DIANA

Si son tan manifiestos los engaños

con que el Amor nos prende,

¿por qué á ser presa el alma se presenta?

Si el blando corazón no se defiende

de los terribles daños,

¿por qué después se queja y se lamenta?

Razón es que consienta

y sufra los dolores de Cupido

aquel que ha consentido

al corazón la flecha y la cadena:

que el mal no puede darnos sino pena.

Esta canción y otras cantaron, al cabo

de las cuales estuvieron ya fuera del

bosque, y comenzaron á caminar por un

florido y deleitoso prado. Entonces

dijo DIANA estas palabras: Cosas son

maravillosas las que la industria de

los hombres en las pobladas ciudades ha

inventado, pero más espauto dan las que

la naturaleza en los solitarios campos

ha producido. ¿A quién no admira la

frescura deste sombroso bosque? ¿quién

no se espanta de la lindeza de este

espacioso prado? Pues ver los matices de

las libreadas flores, y oir el concierto

de las cantadoras aves, es cosa de tanto

contento que no iguala con ello de

gran parte la pompa y abundancia de la

más celebrada corte. Ciertamente, dijo

MARCELIO, en esta alegre soledad hay gran

aparejo de contentamiento, mayormente

para los libres, pues les es licito gozar

á su voluntad de tan admirables dulzuras

y entretenimientos. Y tengo por muy

cierto que si el Amor, que agora, morando

en estos desiertos, me es tan enemigo,

me diera en la villa donde yo estaba la

mitad del dolor que agora siento, mi vida

no osara esperado, pues no pudiera con

semejantes deleites amansar la braveza

del tormento. A esto no respondió DIANA

palabra, sino que, puesta la blanca mano

delante sus ojos, sosteniendo con ella la

dorada cabeza, estuvo gran rato pensosa,

dando de cuando en cuando muy angustiados

suspiros, y á cabo de gran pieza dijo

ansí: ¡Ay de mí, pastora desdichada!

¿qué remedio será bastante á consolar

mi mal, si los que quitan á los otros

gran parte del tormento acarrean más

ardiente dolor? No tengo ya sufrimiento

para encubrir mi pena, Marcelio; mas ya

que la fuerza del dolor me constriñe

á publicarla, una cosa le agradezco,

que me fuerza á decirla en tiempo y en

parte en que tú solo estés presente,

pues por tus generosas costumbres y por

la experiencia que tienes de semejante

mal, no tendrás por sobrada mi locura,

principalmente sabiendo la causa della.

Yo estoy maltratada del mal que te

atormenta, y no olvidada como tú de un

pastor llamado Syreno, del cual que en

otro tiempo fuí querida. Mas la Fortuna,

que pervierte los humanos intentos, quiso

que, obedesciendo más á mi padre que á

mi voluntad, dejasse de casarme con él,

y á mi pesar me hiciesse esclava de un

marido que, cuando otro mal no tuviera

con él sino el que causan sus continuos é

importunados celos, bastaba para matarme.

Mas yo me tuviera por contenta de sufrir

las sospechas de Delio con que viera

la preferencia de Syreno, el cual creo

que por no verme, tomando de mi forzado

casamiento ocasión para olvidarme, se

apartó de nuestra aldea, y está, según

he sabido, en el templo de Diana, donde

nosotros imos. De aquí puedes imaginar

cuál puedo estar, fatigada de los celos

del marido y atormentada con la ausencia

del amado. Dijo entonces MARCELIO:

