«Dexase tan bien entender el pensamiento
que busca ocasiones para oluidar a
quien dessea, que sin trabajar mucho la
imaginaçion, se uiene en conoscimiento
dello. No me tengas en tanto, señora,
que busque remedio para desculparte de
lo que conmigo piensas usar, pues nunca
yo llegué a ualer tanto contigo, que
en menores cosas quesiesse hazello. Yo
confessé que auia querido bien, porque
el amor quando es uerdadero, no sufre
cosa encubierta, y tú pones por occasion
de oluidarme, lo que auia de ser de
quererme. No me puedo dar a entender que
te tienes en tan poco, que creas de mí
poderte oluidar, por ninguna cosa que
sea, o aya sido: mas antes me escriues
otra cosa de lo que de mí sé tienes
experimentado. De todas las cosas que en
perjuizio de lo que te quiero imaginas,
me assegura mi pensamiento, el qual
bastará ser mal gualardonado, sin ser
tambien mal agradescido».
Despues que don Felis me leyó la carta
que a su dama tenía escrita, me preguntó
si la respuesta me parescia conforme a
las palabras que la señora Çelia le auia
dicho en la suya, y que si auia algo
en ella qué emendar. A lo qual yo le
respondi: No creo, señor, que es menester
hazer la emienda a essa carta, ni a la
dama a quien se embia, sino a la que en
ella offendes. Digo esto, porque soy tan
affiçionado a los amores primeros que
en esta uida he tenido, que no auria
en ella cosa que me hiziesse mudar el
pensamiento. La mayor razon tienes del
mundo (dixo don Felis). Si yo pudiesse
acabar comigo otra cosa de lo que hago:
mas qué quieres, si la absençia enfrió
esse amor, y ençendio este otro? Desta
manera (respondi yo) con razon se puede
llamar engañada aquella a quien primero
quesiste, porque amor sobre que ausencia
tiene poder, ni es amor, ni nadie me
podra dar a entender que lo aya sido.
Esto dezia yo con más dissimulaçion
de lo que podria: porque sentia tanto
verme oluidada de quien tanta razon
tenía de quererme, y yo tanto queria,
que hazia más de lo que nadie piensa,
en no darme a entender. E tomando la
carta, y informandome de lo que auia de
hazer me fuy en casa de la señora Çelia,
ymaginando el estado triste a que mis
amores me auian traydo, pues yo mismo me
hazia la guerra, siendome forçado ser
intercessora de cosa tan contraria a mi
contentamiento.
Pues llegando en casa de Çelia, y
hallando vn page suyo a la puerta, le
pregunté, si podia hablar a su señora. Y
el page informado de mí cuyo era, le dixo
a Çelia, alabandole mucho mi hermosura y
disposiçion, y diziendole que nueuamente
don Felis me auia reçebido. La señora
Çelia le dixo: Pues a hombre reçebido
de nueuo descubre luego don Felis sus
pensamientos, alguna grande occasion
deue auer para ello. Dile que entre y
sepamos lo que quiere. Yo entré luego
donde la enemiga de mi bien estaua: y
con el acatamiento debido le besé las
manos y le puse en ellas la carta de don
Felis. La señora Çelia la tomó y puso los
ojos en mí, de manera que yo le senti la
alteraçion que mi uista le auia causado:
porque ella estuuo tan fuera de sí, que
palabra no me dixo por entonçes. Pero
despues boluiendo un poco sobre sí, me
dixo. ¿Que uentura te ha traydo a esta
corte, para que don Felis la tuuiesse
tan buena, como es tenerte por criado?
Señora (le respondi yo) la uentura que a
esta corte me ha traydo, no puede dexar
de ser muy mejor de lo que nunca pense,
pues ha sido causa que yo uiesse tan
gran perfeçion y hermosura, como la que
delante mis ojos tengo: y si antes me
dolian las ansias, los sospiros y los
continuos desassosiegos de don Felis mi
señor, agora que he uisto la causa de
su mal, se me ha conuertido en embidia
la manzilla que dél tenía. Mas si es
uerdad, hermosa señora, que mi uenida
te es agradable, suplicote por lo que
deues al grande amor que él te tiene,
que tu respuesta tambien lo sea. No ay
cosa (me respondio Çelia) que yo dexe de
hazer por ti, aunque estaua determinada
de no querer bien a quien ha dexado otra
por mí. Que grandissima discreçion es
saber la persona aprouecharse de casos
agenos, para poderse ualer en los suyos.
