CARTA DE FILENO Á ISMENIA

Pastora, el amor fué parte

que por su pena decirte,

tenga culpa en escrebirte

quien no la tiene en amarte.

Mas si á ti fuere molesta

mi carta, ten por muy cierto

que á mí me tiene ya muerto

el temor de la respuesta.

Mil veces cuenta te di

del tormento que me das,

y no me pagas con más

de con burlarte de mí.

Te ríes á boca llena

de verme amando morir,

yo alegre en verte reir,

aunque ríes de mi pena.

Y ansí el mal, en que me hallo,

pienso, quando miro en ello,

que porque huelgas de vello,

no has querido remediallo.

Pero mal remedio veo,

y esperarle será en vano,

pues mi vida está en tu mano

y mi muerte en tu deseo.

Vite estar, pastora, un día

cabe el Duero caudaloso,

dando con el gesto hermoso

á todo el campo alegría.

Sobre el cayado inclinada

en la campaña desierta,

con la cerviz descubierta

y hasta el codo remangada.

Pues decir que un corazón,

puesto que de mármol fuera,

no te amara, si te viera,

es simpleza y sinrazón.

Por esso en ver tu valor,

sin tener descanso un poco,

vine á ser de amores loco

y á ser muerto de dolor.

Si dices que ando perdido,

siendo enamorado y viejo,

deja de darme consejo,

que yo remedio te pido.

Porque tanto en bien quererte

no pretendo haber errado,

como en haberme tardado

tanto tiempo á conoscerte.

Muy bien sé que viejo estó,

pero á más mal me condena

ver que no tenga mi pena

tantos años como yo.

Porque quisiera quererte

dende el día que nascí,

como después que te vi

he de amarte hasta la muerte.

No te espante verme cano,

que á nadie es justo quitar

el merescido lugar,

por ser venido temprano.

Y aunque mi valor excedes,

no paresce buen consejo

que por ser soldado viejo

pierda un hombre las mercedes.

Los edificios humanos,

cuantos más modernos son,

no tienen comparación

con los antiguos Romanos.

Y en las cosas de primor,

gala, asseo y valentía,

suelen decir cada día:

lo passado es lo mejor.

No me dió amor su tristeza

hasta agora, porque vió

que en un viejo, como yo,

suele haber mayor firmeza.

Firme estoy, desconocida,

para siempre te querer,

y viejo para no ser

querido en toda mi vida.

Los mancebos que más quieren,

falsos y doblados van,

porque más vivos están,

cuando más dicen que mueren.

Y su mudable afición,

es segura libertad,

es gala, y no voluntad,

es costumbre, y no passión.

No hayas miedo que yo sea

como el mancebo amador,

que en recebir un favor

lo sabe toda la aldea.

Que aunque reciba trescientos

he de ser en los amores

tan piedra en callar favores

como en padescer tormentos.

Mas según te veo estar

puesta en hacerme morir,

mucho habrá para sufrir

y poco para callar.

Que el mayor favor que aquí,

pastora, pretendo hacer,

es morir por no tener

mayores quejas de ti.

Tiempo, amigo de dolores,

sólo á ti quiero inculparte,

pues quien tiene en ti más parte

menos vale en los amores.

Tarde amé cosa tan bella,

y es muy justo que pues yo

no nascí, cuando nasció,

en dolor muera por ella.

Si yo en tu tiempo viniera,

pastora, no me faltara

conque á ti te contentara

y aun favores recibiera.

Que en apacible tañer,

y en el gracioso bailar

los mejores del lugar

tomaban mi parescer.

Pues en cantar no me espanto

de Amphion el escogido,

pues mejores que él han sido

confundidos con mi canto.

Aro muy grande comarca,

y en montes proprios y extraños

pascen muy grandes rebaños

almagrados de mi marca.

¿Mas qué vale, ¡ay, cruda suerte!

lo que es, ni lo que ha sido

al sepultado en olvido

y entregado á dura muerte?

Pero valga para hacer

más blanda tu condición,

viendo que tu perfección

al fin dejará de ser.

Dura estás como las peñas,

mas quizá en la vieja edad

no tendrás la libertad

conque agora me desdeñas.

Porque, toma tal venganza

de vosotras el Amor,

que entonces os da dolor

cuando os falta la esperanza.

