Goce el amador contento
de verse favorescido;
yo con libre pensamiento
de ver ya puesto en olvido
todo el passado tormento.
Que tras mucho padescer,
los favores de mujer
tan tarde solemos vellos,
que el mayor de todos ellos
es no haberlos menester.
A Diana regraciad,
ojos, todo el bien que os vino;
vida os dió su crueldad,
su desdén abrió el camino
para vuestra libertad.
Que si penando por ella
fuera tres veces más bella,
y en todo extremo me amara,
tan contento no quedara
como estoy de no querella.
Vea yo, Diana, en tí
un dolor sin esperanza,
hiérate el Amor ansí,
que yo en ti tenga venganza
de la que tomaste en mí.
Porque sería tan fiero
á tu dolor lastimero,
que si allí á mis pies tendida
me demandasses la vida,
te diría que no quiero.
Dios ordene que, pastora,
tú me busques, yo me asconda
tú digas: «Mírame agora»,
y que yo entonces responda:
«Zagala, vete en buena hora».
Tú digas: «Yo estoy penando
y tú me vas desechando,
¿qué novedad es aquesta?»
y yo te dé por respuesta
irme y dejarte llorando.
Si lo dudas, yo te ofrezco
que esto y aún peor haré
que por ti ya no padezco,
porque tanto no te amé
cuanto agora te aborrezco.
Y es bien que te eche en olvido
quien por ti tan loco ha sido,
que de haberte tanto amado,
estuvo entonces penado
y agora queda corrido.
Porque los casos de amores
tienen tan triste ventura,
que es mejor á los pastores
gozar libertad segura
que aguardar vanos favores.
¡Oh Diana, si me oyesses
para que claro entendiesses
lo que siente el alma mía!
que mejor te lo diría,
cuando presente estuviesses.
Pero mejor será estarte
en lugar de mí apartado,
porque perderé gran parte
del placer de estar vengado
con el pesar de mirarte.
No te vea yo en mis días,
porque á las entrañas mías
les será dolor más fiero
verte cuando no te quiero
que cuando no me querías.
Acontecióle á Diana como á los que
acechan su mesmo mal, pues de oir los
reproches y determinaciones de Syreno
sintió tanto dolor, que no me hallo
bastante para contarle, y tengo por mejor
dejarle al juicio de los discretos.
Basta saber que pensó perder la vida
y fué menester que Ismenia y Marcelio
la consolassen y esforzassen con las
razones que á tan encarecida pena eran
suficientes; y una dellas fué decirle
que no era tan poca la sabiduría de
Felicia, en cuya casa estaban, que á
mayores males no hubiesen dado remedio,
según en Ismenia desdeñada de Montano
poco antes se había mostrado. Con lo cual
Diana un tanto se consoló. Estando en
estas pláticas, comenzando ya la dorada
Aurora á descubrirse, entró por aquella
cámara la Nympha ARETHEA, y con gesto muy
apacible les dijo: Preciados caballeros
y hermosas pastoras, tan buenos y
venturosos días tengáis como á vuestro
merescimiento son debidos. La sabia
Felicia me envía acá para que sepa si os
hallasteis esta noche con más contento
del acostumbrado y para que vengáis
comigo al ameno jardín, donde tiene que
hablaros. Mas conviene que tú, Marcelio,
dejes el hábito de pastor, y te vistas
estas ropas que aquí te traigo, á tu
estado pertenecientes. No esperó ISMENIA
que Marcelio respondiesse de placer de la
buena nueva, sino que dijo: Los buenos y
alegres días, venturosa Nympha, que con
tu vista nos diste, Dios por nosotros te
lo pague, pues nosotros no bastamos á
satisfacer por tanta deuda. El contento
que de nosotros quieres saber, con sólo
estar en esta casa sería muy grande,
cuanto más que habernos sido esta mañana
en ella tan dichosos, que yo he cobrado
vida y Marcelio y Diana esperanza de
tenella. Mas porque á la voluntad de tan
sabia señora como Felicia en todo se
obedezca, vamos al jardín donde dices, y
ordene Felicia de nosotros á su contento.