Y entonçes le respondi: No creas, señora,
que auria cosa en la uida porque don
Felis te oluidasse. E si ha oluidado a
otra dama por causa tuya, no te espantes,
que tu hermosura y discreçion es tanta,
y la de la otra dama tan poca, que no
ay para qué imaginar, que por auerla
oluidado a causa tuya te oluidara a ti
a causa de otra. ¿Y cómo (dixo Çelia)
conosciste tú a Felismena, la dama a
quien tu señor en su tierra seruia? Si
conosci (dixe yo) aunque no tan bien como
fuera neçesario, para escusar tantas
desuenturas. Verdad es que era uezina de
la casa de mi padre, pero uisto tu gran
hermosura, acompañada de tanta gracia y
discreçion, no ay porque culpar a don
Felis, de auer oluidado los primeros
amores. A esto me respondio Çelia
ledamente y riendo. Presto has aprendido
de tu amor a saber lisongear. A saber
te bien seruir (le respondi) querria yo
aprender, que adonde tanta causa hay para
lo que se dize no puede caber lisonja.
La señora Çelia tornó muy de ueras a
preguntarme, le dixesse, qué cosa era
Felismena. A lo qual yo le respondi.
Quanto a su hermosura, algunos ay que la
tienen por muy hermosa: mas a mí jamás me
lo paresció. Porque la principal parte
que para serlo es menester, muchos dias
ha que le falta. ¿Que parte es essa?
preguntó Çelia. Es el contentamiento
(dixe yo) porque nunca adonde él no
está puede auer perfecta hermosura.
La mayor razon del mundo tienes (dixo
ella) mas yo he uisto algunas damas, que
les está tambien el estar tristes, y a
otras el estar enojadas, que es cosa
estraña: y uerdaderamente que el enojo,
y la tristeza las haze más hermosas de
lo que son. Y entonçes le respondi.
Desdichada de hermosura, que ha de tener
por maestro el enojo, o la tristeza; a
mí poco se me entiende de estas cosas,
pero la dama que ha menester industrias,
mouimientos, o passiones para parecer
bien, ni la tengo por hermosa, ni hay
para qué contarla entre las que lo son.
Muy gran razon tienes (dixo la señora
Çelia) y no aura cosa, en que no la
tengas, segun eres discreto. Caro me
cuesta (respondi yo) tenelle en tantas
cosas. Suplicote, señora, respondas la
carta, porque tambien la tenga don Felis
mi señor de reçebir este contentamiento
por mi mano. Soy contenta (me dixo Çelia)
mas primero me has de dezir, cómo está
Felismena en esto de la discreçion,
¿es muy auisada? Yo entonçes respondi.
Nunca muger ha sido más avisada que
ella, porque ha muchos dias que grandes
desuenturas le auisan[1245], mas nunca
ella se auisa, que si ansi como ha sido
auisada ella se auisasse, no auria uenido
a ser tan contraria a sí misma. Hablas
tan discretamente en todas las cosas
(dixo Çelia) que ninguna haria de mejor
gana, que estarte oyendo siempre. Mas
antes (le respondi yo) no deuen ser,
señora, mis razones, maniar para tan
subtil entendimiento como el tuyo: y
esto solo creo que es lo que no entiendo
mal. No aurá cosa (respondio Çelia)
que dexes de entender más, porque no
gastes tan mal el tiempo en alabarme,
como tu amo en seruirme, quiero leer la
carta, y dezirte lo que as de dezir: y
descogiendola, començo a leerla entre
sí, estando yo muy atenta en quanto
la leya, a los mouimientos que hazia
con el rostro (que las más uezes dan a
entender lo que el coraçon siente). Y
auiendola acauado de leer, me dixo: Dí a
tu señor: que quien tambien sabe dezir
lo que siente, que no deue sentillo tan
bien como lo dize. E llegandose a mí, me
dixo (la boz algo más baxa): y esto por
amor de ti, Valerio, que no porque yo lo
deua a lo que quiero a don Felis, porque
ueas que eres tú el que le fauoresces. Y
aun de ahi nascio todo mi mal, dixe yo
entre mí. Y besandole las manos, por la
merçed que me hazia, me fuy a don Felis
con la respuesta, que no pequeña alegria
reçibió con ella. Cosa que a mí era otra
muerte, y muchas vezes dezia yo entre mí
(quando a casa lleuaua, o traya algun
recaudo), ¡o desdichada de ti, Felismena,
que con tus proprias armas te vengas a
sacar el alma! ¡Y que uengas a grangear
fauores, para quien tan poco caso hizo
de los tuyos! Y assi passaua la uida,
con tan graue tormento que si con la
uista del mi don Felis no se remediara,
no pudiera dexar de perdella. Más de dos
meses me encubrio Çelia lo que me queria,
aunque no de manera que no viniesse a
entendello, de que no reçebi poco aliuio
para el mal que tan importunamente me
seguia, por parescerme que sería bastante
causa para que don Felis no fuesse
querido, y que podria ser le acaesciesse
como a muchos, que fuerça de disfauores
los derriba de su pensamiento. Mas no le
acaescio assi, a don Felis, porque quanto
más entendia que su dama le oluidaua,
tanto mayores ansias le sacauan el alma.
Y assi biuia la más triste vida que nadie
podria imaginar: de la qual no me lleuaua
yo la menor parte. Y para remedio desto,
sacaua la triste de Felismena, a fuerça
de braços, los fauores de la señora Çelia
poniendolos ella todas las uezes que por
mí se los embiaua, a mi cuenta. E si caso
por otro criado suyo le embiaua algun
recaudo, era tan mal reçebido, que ya
estaua sobre el auiso de no embiar otro
allá, sino a mí: por tener entendido
lo mal que le succedia, siendo de otra
manera: y a mí Dios sabe si me costaba
lagrimas, porque fueron tantas las que yo
delante de Çelia derramé, suplicandole
no tratasse mal a quien tanto le queria,
que bastara esto para que don Felis me
tuuiera la maior obligaçion, que nunca
hombre tuuo a muger. A Çelia le llegauan
al alma mis lagrimas, assi porque yo las
derramaua, como por parescelle que si
yo la quisiera lo que a su amor deuia,
no sollicitara con tanta diligençia
fauores para otro: y assi lo dezia ella
muchas ueces con una ansia, que parescia
que el alma se le queria despedir. Yo
biuia en la mayor confusion del mundo
porque tenía entendido que sino mostraua
quererla como a mí me ponia a riesgo
que Çelia boluiesse a los amores de don
Felis; y que boluiendo a ellos, los mios
no podrian auer buen fin: y si tambien
fingia estar perdida por ella, sería
causa que ella desfauoresciesse al mi
don Felis, de manera que a fuerça de
disfauores perdiesse el contentamiento,
y tras él la uida. Y por estoruar la
menor cosa destas, diera yo cien mil de
las mias, si tantas tuuiera. Deste modo
se passaron muchos dias, que le seruia
de tercera, a grandissima costa de mi
contentamiento, al cabo de los quales
los amores de los dos yuan de mal en
peor, porque era tanto lo que Çelia me
queria, que la gran fuerça de amor la
hizo que perdiesse algo de aquello que
deuia a sí misma. Y un dia despues de
auer lleuado y traydo muchos recaudos,
y de auerle yo fingido algunos, por no
uer triste a quien tanto queria, estando
supplicando a la señora Çelia con todo
el acatamiento possible, que se doliesse
de tan triste uida, como don Felis a
causa suya passaua, y que mirasse que
en fauorescelle, yua contra lo que a si
misma deuia, lo qual yo hazia por uerle
tal que no se esperaua otra cosa sino la
muerte, del gran mal que su pensamiento
le hazia sentir. Ella con lagrimas en los
ojos, y con muchos sospiros me respondio:
Desdichada de mí, o Valerio, que en fin
acabo de entender quan engañada biuo
contigo. No creya yo hasta agora, que me
pedias fauores para tu señor, sino por
gozar de mi uista el tiempo que gastauas
en pedirmelos. Mas ya conozco, que los
pides de ueras, y que pues gustas de
que yo agora le trate bien, sin duda no
deues quererme. O quán mal me pagas, lo
que yo te quiero, y lo que por ti dexo
de querer. Plega a Dios, que el tiempo
me uengue de ti, pues el amor no ha sido
parte para ello. Que no puedo yo creer
que la fortuna me sea tan contraria, que
no te dé el pago de no auella conoçido. E
di a tu señor don Felis, que si biua me
quiere uer, que no me uea, y tú, traydor
enemigo de mi descanso, no parezcas más
delante destos cansados ojos: pues sus
lagrimas no han sido parte para darte a
entender lo mucho que me deues. Y con
esto se me quitó delante con tantas
lagrimas, que las mias no fueron parte
para detenella: porque con grandissima
priessa se metio en un aposento, y
cerrando tras si la puerta, ni bastó
llamar, suplicandole con mis amorosas
palabras, que me abriesse, y tomasse de
mí la satisfaçion que fuesse seruida, ni
dezille otras muchas cosas, en que se
mostraua la poca razon que auia tenido de
enojarse, para que quisiesse abrirme. Mas
antes desde allá dentro me dixo (con una
furia estraña): ingrato y desagradecido
Valerio, el más que mis ojos pensaron
uer, no me ueas, no me hables: que no hay
satisfaçion para tan grande desamor, ni
quiero otro remedio para el mal que me
heziste, sino la muerte, la qual yo con
mis proprias manos tomaré, en satisfaçion
de la que tú mereçes. Y yo uiendo esto,
me uine a casa del mi don Felis, con más
tristeza de la que pude dissimular: y le
dixe, que no auia podido hablar a Çelia,
por çierta uisita en que estaua occupada.
Mas otro dia de mañana supimos, y aun se
supo en toda la çiudad, que aquella noche
le auia tomado un desmayo con que auia
dado el alma, que no poco espanto puso
en toda la corte. Pues lo que don Felis
sintio su muerte y quanto llegó al alma,
no se puede dezir, ni ay entendimiento
humano que alcançallo pueda: porque
las cosas que dezia, las lastimas, las
lagrimas, los ardientes sospiros eran
sinumero. Pues de mí no digo nada, porque
de una parte la desastrada muerte de
Çelia me llegaua al alma, y de otra las
lachrimas de don Felis me traspassauan
el coraçon. Aunque esto no fue nada,
segun lo que despues senti, porque como
don Felis supo su muerte, la misma noche
desparesció de casa, sin que criado suyo
ni otra persona supiesse dél. Ya ueys,
hermosas Nimphas, lo que yo sentiria:
pluguiera a Dios que yo fuera la muerta,
y no me sucediera tan gran desdicha, que
cansada deuia estar la fortuna de las
de hasta alli. Pues como no bastasse
la diligençia que en saber del mi don
Felis se puso (que no fue pequeña), yo
determiné ponerme en este habito en que
me ueys: en el qual ha mas de dos años,
que he andado buscandole por muchas
partes, y mi fortuna me ha estoruado
hallarle, aunque no le deuo poco, pues
me ha traydo a tiempo, que este pequeño
seruicio pudiesse hazeros. Y creedme
(hermosas Nimphas) que lo tengo (despues
de la vida de aquel en quien puse toda mi
esperança) por el mayor contento que en
ella pudiera reçebir.
Quando las Nimphas acabaron de oyr a la
hermosa Felismena, y entendieron que
era muger tan principal, y que el amor
le auia hecho dexar su habito natural,
y tomar el de pastora, quedaron tan
espantadas de su firmeza, como del
gran poder de aquel tirano, que tan
absolutamente se haze seruir de tantas
libertades. E no pequeña lastima tuuieron
de uer las lagrimas y los ardientes
sospiros con que la hermosa donzella
solenizaua la historia de sus amores.
Pues Dorida, a quien más auia llegado
al alma el mal de Felismena, y más
affiçionada le estaua que a persona a
quien toda su uida uuiesse conuersado,
tomó la mano de respondelle, y començó
a hablar desta manera: ¿Qué haremos,
hermosa señora, a los golpes de la
fortuna qué casa fuerte aurá adonde
la persona pueda estar segura de las
mudanças del tiempo? ¿Qué arnes ay tan
fuerte, y de tan fino açero, que pueda
a nadie defender de las fuerças deste
tirano, que tan injustamente llaman
amor? ¿Y qué coraçon ay, aunque más
duro sea que marmol, que un pensamiento
enamorado no le ablande? No es por çierto
essa hermosura, no es esse ualor, no
es essa discreçion, para que merezca
ser oluidada de quien una uez pueda
uerla: pero estamos a tiempo[1246], que
merescer la cosa es principal parte para
no alcançalla. Y es el crudo amor de
condiçion tan estraña, que reparte sus
contentamientos sin orden ni conçierto
alguno: y alli da mayores cosas donde
en menos son estimadas: medecina podria
ser para tantos males, como son los de
que este tirano es causa, la discreçion
y ualor de la persona que los padesce.
Pero ¿a quién la dexa tan libre, que le
pueda aprouechar para remedio? ¿o quién
podra tanto consigo en semejante passion,
que en causas agenas sepa dar consejo,
quanto más tomalle en las suyas proprias?
Mas con todo eso, hermosa señora, te
suplico pongas delante los ojos quién
eres, que si las personas de tanta suerte
y valor como tú no bastaren a suffrir sus
aduersidades, ¿cómo las podrian suffrir
las que no lo son? Y demas desto, de
parte destas Nimphas, y de la mia, te
suplico en nuestra compañia, te uayas,
en casa de la gran sabia Feliçia, que no
es tan lexos de aquí, que mañana a estas
horas no estemos alli[1247]. Adonde tengo
por aueriguado, que hallarás grandissimo
remedio para estas angustias como lo
han hallado muchas personas, que no lo
merescian. De mas su sciencia, a la qual
persona humana en nuestros tiempos no se
halla que pueda ygualar su condiçion,
y su bondad no menos la engrandesce, y
haze que todas las del mundo, desseen
su compañia. Felismena respondio: No sé
(hermosas Nimphas) quién a tan graue
mal puede dar remedio, si no fuesse el
proprio que lo causa. Mas con todo esso
no dexare de hazer uuestro mandado, que
pues uuestra compañia es para mi pena tan
gran aliuio, injusta cosa sería desechar
el consuelo en tiempo que tanto lo he
menester. No me espanto yo, dixo Çinthia,
sino cómo don Felis, en el tiempo que le
seruias, no te conoció en esse hermoso
rostro, y en la gracia, y el mirar de
tan hermosos ojos. Felismena entonces
respondio: tan apartada tenia la memoria
de lo que en mí auia uisto, y tan puesto
en lo que ueya en su señora Çelia, que
no auia lugar para esse conoscimiento.
Y estando en esto, oyeron cantar los
pastores que en compañia de la discreta
Seluagia yuan por una cuesta abaxo los
mas antiguos cantares que cada uno sabia,
o que su mal le inspiraua, y cada qual
buscaua el uillancico que más hazia a
su proposito, y el primero que començo
a cantar fue Syluano, el qual cantó lo
siguiente:
Desdeñado soy de amor,
guardeos Dios de tal dolor.
Soy del amor desdeñado
de fortuna perseguido;
ni temo uerme perdido,
ni aun espero ser ganado:
un cuydado a otro cuydado
me añade siempre el amor,
guardeos Dios de tal dolor.
En quexas me entretenia,
ued qué triste passatiempo:
ymaginaua que un tiempo,
tras otros tiempos uenia:
mas la desuentura mia
mudóle en otro peor,
guardeos Dios de tal dolor.
Seluagia que no tenia menos amor, o menos
presumpçion de tenelle al su Alanio, que
Syluano a la hermosa Diana, tan poco
se tenia por menos agrauiada, por la
mudança que en sus amores auia hecho, que
Syluano en auer tanto perseuerado en su
daño; mudando el primero verso, a este
villançico pastoril, antiguo, lo començó
a cantar aplicandolo a su proposito desta
manera:
Di, ¿quién te ha hecho pastora
sin gasajo y sin plazer,
que tú alegre solias ser?
Memoria del bien passado
en medio del mal presente,
ay del alma que lo siente,
si está mucho en tal estado:
despues que el tiempo ha mudado
a vn pastor por me ofender,
jamás he visto el plazer.
A Sireno bastara la cançion de Seluagia,
para dar a entender su mal, si ella
y Syluano, se lo consintieran: mas
persuadiendole que él tambien eligiesse
alguno de los cantares que más a su
proposito huuiese oydo, començo a cantar
lo siguiente:
Oluidastesme señora,
mucho mas os quiero agora.
Sin ventura yo oluidado
me veo, no sé por qué,
ved a quien distes la fe,
y de quien la aueys quitado,
El no os ama, siendo amado,
yo desamado, señora,
mucho más os quiero agora.
Paresceme que estoy uiendo
los ojos en que me ui,
y uos por no uerme assi,
el rostro estays escondiendo,
y que yo os estoy diziendo:
alça los ojos, señora,
que muy mas os quiero agora.
Las Nimphas estuuieron muy atentas a
las cançiones de los pastores, y con
gran contentamiento de oyllos: mas a
la hermosa pastora no le dexaron los
sospiros estar oçiosa en quanto los
pastores cantauan. Llegado que fueron a
la fuente, y hecho su deuido acatamiento,
pusieron sobre la yerua la mesa, y lo que
del aldea auian traydo, y se assentaron
luego a comer, aquellos a quien sus
pensamientos les dauan lugar, y los que
no, importunados de los que más libres se
sentian, lo uuieron de hazer. E despues
de auer comido, Polidora dixo ansi:
Desamados pastores (si es licito llamaros
el nombre que a uuestro pesar la fortuna
os ha puesto) el remedio de uuestro mal
está en manos de la discreta Feliçia, a
la qual dio naturaleza lo que a nosotras
ha negado. E pues ueys lo que os importa
yr a uisitarla, pidoos de parte destas
Nimphas, a quien este dia tanto seruiçio
aueys hecho, que no rehuseys nuestra
compañia, pues no de otra manera podeis
reçebir el premio de uuestro trabajo:
que lo mismo hará esta pastora, la qual
no menos que uosotros lo ha menester. E
tú, Sireno, que de un tiempo tan dichoso,
a otro tan desdichado te ha traydo la
fortuna, no te desconsueles: que si
tu dama tuuiese tan çerca el remedio
de la mala uida que tiene, como tú de
lo que ella te haze passar, no seria
pequeño aliuio para los desgustos y
desabrimientos que yo sé que passan cada
dia. Sireno respondió: Hermosa Polidora,
ninguna cosa da la hora de agora mayor
descontento, que auerse Diana uengado de
mí, tan a costa suya, porque amar ella a
quien no le tiene en lo que meresce, y
estar por fuerça en su compañia, ueys lo
que le deue costar; y buscar yo remedio
a mi mal, hazerlo ía, si el tiempo, o
la fortuna, me lo permetiessen, mas ueo
que todos los caminos son tomados y no
sé por donde tú y estas Nimphas pensays
lleuarme a buscarle[1248]. Pero sea como
fuere nosotros os seguiremos, y creo
que Syluano y Seluegia harán lo mismo,
si no son de tan mal conoscimiento, que
no entiendan la merçed que a ellos y
a mí se nos haze. Y remitiendose los
pastores a lo que Sireno auia respondido,
y encomendando sus ganados a otros, que
no muy lexos estauan de alli, hasta la
buelta, se fueron todos juntos por donde
las tres Nimphas los guyauan.
_Fin del segundo libro._