Jamás quiso escucharme
esta pastora mía,
mas persevera siempre en la dureza,
y en siempre maltratarme
continua su porfía.
¡Ay, cruda pena; ay, fiera gentileza!
Mas es tal la firmeza
que esfuerza mi cuidado,
que vivo más seguro
que está un peñasco duro
contra el rabioso viento y mar airado,
y cuanto más vencido,
doy más ardor al ánimo encendido.