Estas y otras muchas cartas y canciones

me envió, las cuales, si tanto me

movieran como me contentaban, él se

tuuiera por dichoso y yo quedara mal

casada. Mas ninguna cosa era bastante

á borrar de mi corazón la imagen del

amado Montano, el cual, según mostraba,

respondió á mi voluntad con iguales obras

y palabras. En esta alegre vida passamos

algunos años, hasta que nos paresció

dar cumplimiento á nuestro descanso con

honesto y casto matrimonio. Y aunque

quiso Montano antes de casar conmigo dar

razón dello á su padre, por lo que como

buen hijo tenía obligación de hacer;

pero como yo le dije que su padre no

venía bien en ello, á causa de la locura

que tenía de casarse conmigo, por esso,

teniendo más cuenta con el contento de su

vida que con la obediencia de su padre,

sin dalle razón, cerró mi desdichado

matrimonio. Esto se hizo con voluntad

de mi padre, en cuya casa se hicieron

por ello grandes fiestas, bailes, juegos

y tan grandes regocijos, que fueron

nombrados por todas las aldeas vecinas y

apartadas. Cuando el enamorado viejo supo

que su propio hijo le había salteado sus

amores, se volvió tan frenético contra él

y contra mí, que á entrambos aborresció

como la misma muerte, y nunca más nos

quiso ver. Por otra parte, una pastora de

aquella aldea, nombrada Felisarda, que

moría de amores de Montano, la cual él,

por quererme bien á mí, y por ser ella

no muy joven ni bien acondicionada, la

había desechado, cuando vido á Montano

casado conmigo, vino á perderse de dolor.

De manera que con nuestro casamiento

nos ganamos dos mortales enemigos. El

maldito viejo, por tener ocasión de

desheredar el hijo, determinó casarse

con mujer hermosa y joven á fin de haber

hijos en ella. Mas aunque era muy rico,

de todas las pastoras de mi lugar fué

desdeñado, si no fué de Felisarda, que

por tener oportunidad y manera de gozar

deshonestamente de mi Montano, cuyos

amores tenía frescos en la memoria,

se casó con el viejo Fileno. Casada

ya con él, entendió luego por muchas

formas en requerir mi esposo Montano por

medio de una criada nombrada Silveria,

enviándole á decir que si condescendía

á su voluntad le alcanzaría perdón de

su padre, y haciéndole otros muchos y

muy grandes ofrescimientos. Mas nada

pudo bastar á corromper su ánimo ni

á pervertir su intención. Pues como

Felisarda se viese tan menospreciada,

vino á tenerle á Montano una ira mortal,

y trabajó luego en indignar más á su

padre contra él, y no contenta con esto,

imaginó una traición muy grande. Con

promessas, fiestas, dádivas y grandes

caricias, pervirtió de tal manera el

ánimo de Silveria, que fué contenta de

hacer cuanto ella le mandasse, aunque

fuesse contra Montano, con quien ella

tenía mucha cuenta, por el tiempo que

había servido en casa de su padre. Las

dos secretamente concertaron lo que se

había de hacer y el punto que había

de ejecutarse; y luego salió un día

Silveria de la aldea, y viniendo á una

floresta orilla de Duero, donde Montano

apascentaba sus ovejas, le habló muy

secretamente, y muy turbada, como quien

trata un caso muy importante, le dijo:

¡Ay, Montano amigo! cuán sabio fuiste

en despreciar los amores de tu maligna

madrastra, que aunque yo á ellos te

movía, era por pura importunación. Mas

agora que sé lo que passa, no será ella

bastante para hacerme mensajera de sus

deshonestidades. Yo he sabido della

algunas cosas que tocan en lo vivo, y

tales que si tú las supiesses, aunque tu

padre es contigo tan cruel, no dejarías

de poner la vida por su honra. No te

digo más en esto, porque sé que eres tan

discreto y avisado, que no son menester

contigo muchas palabras ni razones.

