Antes que el sol, dejando el hemisphero,
caer permita en hierbas el rocío,
tú, simple oveja, y tú, manso cordero,
prestad grata atención al canto mío.
No cantaré el ardor terrible y fiero,
mas el mortal temor helado y frío,
con que enfrena y corrige el alma insana
la angélica hermosura de Diana.