Pastora soberana, que mirando
los campos y florestas asserenas,
la nieve en la blancura aventajando
y en la beldad las frescas azucenas,
ansí tus campos vayan mejorando,
y dellos cojan fruto á manos llenas,
que mires á un pastor, que en solo verte
piensa alcanzar muy venturosa suerte.
A este tiempo el caballero y la dama, que
los cantares de los pastores escuchaban,
con gran cortesía atajaron su canto,
y les hicieron muchas gracias por el
deleite y recreación que con tan suave
y deleitoso música les habían dado. Y
después desto el caballero vuelto á la
dama le dijo: ¿Oiste jamás, hermana,
en las soberbias ciudades música que
tanto contente al oído y tanto deleite
el ánimo como la destos pastores?
Verdaderamente, dijo ella, más me
satisfacen esos rústicos y pastoriles
cantos de una simple llaneza acompañados,
que en los palacios de reyes y señores
las delicadas voces con arte curiosa
compuestas y con nuevas invenciones y
variedades requebradas. Y cuando yo tengo
por mejor esta melodía que aquélla, se
puede creer que lo es, porque tengo el
oido hecho á las mejores músicas que
en ciudad del mundo ni corte de rey
pudiessen hacerse. Que en aquel buen
tiempo que Marcelio servía á nuestra
hermana Alcida, cantaba algunas noches
en la calle al son de una vihuela tan
dulcemente, que si Orpheo hacía tan
apacible música, no me espanto que
las fieras conmoviesse, y que la cara
Eurydice de averno escurissimo sacasse.
¡Ay! Marcelio, ¿dónde estás agora? ¡Ay!
¿dónde estás, Alcida? Ay desdichada de
mí, que siempre la fortuna me trae á la
memoria cosas de dolor, en el tiempo que
me ve gozar de un simple passatiempo!
Oyó Marcelio, que con las dos pastoras
tras las matas estaba, las razones del
caballero y de la dama, y como entendió
que le nombraron á él y á Alcida, se
alteró. No se fió de sus mesmos oídos,
y estuvo imaginando si era quizá otro
Marcelio y Alcida los que nombraban.
Levantóse presto de donde assentado
estaba, y por salir de duda, llegándose
más, y acechando por entre las matas,
conosció que el caballero y la dama
eran Polydoro y Clenarda, hermanos de
Alcida. Corrió súbitamente á ellos, y
con los brazos abiertos y lágrimas en
los ojos, agora á Polydoro, agora á
Clenarda abrazando, estuvo gran rato,
que el interno dolor no le dejaba hablar
palabra. Los dos hermanos, espantados
desta novedad, no sabían qué les había
acontescido. Y como MARCELIO iba en
hábito de pastor, nunca le conoscieron,
hasta que, dándole lugar los sollozos,
y habida licencia de las lágrimas, les
dijo: ¡Oh, hermanos de mi corazón, no
tengo en nada mi desventura, pues he sido
dichoso en veros! ¿Cómo Alcida no está
en vuestra compañía? ¿Está por ventura
escondida en alguna espesura deste
bosque? Sepa yo nuevas della, si vosotros
las sabéis; remediad por Dios esta mi
pena, y satisfaced á mi deseo. En esto
lo dos hermanos conoscieron á Marcelio,
y abrazados con él, llorando de placer
y dolor, le decían: ¡Oh venturoso día!
¡oh bien nunca pensado! ¡oh hermano de
nuestra alma! ¿qué desastre tan bravo ha
sido causa que tú no goces de la compañía
de Alcida ni nosotros de su vista? ¿por
qué con tan nuevo traje te dissimulas?
¡Ay áspera fortuna! en fin no hay en
ningún bien cumplido contentamiento.
Por otra parte, Diana é Ismenia, visto
que tan arrebatadamente Marcelio había
entrado donde cantaban los pastores,
fueron allá tras él, y halláronle
passando con Polydoro y Clenarda la
plática que habeis oído. Cuando Tauriso
y Berardo vieron á Diana, no se puede
encarescer el gozo que recibieron de
tan improvisa vista. Y ansi TAURISO,
señalando con el gesto y palabras la
alegría del corazón, le dijo: Grande
favor es este de la Fortuna, hermosa
Diana, que la que huye siempre de nuestra
compañía, por casos y succesos nunca
imaginados venga tantas veces donde
nosotros estamos. No es causa dello la
Fortuna, señalados pastores, dijo DIANA,
sino ser vosotros en el cantar y tañer
tan ejercitados, que no hay lugar de
recreación donde no os hagáis sentir
vuestras canciones. Pero pues aquí llegué
sin saber de vosotros, y el sol toca
ya la raya del medio día, me holgaré
de tener en este deleitoso lugar la
siesta en vuestra compañía, que aunque
me importa llegar con tiempo á la casa
de Felicia, tendré por bien de detenerme
aquí con vosotros, por gozar de la fresca
vereda y escuchar vuestra deleitosa
música. Por esso aparejaos á cantar y
tañer, y á toda suerte de regocijo,
que no será bien que falte semejante
placer en tan principal ajuntamiento. Y
vosotros, generosos caballeros y dama,
poned fin por agora á vuestras lágrimas,
que tiempo ternéis para contaros las
vidas los unos á los otros y para doleros
ó alegraros de los malos ó buenos
sucessos de fortuna. A todos paresció
muy bien lo dicho por Diana, y ansí en
torno de una clara fuente sobre la menuda
hierba se assentaron. Era el lugar el más
apacible de aquel bosque y aun de cuantos
en el famoso Parthenio, celebrado con la
clara zampoña del Neapolitano Syncero
pueden hallarse. Había en él un espacio
casi que cuadrado, que tuviera como
hasta cuarenta passos por cada parte,
rodeado de muchedumbre de espessíssimos
árboles, tanto que, á la manera de un
cercado castillo, á los que allá iban á
recrearse no se les concedía la entrada
sino por sola una parte. Estaba sembrado
este lugar de verdes hierbas y olorosas
flores, de los pies de ganados no pisadas
ni con sus dientes descomedidamente
tocadas. En medio estaba una limpia
y claríssima fuente, que del pie de
un antiquíssimo roble saliendo, en un
lugar hondo y cuadrado, no con maestra
mano fabricado, mas por la provida
naturaleza allí para tal efecto puesto,
se recogía: haciendo allí la abundancia
de las aguas un gracioso ajuntamiento,
que los pastores le nombraban la fuente
bella. Eran las orillas desta fuente
de una piedra blanca tan igual, que no
creyera nadie que con artificiosa mano no
estuviesse fabricada, si no desengañaran
la vista las naturales piedras allí
nascidas, y tan fijas en el suelo como
en los ásperos montes de fragosas peñas
y duríssimos pedernales. El agua que de
aquella abundantíssima fuente sobresalía,
por dos estrechas canales derramándose,
las hierbas vecinas y árboles cercanos
regaba, dándoles continua fertilidad y
vida y sosteniéndolas en muy apacible y
graciosíssima verdura. Por estas lindezas
que tenía esta hermosa fuente, era de
los pastores y pastoras tan visitada,
que nunca en ella faltaban pastoriles
regocijos. Pero teníanla los pastores en
tanta veneración y cuenta, que viniendo
á ella dejaban fuera sus ganados, por
no consentir que las claras y sabrosas
aguas fuessen enturbiadas, ni el ameno
pradecillo de las mal miradas ovejas
hollado ni apascentado. En torno desta
fuente, como dije, todos se asentaron,
y sacando de los zurrones la necessaria
provissión, comieron con más sabor que
los grandes señores la muchedumbre y
variedad de curiosos manjares. Al fin de
la cual comida, como Marcelio por una
parte y Polydoro por otra deseaban por
extremo darse y tomarse cuenta de sus
vidas, MARCELIO fue primero á hablar,
y dijo: Razón será, hermanos, que yo
sepa algo de lo que os ha sucedido
después que no me vistes, que como os
veo del padre Eugerio y de la hermana
Alcida desacompañados, tengo el corazón
alterado, por no saber la causa dello. A
lo cual respondió POLYDORO:
Porque me parece que este lugar queda
muy perjudicado con que se traten en él
cosas de dolor, y no es razón que estos
pastores con oir nuestras desdichas
queden ofendidos, te contaré con las
menos palabras que será possible las
muchas y muy malas obras que de la
fortuna habemos recebido. Después que
por sacar al fatigado Eugerio de la
peligrosa nave, esperando buena ocasión
para saltar en el batel, de los marineros
fuí estorbado, y juntamente con el
temeroso padre á mi pesar hube de quedar
en ella, estaba el triste viejo con tanta
angustia, como se puede esperar de un
amoroso padre, que al fin de su vejez ve
en tal peligro su vida y la de sus amados
hijos. No tenía cuenta con los golpes que
las bravas ondas daban en la nave, ni
con la furia que los iracundos vientos
por todas partes le combatían, sino
que, mirando el pequeño batel donde tú,
Marcelio, con Alcida y Clenarda estabas,
que á cada movimiento de las inconstantes
aguas en la mayor profundidad dellas
parescía trastornarse, cuanto más lo vía
de la nave alejándose, le desapegaba el
corazón de las entrañas. Y cuando os
perdió de vista, estuvo en peligro de
perder la vida. La nave siguiendo la
braveza de la Fortuna, fué errando por el
mar por espacio de cinco días, después
que nos despartimos; al cabo de los
cuales, al tiempo que el sol estaba cerca
del occaso, nos vimos cerca de tierra.