Montano á esto quedó atónito y tuvo

sospecha de alguna deshonestidad de

su madrastra. Pero por ser claramente

informado, rogó á SILVERIA le contasse

abiertamente lo que sabía. Ella se hizo

de rogar, mostrando no querer descubrir

cosa tan secreta, pero al fin, declarando

lo que Montano le preguntaba, y lo que

ella mesma decirle quería, le explicó

una fabricada y bien compuesta mentira,

diciendo deste modo: Por ser cosa que

tanto importa á tu honra y á la de

Fileno, mi amo, saber lo que yo sé, te

lo diré muy claramente, confiando que á

nadie dirás que yo he descubierto este

secreto. Has de saber que Felisarda tu

madrastra hace traición á tu padre con

un pastor, cuyo nombre no te diré, pues

está en tu mano conoscerle. Porque si

quisieres venir esta noche, y entrar

por donde yo te guiare, hallarás la

traidora con el adúltero en casa del

mesmo Fileno. Ansí lo tienen concertado,

porque Fileno ha de ir esta tarde á

dormir en su majada por negocios que allí

se le ofrescen, y no ha de volver hasta

mañana á medio día. Por esso apercíbete

muy bien, y ven á las once de la noche

conmigo, que yo te entraré en parte donde

podrás fácilmente hacer lo que conviene

á la honra de tu padre, y aun por medio

desto alcanzar que te perdone. Esto dijo

Silveria tan encarescidamente y con tanta

dissimulación, que Montano determinó de

ponerse en cualquier peligro, por tomar

venganza de quien tal deshonra hacía á

Fileno, su padre. Y ansí la traidora

Silveria contenta del engaño que de

consejo de Felisarda había urdido, se

volvió á su casa, donde dió razón á

Felisarda, su señora, de lo que dejaba

concertado. Ya la escura noche había

extendido su tenebroso velo, cuando

venido Montano á la aldea tomó un puñal,

que heredó del pastor Palemón, su tío,

y al punto de las once se fué á casa de

Fileno, su padre, donde SILVERIA ya le

estaba esperando, como estaba ordenado.

¡Oh, traición nunca vista! ¡Oh, maldad

nunca pensada! Tomóle ella por la mano,

y subiendo muy queda una escalera,

le llevó á una puerta de una cámara,

donde Fileno, su padre, y su madrastra

Felisarda estaban acostados, y cuando

le tuvo allí, le dijo: Agora estás,

Montano, en el lugar donde has de señalar

el ánimo y esfuerzo que semejante caso

requiere; entra en essa cámara, que en

ella hallarás tu madrastra acostada con

el adúltero. Dicho esto, se fue de allí

huyendo á más andar. Montano engañado de

la alevosia de Silveria, dando crédito

á sus palabras, esforzando el ánimo y

sacando el puñal de la vaina, con un

empujón abriendo la puerta de la cámara,

mostrando una furia extraña, entró en

ella diciendo á grandes voces: ¡Aquí has

de morir, traidor, á mis manos, aquí te

han de hacer mal provecho los amores

de Felisarda! Y diciendo esto furioso

y turbado, sin conoscer quién era el

hombre que estaba en la cama, pensando

herir al adúltero, alzó el brazo para

dar de puñaladas á su padre. Mas quiso

la ventura que el viejo con la lumbre

que allí tenía, conosciendo su hijo, y

pensando que por habelle con palabra y

obras tan mal tratado, le quería matar,

alzándose presto de la cama, con las

manos plegadas le dijo: ¡Oh, hijo mío!

¿qué crueldad te mueve á ser verdugo de

tu padre? vuelve en tu seso, por Dios,

y no derrames agora mi sangre, ni des

fin á mi vida; que si yo contigo usé

de algunas asperezas, aquí de rodillas

te pido perdón por todas ellas, con

propósito de ser para contigo de hoy

adelante el más blando y benigno padre de

todo el mundo. Montano entonces, cuando

conosció el engaño que se le había hecho

y el peligro en que había venido de dar

muerte á su mesmo padre, se quedó allí

tan pasmado, que el ánimo y los brazos

se le cayeron y el puñal se le salió de

las manos sin sentirlo. De atónito no

pudo ni supo hablar palabra, sino que

corrido y confuso se salió de la cámara;

íbase también de la casa aterrado de la

traición que Silveria le había hecho

y de la que él hiciera, si no fuera

tan venturoso. FELISARDA, como estaba

advertida de lo que había de suceder, en

ver entrar á Montano, saltó de la cama y

se metió en otra cámara que estaba más

adentro, y cerrando tras sí la puerta,

se asseguró de la furia de su alnado.