Tomó entonces Arethea de las manos de
otra Nimpha que con ella venía las ropas
que Marcelio había de ponerse, y de su
mano le ayudó á vestirlas, y eran tan
ricas y tan guarnecidas de oro y piedras
preciosas, que tenían infinito valor.
Salieron de aquella cuadra, y siguiendo
todos á Arethea, por una puerta del
palacio entraron al jardín. Estaba este
vergel por la una parte cerrado con la
corriente de un caudaloso rio; tenía á
la otra parte los sumptuosos edificios
de la casa de Felicia, y las otras dos
partes unas paredes almenadas cubiertas
de jazmín, madreselva y otras hierbas
y flores agradables á la vista. Pero
de la amenidad deste lugar se trató
abundantemente en el cuarto libro de
la primera parte. Pues como entrassen
en él, vieron que Sylvano y Selvagia,
apartados de los otros pastores, estaban
en un pradecillo que junto á la puerta
estaba. Allí Arethea se despidió de
ellos, diciéndoles que aguardassen allí
á Felicia, porque ella había de volver
al palacio para dalle razón de lo que
por su mandado había hecho. Sylvano y
Selvagia, que allí estaban, conoscieron
luego á Diana y se maravillaron de
vella. Conosció también Selvagia á
Ismenia, que era de su mismo lugar, y
ansí se hicieron grandes fiestas y se
dieron muchos abrazos, alegres de verse
en tan venturoso lugar, después de tan
largo tiempo. SELVAGIA entonces con
faz regocijada les dijo: Bien venida
sea la bella Diana, cuyo desamor dió
ocasión para que Sylvano fuesse mío, y
bien llegada la hermosa Ismenia, que
con su engaño me causó tanta pena, que
por remedio della vine aquí, donde la
troqué con un feliz estado. ¿Qué buena
ventura aquí os ha encaminado? La que
recebimos, dijo DIANA, de tu vista, y
la que esperamos de la mano de Felicia.
¡Oh, dichosa pastora, cuán alegre estoy
del contento que ganaste! Hágate Dios
de tan próspera fortuna, que goces de él
por muchíssimos años. Marcelio en estas
razones no se travesó porque á Sylvano y
Selvagia no conoscía. Pero en tanto que
los pastores estaban entendiendo en sus
pláticas y cortesías, estuvo mirando un
caballero y una dama que, travados de las
manos, con mucho regocijo por un corredor
del jardín iban passeando. Contentóse
de la dama, y le dió el espíritu que
otras veces la había visto. Pero por
salir de duda, llegándose á Sylvano
le dijo: Aunque sea descomedimiento
estorbar vuestra alegre conversación,
querría, pastor, que me dijesses, quién
son el caballero y dama que por allí
passean. Aquellos son, dijo SYLVANO,
Don Felix y Felixmena, marido y mujer.
A la hora MARCELIO, oído el nombre de
Felixmena, se alteró y dijo: Dime, ¿cúya
hija es Felixmena? ¿y dónde nasció? si
acaso lo sabes, porque de Don Felix no
tengo mucho cuidado. Muchas veces le oí
contar, respondió SYLVANO, que su tierra
era Soldina, ciudad de la provincia
Vandalia, su padre Andronio y su madre
Delia. Mas haced placer de decirme quién
sois y por qué causa me haceis semejante
pregunta. Mi nombre, respondió MARCELIO,
y todo lo demás lo sabrás después. Pero
por me hacer merced, que, pues tienes
conoscencia con esse Felix y Felixmena,
les digas que me den licencia para
hablarles, porque quiero preguntarles
una cosa de que pueda resultar mucho
bien y alegría para todos. Pláceme, dijo
SYLVANO, y luego se fué para Don Felix y
Felixmena, y les dijo que aquél caballero
que allí estaba quería, si no les era
enojoso, tratar con ellos ciertas cosas.
