueles las honestas.
Ojalá á todas cuadraran
essos deshonrados nombres,
que si ningunas amaran,
tantas dellas no quedaran
engañadas de los hombres.
Que muestran perder la vida,
si algo no pueden haber,
pero luego en ser habida
la cosa vista ó querida,
no hay memoria de querer.
Fíngense tristes cansados
de estar tanto tiempo vivos,
encarescen sus cuidados,
nómbranse desventurados,
ciegos, heridos, captivos.
Hacen de sus ojos mares,
nombran llamas sus tormentos,
cuentan largos sus pesares,
los suspiros á millares
y las lágrimas á cuentos.
Ya se figuran rendidos,
ya se fingen valerosos,
ya señores, ya vencidos,
alegres estando heridos
y en la cárcel venturosos.
Maldicen sus buenas suertes,
menosprecian el vivir;
y en fin, ellos son tan fuertes,
que passan doscientas muertes
y no acaban de morir.
Dan y cobran, sanan, hieren
la alma, el cuerpo, el corazón,
gozan, penan, viven, mueren,
y en cuanto dicen y quieren
hay extraña confusión.
Y por esso cuando amor
me mostraba Melibeo,
contábame su dolor,
yo respondía: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
Hombres, ved cuán justamente
el quereros se difiere,
pues consejo es de prudente
no dar crédito al que miente
ni querer al que no quiere.
Pues de hoy más no nos digáis
fieras, crudas y homicidas;
que no es bien que alegres vais,
ni que ricos os hagáis
con nuestras honras y vidas.
Porque si acaso os miró
la más honesta doncella,
ó afablemente os habló,
dice el hombre que la vió:
Desvergonzada es aquélla.
Y ansí la pastora y dama
de cualquier modo padesce,
pues vuestra lengua la llama
desvergonzada, si os ama,
y cruel, si os aborresce.
Peor es que nos tenéis
por tan malditas y fuertes,
que en cuantos males habéis,
culpa á nosotras ponéis
de los desastres y muertes.
Vienen por vuestra simpleza
y no por nuestra hermosura,
que á Troya causó tristeza,
no de Helena la belleza,
mas de Paris la locura.
¿Pues por qué de deshonestas
fieramente nos tratáis,
si vosotros con las fiestas
importunas y molestas
reposar no nos dejáis?
Que á nuestras honras y estados
no habéis respetos algunos,
dissolutos, mal mirados,
cuando más desengañados,
entonces más importunos.
Y venís todos á ser
pesados de tal manera,
que queréis que la mujer
por vos se venga á perder
y que os quiera aunque no quiera.
Ansí conquistáis las vidas
de las mujeres que fueron
más buenas y recogidas:
de modo que las perdidas
por vosotros se perdieron.
¿Mas con qué versos diré
las extrañas perfecciones?
de qué modo alabaré
la constancia, amor y fe
que está en nuestros corazones?
Muestran quilates subidos
las que amor tan fino tratan,
que los llantos y gemidos
por los difuntos maridos
con propria muerte rematan.
Y si Hippólyto en bondad
fué persona soberana,
por otra parte mirad
muerta por la castidad
Lucrecia, noble romana.
Es valor cual fué ninguno
que aquel mancebo gentil
desprecie el ruego importuno,
mas Hippólyto fué uno
y Lucrecias hay dos mil.
Puesta aparte la belleza
en las cosas de doctrina,
á probar nuestra viveza
basta y sobra la destreza
de aquella Sapho y Corina.
Y ansí los hombres letrados
con engañosa cautela,
soberbios en sus estados,
por no ser aventajados
nos destierran de la escuela.
Y si autores han contado
de mujeres algún mal,
no descresce nuestro estado,
pues los mesmos han hablado
de los hombres otro tal.
Y esto poca alteración
causa en nuestros meresceres,
que forzado es de razon
que en lo que escribe un varón
se diga mal de mujeres.
Pero allí mesmo hallaréis
mujeres muy excelentes,
y si mirar lo queréis,
muchas honestas veréis
fieles, sabias y valientes.
Ellas el mundo hermosean
con discreción y belleza,
ellas los ojos recrean,
ellas el gozo acarrean
y destierran la tristeza.
Por ellas honra tenéis,
hombres de malas entrañas,
por ellas versos hacéis
y por ellas entendéis
en las valientes hazañas.
Luego los que os empleáis
en buscar vidas ajenas,
si de mujeres tratáis,
por una mala que halláis
no infaméis á tantas buenas.