Mas cuando se vió fuera del peligro,

por estar Montano fuera de la casa,

volviendo donde Fileno temblando aún

del pasado peligro estaba, incitando el

padre contra el hijo, y levantándome á mí

falso testimonio, á grandes voces decía

ansí: Bien conoscerás agora, Fileno, el

hijo que tienes, y sabrás si es verdad

lo que yo de sus malas inclinaciones

muchas veces te dije. ¡Oh, cruel, oh

traidor Montano! ¿cómo el cielo no te

confunde? ¿cómo la tierra no te traga?

¿cómo las fieras no te despedazan? ¿cómo

los hombres no te persiguen? Maldito sea

tu casamiento, maldita tu desobediencia,

malditos tus amores, maldita tu Ismenia,

pues te ha traido á usar de tan bestial

crueza y á cometer tan horrendo pecado.

¿No castigaste, traidor, al pastor

Alanio, que con tu mujer Ismenia á pesar

y deshonra tuya deshonestamente trata, y

á quien ella quiere más que á ti, y has

querido dar muerte á tu padre, que con tu

vida y honra ha tenido tanta cuenta? ¿Por

haberte aconsejado le has querido matar?

¡Ay, triste padre! ¡ay, desdichadas

canas! ¡ay, angustiada senectud! ¿qué

yerro tan grande cometiste, para que

quisiesse matarte tu proprio hijo?

¿aquel que tú engendraste, aquel que tú

regalaste, aquel por quien mil trabajos

padesciste? Esfuerza agora tu corazón,

cesse agora el amor paternal, dése

lugar á la justicia, hágase el debido

castigo; que si quien hizo tan nefanda

crueldad no recibe la merescida pena,

los desobedientes hijos no quedarán

atemorizados, y el tuyo, con efecto,

vendrá después de pocos días á darte de

su mano cumplida muerte. El congojado

FILENO, con el pecho sobresaltado y

temeroso, oyendo las voces de su mujer

y considerando la traición del hijo,

rescibió tan grande enojo, que, tomando

el puñal que á Montano, como dije, se le

había caído, luego en la mañana saliendo

á la plaza, convocó la justicia y los

principales hombres de la aldea, y cuando

fueron todos juntos, con muchas lágrimas

y sollozos les dijo desta manera: A Dios

pongo por testigo, señalados pastores,

que me lastima y aflige tanto lo que

quiero deciros, que tengo miedo que el

alma no se me salga tras habello dicho.

No me tenga nadie por cruel, porque saco

á la plaza las maldades de mi hijo; que

por ser ellas tan extrañas y no tener

remedio para castigarlas, os quiero

dar razón dellas, porque veáis lo que

conviene hacer para darle á él la justa

pena y á los otros hijos provechoso

ejemplo. Muy bien sabéis con qué regalos

le crié, con qué amor le traté, qué

habilidades le enseñé, qué trabajos por

él padescí, qué consejos le di, con

cuánta blandura le castigué. Casóse á mi

pesar con la pastora Ismenia, y porque

dello le reprendí, en lugar de vengarse

del pastor Alanio, que con la dicha

Ismenia, su mujer, como toda la aldea

sabe, trata deshonestamente, volvió su

furia contra mí y me ha querido dar la

muerte. La noche passada tuvo maneras

para entrar en la cámara, donde yo con

mi Felisarda dormía, y con este puñal

desnudo quiso matarme, y lo hiciera,

sino que Dios le cortó las fuerzas y

le atajó el poder de tal manera, que

medio tonto y pasmado se fué de allí

sin efectuar su dañado intento, dejando

el puñal en mi cámara. Esto es lo que

verdaderamente passa, como mejor de mi

querida mujer podréis ser informados.

Mas porque tengo por muy cierto que

Montano, mi hijo, no hubiera cometido tal

traición contra su padre, si de su mujer

Ismenia no fuera aconsejado, os ruego

que miréis lo que en esto so debe hacer,

para que mi hijo de su atrevimiento

quede castigado, y la falsa Ismenia,

ansí por el consejo que dió á su marido,

como por la deshonestidad y amores que

tiene con Alanio, resciba digna pena.