Con cuya vista se regocijaron mucho los
marineros, tanto por haber cobrado la
perdida confianza, como por conoscer
la parte donde iba la nave encaminada.
Porque era la más deleitosa tierra, y más
abundante de todas maneras de placer, de
cuantas el sol con sus rayos escalienta,
tanto que uno de los marineros sacando de
una arca un rabel, con que solía en la
pesadumbre de los prolijos y peligrosos
viajes deleitarse, se puso á tañer y
cantar ansi:
_Soneto._
Recoge á los que aflige el mar airado,
oh, VALENTINO, oh, venturoso suelo
donde jamás se cuaja el duro hielo
ni de Febo el trabajo acostumbrado.
Dichoso el que seguro y sin recelo
de ser en fieras ondas anegado,
goza de la belleza de tu prado
y del favor de tu benigno cielo.
Con más fatiga el mar surca la nave
que el labrador cansado tus barbechos:
¡oh tierra¡, antes que el mar se ensoberbezca,
Recoge á los perdidos y deshechos,
para que cuando en TURIA yo me lave
estas malditas aguas aborrezca.
Por este cantar del marinero entendimos
que la ribera que íbamos á tomar era
del reino de VALENCIA, tierra por todas
las partes del mundo celebrada. Pero en
tanto que este canto se dijo, la nave,
impelida de un poderoso viento, se llegó
tanto á la tierra que si el esquife no
nos faltara pudiéramos saltar en ella.
Mas de lejos por unos pescadores fuímos
devisados, los cuales viendo nuestras
velas perdidas, el árbol caído á la una
parte, las cuerdas destrozadas y los
castillos hechos pedazos, conoscieron
nuestra necessidad. Por lo cual algunos
dellos, metiéndose en un barco de los
que para su ordinario ejercicio en la
ribera tenían amarrados, se vinieron
para nosotros, y con grande amor y no
poco trabajo nos sacaron de la nave á
todos los que en ella veníamos. Fué
tanto el gozo que recebimos, cuanto se
puede y debe imaginar. A los marineros
que en su barco tan amorosamente y sin
ser rogados nos habían recogido, Eugerio
y yo les dimos las gracias, y hecimos
los ofrescimientos que á tan singular
beneficio se debían. Mas ellos, como
hombres de su natural piadosos y de
entrañas simples y benignas, no curaban
de nuestros agradescimientos, antes no
queriendo recebirlos, nos dijo el uno
dellos: No nos agradezcáis, señores, esta
obra á nosotros, sino á la obligación
que tenemos á socorrer necessidades y
al buen ánimo y voluntad que nos fuerza
á tales hechos. Y tened por cierto que
toda hora que se nos ofresciere semejante
ocasión como ésta haremos lo mesmo,
aunque peligren nuestras vidas. Porque
esta mañana nos sucedió un caso, que
á no haber hecho otro tal como agora
hecimos, nos pesara después hasta la
muerte. El caso fué que al despuntar
del día salimos de nuestras chozas con
nuestras redes y ordinarios aparejos
para entrar á pescar, y antes que
llegassemos á la ribera vimos el cielo
escurescido; sentimos el mar alterado y
el viento embravescido, y dos veces nos
quisimos volver del camino desconfiados
de podernos encomendar á las peligrosas
ondas en tan malicioso tiempo. Pero
paresció á algunos de nosotros que era
conveniente llegar á la ribera para ver
en qué pararía la braveza del mar, y
para esperar si tras la rigurosa fortuna
sucedería, como suele, alguna súbita
bonanza. Al tiempo que llegamos allá
vimos un batel lidiando con las bravas
ondas, sin vela, árbol ni remos, y puesto
en el peligro en que vosotros os habéis
visto. Movidos á compassión, metimos en
el mar uno de aquellos barcos muy bien
apercebido, y saltando de presto en él,
sin temor de la fortuna, fuímos hacia
el batel que en tal peligro estaba, y á
cabo de poco rato llegamos á él. Cuando
estuvimos tan cerca dél que pudimos
conoscer los que en él estaban, vimos una
doncella, cuyo nombre no sabré decirte,
que con lágrimas en los ojos se dolía,
con los brazos abiertos nos esperaba
y con palabras dolorosas nos decía:
Ay hermanos, ruégoos que me libréis
del peligro de la Fortuna; pero más os
suplico que me saquéis de poder deste
traydor, que conmigo viene, que contra
toda razón me tiene captiva, y á pura
fuerza quiere maltratar mi honestidad.
Oyendo esto, con toda la possible
diligencia, y no sin mucho peligro, los
sacamos de su batel, y metidos en nuestro
barco los llevamos á tierra. Contónos
ella la traición que á ella y una hermana
y cuñado suyo se les había hecho, que
seria larga de contar. Tenémosla en
compañía de nuestras mujeres, libre de
la malicia y deshonestidad de los dos
marineros que con ella venían, y á ellos
los metimos en una cárcel de un lugar
que está vecino, donde antes de muchos
días serán debidamente castigados. Pues
habiéndonos acontescido esto, ¿quién
de nosotros dejará de aventurarse á
semejantes peligros por recobrar los
perdidos y hacer bien á los maltratados?
Cuando Eugerio oyó decir esto al marinero
le dió un salto el corazón, y pensó si
era esta doncella alguna de sus hijas. Lo
mesmo me passó á mí por el pensamiento;
pero á entrambos nos consolaba pensar que
presto habíamos de saber si era verdadera
nuestra presunción. En tanto el pescador
nos contó este sucesso, el barco, movido
con la fuerza de los remos, caminó de
manera que llegamos á poder desembarcar.
Saltaron aquellos pescadores con los
pies descalzos en el agua, y sobre sus
hombros nos sacaron á la deseada tierra.
Cuando estuvimos en tierra, conosciendo
que teníamos necessidad de reposo,
uno dellos, que más anciano parescía,
travando á mi padre por la mano, y
haciendo señal á mí y á los otros que le
siguiéssemos, tomó el camino de su choza,
que no muy lejos estaba, para darnos en
ella el refresco y sossiego necessario.
Siendo llegados allá, sentimos dentro
cantos de mujeres, y no entráramos allá
antes de oir y entender dende afuera sus
canciones si el trabajo que llevábamos
nos consintiera detenernos para
escucharlas. Pero Eugerio y yo no vimos
la hora de entrar allá por ver quién era
la doncella que libre de la tempestad y
de las manos del traidor allí tenían.
Entramos en la casa de improviso, y en
vernos luego dejaron sus cantares las
turbadas mujeres; y eran ellas la mujer
del pescador y dos hermosas hijas que
cantando suavemente hacían las ñudosas
redes con que los descuidados peces
se cautivan, y en medio dellas estaba
la doncella, que luego fué conoscida,
porque era mi hermana Clenarda, que
está presente. Lo que en esta ventura
sentimos, y lo que ella sintió, querría
que ella mesma lo dijesse, porque yo no
me atrevo á tan gran empresa. Allí fueron
las lágrimas, allí los gemidos, allí los
placeres revueltos con las penas, allí
los dulzores mezclados con las amarguras
y allí las obras y palabras que puede
juzgar una persona de discreción. Al
fin de lo cual mi padre, vuelto á las
hijas del pescador les dijo: Hermosas
doncellas, siendo verdad que yo vine
aquí para descansar de mis trabajos, no
es razón que mi venida estorbe vuestros
regocijos y canciones, pues ellas solas
serían bastantes para darme consolación.
Essa no te faltará, dijo el pescador, en
tanto que estuvieres en mi casa: á lo
menos yo procuraré de dártela por las
maneras possibles. Piensa agora en tomar
refresco, que la música no faltará á su
tiempo. Su mujer en esto nos sacó para
comer algunas viandas, y mientras en ello
estábamos ocupados, la una de aquellas
doncellas, que se nombraba Nerea, cantó
esta canción:
_Canción de Nerea._
En el campo venturoso,
donde con clara corriente
Guadalavïar hermoso,
dejando el suelo abundoso,
da tributo al mar potente,
Galatea desdeñosa,
del dolor que á Lycio daña
iba alegre y bulliciosa
por la ribera arenosa,
que el mar con sus ondas baña.
Entre la arena cogiendo
conchas y piedras pintadas,
muchos cantares diciendo,
con el son del ronco estruendo
de las ondas alteradas,
Junto al agua se ponía,
y las ondas aguardaba,
y en verlas llegar huía,
pero á veces no podía
y el blanco pie se mojaba.
Lycio, al cual en sufrimiento
amador ninguno iguala,
suspendió allí su tormento
mientras miraba el contento
de su polida zagala.
Mas cotejando su mal
con el gozo que ella había,
el fatigado zagal
con voz amarga y mortal
desta manera decía:
Nympha hermosa, no te vea
jugar con el mar horrendo,
y aunque más placer te sea,
huye del mar, Galatea,
como estás de Lycio huyendo.
Deja agora de jugar,
que me es dolor importuno;
no me hagas más penar,
que en verte cerca del mar
tengo celos de Neptuno.
Causa mi triste cuidado,
que á mi pensamiento crea,
porque ya está averiguado
que si no es tu enamorado
lo será cuando te vea.
Y está cierto, porque Amor
sabe desde que me hirió
que para pena mayor
me falta un competidor
más poderoso que yo.
Deja la seca ribera
do está el agua infructuosa,
guarda que no salga afuera
alguna marina fiera
enroscada y escamosa.
Huye ya, y mira que siento
por ti dolores sobrados,
porque con doble tormento
celos me da tu contento
y tu peligro cuidados.
En verte regocijada
celos me hacen acordar
de Europa Nympha preciada,
del toro blanco engañada
en la ribera del mar.
Y el ordinario cuidado
hace que piense contino
de aquel desdeñoso alnado
orilla el mar arrastrado,
visto aquel monstruo marino.
Mas no veo en tí temor
de congoja y pena tanta;
que bien sé por mi dolor,
que á quien no teme el Amor,
ningún peligro le espanta.
Guarte, pues, de un gran cuidado;
que el vengativo Cupido
viéndose menospreciado,
lo que no hace de grado
suele hacerlo de ofendido.
Ven conmigo al bosque ameno,
y al apacible sombrío
de olorosas flores lleno,
do en el día más sereno
no es enojoso el Estío.
Si el agua te es placentera,
hay allí fuente tan bella,
que para ser la primera
entre todas, sólo espera
que tú te laves en ella.
En aqueste raso suelo
á guardar tu hermosa cara
no basta sombrero, ó velo;
que estando al abierto cielo,
el sol morena te para.
No encuentras dulces contentos,
sino el espantoso estruendo,
con que los bravosos vientos
con soberbios movimientos
van las aguas revolviendo.
Y tras la fortuna fiera
son las vistas más suaves
ver llegar á la ribera
la destrozada madera
de las anegadas naves.
Ven á la dulce floresta,
do natura no fué escasa,
donde haciendo alegre fiesta,
la más calurosa siesta
con más deleite se passa.
Huye los soberbios mares,
ven, verás como cantamos
tan deleitosos cantares,
que los más duros pesares
suspendemos y engañamos.
Y aunque quien passa dolores,
Amor le fuerza á cantarlos,
yo haré que los pastores
no digan cantos de amores,
porque huelgues de escucharlos.
Allí por bosques y prados
podrás leer todas horas
en mil robles señalados
los nombres más celebrados
de las Nymphas y pastoras.
Mas seráte cosa triste
ver tu nombre allí pintado,
en saber que escrita fuiste
por el que siempre tuviste
de tu memoria borrado.
Y aunque mucho estás airada,
no creo yo que te assombre
tanto el verte allí pintada,
como el ver que eres amada
del que allí escribió tu nombre.
No ser querida y amar
fuera triste desplacer,
más ¿qué tormento ó pesar
te puede, Nympha, causar
ser querida y no querer?
Mas desprecia cuanto quieras
á tu pastor, Galatea,
sólo que en essas riberas
cerca de las ondas fieras
con mis ojos no te vea.
¿Qué passatiempo mejor
orilla el mar puede hallarse
que escuchar el ruiseñor,
coger la olorosa flor
y en clara fuente lavarse?
Pluguiera á Dios que gozaras
de nuestro campo y ribera,
y porque más lo preciaras,
ojala tú lo probaras,
antes que yo lo dijera.
Porque cuanto alabo aquí,
de su crédito le quito,
pues el contentarme á mí,
bastará para que á tí
no te venga en apetito.
Lycio mucho más le hablara,
y tenía más que hablalle,
si ella no se lo estorbara,
que con desdeñosa cara
al triste dice que calle.
Volvió á sus juegos la fiera,
y á sus llantos el pastor,
y de la misma manera
ella queda en la ribera
y él en su mismo dolor.
El canto de la hermosa doncella y nuestra
cena se acabó á un mesmo tiempo; la
cual fenescida, preguntamos á Clenarda
de lo que le había sucedido después
que nos departimos, y ella nos contó la
maldad de Bartofano, la necessidad de
Alcida, su prisión y su cautividad, y
en fin, todo lo que tú muy largamente
sabes. Lloramos amargamente nuestras
desventuras; oídas las cuales, nos dijo
el pescador muchas palabras de consuelo,
y especialmente nos dijo cómo en esta
parte estaba la sabia Felicia, cuya
sabiduría bastaba á remediar nuestra
desgracia, dándonos noticia de Alcida y
de ti, que en esto venía á parar nuestro
deseo. Y ansí passando allí aquella
noche lo mejor que pudimos, luego por la
mañana, dejados allí los marineros que en
la nave con nosotros habían venido, nos
partimos solos los tres, y por nuestras
jornadas llegamos al templo de Diana,
donde la sapientíssima Felicia tiene su
morada. Vimos su maravilloso templo,
los ameníssimos jardines, el sumptuoso
palacio, conoscimos la sabiduría de la
prudentísima dueña y otras cosas que nos
han dado tal admiración, que aun agora
no tenemos aliento para contallas. Allí
vimos las hermosíssimas Nymphas, que
son ejemplo de castidad; allí muchos
caballeros y damas, pastores y pastoras,
y particularmente un pastor nombrado
Syreno, al cual todos tenían en mucha
cuenta. A éste y á los demás la sabia
había dado diversos remedios en sus
amores y necessidades. Mas á nosotros
en la nuestra hasta agora el que nos ha
dado es hacer quedar á nuestro padre
Eugerio en su compañía y á nosotros
mandarnos venir hacia estas partes, y
que no volviéssemos hasta hallarnos
más contentos. Y según el gozo que de
tu vista recebimos, me paresce que ya
habrá ocasión para la vuelta, mayormente
dejando allí nuestro padre solo y
desconsolado. Bien sé que buscarle su
Alcida importa mucho para su descanso:
pero ya que la fortuna en tantos días no
nos ha dado noticia della, será bien que
no le hagamos á nuestro padre carescer
tanto tiempo de nuestra compañía. Después
que Polydoro dió fin á sus razones,
quedaron todos admirados de tan tristes
desventuras, y Marcelio después de haber
llorado por Alcida, brevíssimamente contó
á Polydoro y Clenarda lo que después que
no había visto, le había acontescido.
Diana é Ismenia, cuando acabaron de oir
á Polydoro, desearon llegar más presto á
la casa de Felicia: la una porque supo
cierto que Syreno estaba allí, y la otra
porque, oyendo tales alabanzas de la
sabia, concibió esperanza de haber de
su mano algún remedio. Con este deseo
que tenían, aunque fué la intención
de DIANA recrearse en aquel deleitoso
lugar algunas horas, mudó de parescer,
estimando más la vista de Syreno que
la lindeza y frescura del bosque. Y
por esso, levantada en pie, dijo á
Tauriso y Berardo: Gozad, pastores, de
la suavidad y deleite desta ameníssima
vereda, porque el cuidado que tenemos de
ir al templo de Diana no nos consiente
detenernos aquí más. Harto nos pesa
dejar un aposento tan agradable y una
tan buena compañía; pero somos forzados
á seguir nuestra ventura. ¿Tan cruda
serás pastora, dijo TAURISO, que tan
presto te ausentes de nuestros ojos y tan
poco nos dejes gozar de tus palabras?
MARCELIO entonces dijo á Diana: Razón
los acompaña á estos pastores, hermosa
zagala; razón es que tan justa demanda
se les conceda: que su fe constante y
amor verdadero merece que les otorgues un
rato de tu conversación en este apacible
lugar, mayormente habiendo bastantíssimo
tiempo para llegar al templo antes que
el sol esconda su lumbre. Todos fueron
deste parescer, y por esso Diana no
quiso más contradecirles, sino que,
sentándose donde antes estaba, mostró
querer complacer en todo á tan principal
ajuntamiento. ISMENIA entonces dijo á
Berardo y Tauriso: Pastores, pues la
hermosa Diana no os niega su vista, no es
justo que vosotros nos neguéis vuestras
canciones. Cantad, enamorados zagales,
pues en ello mostráis tan señalada
destreza y tan verdadero amor, que por lo
uno sois en todas partes alabados y con
lo otro movéis á piedad los corazones.
Todos sino el de Diana, dijo BERARDO; y
comenzó á llorar, y Diana á sonreír. Lo
cual visto por el pastor, al son de su
zampoña, con lágrimas en sus ojos, cantó
glossando una canción que dice:
_Las tristes lágrimas mías
en piedras hacen señal
y en vos nunca, por mi mal._
_Glossa._
Vuestra rara gentileza
no se ofende con serviros,
pues mi mal no os da tristeza
ni jamás vuestra dureza
dió lugar á mis suspiros.
No fueron con mis porfías
vuestras entrañas mudadas,
aunque veis noches y días
con gran dolor derramadas
_las tristes lágrimas mías_.
Fuerte es vuestra condición,
que en acabarme porfía,
y más fuerte el corazón,
que viviendo en tal passión
no le mata la agonía.
Que si un rato afloja un mal,
aunque sea de los mayores,
no da pena tan mortal;
mas los continos dolores
_en piedras hacen señal_.
Amor es un sentimiento
blando, dulce y regalado;
vos causáis el mal que siento,
que Amor sólo da tormento
al que vive desamado.
Y ésta es mi pena mortal,
que el Amor, después que os ví,
como cosa natural,
por mi bien siempre está en mí,
_y en vos nunca, por mi mal_.
Contentó mucho á DIANA la canción de
Berardo; pero viendo que en ella hacía
más duro su corazón que las piedras,
quiso volver por su honra, y dijo: Donosa
cosa es, por mi vida, nombrar dura
recogida y tratar de cruel la que guarda
su honestidad. Ojala, pastor, no tuviera
más tristeza mi alma que dureza mi
corazón. ¡Mas, ay dolor, que la fortuna
me cautivó con tan celoso marido, que
fuí forzada muchas veces en los montes y
campos ser descortés con los pastores,
por no tener en mi casa amarga vida! Y
con todo esto el ñudo del matrimonio y la
razón me obligan á buscar el rústico y
mal acondicionado marido, aunque espere
innumerables trabajos de su enojosa
compañía. A este tiempo, TAURISO, con
la ocasión de las quejas que Diana daba
de su casamiento, comenzó á tocar su
zampoña y á cantar hablando con el Amor,
y glossando la canción que dice:
_Canción._
_La bella mal maridada,
de las más lindas que ví,
si has de tomar amores,
vida no dejes á mí._
_Glossa._
Amor, cata que es locura
padescer, que en las mujeres
de aventajada hermosura
pueda hacer la desventura
más que tú siendo quien eres.
Porque estando á tu poder
la belleza encomendada,
te deshonras, á mi ver,
en sufrir que venga á ser
_la bella mal maridada_.
Haces mal, pues se mostró
beldad ser tu amiga entera,
porque siempre al que la vió,
á causa tuya le dió
el dolor que no le diera.
Y ansí mi constancia y fe
y la pena que está en mí,
por haber visto no fué,
mas por ser la que miré
_de las más lindas que ví_.
Amor, das á tantos muerte,
que pues matar es tu bien,
algún día espero verte,
que á ti mismo has de ofenderte,
porque no tendrás á quién.
¡Oh qué bien parescerás
herido de tus dolores!
cautivo tuyo serás,
que á ti mismo tomarás,
_si has de tomar amores_.
Entonces dolor doblado
podrás dar á las personas,
y quedarás excusado
de haberme á mí maltratado,
pues á ti no te perdonas.
Y si quiero reprehenderte,
dirás, volviendo por ti,
razón forzarte y moverte,
que á ti mismo dando muerte,
_vida no dejes á mi_.
El cantar de Tauriso paresció muy bien
á todos, y en particular á Ismenia. Que
aunque la canción, por hablar de mal
casadas, era de Diana, la glossa della,
por tener quejas del Amor, era común
á cuantos dél estaban atormentados. Y
por esso Ismenia, como aquélla que daba
alguna culpa á Cupido de su pena, no sólo
le contentaron las quejas que dél hizo
Tauriso; mas ella, al mesmo propósito, al
son de la lira, dijo este soneto, que le
solía cantar Montano en el tiempo que por
ella penaba:
_Soneto._
Sin que ninguna cosa te levante,
Amor, que de perderme has sido parte,
haré que tu crueldad en toda parte
se suene de Poniente hasta Levante.
Aunque más sople el Abrego ó Levante,
mi nave de aquel golfo no se parte,
do tu poder furioso le abre y parte,
sin que en ella un suspiro se levante.
Si vuelvo el rostro estando en el tormento,
tu furia allí enflaquesce mi deseo,
y tu fuerza mis fuerzas cansa y corta;
Jamás al puerto iré, ni lo deseo,
y ha tanto que esta pena me atormenta,
que un mal tan largo hará mi vida corta.
No tardó mucho Marcelio á respondelle con
otro soneto hecho al mismo propósito y de
la misma suerte, salvo que las quejas que
daba no eran sólo del Amor, pero de la
Fortuna y de sí mismo.
_Soneto._
Voy tras la muerte sorda passo á passo,
siguiéndola por campo, valle y sierra,
y al bien ansi el camino se me cierra,
que no hay por donde guíe un sólo passo.
Pensando el mal que de contino passo,
una navaja aguda, y cruda sierra
de modo el corazón me parte y sierra,
que de la vida dudo en este passo.
La Diosa, cuyo ser contino rueda,
y Amor que ora consuela, ora fatiga,
son contra mí, y aun yo mismo me daño.
Fortuna en no mudar su varia rueda,
y Amor y yo, cresciendo mi fatiga,
sin darme tiempo á lamentar mi daño.
El deseo que tenía Diana de ir á la casa
de Felicia no le sufría detenerse allí
más, ni esperar otros cantares, sino que
acabando Marcelio su canción se levantó.
Lo mismo hicieron Ismenia, Clenarda y
Marcelio, conosciendo ser aquella la
voluntad de Diana, aunque sabían que
la casa de Felicia estaba muy cerca, y
había sobrado tiempo para llegar á ella
antes de la noche. Despedidos de Tauriso
y Berardo, salieron de la fuente bella
por la misma parte por donde habían
entrado, y caminando por el bosque su
passo á passo, gozando de las gentilezas
y deleites que en él había, á cabo de
rato salieron dél, y comenzaron á andar
por un ancho y espacioso llano, alegre
para la vista. Pensaron entonces con
qué darían regocijo á sus ánimos, en
tanto que duraba aquel camino, y cada
uno dijo sobre ello su parescer. Pero
MARCELIO, como estaba siempre con la
imagen de su Alcida en el pensamiento,
de ninguna cosa más holgaba que de mirar
los gestos y escuchar las palabras de
Polydoro y Clenarda. Y ansí por gozar
á su placer deste contento, dijo: No
creo yo, pastoras, que todos vuestros
regocijos igualen con el que podéis
haber si Clenarda os cuenta alguna cosa
de las que en los campos y riberas de
Guadalaviar ha visto. Yo passé por allí
andando en mi peregrinación, pero no pude
á mi voluntad gozar de aquellos deleites,
por no tenerle yo en mi corazón. Pero,
pues para llegar á donde imos tenemos
de tiempo largas dos horas, y el camino
es de media, podremos ir á espacio,
y ella nos dirá algo de lo mucho que
de aquella ameníssima tierra se puede
contar. Diana y Ismenia á esto mostraron
alegres gestos, señalando tener contento
de oirlo, y aunque Diana moría por llegar
temprano al templo, por no mostrar en
ello sobrada passión hubo de acomodarse á
la voluntad de todos. CLENARDA entonces,
rogada por Marcelio, prosiguiendo su
camino, desta manera comenzó á hablar:
Aunque decir yo con mal orden y rústicas
palabras las extrañezas y beldades
de la Valentina tierra será agraviar
sus merescimientos y ofender vuestros
oídos, quiero deciros algo della, por
no perjudicar á vuestras voluntades. No
contaré particularmente la fertilidad del
abundoso suelo, la amenidad de la siempre
florida campaña, la belleza de los más
encumbrados montes, los sombríos de las
verdes silvas, la suavidad de las claras
fuentes, la melodía de las cantadoras
aves, la frescura de los suaves vientos,
la riqueza de los provechosos ganados,
la hermosura de los poblados lugares,
la blandura de las amigables gentes, la
extrañeza de los sumptuosos templos, ni
otras muchas cosas con que es aquella
tierra celebrada, pues para ello es
menester más largo tiempo y más esforzado
aliento. Pero porque de la cosa más
importante de aquella tierra seáis
informados, os contaré lo que al famoso
TURIA, río principal en aquellos campos
le oí cantar. Venimos un día Polydoro
y yo á su ribera para preguntar á los
pastores della el camino del templo de
Diana y casa de Felicia, porque ellos
son los que en aquella tierra le saben,
y llegando á una cabaña de vaqueros, los
hallamos que deleitosamente cantaban.
Preguntámosles lo que deseábamos saber,
y ellos con mucho amor nos informaron
largamente de todo, y después nos dijeron
que, pues á tan buena sazón habíamos
llegado, no dejássemos de gozar de un
suavíssimo canto que el famoso TURIA
había de hacer no muy lejos de allí
antes de media hora. Contentos fuimos de
ser presentes á tan deleitoso regocijo,
y nos aguardamos para ir con ellos.
Passado un rato en su compañía, partimos
caminando riberas del río arriba, hasta
que llegamos á una espaciosa campaña,
donde vimos un grande ajuntamiento de
Nymphas, pastores y pastoras, que todos
aguardaban que el famoso TURIA comenzasse
su canto. No mucho después vimos al viejo
TURIA salir de una profundíssima cueva,
en su mano una urna, ó vaso muy grande
y bien labrado, su cabeza coronada con
hojas de roble de laurel, los brazos
vellosos, la barba limosa y encanescida.
Y sentándose en el suelo, reclinado sobre
la urna, y derramando della abundancia de
claríssimas aguas, levantando la ronca y
congojada voz, cantó desta manera:
_Canto de Turia._
Regad el venturoso y fértil suelo,
corrientes aguas, puras y abundosas,
dad á las hierbas y árboles consuelo,
y frescas sostened flores y rosas;
y ansí con el favor del alto cielo
tendré yo mis riberas tan hermosas,
que grande envidia habrán de mi corona
el Pado, el Mincio, el Rhódano y Garona.
Mientras andáis el curso apressurando,
torciendo acá y allá vuestro camino,
el Valentino suelo hermoseando
con el licor sabroso y cristalino,
mi flaco aliento y débil esforzando,
quiero con el espíritu adevino
cantar la alegre y próspera ventura
que el cielo á vuestros campos assegura.
Oidme, claras Nimphas y pastores,
que sois hasta la Arcadia celebrados:
no cantaré las coloradas flores,
la deleitosa fuente y verdes prados,
bosques sombríos, dulces ruiseñores,
valles amenos, montes encumbrados,
mas los varones célebres y extraños
que aquí serán después de largos años.
De aquí los dos pastores estoy viendo
CALIXTO y ALEXANDRE, cuya fama,
la de los grandes Césares venciendo,
desde el Atlante al Mauro se derrama:
á cuya vida el cielo respondiendo,
con una suerte altíssima los llama,
para guardar del báratro profundo
cuanto ganado pasce en todo el mundo.
De cuya ilustre cepa veo nascido
aquél varón de pecho adamantino,
por valerosas armas conoscido,
CESAR romano y Duque valentino,
valiente corazón, nunca vencido,
al cual le aguarda un hado tan malino,
que aquél raro valor y ánimo fuerte
tendrá fin con sangrienta y cruda muerte.
La mesma ha de acabar en un momento
al HUGO, resplandor de los MONCADAS,
dejando ya con fuerte atrevimiento
las mauritanas gentes subjectadas:
ha de morir por CARLOS muy contento,
después de haber vencido mil jornadas,
y pelear con poderosa mano
con el francés y bárbaro africano.
Mas no miréis la gente embravescida
con el furor del iracundo Marte:
mirad la luz que aquí veréis nascida,
luz de saber, prudencia, genio y arte;
tanto en el mundo todo esclarescida,
que ilustrará la más oscura parte:
VIVES, qué vivirá, mientras al suelo
lumbre ha de dar el gran señor de Delo.
Cuyo saber altíssímo heredando
el HONORATO JUAN, subirá tanto,
que á un alto rey las letras enseñando,
dará á las sacras Musas grande espanto;
parésceme que ya le está adornando
el obispal cayado y sacro manto:
ojalá un mayoral tan excelente
sus greyes en mis campos apasciente.
Cuasi en el mesmo tiempo ha de mostrarse
NÚÑEZ, que en la doctrina en tiernos años
al grande Stagyrita ha de igualarse,
y ha de ser luz de patrios y de extraños:
no sentiréis Demósthenes loarse
orando él. ¡Más, ay, ciegos engaños!
¡ay, patria ingrata, á causa tuya siento
que orillas de Ebro ha de mudar su assiento!
¿Quién os dirá la excelsa melodía,
con que las dulces voces levantando,
resonarán por la ribera mía
poëtas mil? Ya estoy de aquí mirando
que Apolo sus favores les envía,
porque con alto espíritu cantando,
hagan que el nombre de este fértil suelo
del uno al otro polo extienda el vuelo.
Ya veo al gran varón que celebrado
será con clara fama en toda parte,
que en verso al rojo Apolo está igualado
y en armas está al par del fiero Marte:
AUSÍAS MARCH, que á tí, florido _Prado_,
_Amor_, _Virtud_ y _Muerte_ ha de cantarte,
llevando por honrosa y justa empresa
dar fama á la honestíssima _Teresa_.
Bien mostrará ser hijo del famoso
y grande PEDRO MARCH, que en paz y en guerra,
docto en el verso, en armas poderoso,
dilatará la fama de su tierra;
cuyo linaje ilustre y valeroso,
donde valor claríssimo se encierra,
dará un JÁIME y ARNAU, grandes poëtas,
á quien son favorables los planetas.
JORGE DEL REY con verso aventajado
ha de dar honra á toda mi ribera,
y siendo por mis Nimphas coronado
resonará su nombre por do quiera;
el revolver del cielo apressurado
propicio le será de tal manera,
que Italia de su verso terná espanto
y ha de morir de envidia de su canto.
Ya veo, FRANCI OLIVER, que el cielo hieres
con voz que hasta las nubes te levanta,
y á ti también, claríssimo FIGUERES,
en cuyo verso habrá lindeza tanta;
y á tí, MARTÍN GARCÍA, que no mueres,
por más que tu hilo Lachesis quebranta;
INNOCENT DE CUBELLS, también te veo
que en versos satisfaces mi deseo.
Aquí tendréis un gran varón, pastores,
que con virtud de hierbas escondidas
presto remediará vuestros dolores
y enmendará con versos vuestras vidas:
pues, Nimphas, esparcid hierbas y flores
al grande JAIME ROIG agradescidas,
coronad con laurel, serpillo y apio
el gran siervo de Apolo y de Esculapio.
Y al gran NARCIS VIÑOLES, que pregona
su gran valor con levantada rima,
tejed de verde lauro una corona,
haciendo al mundo pública su estima;
tejed otra á la altíssima persona,
que el verso subirá á la excelsa cima,
y ha de igualar al amador de Laura,
CRESPI celebradíssimo VALLDAURA.
Parésceme que veo un excelente
CONDE, que el claro nombre de su OLIVA
hará que entre la extraña y patria gente,
mientras que mundo habrá, florezca y viva;
su hermoso verso irá resplandesciente
con la perfecta lumbre, que deriva
del encendido ardor de sus _Centellas_,
que en luz competirán con las estrellas.
Nimphas, haced del resto, cuando el cielo
con JUAN FERNÁNDEZ os hará dichosas,
lugar no quede en todo aqueste suelo,
do no sembréis los lirios y las rosas;
y tú, ligera Fama, alarga el vuelo,
emplea aquí tus fuerzas poderosas,
y dale aquel renombre soberano
que diste al celebrado Mantuano.
Mirando estoy aquel poëta raro
JAIME GAZULL, que en rima valentina
muestra el valor del vivo ingenio y claro
que á las más altas nubes se avecina;
y el FENOLLAR que á Tityro acomparo,
mi consagrado espíritu adevina,
que resonando aquí su dulce verso
se escuchará par todo el universo.
Con abundosos cantos del PINEDA
resonarán también estas riberas,
con cuyos versos Pan vencido queda,
y amansan su rigor las tigres fieras;
hará que su famoso nombre pueda
subir á las altíssimas espheras:
por éste mayor honra haber espero,
que la soberbia Smyrna por Homero.
La suavidad, la gracia y el assiento
mirad con que el gravíssimo VICENTE
FERRANDIS mostrará el supremo aliento,
siendo en sus claros tiempos excelente:
pondrá freno á su furia el bravo viento,
y detendrán mis aguas su corriente
oyendo al son armónico y suave
de su gracioso verso, excelso y grave.
El cielo y la razón no han consentido,
que hable con mi estilo humilde y llano
del escuadrón intacto y elegido
para tener oficio sobrehumano,
FERNAN, SANS, VALDELLOS y el escogido
CORDERO, y BLASCO ingenio soberano,
GACET, lumbres más claras que la Aurora,
de quien mi canto calla por agora.
Cuando en el grande BORJA, de Montesa
Maestre tan magnánimo imagino,
que en versos y en cualquier excelsa empresa
ha de mostrar valor alto y divino,
parésceme que más importa y pesa
mi buena suerte y próspero destino,
que cuanta fama el Tíber ha tenido,
por ser allí el gran Rómulo nascido.
A ti del mismo padre y mismo nombre
y misma sangre altíssima engendrado,
claríssimo DON JUAN, cuyo renombre
será en Parnasso y Pindo celebrado,
pues ánimo no habrá que no se assombre
de ver tu verso al cielo levantado;
las Musas de su mano en Helicona
te están aparejando la corona.
Con sus héroes el gran pueblo Romano
no estuvo tan soberbio y poderoso,
cuanto ha de estar mi fértil suelo ufano,
cuando el magno AGUILÓN me hará dichoso,
que en guerra y paz consejo soberano,
verso subtil, y esfuerzo valeroso,
le han de encumbrar en el supremo estado
donde Maron ni Fabio no han llegado.
Al SERAPHIN CENTELLAS voy mirando,
que el canto altivo y militar destreza
á la región etérea sublimando,
al verso añadirá la fortaleza,
y en un extremo tal se irá mostrando
su habilidad, su esfuerzo y su nobleza,
que ya comienza en mí el dulce contento
de su valor y gran merescimiento.
A DON LUIS MILLÁN recelo y temo
que no podré alabar como deseo,
que en música estará en tan alto extremo,
que el mundo le dirá segundo Orpheo;
tendrá estado famoso, y tan supremo,
en las heroicas rimas, que no creo
que han de poder nombrársele delante
Cino Pistoya y Guido Cavalcante.
A tí, que alcanzarás tan larga parte
del agua poderosa de Pegaso,
á quien de poesía el estandarte
darán las moradoras de Parnasso,
noble FALCÓN, no quiero aquí alabarte,
porque de ti la fama hará tal caso,
que ha de tener particular cuidado
que desde el Indo al Mauro estés nombrado.
SEMPER loando el ínclito imperante
Carlos, gran rey, tan grave canto mueve,
que aunque la fama al cielo le levante,
será poco á lo mucho que le debe;
veréis que ha de passar tan adelante
con el favor de las hermanas nueve,
que hará con famosíssimo renombre
que Hesiodo en sus tiempos no se nombre.
Al que romanas leyes declarando,
y delicados versos componiendo,
irá al sabio Licurgo aventajando
y al veronés poeta antecediendo,
ya desde aquí le estoy pronosticando
gran fama en todo el mundo, porque entiendo
que cuando de OLIVER se hará memoria
ha de callar antigua y nueva historia.
Nymphas, vuestra ventura conosciendo,
haced de interno gozo mil señales,
que casi ya mi espíritu está viendo
que aquí están dos varones principales:
el uno militar, y el otro haciendo
cobrar salud á míseros mortales,
SIURANA y el ARDÉVOL, que levantan
al cielo el verso altíssimo que cantan.
¿Queréis ver un juicio agudo y cierto
un general saber, un grave tiento?
¿queréis mirar un ánimo despierto,
un sossegado y claro entendimiento?
¿queréis ver un poético concierto,
que en fieras mueve blando sentimiento?
PHELIPPE CATALÁN mirad, que tiene
posessión de la fuente de Hipocrene.
Veréis aquí un ingenio levantado,
que gran fama ha de dar al campo nuestro,
de soberano espíritu dotado,
y en toda habilidad experto y diestro,
el PELLICER, doctísimo letrado,
y en los poemas único maestro,
en quien han de tener grado excessivo
grave saber y entendimiento vivo.
Mirad aquel, en quien pondrá su assiento
la rara y general sabiduría;
con este Orpheo muestra estar contento,
y Apolo influjo altíssimo le envía;
dale Minerva grave entendimiento,
Marte nobleza, esfuerzo y gallardía:
hablo del ROMANÍ, que ornado viene
de todo lo mejor que el mundo tiene.
Dos soles nascerán en mis riberas
mostrando tanta luz como el del cielo;
habrá en un año muchas primaveras,
dando atavío hermoso el fértil suelo,
no se verán mis sotos y praderas
cubiertos de intractable y duro hielo,
oyéndose en mi selva ó mi vereda
los versos de VADILLO y de PINEDA.
Los metros de ARTIEDA y de CLEMENTE
tales serán en años juveniles,
que los de quien presume de excelente,
vendrán á parescer bajos y viles:
ambos tendrán entre la sabia gente
ingenios sossegados y subtiles,
y prometernos han sus tiernas flores
fructos entre los buenos los mejores.
La fuente que á Parnasso hace famoso
será á JUAN PÉREZ tanto favorable,
que de la Tana al Gange caudaloso
por siglos mil tendrá nombre admirable;
ha de enfrenarse el viento pressuroso,
y detenerse ha el agua deleznable,
mostrando allí maravilloso espanto
la vez que escucharán su grave canto.
Aquel, á quien de drecho le es debido
por su destreza un nombre señalado,
de mis sagradas Nymphas conoscido,
de todos mis pastores alabado,
hará un metro sublime y escogido,
entre los más perfectos estimado:
este será ALMUDÉVAR, cuyo vuelo
ha de llegar hasta el supremo cielo.
En lengua patria hará clara la historia
de Nápoles el célebre ESPINOSA,
después de eternizada la memoria
de los _Centellas_, casa generosa,
con tan excelso estilo, que la gloria,
que le dará la fama poderosa,
hará que este poeta sin segundo
se ha de nombrar allá en el nuevo mundo.
Recibo un regalado sentimiento
en la alma de alegría enternescida,
tan sólo imaginando el gran contento
que me ha de dar el sabio BONAVIDA:
tan gran saber, tan grave entendimiento
tendrá la gente atónita y vencida,
y el verso tan sentido y elegante
se oirá desde Poniente hasta Levante.
Tendréis un DON ALFONSO, que el renombre
de ilustres REBOLLEDOS dilatando,
en todo el universo irá su nombre
sobre Maron famoso levantando;
mostrará no tener ingenio de hombre,
antes con verso altíssimo cantando,
parescerá del cielo haber robado
la arte subtil y espíritu elevado.
Por fin deste apacible y dulce canto,
y extremo fin de general destreza,
os doy aquel, con quien extraño espanto
al mundo ha de causar naturaleza;
nunca podrá alabarse un valor tanto,
tan rara habilidad, gracia, nobleza,
bondad, disposición, sabiduría,
fe, discreción, modestia y valentía.
Este es ALDANA, el único Monarca,
que junto ordena versos y soldados,
que en cuanto el ancho mar ciñe y abarca,
con gran razón los hombres señalados
en gran duda pondrán, si él es Petrarca
ó si Petrarcha es él, maravillados
de ver que donde reina el fiero Marte,
tenga el facundo Apolo tanta parte.
Tras éste no hay persona á quien yo pueda
con mis versos dar honra esclarescida,
que estando junto á Phebo, luego queda
la más lumbrosa estrella escurecida,
y allende desto el corto tiempo veda
á todos dar la gloria merescida.
Adiós, adiós, que todo lo restante
os lo diré la otra vez que cante.
Este fué el canto del río TURIA, al cual
estuvieron muy atentos los pastores y
Nymphas, ansí por su dulzura y suavidad,
como por los señalados hombres que en él
á la tierra de VALENCIA se prometían.
Muchas otras cosas os podría contar, que
en aquellos dichosos campos he visto;
pero la pesadumbre que de mi prolijidad
habéis recibido, no me da lugar á ello.
Quedaron Marcelio y las pastoras con gran
maravilla de lo que Clenarda les había
contado, pero cuando llegó á la fin de su
razón, vieron que estaban muy cerca del
templo de Diana y comenzaron á descubrir
sus altos chapiteles, que por encima de
los árboles sobrepujaban. Mas antes que
al gran palacio llegassen, vieron por
aquel llano cogiendo flores una hermosa
Nympha, cuyo nombre, y lo que de su vista
sucedió, sabréis en el libro que se sigue.
_Fin del libro tercero._
LIBRO CUARTO
DE DIANA ENAMORADA
Grandes son las quejas que los hombres
dan ordinariamente de la Fortuna; pero
no serían tantas ni tan ásperas si se
tuviesse cuenta con los bienes que muchas
veces nos vienen de sus mudanzas. El que
estando en ruin estado huelga que la
fortuna se mude, no tiene mucha razón de
increparla y afrentarla con el nombre de
mudable cuando algún contrario sucesso
le acontesce. Mas pues ella en el bien
y en el mal tiene por tan natural la
inconstancia, lo que toca al hombre
prudente es no vivir confiado en la
possessión de los bienes ni desesperado
en el sufrimiento de los males: antes
vivir con tanta prudencia que se passen
los deleites como cosa que no ha de
durar, y los tormentos como cosa que
puede ser fenescida. De semejantes
hombres tiene Dios particular cuidado,
como del triste y congojado Marcelio,
librándole de su necessidad por medio
de la sapientíssima Felicia, la cual,
como con su espíritu adevinasse que
Marcelio, Diana y los otros venían á su
casa, hizo de manera que aquella hermosa
Nympha saliesse en aquel llano para que
les diesse ciertas nuevas y sucediessen
cosas que con su extraña sabiduría vió
que mucho convenían. Pues como Marcelio
y los demás llegassen donde la Nympha
estaba, saludáronla con mucha cortesía,
y ella les respondió con la misma.
Preguntóles para dónde caminaban, y
dijéronle que para el templo de Diana.
Entonces ARETHEA, que este era el nombre
de la Nympha, les dijo: Según en vuestra
manera mostráis tener mucho valor, no
podrá dejar Felicia, cuya Nympha soy, de
holgar con vuestra compañía. Y pues ya
el sol está cercano del occaso, volveré
con vosotros allá, donde seréis recebidos
con la fiesta possible. Ellos le
agradescieron mucho las amorosas ofertas,
y juntamente con ella caminaron hacia
el templo. Grande esperanza recibieron
de las palabras desta Nympha, y aunque
Polydoro y Clenarda habían estado en
la casa de Felicia, no la conoscían ni
se acordaban habella visto. Esto era
por la muchedumbre de Nymphas que tenía
la sabia, las cuales obedesciendo su
mandado entendían en diversos hechos
en diferentes partes. Por esso le
preguntaron su nombre, y ella dijo que
se llamaba ARETHEA. Diana le preguntó
qué había de nuevo en aquellas partes,
y ella respondió: Lo que más nuevo hay
por acá es que habrá dos horas que llegó
á la casa de Felicia una dama en hábito
de pastora, que vista por un hombre
anciano que allí hay fué conoscida por
su hija, y como había mucho tiempo que
andaba perdida por el mundo, fué tanto
el gozo que recibió, que ha redundado
en cuantos están en aquella casa. El
nombre del viejo, si bien me acuerdo,
es EUGERIO, y el de la hija ALCIDA.
MARCELIO oyendo esto quedó tal como un
discreto puede presumir, y dijo: ¡Oh
venturosos trabajos los que alcanzan
fin con tan próspera ventura! ¡Ay, ay!
y queriendo passar adelante se le añudó
el corazón y se le travó la lengua,
cayendo en el suelo desmayado. Diana,
Ismenia y Clenarda, sentándose cabe él,
le esforzaron y le dijeron palabras para
dalle ánimo. Y ansí tornando luego en sí,
se levantó. No se holgaron poco Polydoro
y Clenarda con semejante nueva, viendo
que sus desventuras con la venida de
su hermana Alcida habían de acabarse;
y Diana y Ismenia también recibieron
grande alegría, assí por la que sus
compañeros tenían, como por la que ellas
esperaban de mano de la que sabía hacer
tales maravillas. DIANA, por saber algo
de Syreno, á la Nympha preguntó assí:
Nympha hermosa, gran confianza me distes
de contento con decirme el que hay en
el palacio de Felicia por la venida de
Alcida, pero más cumplido le recibiré si
me contáis los pastores más señalados
que en ella están. Respondió entonces
ARETHEA: Muchos pastores hallaréis allí
de singular merescimiento; pero los
que agora se me acuerdan son Sylvano y
Selvagia, Arsileo y Belisa, y un pastor,
el más principal de todos, llamado
Syreno, de cuyas habilidades hace Felicia
mucho caso; mas tiene un ánimo tan
enemigo de Amor, que á cuantos están
allí tiene maravillados. De la mesma
condición es Alcida, tanto que después
que ella ha llegado, los dos no se han
partido, tratando del olvido y platicando
cosas de desamor. Y ansí tengo por muy
cierto que Felicia los hizo venir á su
casa para casallos, pues son entrambos
de un mesmo parescer, y están sus ánimos
en las condiciones tan avenidos, que
aunque él es pastor y ella dama, puede
Felicia añadirle á él más valor del que
tiene, dándole muchíssima riqueza y
sabiduría, que es la verdadera nobleza.
Y prosiguiendo su razon ARETHEA, vuelta
á Marcelio dijo: Por esso tú, pastor,
pues ves tu bien en peligro de venir á
manos ajenas, no te detengas un punto,
que si llegas á tiempo podrás hurtarle la
ventura á Syreno. Diana, después de haber
oído estas palabras, sintió bravíssima
pena, y la señalara con voces y lágrimas
si la vergüenza y la honestidad no se
lo impidieran. El mesmo dolor, y por la
mesma causa, sintió Marcelio, y quedó
dél tan atormentado que pensó morirse,
haciendo grandíssimos extremos: de manera
que un mesmo cuchillo travessó los
corazones de Marcelio y Diana, y un mesmo
recelo les fatigó las almas. Marcelio
temía el casamiento de Alcida con Syreno
y Diana el de Syreno con Alcida. La
hermosa Nympha bien conocía á Marcelio y
Diana y todos los demás; pero por orden
sapientíssima, que Felicia les había
dado, había dissimulado con ellos y había
dicho una verdad, para darle á Marcelio
una no pensada alegría, y una mentira
para más avivar su deseo y el de Diana,
y para que con esta amargura después
les fuessen más dulces los placeres que
allí habían de recebir. Llegados ya á
una plaza ancha y hermosíssima, que está
delante la puerta de aquel palacio,
vieron salir por ella una venerable
dueña con una saya de terciopelo negro,
tocada con unos largos y blancos velos,
acompañada de tres hermosíssimas Nymphas,
representando una honestíssima Sibila.
Esta era la sabia Felicia, y las Nymphas
eran Dorida, Cynthia y Polydora. Llegando
ARETHEA delante su señora, avisada
primero su compañía cómo aquélla era
Felicia, se le arrodilló á sus pies y
le besó las manos, y lo mesmo hicieron
todos. Mostró FELICIA tener gran contento
de su venida, y con gesto muy alegre
les dijo: Preciados caballeros, dama y
pastoras señaladas, aunque es muy grande
el placer que tengo de vuestra llegada,
no será menor el que recibiréis de mi
vista. Mas porque venís algo fatigados
id á tomar descanso y olvidad vuestro
tormento, pues lo primero no podrá
faltaros en mi casa y lo segundo con mi
poderoso saber será presto remediado.
Mostraron todos allí muchas señales y
palabras de agradescimiento, y al fin
dellas se despidieron de Felicia. Hizo la
sabia que Polydoro y Clenarda quedassen
allí diciendo tener que hablar con ellos;
y los demás, guiados por Arethea, se
fueron á un aposento del rico palacio,
donde fueron aquella noche festejados
y proveídos de lo que convenía para su
descanso. Era esta casa tan sumptuosa
y magnífica, tenía tanta riqueza, era
poblada de tantos jardines, que no hay
cosa que de gran parte se le pueda
comparar. Mas no quiero detenerme en
contar particularmente su hermosura y
riqueza, pues largamente fué contada
en la primera parte. Sólo quiero decir
que Marcelio, Diana y Ismenia fueron
aposentados en dos piezas del palacio
entapizadas con paños de oro y seda
ricamente labrados, cosa no acostumbrada
para las simples pastoras. Fueron allí
proveídos de una abundante y delicada
cena, servidos con vasos de oro y de
cristal, y al tiempo de dormir se
acostaron en tales camas, que aunque los
cuerpos de sus penas y cansancios venían
fatigados, la blandura y limpiezas dellas
y la esperanza que Felicia les había dado
les convidó á dulce y reposado sueño.
Por otra parte, Felicia en compañía
de sus tres Nymphas, y de Polydoro y
Clenarda; y avisándoles que no dijessen
nada de la venida de Marcelio, Diana é
Ismenia, fué á un ameníssimo jardín,
donde vieron que en un corredor Eugerio
con su hija Alcida estaba passeando. Don
Félix y Felismena, Syreno, Sylvano y
Selvagia, Arsileo y Belisa y otro pastor
estaban más apartados sentados en torno
de una fuente. Estaba aún Alcida con los
mismos vestidos de pastora con que aquel
día había llegado, pero luego por sus
hermanos fué conoscida. La alegría que
todos tres hermanos recibieron de verse
juntos, y la que el padre tuvo de ver
á sí y á ellos con tanto contento, el
gozo con que se abrazaron, las lágrimas
que vertieron, las razones que passaron
y las preguntas que se hicieron, no se
pueden con palabras declarar. Grandes
fiestas hizo Alcida á los hermanos, pero
muchas más á Polydoro que á Clenarda,
por la presumpción que tenía que con
Marcelio se había ido, dejándola en la
desierta isla, como habéis oído. Pero
queriendo FELICIA aclarar estos errores
y dar fin á tantas desdichas, habló
ansí: Hermosa Alcida, por más que la
fortuna con desventuras muy grandes se
ha mostrado tu enemiga, no negarás que
con el contento que agora tienes, de
todas sus injurias no estés cumplidamente
vengada. Y porque el engaño, que hasta
agora tuviste, aborresciendo sin razón
á tu Marcelio, si vives más en él, es
bastante para alterar tu corazón y darle
mucho desabrimiento, será menester que de
tu error y sospecha quedes desengañada.
Lo que de Marcelio presumes es al revés
de lo que piensas: porque dejarte allí
en la isla no fué culpa suya, sino de
un traidor y de la fortuna. La cual,
por satisfacer el daño que te hizo, te
ha encaminado á mí, en cuya boca no
hallarás cosa ajena de verdad. Todo
lo que acerca desto passa, tu hermana
Clenarda largamente lo dirá; oye su razón
y da crédito á sus palabras, que por mí
te juro que cuantas cosas sobre ello te
contará serán certíssimas y verdaderas.
Comenzó entonces Clenarda á contar el
caso como había passado, desculpando á
Marcelio y á sí, recitando largamente la
grande traición y maldad de Bartofano
y todo lo demás que está contado. Oído
lo cual, Alcida quedó muy satisfecha, y
junto con el engaño salió de su corazón
el aborrescimiento. Y tanto por estar
fuera del error passado como por la obra
que las poderosas palabras de Felicia
hacían en su alma, comenzó á despertarse
en ella el adormido amor y avivarse el
sepultado fuego, y como tal le dijo á
Felicia: Sabia señora, bien conozco el
yerro mío y la merced que me heciste en
librarme dél, pero si yo desengañada amo
á Marcelio, estando él ausente como está,
no tendré el cumplimiento de alegría
que de tu mano espero, antes recibiré
tan extremada pena, que para el remedio
della será menester que me hagas nuevos
favores. Respondió á esto FELICIA:
Buena señal es de amor tener miedo de la
ausencia; pero ésta no tardará mucho,
pues yo tomé á cargo tu salud. El sol
ya sus rayos ha escondido, y es hora de
recogerse; vete con tu padre y hermanos
á reposar, que mañana hablaremos en lo
demás. Dicho esto se salió del jardín, y
lo mesmo hicieron Eugerio y sus hijas,
yendo á los aposentos del palacio que
Felicia les tenía señalados, que estaban
apartados de los de Marcelio y sus
compañeras. Quedaron un rato Don Félix y
Felismena, los otros pastores y pastoras
en torno de la fuente; pero luego se
fueron á cenar dejando concertado de
volver allí al día siguiente, una hora
antes del día, para gozar de la frescura
de la mañana. Pues como la esperanza del
placer les hiciesse passar la noche con
cuidado, todos madrugaron tanto que antes
de la hora concertada acudieron con sus
instrumentos á la fuente. Eugerio, con
el hijo y hijas, avisado de la música,
madrugó, y fué también allá. Comenzaron
á tañer, cantar y mover grandes juegos
y bullicios á la lumbre de la Luna, que
con lleno y resplandeciente gesto los
alumbraba como si fuera día. Marcelio,
Diana y Ismenia dormían en dos aposentos,
el uno al lado del otro, cuyas ventanas
daban en el jardín. Y aunque por ellas
no podían ver la fuente, á causa de
unos espessos y altos álamos que lo
estorbaban, pero podían oir lo que en
torno della se hablaba. Pues como al
bullicio, regocijo y cantares de los
pastores Ismenia recordasse, despertó
á Diana, y luego Diana dando golpes en
la pared que los dos aposentos dividía,
despertó á Marcelio, y todos se asomaron
á las ventanas, donde estuvieron sin ser
vistos ni conoscidos. Marcelio se paró á
escuchar si por ventura sentiría la voz
de Alcida. Diana estaba muy atenta por
oir la de Syreno. Sola Ismenia no tenía
confianza de oir á Montano, pues no sabía
que allí estuviesse. Pero ella tuvo más
ventura, porque á la sazón un pastor al
son de su zampoña cantaba deste modo:
_Sextina._
La hermosa, rubicunda y fresca Aurora
ha de venir tras la importuna noche;
sucede á la tiniebla el claro día,
las Nymphas salirán al verde prado,
y el aire sonará el suave canto,
y dulce son de cantadoras aves.
Yo soy menos dichoso que las aves
que saludando están la alegre Aurora,
mostrando allí regocijado canto;
que al alba triste estoy como la noche,
ó esté desierto ó muy florido el prado,
ó esté ñubloso ó muy sereno el día.
En hora desdichada y triste día
tan muerto fuí, que no podrán las aves,
que en la mañana alegran monte y prado,
ni el rutilante gesto de la Aurora
de mi alma desterrar la escura noche,
ni de mi pecho el lamentable canto.
Mi voz no mudará su triste canto,
ni para mí jamás será de día;
antes me perderé en perpetua noche,
aunque más canten las parleras aves
y más madrugue la purpúrea Aurora
para alumbrar y hacer fecundo el prado.
¡Ay, enfadosa huerta! ¡Ay, triste prado!
pues la que oir no puede este mi canto,
y con rara beldad vence la Aurora,
no alumbra con su gesto vuestro día;
no me canséis ¡ay! importunas aves,
porque sin ella vuestra Aurora es noche.
En la quieta y sossegada noche,
cuando en poblado, monte, valle y prado
reposan los mortales y las aves,
esfuerzo más el congojoso canto,
haciendo lloro igual la noche y día,
en la tarde, en la siesta y en la Aurora.
Sola una Aurora ha de vencer mi noche,
y si algún día ilustrará este prado,
darme ha contento el canto de las aves.
Luego Ismenia, que por la ventana estuvo
escuchando, conosció que el que cantaba
era su esposo Montano, y recibió tanto
gozo de oirle, como dolor en sentir lo
que cantaba. Porque presumió que la
pena de que en su canción decía estar
atormentado era por otra y no por ella.
Pero luego quedó desengañada, porque
oyó que en acabando de cantar MONTANO
dió un suspiro, y dijo: ¡Ay, fatigado
corazón, cuán mal te fué en dar crédito
á tu sospecha y cuán justamente padesces
los males que tu misma liviandad te ha
procurado! ¡Ay, mi querida Ismenia,
cuánto mejor fuera para mí que tu sobrado
amor no te forzara á buscarme por el
mundo, para que cuando yo, conoscido
mi error, á la aldea volviera, en ella
te hallara! ¡Ay, engañosa Sylveria,
cuán mala obra heciste al que de su
niñez te las hizo tan buenas! Mas yo te
agradesciera el desengaño que después
me diste declarándome la verdad, si no
llegara tan tarde, que no aprovecha sino
para mayor pena. ISMENIA, oído esto,
se tuvo por bienaventurada, y recibió
tanto gozo que no se puede imaginar. Las
lágrimas le salieron por los ojos de
placer, y como aquélla que vió cercana
la fin de sus fatigas, dijo: Ciertamente
ha llegado el tiempo de mi ventura,
verdaderamente esta casa es hecha para
remedio de penados. Marcelio y Diana
se holgaron en extremo de la alegría
de Ismenia, y tuvieron esperanza de la
suya. Quería Ismenia en todo caso salir
de su aposento y bajar al jardín, y al
tiempo que Marcelio y Diana la detenían,
paresciéndoles que debía esperar la
voluntad de Felicia, oyeron nuevos cantos
en la fuente, y conosció Diana que eran
de Syreno; Ismenia y todos se sosegaron,
por no estorbar á Diana el oir la voz de
su amado, y sintieron que decía ansí: