La _patraña catorcena_ es el cuento generalmente conocido en la

literatura _folklórica_ con el título de _El Rey Juan y el Abad

de Cantorbey_. No creo, por la razón cronológica ya expuesta, que

Timoneda le tomase de la novela 4.ª de Sacchetti[131], que es mucho

más complicada por cierto, ni tampoco del canto 8.º del _Orlandino_

de Teófilo Folengo, donde hay un episodio semejante. Este cuento

vive en la tradición oral, y de ella hubo de sacarle inmediatamente

Timoneda, por lo cual tiene más gracia y frescura y al mismo tiempo

más precisión esquemática que otros suyos, zurcidos laboriosamente con

imitaciones literarias. Todos hemos oído este cuento en la infancia y

en nuestros días le ha vuelto á escribir Trueba con el título de _La

Gramática parda_[132]. En Cataluña la solución de las tres preguntas

se atribuye al Rector de Vallfogona, que carga allí con la paternidad

de todos los chistes, como Quevedo en Castilla. Quiero transcribir la

versión de Timoneda, no sólo por ser la más antigua de las publicadas

en España y quizá la más fiel al dato tradicional, sino para dar una

muestra de su estilo como cuentista, más sabroso que limado.

«Queriendo cierto rey quitar el abadía á un muy honrado abad y darla

á otro por ciertos revolvedores, llamóle y díxole: «Reverendo padre,

porque soy informado que no sois tan docto cual conviene y el estado

vuestro requiere, por pacificación de mi reino y descargo de mi

consciencia, os quiero preguntar tres preguntas, las cuales, si por

vos me son declaradas, hareis dos cosas: la una que queden mentirosas

las personas que tal os han levantado; la otra que os confirmaré

para toda vuestra vida el abadía, y si no, habréis de perdonar». Á

lo cual respondió el abad: «Diga vuestra alteza, que yo haré toda

mi posibilidad de habellas de declarar». «Pues sus, dijo el rey. La

primera que quiero que me declareis es que me digais yo cuánto valgo;

y la segunda, que adonde está el medio del mundo, y la tercera, qué es

lo que yo pienso. Y porque no penseis que os quiero apremiar que me las

declareis de improviso, andad, que un mes os doy de tiempo para pensar

en ello».

«Vuelto el abad á su monesterio, por más que miró sus libros y diversos

autores, por jamás halló para las tres preguntas respuesta ninguna que

suficiente fuese. Con esta imaginación, como fuese por el monesterio

argumentando entre sí mismo muy elevado, díjole un dia su cocinero:

«¿Qué es lo que tiene su paternidad»? Celándoselo el abad, tomó á

replicar el cocinero diciendo: «No dexe de decírmelo, señor, porque

á veces debajo de ruin capa yace buen bebedor, y las piedras chicas

suelen mover las grandes carretas». Tanto se lo importunó, que se lo

hubo de decir. Dicho, dixo el cocinero: «Vuestra paternidad haga una

cosa, y es que me preste sus ropas, y raparéme esta barba, y como le

parezco algun tanto y vaya de par de noche en la presencia del rey, no

se dará á cato del engaño; así que teniéndome por su paternidad, yo le

prometo de sacarle deste trabajo, á fe de quien soy».

«Concediéndoselo el abad, vistió el cocinero de sus ropas, y con

su criado detrás, con toda aquella cerimonia que convenía, vino en

presencia del rey. El rey, como le vido, hízole sentar cabe de sí

diciendo: «Pues ¿qué hay de nuevo, abad?» Respondió el cocinero: «Vengo

delante de vuestra alteza para satisfacer por mi honra». «¿Así? dijo

el rey: veamos qué respuesta traéis á mis tres preguntas». Respondió

el cocinero: «Primeramente á lo que me preguntó vuestra alteza que

cuánto valía, digo que vale veinte y nueve dineros, porque Cristo

valió treinta. Lo segundo, que donde está el medio mundo, es a do

tiene su alteza los piés; la causa que como sea redondo como bola,

adonde pusieren el pié es el medio dél; y esto no se me puede negar. Lo

tercero que dice vuestra alteza, que diga qué es lo que piensa, es que

cree hablar con el abad, y está hablando con su cocinero». Admirado el

rey desto, dixo: «Qué, ¿éso pasa en verdad»? Respondió: «Sí, señor, que

soy su cocinero, que para semejantes preguntas era yo suficiente, y no

mi señor el abad». Viendo el rey la osadía y viveza del cocinero, no

sólo le confirmó la abadía para todos los dias de su vida, pero hízole

infinitas mercedes al cocinero».

Sobre el argumento de la _patraña_ 12.ª versa una de las piezas que

Timoneda publicó en su rarísima _Turiana: Paso de dos ciegos y un mozo

muy gracioso para la noche de Navidad_[133]. Timoneda fué editor de

estas obras, pero no consta con certeza que todas salieran de su pluma.

De cualquier modo, el _Paso_ estaba escrito en 1563, antes que el

cuentecillo de _El Patrañuelo_, al cual aventaja mucho en desenfado y

chiste. Con ser tan breves el _paso_ y la patraña, todavía es verosímil

que procedan de alguna floresta cómica anterior[134].

Aunque Timoneda no sea precursor inmediato de Cervantes, puesto que

entre el _Patrañuelo_ y las _Novelas Ejemplares_ se encuentran, por

lo menos, cuatro colecciones de alguna importancia, todas, excepto la

portuguesa de Troncoso, pertenecen á los primeros años del siglo XVII,

por lo cual, antes de tratar de ellas, debo decir dos palabras de los

libros de anécdotas y chistes, análogos al _Sobremesa_, que escasean

menos, si bien no todos llegaron á imprimirse y algunos han perecido

sin dejar rastro.

Tal acontece con dos _libros de cuentos varios_ que D. Tomás Tamayo de

Vargas cita en su _Junta de libros la mayor que España ha visto en su

lengua_, de donde pasó la noticia á Nicolás Antonio. Fueron sus autores

dos clarísimos ingenios toledanos: Alonso de Villegas y Sebastián

de Horozco, aventajado el primero en géneros tan distintos como la

prosa picaresca de la _Comedia Selvagia_ y la narración hagiográfica

del _Flos Sanctorum_; poeta el segundo de festivo y picante humor

en sus versos de burlas, incipiente dramaturgo en representaciones,

entremeses y coloquios que tienen más de profano que de sagrado;

narrador fácil y ameno de sucesos de su tiempo; colector incansable

de memorias históricas y de proverbios; ingenioso moralista con

puntas de satírico en sus glosas. Las particulares condiciones de

estos autores, dotados uno y otro de la facultad narrativa en grado

no vulgar, hace muy sensible la pérdida de sus cuentos, irreparable

quizá para Alonso de Villegas, que entregado á graves y religiosos

pensamientos en su edad madura, probablemente haría desaparecer estos

livianos ensayos de su mocedad, así como pretendió con ahinco, aunque

sin fruto, destruir todos los ejemplares de su _Selvagia_, comedia

del género do las Celestinas[135]. Pero no pueden presumirse tales

escrúpulos en Sebastián de Horozco, que en su _Cancionero_ tantas veces

traspasa la raya del decoro, y que toda su vida cultivó asiduamente

la literatura profana. Conservemos la esperanza de que algún día

desentierre cualquier afortunado investigador su _Libro de cuentos_;

del modo que han ido apareciendo sus copiosas relaciones históricas,

su _Recopilación de refranes y adagios comunes y vulgares de España_,

que no en vano llamó «la mayor y más copiosa que hasta ahora se ha

hecho», puesto que, aun incompleta como está, comprende más de ocho

mil; y su _Teatro universal de proverbios_, glosados en verso, donde

se encuentran incidentalmente algunos «cuentos graciosos y fábulas

moralizadas», siguiendo el camino abierto por Juan de Mal Lara, pero

con la novedad de la forma métrica[136].