Aún no había Fileno acabado su razón,

cuando se movió entre la gente tan gran

alboroto, que paresció hundirse toda la

aldea. Alteráronse los ánimos de todos

los pastores y pastoras, y concibieron

ira mortal contra Montano. Unos decían

que fuesse apedreado, otros que en

la mayor profundidad de Duero fuesse

echado, otros que á las hambrientas

fieras fuesse entregado, y en fin, no

hubo allí persona que contra él no

se embravesciesse. Moviólos también

mucho á todos lo que Fileno de mi vida

falsamente les había dicho; pero tanta

ira tenían por el negocio de Montano,

que no pensaron mucho en el mío. Cuando

Montano supo la relación que su padre

públicamente había hecho y el alboroto y

conjuración que contra él había movido,

cayó en grande desesperación. Y allende

desto sabiendo lo que su padre delante

de todos contra mí había dicho, rescibió

tanto dolor, que más grave no se puede

imaginar. De aquí nasció todo mi mal,

esta fué la causa de mi perdición y aquí

tuvieron principio mis dolores. Porque

mi querido Montano, como sabía que yo en

otro tienpo había amado y sido querida

de Alanio, sabiendo que muchas veces

reviven y se renuevan los muertos y

olvidados amores, y viendo que Alanio, á

quien yo por él había aborrescido, andaba

siempre enamorado de mí, haciéndome

importunas fiestas, sospechó por todo

esto que lo que su padre Fileno había

dicho era verdad, y cuanto más imaginó

en ello, más lo tuvo por cierto. Tanto

que bravo y desesperado, ansí por el

engaño que de Silveria había recebido

como por el que sospechaba que yo le

había hecho, se fué de la aldea y nunca

más ha parescido. Yo que supe de su

partida y la causa della por relación de

algunos pastores amigos suyos, á quien

él había dado larga cuenta de todo, me

salí del aldea por buscarle, y mientras

viva no pararé hasta hallar mi dulce

esposo, para darle mi disculpa, aunque

sepa después morir á sus manos. Mucho ha

que ando peregrinando en esta demanda,

y por más que en todas las principales

aldeas y cabañas de pastores he buscado,

jamás la fortuna me ha dado noticia de

mi Montano. La mayor ventura que en este

viaje he tenido fué, que dos días después

que partí de mi aldea hallé en un valle

la traidora Silveria, que sabiendo el

voluntario destierro de Montano, iba

siguiéndole, por descubrirle la traición

que le había hecho y pedirle perdón por

ella, arrepentida de haber cometido tan

horrenda alevosía. Pero hasta entonces

no le había hallado, y como á mí me

vido, me contó abiertamente cómo había

passado el negocio, y fué para mí gran

descanso saber la manera con que se nos

había hecho la traición. Quise dalle la

muerte con mis manos, aunque flaca mujer,

pero dejé de hacerlo, porque sólo ella

podía remediar mi mal declarando su misma

maldad. Roguéle con gran priessa fuesse

á buscar á mi amado Montano para dalle

noticia de todo el hecho, y despedíme

della para buscarle yo por otro camino.

Llegué hoy á este bosque, donde convidada

de la amenidad y frescura del lugar,

hice assiento para tener la siesta; y

pues la fortuna acá por mi consuelo os

ha guiado, yo le agradezco mucho este

favor, y á vosotros os ruego, que pues

es ya casi medio día, si possible es,

me hagáis parte de vuestra graciosa

compañía, mientras durare el ardor del

sol, que en semejante tiempo se muestra

riguroso. Diana y Marcelio holgaron

en extremo de escuchar la historia de

Ismenia y saber la causa de su pena.