Graciosa pastora, lastimado quedo de

saber tu dolor y corrido de no haberle

hasta agora sabido. Nunca yo me vea con

el deseado contento sino querría verle

tanto en tu alma como en la mía. Mas,

pues sabes cuán generales son las flechas

del Amor, y cuán poca cuenta tienen con

los más fuertes, libres y más honestos

corazones, no tengas afrenta de publicar

sus llagas, pues no quedará por ellas

tu nombre denostado, sino en mucho más

tenido. Lo que á mí me consuela es

saber que el tormento que de los celos

del marido recibías, el cual suele dar

á veces mayor pena que la ausencia de

la cosa amada, te dejará algún rato

descansar, en tanto que Delio, siguiendo

la fugitiva pastora, estará apartado

de tu compañía. Goza, pues, del tiempo

y acasión que te concede la fortuna, y

alégrate, que no será poco alivio para

ti passar la ausencia de Syreno libre de

la importunidad del celoso marido. No

tengo yo, dijo DIANA, por tan dañosos los

celos, que si como son de Delio fueran

de Syreno, no los sufriera con sólo

imaginar que tenían fundamento en amor.

Porque cierto está que quien ama huelga

de ser amado, y ha de tener los celos

de la cosa amada por muy buenos, pues

son claras señales de amor, nascen dél

y siempre van con él acompañados. De mí

á lo menos te puedo decir que nunca me

tuve por tan enamorada como cuando me vi

celosa, y nunca me vi celosa sino estando

enamorada. A lo cual replicó MARCELIO:

Nunca pensé que la pastoril llaneza

fuesse bastante á formar tan avisadas

razones como las tuyas en cuestión tan

dificultosa como es ésta. Y de aquí vengo

á condenar por yerro muy reprobado decir,

como muchos afirman, que en solas las

ciudades y cortes está la viveza de los

ingenios, pues la hallé también entre

las espessuras de los bosques, y en

las rústicas é inartificiosas cabañas.

Pero con todo, quiero contradecir á tu

parescer, con el cual heciste los celos

tan ciertos mensajeros y compañeros

del amor, como si no pudiesse estar

en parte donde ellos no estén. Porque

puesto que hay pocos enamorados que no

sean celosos, no por eso se ha de decir

que el enamorado que no lo fuere no

sea más perfecto y verdadero amador.

Antes muestra en ello el valor, fuerza y

quilate de su deseo, pues está limpio y

sin la escoria de frenéticas sospechas.

Tal estaba yo en el tiempo venturoso,

y me preciaba tanto dello, que con mis

versos lo iba publicando, y una vez entre

las otras, que mostró Alcida maravillarse

de verme enamorado y libre de celos, le

escribí sobre ello este

_Soneto._

Dicen que Amor juró que no estaria

sin los mortales celos un momento,

y la Belleza nunca hacer assiento,

do no tenga Soberbia en compañía.

Dos furias son, que el bravo infierno envía,

bastantes á enturbiar todo contento:

la una el bien de amor vuelve en tormento,

la otra de piedad la alma desvía.

Perjuro fué el Amor y la Hermosura

en mí y en vos, haciendo venturosa

y singular la suerte de mi estado.

Porque después que vi vuestra figura,

ni vos fuistes altiva, siendo hermosa,

ni yo celoso, siendo enamorado.

Fué tal el contento que tuvo mi Alcida

cuando le dije este soneto, entendiendo

por él la fineza de mi voluntad, que

mil veces se le cantaba, sabiendo

que con ello le era muy agradable. Y

verdaderamente, pastora, tengo por muy

grande engaño, que un monstruo tan

horrendo como los celos se tenga por

cosa buena, con decir que son señales de

amor y que no están sino en el corazón

enamorado. Porque á essa cuenta podremos

decir que la calentura es buena, pues es

señal de vida y nunca está sino en el

cuerpo vivo. Pero lo uno y lo otro son

manifiestos errores, pues no dan menor

pesadumbre los celos que la fiebre.

Porque son pestilencia de las almas,

frenesía de los pensamientos, rabia

que los cuerpos debilita, ira que el

espíritu consume, temor que los ánimos

acobarda y furia que las voluntades

enloquesce. Mas para que juzgues ser

los celos cosa abominable, imagina la

causa dellos, y hallarás que no es otra

sino un apocado temor de lo que no es

ni será, un vil menosprecio del propio

merescimiento y una sospecha mortal,

que pone en duda la fe y la bondad de

la cosa querida. No pueden, pastora,

con palabras encarescerse las penas

de los celos, porque son tales, que

sobrepujan de gran parte los tormentos

que acompañan el amor. Porque en fin,

todos, sino él, pueden y suelen parar

en admirables dulzuras y contentos, que

ansí como la fatigosa sed en el tiempo

caloroso hace parescer más sabrosas las

frescas aguas, y el trabajo y sobresalto

de la guerra hace que tengamos en mucho

el sossiego de la paz, ansí los dolores

de Cupido sirven para mayor placer en la

hora que se rescibe un pequeño favor, y

cuando quiera que se goze de un simple

contentamiento. Mas estos rabiosos celos

esparcen tal veneno en los corazones, que

corrompe y gasta cuantos deleites se le

llegan. A este propósito, me acuerdo que

yo oí contar un día á un excelente músico

en Lisbona delante del Rey de Portugal un

soneto que decía ansi:

Quando la brava ausencia un alma hiere,

se ceba, imaginando el pensamiento,

que el bien, que está más lejos, más contento

el corazón hará cuando viniere.

Remedio hay al dolor de quien tuviere

en esperanza puesto el fundamento;

que al fin tiene algún premio del tormento,

o al menos en su amor contento muere.

Mil penas con un gozo se descuentan,

y mil reproches ásperos se vengan

con sólo ver la angélica hermosura.

Mas cuando celos la ánima atormentan,

aunque después mil bienes sobrevengan,

se tornan rabia, pena y amargura.

¡Oh, cuán verdadero parescer! ¡Oh, cuán

cierta opinión es ésta! Porque á la

verdad, esta pestilencia de los celos

no deja en el alma parte sana donde

pueda recogerse una alegría. No hay en

amor contento, cuando no hay esperanza,

y no la habrá, en tanto que los celos

están de por medio. No hay placer que

dellos esté seguro, no hay deleite que

con ellos no se gaste y no hay dolor

que con ellos no nos fatigue. Y llega á

tanto la rabia y furor de los venenosos

celos, que el corazón, donde ellos están,

recibe pesadumbre en escuchar alabanzas

de la cosa amada, y no querría que las

perfecciones que él estima fuessen de

nadie vistas ni conocidas, haciendo

en ello gran perjuicio al valor de la

gentileza que le tiene captivo. Y no

sólo el celoso vive en este dolor, mas á

la que bien quiere le da tan continua y

trabajosa pena, que no le diera tanta, si

fuera su capital enemigo. Porque claro

está que un marido celoso como el tuyo,

antes querria que su mujer fuesse la mas

fea y abominable del mundo, que no que

fuesse vista ni alabada por los hombres,

aunque sean honestos y moderados. ¿Qué

fatiga es para la mujer ver su honestidad

agraviada con una vana sospecha? ¿qué

pena le es estar sin razón en los más

secretos rincones encerrada? ¿qué dolor

ser ordinariamente con palabras pesadas,

y aun á veces con obras combatida? Si

ella está alegre, el marido la tiene por

deshonesta; si está triste, imagina que

se enoja de verle; si está pensando,

la tiene por sospechosa; si le mira,

paresce que le engaña; si no le mira,

piensa que le aborresce; si le hace

caricias, piensa que las finge; si está

grave y honesta, cree que le desecha;

si rie, la tiene por desenvuelta; si

suspira, la tiene por mala, y en fin, en

cuántas cosas se meten estos celos, las

convierten en dolor, aunque de suyo sean

agradables. Por donde está muy claro que

no tiene el mundo pena que iguale con

esta, ni salieron del infierno Harpías

que más ensucien y corrompan los sabrosos

manjares del alma enamorada. Pues no

tengas en poco, Diana, tener ausente el

celoso Delio, que no importa poco para

passar más ligeramente las penas del

Amor. A esto DIANA respondió: Yo vengo á

conoscer que esta passión, que has tan al

vivo dibujado, es disforme y espantosa,

y que no meresce estar en los amorosos

ánimos, y creo que esta pena era la

que Delio tenía. Mas quiero que sepas

que semejante dolencia no pretendí yo

defenderla, ni jamás estuvo en mí: pues

nunca tuve pesar del valor de Syreno, ni

fuí atormentada de semejantes passiones y

locuras, como las que tú me has contado,

mas sólo tuve miedo de ser por otra

desechada. Y no me engañó de mucho este

recelo, pues he probado tan á costa mía

el olvido de Syreno. Esse miedo, dijo

MARCELIO, no tiene nombre de celos, antes

es ordinario en los buenos amadores.

Porque averiguado está que lo que yo amo,

lo estimo y tengo por bueno y merescedor

de tal amor, y siendo ello tal, he de

tener miedo que otro no conozca su bondad

y merescimiento, y no lo ame como yo. Y

ansí el amador está metido en medio del

temor y la esperanza. Lo que el uno le

niega, la otra se lo promete; cuando el

uno le acobarda, la otra le esfuerza;

y en fin las llagas que hace el temor

se curan con la esperanza, durando esta

reñida pelea hasta que la una parte de

las dos queda vencida, y si acontesce

vencer el temor á la esperanza, queda el

amador celoso, y si la esperanza vence al

temor, queda alegre y bien afortunado.

Mas yo en el tiempo de mi ventura tuve

siempre una esperanza tan fuerte, que

no sólo el temor no la venció, pero

nunca osó acometella, y ansi recibía con

ella tan grandes gustos, que á trueque

dellos no me pesaba recebir los continuos

dolores; y fuí tan agradescida á la que

mi esperanza en tanta firmeza sostenía,

que no había pena que viniesse de su

mano que no la tuviesse por alegría. Sus

reproches tenía por favores, sus desdenes

por caricias y sus airadas respuestas por

corteses prometimientos.

Estas y otras razones passaron Diana

y Marcelio prosiguiendo su camino.

Acabado de travessar aquel prado en

muy dulce conversación, y subiendo

una pequeña cuesta, entraron por un

ameno bosquecillo, donde los espessos

alisos hacían muy apacible sombrío.

Allí sintieron una suave voz que de una

dulce lira acompañada resonaba con

extraña melodía, y parándose á escuchar,

conocieron que era voz de una pastora que

cantaba ansí:

_Soneto._

Cuantas estrellas tieue el alto cielo

fueron en ordenar mi desventura,

y en la tierra no hay prado ni verdura

que pueda en mi dolor darme consuelo.

Amor subjecto al miedo, en puro hielo

convierte el alma triste ¡ay, pena dura!

que á quien fué tan contraria la ventura,

vivir no puede un hora sin recelo.

La culpa de mi pena es justo darte

á ti, Montano, á ti mis quejas digo,

alma cruel, do no hay piedad alguna.

Porque si tú estuvieras de mi parte,

no me espantara á mí serme enemigo

el cielo, tierra, Amor y la Fortuna.

Después de haber la pastora suavemente

cantado, soltando la rienda al amargo y

doloroso llanto, derramó tanta abundancia

de lágrimas y dió tan tristes gemidos,

que por ellos y por las palabras que

dijo, conoscíeron ser la causa de su

dolor un engaño cruel de su sospechoso

marido. Pero por certificarse mejor de

quién era y de la causa de su passión,

entraron donde ella estaba y la hallaron

metida en un sombrío que la espessura

de los ramos había compuesto, assentada

sobre la menuda hierba junto á una alegre

fuentecilla, que de entre unas matas

graciosamente saliendo por gran parte

del bosquecillo, por diversos caminos

iba corriendo. Saludáronla con mucha

cortesía, y ella aunque tuvo pesar que

impidiessen su llanto, pero juzgando por

la vista ser pastores de merescimiento,

no recibió mucha pena, esperando con

ellos tener agradable compañía, y ansí

les dijo: Después que de mi cruel esposo

fuí sin razón desamparada, no me acuerdo,

pastores, haber recebido contento que

de gran parte iguale con el que tuve de

veros. Tanto que, aunque el continuo

dolor me obliga á hacer perpetuo llanto,

lo dejaré por agora un rato, para

gozar de vuestra apacible y discreta

conversación. A esto respondió MARCELIO:

Nunca yo vea consolado mi tormento, si

no me pesa tanto del tuyo, como se puede

encarescer, y lo mesmo puedes creer de la

hermosa Diana, que ves en mi compañía.

Oyendo entonces la pastora el nombre

de Diana, corriendo con grande alegría

la abrazó, haciéndole mil caricias y

fiestas, porque mucho tiempo había que

deseaba conoscella, por la relación que

tenía de su hermosura y discreción. Diana

estuvo espantada de verse acariciada de

una pastora no conoscida; mas todavía

le respondía con iguales cortesías, y

deseando saber quién era, le dijo: Los

aventajados favores que me heciste,

juntamente con la lástima que tengo de

tu mal, hacen que desee conoscerte; por

esso decláranos, pastora, tu nombre, y

cuéntanos tu pena, que después de contada

verás nuestros corazones ayudarte á

pasalla y nuestros ojos á lamentar por

ella. La pastora entonces se escusó con

sus graciosas palabras de emprender el

cuento de su desdicha; pero en fin,

importunada se volvió á sentar sobre la

hierba, y comenzó assí:

Por relación de la pastora Selvagia,

que era natural de mi aldea, y en la

tuya, hermosa Diana, está casada con el

pastor Sylvano, creo que serás informada

del nombre de la desdichada ISMENIA,

que su desventura te está contando. Yo

tengo por cierto que ella en tu aldea

contó largamente cómo yo en el templo

de Minerva, en el reyno de Lusitanos,

arrebozada la engañé, y cómo con mi

proprio engaño quedé burlada. Habrá

contado también cómo por vengarme del

traydor Alanio, que enamorado della á mí

me había puesto en olvido, fingí querer

bien á Montano, su mortal enemigo, y cómo

este fingido amor, con el conoscimiento

que tuve de su perfección, salió tan

verdadero, que á causa dél estoy en las

fatigas de que me quejo. Pues passando

adelante en la historia de mi vida,

sabréis que como el padre de Montano,

nombrado Fileno, viniesse algunas veces

á casa de mi padre, á causa de ciertos

negocios que tenía con él sobre una

compañía de ganados, y me viesse allí,

aunque era algo viejo, se enamoró de mí

de tal suerte, que andaba hecho loco.

Mil veces me importunaba, cada día sus

dolores me decía; mas nada le aprovechó

para que le quisiesse escuchar, ni tener

cuenta con sus palabras. Porque aunque

tuviera más perfección y menos años de

los que tenía, no olvidara yo por él

á su hijo Montano, cuyo amor me tenía

captiva. No sabía el viejo el amor que

Montano me tenía, porque le era hijo tan

obediente y temeroso, que escusó todo lo

possible que no tuviesse noticia dello,

temiendo ser por él con ásperas palabras

castigado. Ni tampoco sabía Montano la

locura de su padre, porque él por mejor

castigar y reprender los errores del

hijo se guardaba mucho de mostrar que

tenía semejantes y aun mayores faltas.

Pero nunca dejaba el enamorado viejo de

fatigarme con sus importunaciones que

le quisiesse tomar por marido. Decíame

dos mil requiebros, hacíame grandes

ofrescimientos, prometíame muchos

vestidos y joyas y enviábame muchas

cartas, pretendiendo con ello vencer

mi propósito y ablandar mi condición.

Era pastor que en su tiempo había sido

señalado en todas las habilidades

pastoriles, muy bien hablado, avisado

y entendido. Y porque mejor lo creáis,

quiero deciros una carta que una vez

me escribió, la cual, aunque no mudó mi

intención, me contentó en estremo, y

decía ansí:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 306 / 605 题