_Cuenta como los arrieros lo vendieron á
un húngaro y lo que allí le sucedió._
GALLO.--Y llegados que fuemos aquella
feria, alli se ofrecio un hombre natural
de la isla de Rodas, que era mercader de
bestias, y este nos compró á mi y á otros
dos compañeros mios y luego nos pasó en
su patria, y acaso se ofrecio un húngaro
que tenía nescesidad de mi para ir á su
tierra y como me hubo comprado dispuso
de me llevar á su tierra. Este era un
mísero labrador del campo é venido en
un pequeño lugar de donde era natural,
descansamos por algunos dias del trabajo
pasado é despues hizome ir á la labranza;
junto con otro asno que tenía me hacía
arar todo el día y si tenía alguna pereza
dabame muy grandes palos en los costados,
metíame un aguijon por las ancas que me
hacía saltar con ánimo, y yo cansado con
su furia y gran trabajo que me daba,
ya posponia mi salud y me determinaba
aborrido á consentir que me matase, y era
que como él no quisiese perder el interés
moliame á palos y con esto se satisfacía.
Tenia otra bellaquería, que si le
acontecía alguno quererme ver andar,
agora por su placer, ora por me querer
comprar, sobía el vellaco del húngaro
sobre mí en pelo sin albarda, porque yo
aguijase lanzábame un clavo ó un aguijon
por el lomo y por la espalda y cruz, que
me hacía salir el alma; era tan grande
mi pasion que por muchas veces me quise
echar en un río y ahogarme alli, antes
que no servir á un tan mal hombre; un día
acaescio que quiso ir á sembrar cuatro
millas de ahí y cargóme muy bien de trigo
y sacóme delante de si, y caminando
hacía muy gran agua y lodos en tanta
manera que él no pudiendo andar subio
encima del costal de trigo y comenzome
á herir, é yo como le vi pertinaz en su
mala costumbre dispúseme á andar lo más
que pude, y él se descuidó y comenzose
á dormir y quando yo le sentí dormido
comienzo á correr por una sierra abajo,
pedregosa y llena de picarros, á tanto
que derroqué al húngaro y dio con la
cabeza en una piedra, que se descalabró
y no pudo tan bien escapar de mí que al
tiempo que le sentí caido le dí un par de
pernadas en aquellas espaldas, de lo cual
yo quedé muy contento; y despues echo
de mi el costal de trigo y aun quiebro
la cincha de la albarda y déjola allí y
roznando y saltando me vuelvo para casa,
pensando haberme bien vengado de aquel
ladron; y él corriendo sangre fue tras
de mí por el campo y como no me alcanzó
volviose al trigo y acordó de lo levar
acuestas hasta la sembrada, porque estaba
una milla de allí; yo fueme á un prado
é dime á placer; y el húngaro desque
hubo hecho su labor tomó la albarda
acuestas é fuese á su casa é iba por
los lodos cansado renegando, y llegando
preguntó á su mujer por mi; y como ella
no me había visto fueron al establo y
halláronme echado, y toma el marido un
palo grueso é descansó por dos veces en
mis costados, que me dejó por muerto,
diciendo que determinadamente me quería
matar, y estaba tan enojado de mi que si
no fuera por su mujer que se lo estorbó,
ciertamente me matara. Tuvo Dios por bien
que saliese de sus manos, aunque bien
castigado, dende á pocos días.