En su entretenido libro _Sales Españolas_ ha recopilado el docto

bibliotecario D. Antonio Paz y Melia, á quien tantos obsequios del

mismo género deben nuestras letras, varias pequeñas colecciones de

cuentos, inéditas hasta el presente. Una de las más antiguas es la

que lleva el título latino de _Liber facetiarum et similitudinum

Ludovici di Pinedo et amicorum_, aunque esté en castellano todo el

contexto[137]. Las _facecias_ de Pinedo, como las de Poggio, parecen,

en efecto, compuestas, no por una sola persona, sino por una tertulia

ó reunión de amigos de buen humor, comensales acaso de D. Diego de

Mendoza ó formados en su escuela, según conjetura el editor, citando

palabras textuales de una carta de aquel grande hombre, que han pasado

á uno de los cuentos[138].

De todos modos, la colección debió de ser formada en los primeros años

del reinado de Felipe II, pues no alude á ningún suceso posterior á

aquella fecha. El recopilador era, al parecer, castellano viejo ó había

hecho, á lo menos, larga residencia en tierra de Campos, porque se

muestra particularmente enterado de aquella comarca. _El Libro chistes_

es anterior sin disputa al _Sobremesa_ de Timoneda y tiene la ventaja

de no contener más que anécdotas españolas, salvo un pequeño apólogo de

la Verdad y unos problemas de aritmética recreativa. Y estas anécdotas

se refieren casi siempre á los personajes más famosos del tiempo de los

Reyes Católicos y del Emperador, lo cual da verdadero interés histórico

á esta floresta. No creo que Melchor de Santa Cruz la aprovechase,

porque tienen muy pocos cuentos comunes, y aun éstos referidos con

muy diversas palabras. Pero los personajes de uno y otro cuentista

suelen ser los mismos, sin duda porque dejaron en Castilla tradicional

reputación de sentenciosos y agudos, de burlones ó de extravagantes:

el médico Villalobos, el duque de Nájera, el Almirante de Castilla, el

poeta Garci Sánchez de Badajoz, que por una amorosa pasión adoleció del

seso. Por ser breves, citaré, sin particular elección, algunos de estos

cuentecillos, para dar idea de los restantes.

Sobre el saladísimo médico Villalobos hay varios, y en casi todos

se alude á su condición de judío converso, que él mismo convertía

en materia de chistes, como es de ver á cada momento en sus cartas

á los más encopetados personajes, á quienes trataba con tan cruda

familiaridad. Los dichos que se le atribuyen están conformes con el

humor libre y desgarrado de sus escritos.

«El Dr. Villalobos tenía un acemilero mozo y vano, porque decía ser

de la Montaña y hidalgo. El dicho Doctor, por probarle, le dijo un

día: «Ven acá, hulano; yo te querría casar con una hija mía, si tú lo

tovieses por bien». El acemilero respondió: «En verdad, señor, que

yo lo hiciese por haceros placer; mas ¿con qué cara tengo de volver

á mi tierra sabiendo mis parientes que soy casado con vuestra hija?»

Villalobos le respondió: «Por cierto tú haces bien, como hombre que

tiene sangre en el ojo; mas yo te certifico que no entiendo ésta tu

honra, ni aun la mía».

«Dijo el Duque de Alba D. Fadrique al doctor Villalobos: «Parésceme,

señor doctor, que sois muy gran albeitar». Respondió el doctor: «Tiene

V. S.ª razón, pues curo á un tan gran asno».

«El doctor Villalobos, estando la corte en Toledo, entró en una iglesia

á oir misa y púsose á rezar en un altar de la Quinta Angustia, y á la

sazon que él estaba rezando, pasó por junto á él una señora de Toledo

que se llama Doña Ana de Castilla, y como le vió, comienza á decir:

«Quitadme de cabo este judío que mató á mi marido», porque le había

curado en una enfermedad de la que murió. Un mozo llegóse al Doctor

Villalobos muy de prisa, y díjole: «Señor, por amor de Dios, que vays

que está mi padre muy malo, á verle». Respondió el doctor Villalobos:

«Hermano, ¿vos no veis aquella que va allí vituperándome y llamándome

judío porque maté á su marido?» Y señalando al altar: «Y ésta que está

aquí llorando y cabizbaja porque dice que le maté su hijo, ¿y queréis

vos que vaya ahora á matar á vuestro padre?».

El Duque de Nájera, á quien se refiere la curiosa anécdota que voy

á transcribir, no es el primero y más famoso de su título, D. Pedro

Manrique de Lara, á quien por excelencia llamaron _el Fuerte_, sino un

nieto suyo que heredó el ingenio más bien que la fortaleza caballeresca

de su terrible abuelo. La anécdota es curiosa para la historia

literaria, porque prueba el temor que infundía en su tiempo la pluma

maldiciente y venal de Pedro Aretino.

«El Duque de Nájera y el Conde de Benavente tienen estrecha amistad

entre sí, y el Conde do Benavente, aunque no es hombre sabio ni leído,

ha dado, sólo por curiosidad, en hacer librería, y no ha oído decir

de libro nuevo cuando lo marca y le pone en su librería. El Duque de

Nájera, por hacerle una burla, estando con él en Benavente, acordó de

hacerla desta manera: que hace una carta fingida con una memoria de

libros nunca oídos ni vistos ni que se verán, los cuales enviaba Pedro

Aretino, italiano residente en Venecia, el cual, por ser tan mordaz

y satírico, tiene salario del Pontífice, Emperador, Rey de Francia y

otros Príncipes y grandes, y en llegando al tiempo de la paga, si no

viene luego, hace una sátira ó comedia ó otra obra que sepa á esto

contra el tal.

«Esta carta y memoria de libros venía por mano de un mercader de

Burgos, en la cual carta decía que en recompensa de tan buena obra como

á Su Señoría había hecho Pedro Aretino, que sería bien enviarle algun

presente, pues ya sabía quién era y cuán maldiciente. La carta se dió

al Conde y la memoria, y como la leyese y no entendiese la facultad de

los libros, ni aun el autor, mostróla al Duque como á hombre más leído

y visto, el cual comienza á ensalzar la excelencia de las obras, y que

luego ponga por obra de gratificar tan buen beneficio á Pedro Aretino,

que es muy justo. El Conde le preguntó que qué le parescia se le debía

enviar. El Duque respondió que cosa de camisas ricas, lençuelos,

toallas, guantes aderezados y cosas de conserva y otras cosas de este

jaez. En fin, el Duque señalaba lo que más á su propósito hacía, como

quien se había de aprovechar de ello más que Pedro Aretino. El Conde

puso luego por la obra el hacer del presente, que tardaron más de un

mes la Condesa y sus damas y monasterios y otras partes, y hecho todo,

enviólo á hacer saber al Duque, y dase órden que se lleve á Burgos,

para que desde allí se encamine á Barcelona y á Venecia, y trayan los

libros de la memoria; la cual órden dió después mejor el Duque, que

lo hizo encaminar á su casa y recámara. Y andando el tiempo, vínolo á

saber el Conde, y estuvo el más congoxado y desabrido del mundo con la

burla del Duque, esperando sazón para hacerle otra para satisfaccion de

la recibida».

