No tiene el ancho suelo
lobos tan poderosos
cuya braveza miedo pueda hacerme,
y de un simple recelo,
en casos amorosos,
como cobarde vil vengo á perderme.
No puedo defenderme
de un miedo que en mi pecho
gobierna, manda y rige;
que el alma mucho aflige
y el cuerpo tiene ya medio deshecho.
¡Ay, crudo amor; ay, fiero!
¿con pena tan mortal cómo no muero?