Y si no os pueden vencer
tantas que hay castas y bellas,
mirad una que ha de ser
tal que sola ha de tener
cuanto alcanzan todas ellas.
Los más perfectos varones
sobrepujados los veo
de las muchas perfecciones
que della en pocas razones
un día Proteo.
Diciendo: En el suelo ibero,
en una edad fortunada
ha de nascer un lucero,
por quien Cynthia ver espero
en la lumbre aventajada.
Y será una dama tal,
que volverá el mundo ufano,
su casta ilustre y real
haciendo más principal
que la suya el africano.
Alégrese el mundo ya,
y esté advertido todo hombre
que de aquesta que vendrá
CASTRO el linaje será,
DOÑA HIERONYMA el nombre.
Con BOLEA ha de tener
acabada perfección,
siendo encumbrada mujer
del gran vicecanciller
de los reinos de Aragón.
Viendo estos dos, no presuma
Roma igualar con Iberia,
mas de envidia se consuma
de ver que él excede á Numa
y ella vale más que Egeria.
Vencerá á Porcia en bondad,
á Cornelia en discreción,
á Livia en la dignidad,
á Sulpicia en castidad
y en belleza á cuantas son.
Esto Proteo decía
y Eco á su voz replicaba;
la tierra y mar parecía
recebir nueva alegría
de la dicha que esperaba.
Pues de hoy más la gente fiera
deje vanos pareceres,
pues cuando tantas no hubiera,
ésta sola engrandesciera
el valor de las mujeres.
Parescieron muy bien las alabanzas y
defensas de las mujeres y la gracia con
que por Belisa fueron cantadas, de lo
cual Don Felix quedó convencido, Belisa
contenta y Arsileo muy ufano. Todos los
hombres que allí estaban confessaron
que era verdad cuanto en la canción
estaba dicho en favor de las mujeres, no
otorgando lo que en ella había contra los
varones, especialmente lo que apuntaba
de los engaños, cautelas y fingidas
penas: antes dijeron ser ordinariamente
más firme su fe y más encarescido su
dolor de lo que publicaban. Lo que más á
Arsileo contentó fué lo de la respuesta
de Florisia á Melibeo, tanto por ser ella
muy donosa y avisada, como porque algunas
veces había oído á Belisa una canción
hecha sobre ella, de la cual mucho se
agradaba. Por lo cual le rogó que en tan
alegre día, para contento de tan noble
gente, la cantasse, y ella, como no sabía
contradecir á su querido Arsileo, aunque
cansada del passado cantar, al mesmo son
la dijo, y era esta:
_Canción._
Contando está Melibeo
á Florisia su dolor,
y ella responde: _Pastor,
ni te entiendo ni te creo._
El dice: Pastora mía,
mira con qué pena muero,
que de grado sufro y quiero
el dolor que no querría.
Arde y muérese el deseo,
tengo esperanza y temor.
Ella responde: _Pastor,
ni te entiendo ni te creo._
El dice: El triste cuidado
tan agradable me ha sido,
que cuanto más padescido,
entonces más deseado.
Premio ninguno deseo,
y estoy sirviendo al Amor.
Ella responde: _Pastor,
ni te entiendo ni te creo._
El dice: La dura muerte
deseara si no fuera
por la pena que me diera
dejar, pastora, de verte.
Pero triste, si te veo,
padezco muerte mayor.
Ella responde: _Pastor,
ni te entiendo ni te creo._
El dice: Muero en mirarte
y en no verte estoy penando;
cuando más te voy buscando
más temor tengo de hallarte.
Como el antiguo Proteo
mudo figura y color.
Ella responde: _Pastor,
ni te entiendo ni te creo._
El dice: Haber no pretendo
más bien del que la alma alcanza,
porque aun con la esperanza
me paresce que te ofendo.
Que mil deleites posseo
en tener por ti un dolor.
Ella responde: _Pastor,
ni te entiendo ni te creo._
En tanto que Belisa cantó sus dos
cantares, Felicia había mandado á una
Nympha lo que había de hacer para que
allí se moviesse una alegre fiesta, y
ella lo supo tan bien ejecutar, que
al punto que acababa la pastora de
cantar se sintieron en el río grandes
voces y alaridos, mezclados con el
ruido de las aguas. Vueltos todos hacia
allá, y llegándose á la ribera, vieron
venir río abajo doce barcas en dos
escuadras, pintadas de muchos colores
y muy ricamente aderezadas: las seis
traían las velas de tornasol blanco
carmesí, y en las popas sus estandartes
de lo mesmo, y las otras seis velas y
banderas de damasco morado, con bandas
amarillas. Traían los remos hermosamente
sobredorados y venían de rosas y flores
cubiertas y adornadas. En cada una dellas
había seis Nymphas vestidas con aljubas,
es á saber: las de la una escuadra
de terciopelo carmesí con franjas de
plata, y las de la otra de terciopelo
morado, con guarniciones de oro; sus
brazos arregazados, mostrando una manga
justa de tela de oro y plata, sus
escudos embrazados á manera de valientes
Amazonas. Los remeros eran unos salvajes
coronados de rosas, amarrados á los
bancos con cadenas de plata. Levantóse
en ellos un gran estruendo de clarines,
chirimías, cornetas y otras suertes de
música, á cuyo son entraron dos á dos río
abajo con un concierto que causaba grande
admiración. Después desto se partieron
en dos escuadrones, y salió de cada uno
dellos un barco, quedando los otros á una
parte. En cada cual de estos dos barcos
venía un salvaje vestido de los colores
de su parte, puestos los pies sobre la
proa, llevando un escudo que le cubría
de los pies á la cabeza, y en la mano
derecha una lanza pintada de colores.
Amainaron entrambos las velas, y á fuerza
de remos arremetieron el uno contra el
otro con furia muy grande. Movióse grande
alarido de las Nymphas y salvajes, y de
los que con sus voces los favorescían.
Los remeros emplearon allí todas sus
fuerzas, procurando los unos y los otros
llevar mayor ímpetu y hacer más poderoso
encuentro. Y viniéndose á encontrar los
salvajes con las lanzas en los escudos,
era cosa de gran deleite lo que les
acaescía. Porque no tenían tantas fuerzas
ni destreza, que con la furia con que los
barcos corrían y con los golpes de las
lanzas quedassen en pie, sino que unas
veces caían dentro de los bajeles y otras
en el río. Con esto allí se movía la
risa, el regocijo y la música, que nunca
cessaba. Los justadores la vez que caían
en el agua iban nadando, y siendo de las
Nymphas de su parcialidad recogidos,
volvían otra vez á justar, y cayendo de
nuevo, multiplicaron el regocijo. Al
fin el barco de carmesí vino con tanta
furia y su justador tuvo tanta destreza,
que quedó en pie, derribando en el río
á su contrario. A lo cual las Nymphas
de su escuadrón levantaron tal vocería
y dispararon tan extraña música, que
las adversarias quedaron algo corridas,
y señaladamente un SALVAJE robusto y
soberbio, que afrentado y muy feroz dijo:
¿Es possible que en nuestra compañía haya
hombre de tan poca habilidad y fuerza que
no pueda resistir á golpes tan ligeros?
Quitadme, Nymphas, esta cadena, y sirva
en mi lugar por remero quien ha sido tan
flojo justador, veréis cómo os dejaré á
vosotras vencedoras y á las contrarias
muy corridas. Dicho esto, librado por
una hermosa Nympha de la cadena, con un
bravo denuedo tomó la lanza y el escudo,
y púsose en pie sobre la proa. A la
hora los salvajes con valerosos ánimos
comenzaron á remar, y las Nymphas á mover
grande vocería. El contrario barco vino
con el mesmo ímpetu, pero su salvaje
no hubo menester emplear la lanza para
quedar vencedor, porque el justador,
que tanto había braveado, antes que se
encontrassen, con la furia que su barco
llevaba, no pudo ni supo tenerse en pie,
sino que con su lanza y escudo cayó en el
agua, dando claro ejemplo de que los más
soberbios y presumptuosos caen en mayores
faltas. Las Nympas le recogieron, que
iba nadando, aunque no lo merescía. Pero
los cinco barcos de morado que aparte
estaban, viendo su compañero vencido, á
manera de afrentados todos arremetieron.
Los otros cinco de carmesí hicieron
lo mesmo, y comenzaron las Nymphas á
tirar muchedumbre de pelotas de cera
blanca y colorada, huecas y llenas de
aguas olorosas, levantando tal grita
y peleando con tal orden y concierto,
que figuraron allí una reñida batalla,
como si verdaderamente lo fuera. Al
fin de la cual los barcos de la devisa
morada mostraron quedar rendidos, y las
contrarias Nymphas saltaron en ellos á
manera de vencedoras, y luego con la
mesma música vinieron á la ribera, y
desembarcaron las vencedoras y vencidas
con los captivos salvajes, haciendo de
su beldad muy alegre muestra. Passado
esto, Felicia se volvió á la fuente
donde antes estaba, y Eugerio y la otra
compañía, siguiéndola, hicieron lo mesmo.