Agradesciéronle mucho la cuenta que

les había dado de su vida, y diéronle

algunas razones para consuelo de su mal,

prometiéndole el possible favor para su

remedio. Rogáronle también que fuesse

con ellos á la casa de la sabia Felicia,

porque allí sería possible hallar alguna

suerte de consolación. Fueron assí mesmo

de parescer de reposar allí, en tanto

que durarían los calores de la siesta,

como Ismenia había dicho. Pero como Diana

era muy plática en aquella tierra, y

sabía los bosques, fuentes, florestas,

lugares amenos y sombríos della, les

dijo que otro lugar había más ameno y

deleitoso que aquel, que no estaba muy

lejos, y que fuessen allá, pues aún no

era llegado el medio día. De manera que

levantándose todos, caminaron un poco

espacio, y luego llegaron á una floresta

donde Diana los guió; y era la más

deleitosa, la más sombría y agradable que

en los más celebrados montes y campañas

de la pastoral Arcadia puede haber. Había

en ella muy hermosos alisos, sauces y

otros árboles, que por las orillas de

las cristalinas fuentes, y por todas

partes con el fresco y suave airecillo

blandamente movidas, deleitosamente

murmuraban. Allí de la concertada

harmonía de las aves, que por los verdes

ramos bulliciosamente saltaban, el aire,

tan dulcemente resonaba, que los ánimos,

con un suave regalo, enternescia. Estaba

sembrada toda de una verde y menuda

hierba, entre la cual se levantaban

hermosas y variadas flores, que con

diversos matices el campo dibujando, con

suave olor el más congojado espíritu

recreaban. Allí solían los cazadores

hallar manadas enteras de temerosos

ciervos, de cabras montesinas y de otros

animales, con cuya prisión y muerte se

toma alegre pasatiempo. Entraron en

esta floresta siguiendo todos á Diana,

que iba primera y se adelantó un poco

para buscar una espessura de árboles,

que ella para su esposo en aquel lugar

tenía señalada, donde muchas veces solía

recrearse. No habían andado mucho, cuando

Diana llegando cerca del lugar que ella

tenía por el más ameno de todos, y

donde quería que tuviessen la siesta,

puesto el dedo sobre los labios, señaló

á Marcelio y á Ismenia que viniessen

á espacio y sin hacer ruido. La causa

era, porque había oído dentro aquella

espessura cantos de pastores. En la voz

le parescieron Tauriso y Berardo, que

por ella entrambos penados andaban, como

está dicho. Pero por sabello más cierto,

llegándose más cerca un poco por entre

unos acebos y lantiscos, estuvo acechando

por conoscellos, y vido que eran ellos y

que tenían allí en su compañía una muy

hermosa dama, y un preciado caballero,

los cuales, aunque parescían estar algo

congojados y mal tratados del camino,

pero todavía en el gesto y disposición

descubrían su valor. Después de haber

visto los que allí estaban, se apartó,

por no ser vista. En esto llegaron

Marcelio é Ismenia, y todos juntos se

sentaron tras unos jarales, donde no

podían ser vistos y podían oir distincta

y claramente el cantar de los pastores,

cuyas voces, por toda la floresta

resonando, movían concertada melodía,

como oiréis en el siguiente libro.

_Fin del libro segundo._

LIBRO TERCERO

DE DIANA ENAMORADA

La traición y maldad de una ofendida y

maliciosa mujer suele emprender cosas tan

crueles y abominables, que no hay ánimo

del más bravo y arriscado varón que no

dudasse de hacerlas y no temblase de solo

pensarlas. Y lo peor es que la Fortuna es

tan amiga de mudar los buenos estados,

que les da á ellas cumplido favor en

sus empresas; pues sabe que todas se

encaminan á mover extrañas novedades y

revueltas, y vienen á ser causa de mil

tristezas y tormentos. Gran crueldad fue

la de Felisarda en ser causa que un padre

con tan justa, aunque engañosa causa,

aborresciesse su propio hijo, y que un

marido con tan vana y aparente sospecha

desechasse su querida mujer, pero mayor

fue la ventura que tuvo en salir con su

fiero y malicioso intento. No sirva esto

para que nadie tenga de las mujeres mal

parescer, si no para que viva cada cual

recatado, guardándose de las semejantes

á Felisarda, que serán muy pocas; pues

muchas dellas son dechado del mundo y luz

de vida, cuya fe, discreción y honestidad

meresce ser con los más celebrados

uersos alabada. De lo cual da claríssima

prueba Diana y Ismenia, pastoras de

señalada hermosura y discreción, cuya

historia publica manifiestamente sus

alabanzas. Pues prosiguiendo en el

discurso della, sabréis que cuando

Marcelio y ellas estuvieron tras los

jarales assentadas, oyeron que Tauriso y

Berardo cantaban desta manera:

_Terços esdruccioles._

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 307 / 605 题