CAPÍTULO XVI

_Cuenta como los arrieros lo vendieron á

un húngaro y lo que allí le sucedió._

GALLO.--Y llegados que fuemos aquella

feria, alli se ofrecio un hombre natural

de la isla de Rodas, que era mercader de

bestias, y este nos compró á mi y á otros

dos compañeros mios y luego nos pasó en

su patria, y acaso se ofrecio un húngaro

que tenía nescesidad de mi para ir á su

tierra y como me hubo comprado dispuso

de me llevar á su tierra. Este era un

mísero labrador del campo é venido en

un pequeño lugar de donde era natural,

descansamos por algunos dias del trabajo

pasado é despues hizome ir á la labranza;

junto con otro asno que tenía me hacía

arar todo el día y si tenía alguna pereza

dabame muy grandes palos en los costados,

metíame un aguijon por las ancas que me

hacía saltar con ánimo, y yo cansado con

su furia y gran trabajo que me daba,

ya posponia mi salud y me determinaba

aborrido á consentir que me matase, y era

que como él no quisiese perder el interés

moliame á palos y con esto se satisfacía.

Tenia otra bellaquería, que si le

acontecía alguno quererme ver andar,

agora por su placer, ora por me querer

comprar, sobía el vellaco del húngaro

sobre mí en pelo sin albarda, porque yo

aguijase lanzábame un clavo ó un aguijon

por el lomo y por la espalda y cruz, que

me hacía salir el alma; era tan grande

mi pasion que por muchas veces me quise

echar en un río y ahogarme alli, antes

que no servir á un tan mal hombre; un día

acaescio que quiso ir á sembrar cuatro

millas de ahí y cargóme muy bien de trigo

y sacóme delante de si, y caminando

hacía muy gran agua y lodos en tanta

manera que él no pudiendo andar subio

encima del costal de trigo y comenzome

á herir, é yo como le vi pertinaz en su

mala costumbre dispúseme á andar lo más

que pude, y él se descuidó y comenzose

á dormir y quando yo le sentí dormido

comienzo á correr por una sierra abajo,

pedregosa y llena de picarros, á tanto

que derroqué al húngaro y dio con la

cabeza en una piedra, que se descalabró

y no pudo tan bien escapar de mí que al

tiempo que le sentí caido le dí un par de

pernadas en aquellas espaldas, de lo cual

yo quedé muy contento; y despues echo

de mi el costal de trigo y aun quiebro

la cincha de la albarda y déjola allí y

roznando y saltando me vuelvo para casa,

pensando haberme bien vengado de aquel

ladron; y él corriendo sangre fue tras

de mí por el campo y como no me alcanzó

volviose al trigo y acordó de lo levar

acuestas hasta la sembrada, porque estaba

una milla de allí; yo fueme á un prado

é dime á placer; y el húngaro desque

hubo hecho su labor tomó la albarda

acuestas é fuese á su casa é iba por

los lodos cansado renegando, y llegando

preguntó á su mujer por mi; y como ella

no me había visto fueron al establo y

halláronme echado, y toma el marido un

palo grueso é descansó por dos veces en

mis costados, que me dejó por muerto,

diciendo que determinadamente me quería

matar, y estaba tan enojado de mi que si

no fuera por su mujer que se lo estorbó,

ciertamente me matara. Tuvo Dios por bien

que saliese de sus manos, aunque bien

castigado, dende á pocos días.

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 198 / 605 题