Al tiempo que vinieron á ella, hallaron
un pastor que en tanto que había durado
la justa había entrado en la huerta y se
había sentado junto al agua. Parescióles
á todos muy gracioso, y especialmente á
FELICIA, que ya le conoscía, y ansí le
dijo: A mejor tiempo no pudieras venir,
Turiano, para remedio de tu pena y para
augmento desta alegría. En lo que toca á
tu dolor, después se tratará, mas para
lo demás conviene que publiques cuanto
aproveche tu cantar. Ya veo que tienes
el rabel fuera del zurrón, paresciendo
querer complacer á esta hermosa compañía;
canta algo de tu Elvinia, que dello
quedarás bien satisfecho. Espantado quedó
el pastor que Felicia le nombrasse á él
y á su zagala, y que á su pena alivio
prometiesse; pero pensando pagarle más
tales ofrescimientos con hacer su mandado
que con gratificarlos de palabras,
estando todos assentados y atentos, se
puso á tañer su rabel y á cantar lo
siguiente:
_Rimas provenzales._
Cuando con mil colores devisado
viene el verano en el ameno suelo,
el campo hermoso está, sereno el cielo,
rico el pastor y próspero el ganado.
Philomena por árboles floridos
da sus gemidos:
hay fuentes bellas,
y en torno dellas,
cantos suaves
de Nymphas y aves.
Mas si Elvinia de allí sus ojos parte,
habrá contino hibierno en toda parte.
Cuando el helado Cierzo de hermosura
despoja hierbas, árboles y flores,
el canto dejan ya los ruiseñores
y queda el yermo campo sin verdura.
Mil horas son más largas que los días
las noches frías,
espessa niebla
con la tiniebla
escura y triste
el aire viste.
Mas salga Elvinia al campo, y por doquiera
renovará la alegre primavera.
Si alguna vez envía el cielo airado
el temeroso rayo ó bravo trueno,
está el pastor de todo amparo ajeno,
triste, medroso, atónito y turbado.
Y si granizo ó dura piedra arroja,
la fruta y hoja
gasta y destruye,
el pastor huye
á passo largo,
triste y amargo.
Mas salga Elvinia al campo, y su belleza
desterrará el recelo y la tristeza.
Y si acaso tañendo estó ó cantando
á sombra de olmos ó altos valladares,
y están con dulce acento á mis cantares
la mirla y la calandria replicando;
Cuando suave expira el fresco viento,
cuando el contento
más soberano
me tiene ufano,
libre de miedo,
lozano y ledo:
si assoma Elvinia airada, assí me espanto,
que el rayo ardiente no me atierra tanto.
Si Delia en perseguir silvestres fieras,
con muy castos cuidados ocupada
va de su hermosa escuadra acompañada,
buscando sotos, campos y riberas;
Napeas y Hamadriadas hermosas
con frescas rosas
le van delante,
está triunfante
con lo que tiene;
pero si viene
al bosque donde caza Elvinia mía,
parecerá menor su lozanía.
Y cuando aquellos miembros delicados
se lavan en la fuente esclarescida,
si allí Cyntia estuviera, de corrida
los ojos abajara avergonzados.
Porque en la agua de aquella transparente
y clara fuente
el mármol fino
y peregrino
con beldad rara
se figurara,
y al atrevido Acteon, si la viera,
no en ciervo, pero en mármol convertiera.
Canción, quiero mil veces replicarte
en toda parte,
por ver si el canto
amansa un tanto
mi clara estrella,
tan cruda y bella.
Dichoso yo si tal ventura hubiesse
que Elvinia se ablandasse ó yo muriesse.
No se puede encarescer lo que les agradó
la voz y gracia del zagal, porque él
cantó de manera, y era tan hermoso, que
paresció ser Apolo, que otra vez había
venido á ser pastor, porque otro ninguno
juzgaron suficiente á tanta belleza y
habilidad. MONTANO, maravillado desto,
le dijo: Grande obligación tiene,
zagal, la pastora Elvinia, de quien
tan subtilmente has cantado, no sólo
por lo que gana en ser querida de tan
gracioso pastor como tú eres, pero en
ser sus bellezas y habilidades con tan
delicadas comparaciones en tus versos
encarescidas. Pero siendo ella amada
de ti, se ha de imaginar que ha de
tener última y extremada perfección, y
una de las cosas que más para ello la
ayudarán, será la destreza y ejercicio
de la caza, en la cual con Diana la
igualaste, porque es una de las cosas
que más belleza y gracia añaden á las
Nymphas y pastoras. Un zagal conoscí yo
en mi aldea, y aun Ismenia y Selvagio
también le conoscen, que, enamorado de
una pastora nombrada Argía, de ninguna
gentileza suya más captivo estaba que
de una singular destreza que tenía en
tirar un arco, con que las fieras y aves
con agudas y ciertas flechas enclavaba.
Por lo cual el pastor, nombrado Olympio,
cantaba algunas veces un soneto sobre
la destreza, la hermosura y crueldad de
aquella zagala, formando entre ella y la
Diosa Diana y Cupido un desafío de tirar
arco, cosa harto graciosa y delicada, y
por contentarme mucho le tomé de cabeza.
A esto salio CLENARDA diciendo: Razón
será, pues, que tengamos parte de esse
contento con oirle. A lo menos á mí no
me puede ser cosa más agradable que
oirtele cantar, siquiera por la devoción
que tengo al ejercicio de tirar arco.
Pláceme, dijo MONTANO, si con ello no he
de ser enojoso. No puede, dijo POLYDORO,
causar enojo lo que con tan gran contento
será escuchado. Tocando entonces MONTANO
un rabel, cantó el soneto de Olympio, que
decía:
_Soneto._
Probaron en el campo su destreza
Diana, Amor y la pastora mía,
flechas tirando á un árbol, que tenía
pintado un corazón en la corteza.
Allí apostó Diana su belleza,
su arco Amor, su libertad Argía,
la cual mostró en tirar más gallardía,
mejor tino, denuedo y gentileza.
Y ansí ganó á Diana la hermosura,
las armas á Cupido, y ha quedado
tan bella y tan cruel desta victoria,
Que á mis cansados ojos su figura,
y el arco fiero al corazon cuitado
quitó la libertad, la vida y gloria.
Fué muy agradable á todos este soneto,
y más la suavidad con que por Montano
fué cantado. Después de consideradas en
particular todas sus partes, y passadas
algunas pláticas sobre la materia dél,
FELICIA, viendo que la noche se acercaba,
paresciéndole que para aquel día sus
huéspedes quedaban asaz regocijados,
haciendo señal de querer hablar, hizo que
la gente, dejado el bullicio y fiesta,
con ánimo atento se sossegasse, y estando
todos en reposado silencio, con su
acostumbrada gravedad habló ansí:
Por muy averiguado tengo, caballeros
y damas, pastores y pastoras de gran
merescimiento, que después que á mi casa
venísteis, no podréis de mis favores
ni de los servicios de mis Nymphas en
ninguna manera quejaros. Pero fué tanto
el deseo que tuve de complaceros y el
contento que recibo en que semejantes
personas le tengan por mi causa, que
me paresce que, aunque más hiciera, no
igualara de gran parte lo mucho que
merescéis. Solos quedan entre vosotros
descontentos Narcisso con la aspereza
de Melisea y Turiano con la de Elvinia.
A los cuales por agora les bastará
consolarse con la esperanza; pues mi
palabra, que no suele mentir, por la
forma que más les conviene, presta y
cumplida salud ciertamente les promete. A
Eugerio veo alegre con el hijo, hijas y
yerno, y tiene razón de estallo, despues
que á causa dellos se ha visto en tantos
peligros y ha sufrido tan fatigosas penas
y cuidados.
Acabadas las razones de Felicia, el viejo
Eugerio quedó espantado de tal sabiduría,
y los demás satisfechos de tan saludable
reprensión, sacando della provechoso
fruto para vivir de allí adelante muy
recatados. Y levantándose todos de
entorno la fuente, siguiendo á la sabia,
salieron del jardín, yendo al palacio á
retirarse en sus aposentos, aparejando
los ánimos á las fiestas del venidero
día. Las cuales y lo que de Narcisso,
Turiano, Tauriso y Berardo acontesció,
juntamente con la historia de Danteo y
Duardo, portugueses, que aquí por algunos
respetos no se escribe, y otras cosas
de gusto y de provecho, están tratadas
en la otra parte deste libro, que antes
de muchos días, placiendo á Dios, será
impressa.
FIN DE LA DIANA ENAMORADA
DE GASPAR GIL POLO