No se detuvieron un punto, sino que
vinieron donde Marcelio estaba. Después
de hechas las debidas cortesías, dijo
MARCELIO, hablando contra Felixmena:
Hermosa dama, á este pastor pregunté
si sabía tu tierra y tus padres, y me
dijo lo que acerca dello por tu relación
sabe; y porque conozco un hombre que es
natural de la misma ciudad, que, si no
me engaño, es hijo de un caballero cuyo
nombre se paresce al de tu padre, te
suplico me digas si tienes algún hermano
y cómo se nombra, porque quizás es éste
que yo conozco. A esto FELIXMENA dió un
suspiro y dijo: ¡Ay, preciado caballero,
cómo me tocó en el alma tu pregunta!
Has de saber que yo tuve un hermano,
que él y yo nascimos de un mesmo parto.
Siendo de edad de doce años, le envió
mi padre Andronio á la corte del rey de
lusitanos, donde estuvo muchos años.
Esto es lo que yo sé dél, y lo que una
vez conté á Sylvano y Selvagia, que son
presentes en la fuente de los alisos,
después que libré unas Nymphas y maté
ciertos salvajes en el prado de los
laureles. Después acá no he sabido otra
cosa dél sino que el rey le envió por
capitán en la costa de Africa, y como yo
tanto tiempo ha que ando por el mundo,
siguiendo mis desventuras, no sé si es
muerto ni vivo. MARCELIO entonces no pudo
detenerse más, sino que dijo: Muerto he
sido hasta agora, hermana Felixmena, por
haber carescido de tu vista, y vivo de
hoy en adelante, pues he sido venturoso
de verte. Y diciendo esto, estrecha
y amorosamente la abrazó. Felixmena,
reconosciendo el gesto de Marcelio,
vió que era aquel mesmo que ella desde
su niñez tenía pintado en la memoria,
y cayó luego en la cuenta que era su
proprio hermano. Fué grande el regocijo
que passó entre los hermanos y cuñado, y
grande el placer que sintieron Sylvano
y las pastoras de verlos tan contentos.
Allí se dijeron amorosas palabras, allí
se derramaron tristes lágrimas, allí
se hicieron muchas preguntas, allí se
prometieron esperanzas, allí se hicieron
determinaciones, y se hablaron y hicieron
cosas de mucho descanso. Gastaron en
esto larga una hora, y aun era poco,
según lo mucho que después de tan larga
ausencia tenían que tratar. Mas para
mejor y con más sossiego entender en
ello, se assentaron en aquel pradecillo,
bajo de unos sauces, cuyos entretejidos
ramos hacían estanza sombría y deleitosa,
defendiéndolos del radiante sol, que
ya con algún ardor assomaba por el
hemispherio.
En tanto que Marcelio, Don Felix,
Felixmena, Sylvano y las pastoras
entendían en lo que tengo dicho, al
otro cabo del jardín, junto á la fuente
estaban, como tengo dicho, Eugerio,
Polydoro, Alcida y Clenarda. Alcida aquél
día había dejado las ropas de pastora
por mandato de Felicia, vistiéndose
adrezándose ricamente con los vestidos y
joyeles que para ello le mandó dar. Pues
como allí estuviessen también Syreno,
Montano, Arsileo y Belisa cantando y
regocijándose, holgaban mucho Eugerio y
sus hijos de escucharlos. Y lo que más
les contentó fué una canción que Syreno
y Arsileo cantaron el uno contra y el
otro en favor de Cupido. Porque cantaron
con más voluntad, con esperanza de una
copa de cristal que Eugerio al que mejor
paresciese había prometido. Y ansí Syreno
al son de su zampoña, y Arsileo de un
rabel, comenzaron deste modo: