BERARDO

Un día al campo vino

aserenando al cielo

la luz de perfectíssimas mujeres,

las hebras de oro fino

cubiertas con un velo,

prendido con dorados alfileres;

mil juegos y placeres

passaba con su esposo;

yo tras un mirto estaba,

y vi que él alargaba

la mano al blanco velo, y el hermoso

cabello quedó suelto,

y yo de vello en triste miedo envuelto.

En acabando los pastores de cantar,

comenzaron á recoger su ganado, que por

el bosque derramado andaba. Y viniendo

hacia donde Marcelio y Diana estaban,

fué forzado habellos de ver, porque no

tuvieron forma de esconderse aunque

mucho lo trabajaron. Gran contento

recibieron de tan alegre y no pensada

vista. Y aunque Berardo quedó con ella

atemorizado, el ardiente Tauriso con

ver la causa de su pena encendió más

su deseo. Saludaron cortésmente las

pastoras, rogándoles que, pues la Fortuna

allí los había encaminado, se fuessen

todos de compañía hacia la aldea. Diana

no quiso ser descortés, porque no lo

acostumbraba, más fué contenta de hacello

ansí. De modo que Tauriso y Berardo

encargaron á otros pastores que con

ellos estaban que los recogidos ganados

hacia la aldea poco á poco llevassen, y

ellos, en compañía de Marcelio y Diana,

adelantándose, tomaron el camino. Rogóle

Tauriso á Diana que á la canción que él

diría respondiesse; ella dijo que era

contenta, y ansí cantaron esta canción:

TAURISO. Zagala, ¿por qué razón

no me miras, di, enemiga?

DIANA. Porque los ojos fatiga

lo que ofende al corazón.

TAURISO. ¿Qué pastora hay en la vida

que se ofenda de mirar?

DIANA. La que pretende passar

sin querer ni ser querida.

TAURISO. No hay tan duro corazón

que un alma tanto persiga.

DIANA. Ni hay pastor que contradiga

tan adrede á la razón.

TAURISO. ¿Cómo es esto que no tuerza

el amor tu crueldad?

DIANA. Porque amor es voluntad,

y en la voluntad no hay fuerza.

TAURISO. Mira que tienes razón

de remediar mi fatiga.

DIANA. Esa mesma á mí me obliga

á guardar mi corazón.

TAURISO. ¿Por qué me das tal tormento

y qué guardas tu hermosura?

DIANA. Porque tú el seso y cordura

llamas aborrescimiento.

TAURISO. Será porque sin razón

tu braveza me castiga.

DIANA. Antes porque de fatiga

defiendo mi corazón.

TAURISO. Cata que no soy tan feo

como te cuidas, pastora.

DIANA. Conténtate por agora

con que digo que te creo.

TAURISO. ¿Después de darme passión

me escarnesces, di, enemiga?

DIANA. Si otro quieres que te diga,

pides más de la razón.

En extremo contentó la canción de Tauriso

y Diana, y aunque Tauriso por ella sintió

las crudas respuestas de su pastora, y

con ellas grande pena, quedó tan alegre

con que ella le había respondido, que

olvidó el dolor que de la crueldad de

sus palabras pudiera rescebir. A este

tiempo el temeroso BERARDO, esforzando

el corazón, hincando sus ojos en los de

Diana á guisa de congojado cisne, que

cercano á su postrimería, junto á las

claras fuentes va suavemente cantando,

levantó la debil y medrosa voz, que con

gran pena del sobresaltado pecho le

salía, y al son de su zampoña cantó ansí:

Tenga fin mi triste vida,

pues, por mucho que lloré,

no es mi pena agradescida

ni dan crédito á mi fe.

Estoy en tan triste estado,

que tomara por partido

de ser mal galardonado

solo que fuera creído.

Mas aunque pene mi vida,

y en mi mal constante esté,

no es mi pena agradescida

ni dan crédito á mi fe.

Después de haber dicho Berardo su

canción, pusieron los dos pastores los

ojos en Marcelio, y como era hombre

no conoscido, no osaban decille que

cantasse. Pero, en fin, el atrevido

Tauriso le rogó les dijesse su nombre,

y si era possible dijesse alguna

canción, porque lo uno y lo otro les

sería muy agradable. Y él, sin dalles

otra respuesta, volviéndose á Diana, y

señalándole que su zampoña tocasse, quiso

con una canción contentallos de entrambas

las cosas. Y después de dado un suspiro,

dijo ansí:

Tal estoy después que vi

la crueldad de mi pastora,

que ni sé quién soy agora

ni lo que será de mí.

Sé muy bien que, si hombre fuera,

el dolor me hubiera muerto,

y si piedra, está muy cierto

que el llorar me deshiciera.

Llámanme Marcelio á mi,

pero soy de una pastora,

que ni sé quién soy agora

ni lo que será de mí.

Ya la luz del sol comenzaba á dar lugar

á las tinieblas, y estaban las aldeas

con los domésticos fuegos humeando,

cuando los pastores y pastoras, estando

muy cerca de su lugar, dieron fin á sus

cantares. Llegaron todos á sus casas

contentos de la passada conversación,

pero Diana no hallaba sossiego,

mayormente cuando supo que no estaba

en la aldea su querido Syreno. Dejó á

Marcelio aposentado en casa de Melibeo,

primo de Delio, donde fué hospedado con

mucha cortesía, y ella, viniendo á su

casa, convocados sus parientes y los de

su esposo, les dió razón de cómo Delio la

había dejado en la fuente de los alisos,

yendo tras una extranjera pastora. Sobre

ello mostró hacer grandes llantos y

sentimientos, y al cabo de todos ellos

les dijo que su determinación era ir

luego por la mañana al templo de Diana,

por saber de la sabia Felicia nuevas de

su esposo. Todos fueron muy contentos

de su voluntad, y para el cumplimiento

della le ofrescieron su favor; y ella,

pues supo que en el templo de Diana

hallaría su Syreno, quedó muy alegre

del concierto, y con la esperanza del

venidero placer dió aquella noche á su

cuerpo algún reposo, y tuvo en el corazón

un no acostumbrado sossiego.

_Fin del libro primero._

LIBRO SEGUNDO

DE DIANA ENAMORADA

Es el injusto Amor tan bravo y poderoso,

que de cuanto hay en el mundo se

aprovecha para su crueldad, y las cosas

de más valor le favorescen en sus

empresas. Especialmente la Fortuna le da

tanto favor con sus mudanzas, cuanto él

ha menester para dar graves tormentos.

Claro está lo que digo en el desastre

de Marcelio, pues la Fortuna ordenó

tal acontescimiento, que de su esposa

Alcida forzado hubo de dar crédito á

una sospecha tal que, aunque falsa,

tenía muy cierto ó á lo menos aparente

fundamento; y dello se siguió aborrescer

á su esposo, que más que á su vida la

quería, y en nada le había ofendido. De

aquí se puede colegir cuán cierta ha de

ser una presunción, para que un hombre

sabio le deba dar entera fe: pues ésta,

que tenía muestras de certidumbre, era

tan ajena de verdad. Pero ya que el Amor

y Fortuna trataron tan mal á Marcelio,

una cosa tuvo que agradescelles, y fué

que el Amor hirió el corazón de Diana, y

Fortuna hizo que Marcelio en la fuente la

hallasse, para que entrambos fuessen á

la casa de Felicia y el triste passasse

sus penas en agradable compañía. Pues

llegado el tiempo qué la rubicunda

Aurora con su dorado gesto ahuyentaba

las nocturnas estrellas, y las aves con

suave canto anunciaban el cercano día,

la enamorada Diana, fatigada ya de la

prolija noche, se levantó para emprender

el camino deseado. Y encargadas ya sus

ovejas á la pastora Polyntia, salió de su

aldea acompañada de su rústica zampoña,

engañadora de trabajos, y proveído el

zurrón de algunos mantenimientos, bajó

por una cuesta, que de la aldea á un

espesso bosque descendía, y á la fin

della se paró sentada debajo unos alisos,

esperando que Marcelio, su compañero,

viniesse, según que con él la noche antes

lo había concertado. Mas en tanto que

no venía, se puso á tañer su zampoña y

cantar esta

_Canción._

Madruga un poco, luz del claro día,

con apacible y blanda mansedumbre,

para engañar un alma entristescida.

Extiende, hermoso Apolo, aquella lumbre,

que á los desiertos campos da alegría,

y á las muy secas plantas fuerza y vida.

En ésta amena silva, que convida

á muy dulce reposo,

verás de un congojoso

dolor mi corazón atormentado,

por verse ansí olvidado

de quien mil quejas daba de mi olvido:

la culpa es de Cupido,

que aposta quita y da aborrescimiento,

do ve que ha de causar mayor tormento.

¿Qué fiera no enternesce un triste canto?

¿y qué piedra no ablandan los gemidos

que suele dar un fatigado pecho?

¿Qué tigres ó leones conducidos

no fueran á piedad oyendo el llanto

que quasi tiene mi ánimo deshecho?

Sólo á Syreno cuento sin provecho

mi triste desventura,

que della tanto cura

como el furioso viento en mar insano

las lágrimas que en vano

derrama el congojado marinero,

pues cuanto más le ruega, más es fiero.

No ha sido fino amor, Syreno mío,

el que por estos campos me mostrabas,

pues un descuido mío ansí le ofende.

¿Acuérdaste, traidor, lo que jurabas

sentado en este bosque y junto al río?

¿pues tu dureza agora qué pretende?

¿No bastará que el simple olvido emiende

con un amor sobrado,

y tal, que si al passado

olvido no aventaja de gran parte

(pues más no puedo amarte,

ni con mayor ardor satisfacerte)

por remedio tomar quiero la muerte?

Mas viva yo en tal pena, pues la siento

por ti, que haces menor toda tristura,

aunque más dañe el ánima mezquina.

Porque tener presente tu figura

da gusto aventajado al pensamiento

de quien por ti penando en ti imagina.

Mas tú á mi ruego ardiente un poco inclina

el corazón altivo,

pues ves que en penas vivo

con un solo deseo sostenida,

de oir de ti en mi vida

siquiera un no en aquello que más quiero.

¿Mas qué se ha de esperar de hombre tan fiero?

¿Cómo agradesces, dime, los favores

de aquel tiempo passado que tenías

mas blando el corazón, duro Syreno,

cuando, traidor, por causa mía hacías

morir de pura envidia mil pastores.

¡Ay, tiempo de alegría! ¡Ay, tiempo bueno!

Será testigo el valle y prado ameno,

á do de blancas rosas

y flores olorosas

guirnalda á tu cabeza componía,

do á veces añadía

por sólo contentarte algún cabello:

que muero de dolor pensando en ello.

Agora andas essento aborresciendo

la que por ti en tal pena se consume:

pues guarte de las mañas de Cupido.

Que el corazón soberbio, que presume

del bravo amor estarse defendiendo,

cuanto más armas hace, es más vencido.

Yo ruego que tan preso y tan herido

estés como me veo.

Mas siempre á mi deseo

no desear el bien le es buen aviso,

pues cuantas cosas quiso,

por más que tierra y cielos importuna,

se las negó el Amor y la Fortuna.

Canción, en algún pino ó dura encina

no quise señalarte,

mas antes entregarte

al sordo campo y al mudable viento:

porque de mi tormento

se pierda la noticia y la memoria,

pues ya perdida está mi vida y gloria.

La delicada voz y gentil gracia de la

hermosa Diana hacía muy clara ventaja á

las habilidades de su tiempo: pero más

espanto daba ver las agudezas con que

matizaba sus cantares, porque eran tales,

que parescían salidas de la avisada

corte. Mas esto no ha de maravillar tanto

los hombres que lo tengan por impossible:

pues está claro que es bastante el Amor

para hacer hablar á los más simples

pastores avisos más encumbrados,

mayormente si halla aparejo de

entendimiento vivo é ingenio despierto,

que en las pastoriles cabañas nunca

faltan. Pues estando ya la enamorada

pastora al fin de su canción, al tiempo

que el claro sol ya comenzaba á dorar

las cumbres de los más altos collados,

el desamado Marcelio, de la pastoril

posada despedido para venir al lugar que

con Diana tenía concertado, descendió la

cuesta á cuyo pie ella sentada estaba.

Vióle ella de lejos, y calló su voz,

porque no entendiesse la causa de su

mal. Cuando MARCELIO llegó donde Diana

le esperaba, le dijo: Hermosa pastora,

el claro día de hoy, que con la luz de

tu gesto amaneció más resplandeciente,

sea tan alegre para ti como fuera triste

para mí si no le hubiesse de passar en

tu compañía. Corrido estoy en verdad de

ver que mi tardanza haya sido causa que

recibiesses pesadumbre con esperarme;

pero no será este el primer yerro que le

has de perdonar á mi descuido, en tanto

que tratarás conmigo. Sobrado sería el

perdón, dijo DIANA, donde el yerro falta:

la culpa no la tiene tu descuido, sino

mi cuidado, pues me hizo levantar antes

de hora y venir acá, donde hasta agora

he passado el tiempo, á veces cantando y

á veces imaginando, y en fin entendiendo

en los tratos que á un angustiado

espíritu pertenescen. Mas no hace tiempo

de deternos aquí, que aunque el camino

hasta el templo de Diana es poco, el

deseo que tenemos de llegar allá es

mucho. Y allende de esto me paresce que

conviene, en tanto que el sol envía más

mitigados los rayos y no son tan fuertes

sus ardores, adelantar el camino, para

después, á la hora de la siesta, en algún

lugar fresco y sombrío tener buen rato de

sossiego. Dicho esto, tomaron entrambos

el camino, travesando aquel espesso

bosque, y por alivio del camino cantaban

deste modo:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 302 / 605 题