Aun en libros de tan frívola apariencia como éste pueden encontrarse

á veces curiosidades históricas. Lo es, por ejemplo, el siguiente

cuentecillo, que prueba la persistencia de los bandos de la Edad Media

en las provincias septentrionales de España hasta bien entrado el siglo

XVI.

«En un lugar de la Montaña que llaman Lluena hay un clérigo que es cura

del lugar, que llaman Andrés Diaz, el cual es Gil, y tiene tan gran

enemistad con los Negretes como el diablo con la cruz. Estando un dia

diciendo misa á unos novios que se velaban, de los principales, y como

fuese domingo y se volviese á echar las fiestas, y viese entre los que

habían venido á las bodas algunos Negretes, dijo: «Señores, yo querría

echar las fiestas; mas vi los diablos y hánseme olvidado». Y sin más,

volvióse y acabó la misa; y al echar del agua bendita, no la quiso

echar á los Negretes solos, diciendo en lugar de _aqua benedicta_:

«Diablos fuera».

Con los nombres famosos de Suero de Quiñones y D. Enrique de Villena

y las tradiciones relativas á la magia de éste se enlaza la siguiente

conseja:

«Contaba Velasco de Quiñones que Suero de Quiñones, el que guardó el

paso de Orbigo por defender que él era el más esforzado, y Pedro de

Quiñones y Diego, sus hermanos, sabio y gentil hombre, rogó á D.

Enrique de Villena le mostrase al demonio. Negábase el de Villena;

pero al cabo, vencido por sus ruegos, invitó un día á comer á Suero,

sirviéndoles de maestresala el demonio. Era tan gentil hombre, y tan

bien tractado y puesto lo que traia, que Suero le envidiaba y decia

á su hermano que era más gentil hombre que cuantos hasta allí viera.

Acabada la comida, preguntó enojado á D. Enrique quién era aquel

maestresala. D. Enrique se reía. Entró el maestresala en la cámara

donde se habia retraído, y arrimóse á una pared con gran continencia, y

preguntó otra vez quién era. Sonrióse D. Enrique y dijo: «El demonio».

Volvió Suero á mirarle, y como le vió, puestas las manos sobre los

ojos, á grandes voces dijo: «¡Ay Jesús, ay Jesús!» Y dió consigo en

tierra por baso de una mesa, de donde le levantaron acontecido. ¡Qué

hiciera á verlo en su terrible y abominable figura!».

En un libro de pasatiempo y chistes no podía faltar alguno á costa de

los portugueses. Hay varios en la floresta de Pinedo, entre los cuales

elijo por menos insulso el siguiente:

«Hacían en un lugar la remembranza del prendimiento de Jesucristo,

y como acaso fuesen por una calle y llevase la cruz á cuestas, y le

fuesen dando de empujones y de palos y puñadas, pasaba un portugués á

caballo, y como lo vió apeóse, y poniendo mano á la espada, comenzó

á dar en los sayones de veras, los cuales, viendo la burla mala,

huyeron todos. El portugués dijo: «¡Corpo de Deus con esta ruyn gente

castellana!» Y vuelto al Cristo con enojo, le dijo: «E vos, home de

bien, ¿por qué vos dejais cada año prender?».

Pero la obra maestra de este género de pullas, cultivado recíprocamente

por castellanos y portugueses, y que ha contribuido más de lo que

parece á fomentar la inquina y mala voluntad entre los pueblos

peninsulares[139], son las célebres _Glosas al Sermón de Aljubarrota_,

atribuidas en manuscritos del siglo XVI á D. Diego Hurtado de Mendoza,

como otros varios papeles de donaire, algunos evidentemente apócrifos.

No responderé yo tampoco de la atribución de estas _glosas_, puesto

que en ellas mismas se dice que el autor era italiano[140], si bien

esto pudo ponerse para disimular, siendo por otra parte tan castizo el

picante y espeso sabor de este opúsculo. Además, el autor, quien quiera

que fuese, supone haber oído el sermón en Lisboa el año de 1545[141] y

precisamente durante todo aquel año estuvo D. Diego de embajador en

el Concilio de Trento. Todas estas circunstancias hacen muy sospechosa

la autenticidad de esta sátira, aunque no menoscaben su indisputable

gracejo.

El tal sermón de circunstancias, lleno de hipérboles y fanfarronadas,

en conmemoración del triunfo del Maestre de Avís contra D. Juan I

de Castilla, sirve de texto ó de pretexto á una copiosa antología

de chascarrillos, anécdotas, dicharachos extravagantes, apodos,

motes y pesadas zumbas, no todas contra portugueses, aunque éstos

lleven la peor parte. El principal objeto del autor es hacer reir, y

ciertamente lo consigue, pero ni él ni sus lectores debían de ser muy

escrupulosos en cuanto á las fuentes de la risa. Algún cuento hay en

estas glosas, el del portugués Ruy de Melo, verbigracia, que por lo

cínico y brutal estaría mejor entre las del _Cancionero de Burlas_;

otros, sin llegar á tanto, son nauseabundos y mal olientes; pero hay

algunos indisputablemente graciosos, sin mezcla de grosería; los hay

hasta delicados, como el del huésped aragonés y el castellano, rivales

en cortesía y gentileza[142]; y hay, finalmente (y es lo que da más

precio á este género de silvas y florestas), hechos y dichos curiosos

de la tradición nacional. Baste citar el _ejemplo_ siguiente, que tiene

cierta fiereza épica:

«Sólo quiero decir aquí de un gallego que se decía Alvaro Gonzalez de

Ribadeneyra, que estando en la cama para morir, los hijos, con deseo de

poner en cobro el alma de su padre, fueron á la cama y preguntáronle

si en las diferencias pasadas del obispo de Lugo y las que tuvo con

otros señores, si tenía algo mal ganado que lo declarase, que ellos lo

restituirían; por tanto, que dijese el título que á la hacienda dejaba

y tenía. Lo cual, como oyese el viejo, mandó ensillar un caballo,

y levantóse como mejor pudo, y subióse en él, y tomando una lanza,

puso las piernas al caballo y envistió á la pared y quebró la lanza

en piezas, y volviendo á sus hijos, dijo: «El título con que os dejo

ganada la hacienda y honra ha sido éste; si lo supiéredes sustentar,

para vosotros será el provecho, y si no, quedad para ruines». Y

volvióse á la cama, y murió».

No nos detendremos en el cuaderno de los _Cuentos de Garibay_ que posee

la Academia de la Historia[143], porque la mayor parte de estos cuentos

pasaron casi literalmente á la _Floresta Española_ de Melchor de Santa

Cruz. Si el recopilador de ellos fué, como creemos, el historiador

guipuzcoano del mismo apellido, que pasó en Toledo la última parte de

su vida, allí mismo pudo disfrutar Santa Cruz su pequeña colección

manuscrita é incorporarla en la suya, más rica y metódica que ninguna

de las precedentes y de las posteriores.

Poco sabemos de las circunstancias personales de este benemérito

escritor, salvo que era natural de la villa de Dueñas en Castilla

la Vieja y vecino de la ciudad de Toledo. Su condición debía de ser

humilde y cortos sus estudios, puesto que dice en el prólogo de sus

_Cien Tratados_: «Mi principal intento fué solamente escribir para los

que _no saben leer más de romance, como yo_, y no para los doctos». Y

dedicando al Rey D. Felipe el Prudente la segunda parte de dicha obra,

da á entender otra vez que toda su lectura era de libros en lengua

vulgar: «El sosiego tan grande y dichosa paz que en los bienaventurados

tiempos de Vuestra Magestad hay, son causa que florezcan en ellos todas

las buenas artes y honestos ejercicios; y que no solamente los hombres

doctos, mas _los ignorantes como yo_, se ocupen en cosas ingeniosas y

eruditas, cada uno conforme á su posibilidad. Yo, poderosísimo señor,

he sido siempre aficionado a gastar el tiempo en leer buenos libros,

_principal_ los morales que en nuestra lengua yo he podido haber (que

no han sido pocos), de donde he sacado estas sentencias».

Todos sus trabajos pertenecen, en efecto, á la literatura vulgar y

paremiológica. Los _Cien Tratados_[144] son una colección de máximas

y sentencias morales en tercetos ó ternarios de versos octosílabos,

imitando hasta en el metro los _Trezientos Proverbios, Consejos y

avisos muy provechosos para discurso de nuestra humana vida_ del

abogado valenciano D. Pedro Luis Sauz[145]. Del mismo modo, la

_Floresta_, cuya primera edición es de 1574[146], fué indudablemente

sugerida por el _Sobremesa_ de Timoneda. Pero el plan de Santa Cruz es

más vasto y envuelve un conato de clasificación seguido con bastante

regularidad, que hace fácil el manejo de su librillo.

Aunque Melchor de Santa Cruz da á entender que no sabía más lengua

que la propia, no le creo enteramente forastero en la italiana, de

tan fácil inteligencia para todo español, y me parece muy verosímil,

aunque no he tenido ocasión de comprobarlo, que conociese y aprovechara

las colecciones de _Facezie, motti, buffonerie et burle_ del Piovano

Arlotto, del Gonella y del Barlacchia: las _Facezie et motti arguti

di alcuni eccellentissimi ingegni_ de Ludovicico Domenichi (1547);

las _Hore di recreazione_ de Ludovico Guicciardini, no traducidas en

aquella fecha al castellano, y algunas otras ligeras producciones de

la misma índole que la _Floresta_. Y aun suponiendo que no las hubiese

visto en su original, las conocía indirectamente á través de Timoneda,

sin contar con los chistes que se hubiesen incorporado en la tradición

oral. Pero estos cuentos son fáciles de distinguir del fondo indígena

de la _Floresta_, cuyo verdadero carácter señala perfectamente el autor

en su dedicatoria á D. Juan de Austria.

«En tanta multitud de libros como cada dia se imprimen y en tan

diversas é ingeniosas invenciones, que con la fertilidad de los buenos

ingenios de nuestra nacion se inventan, me pareció se habían olvidado

de una no ménos agradable que importante para quien es curioso y

aficionado á las cosas propias de la patria, y es la recopilacion de

sentencias y dichos notables de españoles. Los cuales, como no tengan

ménos agudeza, ni ménos peso o gravedad que los que en libros antiguos

están escriptos, antes en parte, como luego diré, creo que son mejores,

estoy maravillado qué ha sido la causa que no haya habido quien en

esto hasta ahora se haya ocupado. Yo, aunque _hombre de ningunas

letras_ y de poco ingenio, así por intercesión de algunos amigos, que

conocieron que tenia inclinación á esto, como por la naturaleza, que

de esta antigua y noble ciudad de Toledo tengo[147], donde todo el

primor y elegancia del buen decir florece, me he atrevido á tomar esta

empresa. Y la dificultad que en escribir estos dichos hay es la que se

tiene en hallar moneda de buen metal y subida de quilates. Porque así

como aquella es más estimada que debaxo de menos materia contiene más

valor, así aquellos son más excelentes dichos los que en pocas palabras

tienen encerradas muchas y notables sentencias. Porque unos han de ser

graves y entendidos: otros agudos y maliciosos; otros agradables y

apacibles; otros donosos para mover á risa; otros que lo tengan todo, y

otros hay metaforizados, y que toda su gracia consiste en la semejanza

de las cosas que se apropia, de las quales el que no tiene noticia le

parece que es el dicho frio, y que no tiene donayre, siendo muy al

contrario para el que entiende. Otros tienen su sal en las diversas

significaciones de un mismo vocablo; y para esto es menester que así

el que lo escribe, como el que lo lee, tenga ingenio para sentirlo y

juicio para considerarlo...

«En lo que toca al estilo y propiedad con que se debe escribir, una

cosa no me puede dejar de favorecer; y es el lugar donde lo escribo,

cuya autoridad en las cosas que toca al comun hablar es tanta, que

las leyes del Reino disponen que cuando en alguna parte se dudare de

algun vocablo castellano, lo determine el hombre toledano que alli

se hallare[148]. Lo cual por justas causas se mandó juntamente: la

primera porque esta ciudad está en el centro de toda España, donde es

necesario que, como en el corazon se producen más subtiles espíritus,

por la sangre más delicada que allí se envía, así también en el pueblo

que es el corazon de alguna region está la habla y la conversacion más

aprobada que en otra parte de aquel reino.

«La segunda, por estar lejos del mar, no hay ocasion, por causa del

puerto, á que gentes extrangeras hayan de hacer mucha morada en él; de

donde se sigue corrupcion de la lengua, y aun tambien de las costumbres.

«La tercera, por la habilidad y buen ingenio de los moradores que en

ella hay; los cuales, o porque el aire con que respiran es delgado, o

porque el clima y constelacion les ayuda, o porque ha sido lugar donde

los Reyes han residido, están tan despiertos para notar cualquiera

impropiedad que se hable, que no es menester se descuide el que con

ellos quisiere tratar desto...».

Es libro curiosísimo, en efecto, como texto de lengua; pero debe

consultarse en las ediciones del siglo XVI, pues en las posteriores,

especialmente en las dos del siglo XVIII, se modernizó algo el

lenguaje, además de haberse suprimido ó cercenado varios cuentos que

parecieron libres ó irreverentes, á pesar de la cuerda prevención que

hacía el mismo Santa Cruz en estos versos:

De aquesta Floresta, discreto lector,

Donde hay tanta copia de rosas y flores,

De mucha virtud, olor y colores,

Escoja el que es sabio de aquí lo mejor.

Las de linda vista y de buen sabor

Sirvan de salsa á las virtuosas,

Y no de manjar, si fueren viciosas,

Pues para esto las sembró el autor.

Las partes de la _Floresta_, que fueron diez en la primera edición

toledana y once en la de Alcalá, 1576, llegaron definitivamente á doce,

distribuidas por el orden siguiente:

«Primera Parte: Capítulo I. De Sumos Pontífices.--Cap. II. De

Cardinales.--Capítulo III. De Arzobispos.--Cap. IV. De Obispos.--Cap.

V. De Clérigos.--Cap. VI. De Frayles.

«Segunda Parte: Capítulo I. De Reyes.--Cap. II. De caballeros.--Cap.

III. De capitanes y soldados.--Cap. IV. De aposentadores.--Cap. V. De

truhanes.--Cap. VI. De pajes.

«Tercera Parte: Capítulo I. De responder con la misma palabra.--Cap.

II. De responder con la copulativa antigua.--Cap. III. De gracia

doblada.--Cap. IV. De dos significaciones.--Cap. V. De responder al

nombre propio.--Cap. VI. De enmiendas y declaraciones de letras.

«Cuarta parte: Capítulo I. De jueces.--Cap. II. De letrados.--Cap. III.

De escribanos.--Cap. IV. De alguaciles.--Cap. V. De hurtos.--Cap. VI.

De justiciados.--Capítulo VII. De médicos y cirujanos.--Cap. VIII. De

estudiantes.

«Quinta parte: Capítulo I. De vizcaynos.--Cap. II. De mercaderes.--Cap.

III. De oficiales.--Cap. IV. De labradores.--Cap. V. De pobres.--Cap.

VI. De moros.

«Sexta parte: Capítulo I. De amores.--Cap. II. De músicos.--Cap. III.

De locos.--Cap. IV. De casamientos.--Cap. V. De sobrescriptos.--Cap.

VI. De cortesía.--Cap. VII. De juegos.--Cap. VIII. De mesa.

«Séptima parte: Capítulo I. De dichos graciosos.--Cap. II. De

apodos.--Cap. III. De motejar de linaje.--Cap. IV. De motejar de

loco.--Cap. V. De motejar de necio.--Capítulo VI. De motejar de

bestia.--Cap. VII. De motejar de escaso.--Cap. VIII. De motejar de

narices.

«Octava parte: Capítulo I. De ciegos.--Cap. II. De chicos.--Cap. III.

De largos.--Cap. IV. De gordos.--Cap. V. De flacos.--Cap. VI. De

corcobados.--Cap. VII. De cojos.

«Nona parte: Capítulo I. De burlas y dislates.--Cap. II. De

fieros.--Cap. III. De camino.--Cap. IV. De mar y agua.--Cap. V. De

retos y desafíos.--Cap. VI. De apodos de algunos pueblos de España y de

otras naciones.

«Décima parte: De dichos extravagantes.

«Undécima parte: Capítulo I. De dichos avisados de mujeres.--Cap. II.

De dichos graciosos de mujeres.--Cap. III. De dichos á mujeres.--Cap.

IV. De mujeres feas.--Cap. V. De viudas.

«Duodécima parte: Capítulo I. De niños.--Cap. II. De viejos.--Cap. III.

De enfermos».

En una colección tan vasta de apotegmas no puede menos de haber

muchos enteramente insulsos, como aquél que tanto hacía reir á Lope

de Vega: «Hallé una vez en un librito gracioso que llaman _Floresta

Española_ una sentencia que había dicho un cierto conde: «Que Vizcaya

era pobre de pan y rica de manzanas», y tenía puesto á la margen algun

hombre de buen gusto, cuyo había sido el libro: «Sí diría», que me

pareció notable donayre»[149]. Pero no por eso ha de menospreciarse el

trabajo del buen Santacruz; del cual pueden sacarse varios géneros

de diversión y provecho. Sirve, no sólo para el estudio comparativo

y genealógico de los cuentos populares, que allí están presentados

con lapidaria concisión, sino para ver en juego, como en un libro

de ejercicios gramaticales, muchas agudezas y primores de la lengua

castellana en su mejor tiempo, registrados por un hombre no muy culto,

pero limpio de toda influencia erudita, y que no á los doctos, sino

al vulgo, encaminaba sus tareas. Además de este interés lingüístico

y _folklórico_, que es sin duda el principal, tiene la _Floresta_ el

mérito de haber recogido una porción de dichos, más ó menos auténticos,

de españoles célebres, que nos dan á conocer muy al vivo su carácter, ó

por lo menos la idea que de ellos se formaban sus contemporáneos. Por

donde quiera está sembrado el libro de curiosos rasgos de costumbres,

tanto más dignos de atención cuanto que fueron recogidos sin ningún

propósito grave, y no aderezados ni aliñados en forma novelística. Las

anécdotas relativas al doctor Villalobos y al famoso truhán de Carlos

V. D. Francesillo de Zúñiga, que tantas y tan sabrosas intimidades de

la corte del Emperador consignó en su Crónica burlesca[150], completan

la impresión que aquel extraño documento deja. Del arzobispo D. Alonso

Carrillo, del canónigo de Toledo Diego López de Avala, del cronista

Hernando del Pulgar, y aun del Gran Capitán y de los cardenales Mendoza

y Cisneros, hay en este librillo anécdotas interesantes. Aun para

tiempos más antiguos puede ser útil consultar á veces la _Floresta_.

Por no haberlo hecho los que hemos tratado de las leyendas relativas al

rey Don Pedro, hemos retrasado hasta el siglo XVII la primera noticia

del caso del zapatero y el prebendado, que ya Melchor de Santa Cruz

refirió en estos términos:

«Un arcediano de la Iglesia de Sevilla mató á un zapatero de la misma

ciudad, y un hijo suyo fué á pedir justicia; y condenóle el juez de

la Iglesia en que no dixese Misa un año. Dende á pocos dias el Rey

D. Pedro vino á Sevilla, y el hijo del muerto se fué al Rey, y le

dixo cómo el arcediano de Sevilla había muerto á su padre. El rey le

preguntó si habia pedido justicia. El le contó el caso como pasaba.

El Rey le dixo: «¿Serás tú hombre para matarle, pues no te hacen

justicia?» Respondió: «Sí, señor». «Pues hazlo así», dixo el Rey. Esto

era víspera de la fiesta del Córpus Christi. Y el dia siguiente, como

el Arcediano iba en la procesion cerca del Rey, dióle dos puñaladas,

y cayó muerto. Prendióle la justicia, y mandó el Rey que lo truxesen

ante él. Y preguntóle, ¿por qué habia muerto á aquel hombre? El mozo

dixo: «Señor, porque mató á mi padre, y aunque pedí justicia, no me la

hicieron». El juez de la Iglesia, que cerca estaba, respondió por sí

que se la había hecho, y muy cumplida. El Rey quiso saber la justicia

que se le habia hecho. El juez respondió que le habia condenado que en

un año no dixese Misa. El Rey dixo á su alcalde: «Soltad este hombre, y

yo le condeno que en un año no cosa zapatos»[151].

Es también la _Floresta_ el más antiguo libro impreso en que recuerdo

haber leído la leyenda heroica de Pedro González de Mendoza, el que

dicen que prestó su caballo á D. Juan I para salvarse en la batalla de

Aljubarrota[152]. Por cierto que las últimas palabras de este relato

sencillo tienen más energía poética que el afectado y contrahecho

romance de Hurtado de Velarde _Si el caballo vos han muerto_. «Le tomó

en su caballo y le sacó de la batalla (dice Melchor de Santa Cruz); y

de que le hubo puesto en salvo, queriendo volver, el Rey en ninguna

manera lo consentia. Mas se volvió diciendo: “No quiera Dios que las

mujeres de Guadalaxara digan que saqué á sus maridos de sus casas vivos

y los dexo muertos y me vuelvo”».

Entre las muchas anécdotas relativas á Gonzalo Fernández de Córdoba es

notable por su delicadeza moral la siguiente:

«El Gran Capitan pasaba muchas veces por la puerta de dos doncellas,

hijas de un pobre escudero, de las quales mostraba estaba aficionado,

porque en extremo eran hermosas. Entendiéndolo el padre de ellas,

pareciéndole que seria buena ocasión para remediar su necesidad,

fuése al Gran Capitán, y suplicó le proveyese de algún cargo fuera

de la ciudad, en que se ocupase. Entendiendo el Gran Capitán que lo

hacia por dexar la casa desocupada, para que si él quisiese pudiese

entrar libremente, le preguntó: “¿Qué gente dexais en vuestra casa?※

Respondió: “Señor, dos hijas doncellas ”. Díxole: “Esperad aquí, que os

sacaré la provisión”; y entró en una cámara, y sacó dos pañizuelos, y

en cada uno de ellos mil ducados, y dióselos, diciendo: “Veis aquí la

provision, casad luego con esto que va ahi vuestras hijas; y en lo que

toca á vos, yo tendré cuidado de proveeros”».

La _Floresta_ ha prestado abundante material á todo género de obras

literarias. Sus chistes y cuentecillos pasaron al teatro y á la

conversación, y hoy mismo se repiten muchos de ellos ó se estampan en

periódicos y almanaques, sin que nadie se cuide de su procedencia. Su

brevedad sentenciosa contribuyó mucho á que se grabasen en la memoria,

y grandes ingenios no los desdeñaron. Aquel sabido romance de Quevedo,

que termina con los famosos versos:

Arrojar la cara importa,

Que el espejo no hay por qué,

tiene su origen en este chascarrillo de la _Floresta_ (Parte 12.ª):

«Una vieja hallóse un espejo en un muladar, y como se miró en él y se

vió tal, echando la culpa al espejo, le arrojó diciendo: “Y aun por ser

tal, estás en tal parte”».

Y aquel picaño soneto, excelente en su línea, que algunos han atribuido

sin fundamento á Góngora y otros al licenciado Porras de la Cámara:

Casó de un Arzobispo el despensero...

no es más que la traducción en forma métrica y lengua libre de este

cuentecillo de burlas, que tal como está en la _Floresta_ (Parte

undécima, capítulo III), no puede escandalizar á nadie, aunque bien se

trasluce la malicia:

«Un criado de un obispo habia mucho tiempo que no habia visto á su

mujer, y dióle el obispo licencia que fuesse á su casa. El Maestresala,

el Mayordomo y el Veedor, burlándose con él, que eran muy amigos,

rogáronle que en su nombre diese á su mujer la primera noche que

llegase un abrazo por cada uno. El se lo prometió, y como fué á su

casa, cumplió la palabra. Contándole el caso cómo lo habia prometido,

preguntó la mujer si tenia más criados el obispo; respondió el marido:

Si, señora; mas los otros no me dieron encomiendas».

Abundan en la _Floresta_ los insulsos juegos de palabras, pero hay

también cuentos de profunda intención satírica. Mucho antes que el

licenciado Luque Fajardo, en su curiosísimo libro _Fiel desengaño

contra la ociosidad y los juegos_, nos refiriese la ejemplar historia

de los _Beatos de la Cabrilla_[153], había contado otra enteramente

análoga Melchor de Santa Cruz (cuarta parte, cap. V):

«Un capitan de una quadrilla de ladrones, que andaban á asaltear,

disculpábase que no habia guerra y no sabia otro oficio. Tenia

costumbre que todo lo que robaba partia por medio con aquel á quien le

tomaba. Robando á un pobre hombre, que no trahia mas de siete reales,

le dixo: “Hermano, de éstos me pertenecen á mí no más de tres y medio;

llevaos vos los otros tres y medio. Mas ¿cómo haremos, que no hay medio

real que os volver?” El pobre hombre, que no veía la hora de verse

escapado de sus manos, dixo: “Señor, llevaos en buen hora los quatro,

pues no hay trueque”. Respondió el capitán:“Hermano, con lo mio me haga

Dios merced”».

Con detención hemos tratado de un libro tan vulgar y corriente como

la _Floresta_, no sólo por ser el más rico en contenido de los de su

clase, sino también por el éxito persistente que obtuvo, del cual

testifican veintidós ediciones por lo menos durante los siglos XVI y

XVII. Todavía en el siglo XVIII la remozó, añadiéndola dos volúmenes,

Francisco Asensio, uno de aquellos ingenios plebeyos y algo ramplones,

pero castizos y simpáticos, que en la poesía festiva, en el entremés y

en la farsa, en la pintura satírica de costumbres, conservaban, aunque

muy degeneradas, las tradiciones de la centuria anterior, á despecho de

la tiesa rigidez de los _reformadores del buen gusto_. En Francia, la

_Floresta_ fué traducida íntegramente por un Mr. de Pissevin en 1600;

reimpresa varias veces en ediciones bilingües, desde 1614; abreviada y

saqueada por Ambrosio de Salazar y otros maestros de lengua castellana.

Hubo, finalmente, una traducción alemana, no completa, publicada en

Tubinga en 1630.

Por más que Melchor de Santa Cruz fuese hombre del pueblo y extraño

al cultivo de las humanidades, el título mismo de _apotegmas_ que

dio á las sentencias por él recogidas prueba que le eran familiares

los libros clásicos del mismo género que ya de tiempo atrás hablaban

en lengua castellana, especialmente los _Apotegmas_ de Plutarco,

traducidos del griego en 1533 por el secretario Diego Gracián[154];

la _Vida y excelentes dichos de los más sabios philosophos que hubo

en este mundo_, de Hernando Díaz[155], y la copiosa colección de

_Apotegmas_ de reyes, príncipes, capitanes, filósofos y oradores de la

antigüedad que recogió Erasmo de Roterdam y pusieron en nuestro romance

Juan de Jarava y el bachiller Francisco Thamara en 1549[156].

Tampoco fué Melchor de Santa Cruz, á pesar de lo que insinúa en su

prólogo, el primero que, á imitación de estas colecciones clásicas,

recopilase sentencias y dichos de españoles ilustres. Ya en 1527 el

bachiller Juan de Molina, que tanto hizo gemir las prensas de Valencia

con traducciones de todo género de libros religiosos y profanos, había

dado á luz el _Libro de los dichos y hechos del Rey Don Alonso_,

quinto de este nombre en la casa de Aragón, conquistador del reino de

Nápoles y gran mecenas de los humanistas de la península itálica que

le apellidaron el Magnánimo[157]. No fué ésta la única, aunque sí la

más divulgada versión de los cuatro libros de Antonio Panormita, _De

dictis et factis Alphonsi, regis Aragonum et Neapolis_[158], que no es

propiamente una historia de Alfonso V, sino una colección de anécdotas

que pintan muy al vivo su carácter y su corte. Unido al _De dictis

factisque_ del Panormita va casi siempre el _Commentarius_ de Eneas

Silvio, obispo de Siena cuando le escribió y luego Papa con el nombre

de Pío II[159].

Un solo personaje español del tiempo de los Reyes Católicos logró

honores semejantes, aunque otros los mereciesen más que él. Fue el

primer duque de Nájera, don Pedro Manrique de Lara, tipo arrogante de

gran señor, en su doble condición de bravo guerrero y de moralista

sentencioso y algo excéntrico. Un anónimo recopiló sus hazañas

valerosas y dichos discretos[160]; y apenas hubo floresta del siglo

XVI en que no se consignase algún rasgo, ya de su mal humor, ya de su

picante ingenio.

Al siglo XVII muy entrado pertenece el libro, en todos conceptos

vulgarísimo, _Dichos y hechos del señor rey don Felipe segundo el

prudente_[161], que recopiló con mejor voluntad que discernimiento el

cura de Sacedón, Baltasar Porreño, autor también de otros _Dichos y

hechos de Felipe III_, mucho menos conocidos porque sólo una vez, y muy

tardíamente, fueron impresos.

Son casi desconocidos en nuestra literatura aquellos libros comúnmente

llamados _anas_ (_Menagiana_, _Scaligerana_, _Bolaeana_, etc.), de

que hubo plaga en Francia y Holanda durante el siglo XVII y que, á

vueltas de muchas anécdotas apócrifas ó caprichosamente atribuídas al

personaje que da nombre al libro, suelen contener mil curiosos detalles

de historia política y literaria. El carácter español se presta poco á

este género de crónica menuda. Pero no faltaron autores, y entre ellos

alguno bien ilustre, que hiciesen colección de sus propios apotegmas. Á

este género puede reducirse _El Licenciado Vidriera de Cervantes_[162],

donde la sencillísima fábula novelesca sirve de pretexto para

intercalar las sentencias de aquel cuerdo loco, así como Luciano había

puesto las suyas en boca del cínico Demonacte.

De Cervantes al jurado cordobés Juan Rufo, infeliz cantor de D. Juan de

Austria, es grande la distancia á pesar de la simpática benevolencia

con que el primero habló del segundo en el famoso escrutinio de los

libros del hidalgo manchego. Pero no le juzguemos por la _Austriada_,

sino por _Las seyscientas apotegmas_ que publicó en 1596[163] y por

los versos que las acompañan, entre los cuales están la interesante

leyenda de _Los Comendadores_, el poemita humorístico de la _muerte

del ratón_, la loa ó _alabanza de la comedia_, precursora de las de

Agustín de Rojas, y sobre todo la _Carta á su hijo_, que tiene pasajes

bellísimos de ingenuidad y gracia sentenciosa. Juan Rufo, que tan

desacordadamente se empeñó en embocar la trompa épica, era un ingenio

fino y discreto, nacido para dar forma elegante y concisa á las máximas

morales que le había sugerido la experiencia de la vida más bien que el

trato de los libros. Sus _apotegmas_ en prosa testifican esto mismo,

y cuando se forme la colección, que todavía no existe, de nuestros

moralistas prácticos y lacónicos, merecerán honroso lugar en ella. Sólo

incidentalmente tocan á nuestro propósito, puesto que suelen ser breves

anécdotas selladas con un dicho agudo. Entre los contemporáneos de

Rufo tuvieron mucho aplauso, aun antes de ser impresos, y el agustino

Fr. Basilio de León (sobrino de Fr. Luis y heredero de su doctrina)

los recomendó en estos encarecidos términos: «Llegó á mis manos, antes

que se imprimiesse, el libro de las Apotegmas del Iurado Iuan Rufo;

con el qual verdaderamente me juzgué rico, pues lo que enriqueze al

entendimiento, es del hombre riqueza verdadera. Y hay tanta, no sólo en

todo el libro (que no es poco, segun salen muchos á luz, grandes en las

hojas y en las cosas pequeños), sino lo que es más, en qualquiera parte

dél, por pequeña que sea, que con razon puede juzgarse por muy grande,

porque la pureza de las palabras, la elegancia dellas, junto con la

armonía que hazen las unas con las otras, es de tanta estimacion en mis

ojos quanto deseada en los que escriven. Allegose a esto la agudeza de

los dichos, el sentido y la gravedad que tienen, la philosophia y el

particular discurso que descubren. De manera que al que dice bien y

tan bien como el autor deste libro, se le puede dar justissimamente un

nuevo y admirable nombre de maravillosa eloquencia: pues los que hablan

mal son innumerables, y él se aventaja á muchos de los que bien se han

esplicado. El aver enxerido en el donayre y dulzura de las palabras, lo

que es amargo para las dañadas costumbres, nacio de particular juyzio

y de prudencia. Como el otro que á una dama á quien, ó por miedo, ó

por melindre, espantava el hierro del barbero, la sangró disfraçandole

astutamente con la esponja. En fin, no entiendo que avrá ninguno de

buen gusto que no le tenga, y muy grande, con este libro, y Córdova

no menor _gozo_, viendo cifrado en su dueño todo lo que en sus claros

hijos luze repartido».

Hemos visto que el título de _Apotegmas_ había sido introducido por los

traductores de Plutarco y Erasmo. Creemos que Juan Rufo fue el primero

que le aplicó á una colección original, dando la razón de ello: «El

nombre de _Apotegmas_ es griego, como lo son muchos vocablos recebidos

ya en nuestra lengua; trúxole á ella, con la autoridad de grandes

escritores, la necessidad que avia deste término, porque significa

breve y aguda sentencia, dicho y respuesta; sentido que con menos

palabras no se puede explicar».

Para dar idea del carácter de este curioso librito, citaré sin

particular elección unos cuantos apotegmas, procurando que no sean

de los que ya copió Gallardo, aunque no siempre podrá evitarse la

repetición, porque aquel incomparable bibliógrafo tenía particular

talento para extraer la flor de cuanto libro viejo caía en sus manos.

«Oyendo cantar algunos romances de poetas enamorados, con relacion

especial de sus desseos y pensamientos, y aun de sus obras, dixo

(Rufo): Locos están estos hombres, pues se confiesan a gritos». (Fol.

4.)

«Un año despues que estuvo oleado, le dixo un amigo, viéndole bueno:

Harto mejor estays de lo que os vi aora un año. R. Mucha más salud

tenía entonces, pues tenia más un año de vida». (Fol. 6 vuelto.)

«Mirando á una fea, martyr de enrubios, afeytes, mudas, y de vestirse y

ataviarse costosamente, y con estraña curiosidad, dixo que las feas son

como los hongos, que no se pueden comer si no en virtud de estar bien

guisados, y con todo son ruyn vianda». (F. 7.)

«Preguntóle un viejo de sesenta años si se teñiria la canas, y R. No

borreis en una hora lo que Dios ha escrito en sesenta años». (Fol. 7

vuelto.)

«El agua encañada, quanto baxa sube, y la palabra de Dios entra por los

oydos, y penetra hasta el corazon, si sale dél». (Fol. 9.)

«Contava un cavallero una merienda que ciertos frayles tuvieron en

un jardin del susodicho; y que tras la abundancia de la vianda, y

diferencias de vinos que huvo, fue notable el gusto y alegria de todos

aquellos reverendos. Y dezia tambien que uno dellos (devoto y compuesto

religioso) se puso de industria á pescar en un estanque, por escusar la

behetria de los demas. Oydo lo qual, dixo: no se podra dezir por esse:

no sabe lo que se pesca». (Fol. 13.)

«El duque de Osuna, D. Pedro Giron, tenia á la hora de su muerte junto

á sí una gran fuente de plata, llena de nieve y engastados en ella

algunos vasos de agua, y dixo el Condestable de Castilla, su yerno:

Ningun consuelo hay para el Duque igual á tener aquella nieve cerca de

sí. R. Quiere morir en Sierra Nevada, porque no le pregunten por D.

Alonso de Aguilar»[164]. (Fol. 15.)

«Huvo disciplinas en Madrid por la falta de agua; y como era en el

mes de Mayo y hazia calor, no salian hasta que anochezia. De manera

que toda la tarde no cabian las calles por donde avian de pasar los

disciplinantes, de damas y gente de á cavallo; y andavan los passeos

tan en forma, como si algun grande regocijo fuera la causa de aquel

concurso. Visto lo qual, al salir los penitentes, dixo que parecia

entremes á lo divino en comedia deshonesta». (Fol. 18.)

«Tratándose del Cid, y de sus grandes proezas, dixo, que fue

catredatico (sic) de valentia, pues enseñó á ser esforçado á Martin

Pelaez»[165]. (Fol. 19.)

«El hombre que más largas narices tuvo en su tiempo, dezia otro amigo

suyo, que venia de Burgos á Madrid seis dias avia, y que le esperava

dentro de una hora. No puede ser, le respondió Iuan Rufo, pues no han

llegado sus narices». (Fol. 22.)

«Estando un carpintero labrando, aunque toscamente, los palos para

hazer una horca, y otro vezino suyo murmurando de la obra del artífice,

los puso en paz diziendo, que los palos de la horca son puntales de la

republica».

«Sentia ásperamente un gentil hombre el hacerse viejo, y corriase de

verse algo cano, como si fuera delito vergonzoso. Y como fuesse su

amigo, y le viesse que en cierta conversacion dava señales desto, lo

dixo para consuelo y reprehension, los versos que se siguen:

Si quando el seso florece

Vemos que el hombre encanece:

Las canas deven de ser

Flores que brota el saber

En quien no las aborrece».

(Fol. 24 vuelto.)

«Sin duda este tiempo florece de poetas que hacen romances, y músicos

que les dan sonadas: lo uno y lo otro con notable gracia y aviso. Pues

como es casi ordinario amoldar los músicos los tonos con la primera

copla de cada romance, dixo á uno de los poetas que mejor los componen

que escusase en el principio afecto ni estrañeza particular, si en todo

el romance no pudiesse continualla; porque de no hazello resulta que el

primer cuarteto se lleva el mayorazgo de la propiedad de la sonada, y

dexa pobres á todos los demas». (Fol. 26 vuelto.)

«Considerados los desasossiegos, escándalos y peligros, gastos de

hazienda y menoscabos de salud, que proceden de amorosos devaneos, dixo

que los passatiempos del Amor son como el tesoro de los alquimistas,

que costándoles mucho tiempo y trabajo, gastan el oro que tienen por el

que después no sacan». (Fol. 67.)

«Alabando algunos justissimamente la rara habilidad del doctor

Salinas[166], canónigo de Segovia, dixo que era Salinas de gracia y

donaire, con ingenio de açucar». (Fol. 74.)

«El (autor) y un amigo suyo, que le solia reprehender porque no

componia la segunda parte de la _Austriada_, passaron por donde estava

un paxarillo destos que suben la comida y la bevida con el pico, entre

otros que estavan enjaulados. Y como todos cantassen, y aquel no, dixo:

Veys aqui un retrato del silencio de mi pluma, porque no soy paxaro

enjaulado, sino aquel que está con la cadena al cuello. Preguntado por

qué, dixo estos versos:

Para el hombre que no es rico

Cadena es el matrimonio,

Y tormento del demonio

Sustentarse por su pico».

(Fol. 94.)

«De quinientos ducados que el Rey le hizo de merced por su libro de

la Austriada, fue gastando en el sustento de su casa hasta que no le

quedaban sino cincuenta, los quales se puso á jugar[167]. Y preguntado

por qué hazia aquel excesso, R. Para que las reliquias de mis soldados

vençan, ó mueran peleando, antes que el largo cerco los acabe de

consumir». (Fol. 99 vuelto.)

«Como hay mujeres feas, que siendo ricas se dan á entender que á poder

de atavios han de suplir con curiosidad los defectos de naturaleza: de

la misma manera piensan algunos que por ser estudiosos y leydos, han de

salir buenos poetas, siendo cosa, si no del todo agena de sus ingenios,

á lo menos cuesta arriba y llena de aspereza. Y para más confirmacion

deste engaño, nunca les faltan aficionados que los desvanezcan. Pues

como un hombre que era apassionadissimo de un poeta por accidente,

defendiesse sus Mussas con dezir que era hombre que sabia, le dixo: No

es todo uno ser maestro de capilla y tener buena voz». (Fol. 135.)

«Vivía en la corte un pintor[168] que ganava de comer largamente á

hazer retratos, y era el mejor pie de altar para su ganancia una

caxa que traya con quarenta ó cincuenta retratos pequeños de las más

hermosas señoras de Castilla, cuyos traslados le pagavan muy bien, unos

por aficion y otros por sola curiosidad. Este le mostró un dia todo

aquel tabaque de rosas, y le confessó los muchos que le pedian copias

dellas. R. Soys el rufian más famoso del mundo, pues ganays de comer

con cincuenta mujeres». (Fol. 136.)

«Armándose en Flandes D. Lope de Acuña, para un hecho de armas, algo de

priessa, dixo á dos criados que le ayudavan á armar que le pussiessen

mejor la celada: la qual como fuesse Borgoñona, y al cerralla le

huviessen cogido una oreja, le dava mucho fastidio. Los criados le

respondieron una, y dos, y más vezes, que no yva sino muy en su lugar.

Y como las ocasiones no lo davan para detenerse mucho, entró assi en la

refriega, que fué sangrienta. Y desarmándose despues D. Lope, como se

le saliesse la una oreja assida á la celada, en vez de enojarse, dixo

con mucha mansedumbre á los que le armaron: ¿No os dezia yo que yva mal

puesta la celada?» (Fol. 148.)

«Acabando de leer unos papeles suyos, le dixo uno de los oyentes: No

sé por qué no os proveen en un corregimiento de los buenos de España;

mas a fe que si en algo errárades, y yo fuera presidente, que os avia

de _echar á galeras, pues no podiades hazello de ignorancia_. R.

Rigurosissimo andays conmigo, pues antes que acepte el cargo me tomays

la residencia»[169]. (Fol. 155.)

«Desde que el señor don Iuan murio, que le hazia mucha merced, nunca

tuvo sucesso que fuesse de hombre bien afortunado, y tanto que era ya

como proverbio su mala dicha. Estando, pues, un dia con dolor en un

pie, diziéndole su doctor que era gota, respondió:

Aunque pobre y en pelota,

Mal de ricos me importuna,

Porque al mar de mi fortuna

No le faltasse una gota».

(Fol. 156.)

«Tan fácil y proprio dixo que seria á los prelados gastar todas sus

rentas en hazer bien, como al sol el dar luz y calentar». (Fol. 163.)

«Siendo su hijo de once años, le sucedió una noche quedársele dormido

en dos ó tres sitios muy desacomodados; por lo qual dixo uno que lo

avia notado: Este niño halla cama donde quiera, y deve de ser de bronce

ó trae lana en las costillas. R.

Qué más bronce

Que años once,

Y qué más lana

Que no pensar en mañana».

(Fol. 189 vuelto)[170].

Los apotegmas no son seiscientos, sino que llegan á setecientos, como

expresa el mismo Rufo en una advertencia final. Á ésta como á casi

todas las colecciones de sentencias, aforismos y dichos agudos cuadra

de lleno la sentencia de Marcial sobre sus propios epigramas _sunt

bona, sunt quædam mediocria, sunt mala plura_. Pero aunque muchos

puedan desecharse por ser insulsos juegos de vocablos, queda en los

restantes bastante materia curiosa, ya para ilustrar las costumbres de

la época, ya para conocer el carácter de su autor, poeta repentista,

decidor discreto y que, como todos los ingenios de su clase, tenía

que brillar más en la conversación que en los escritos. Él mismo lo

reconoce ingenuamente: «Importunándole que repitiesse los dichos de que

se acordasse, dixo que no se podia hazer sin perderse por lo menos la

hechura, como quien vende oro viejo: pues quando el oro del buen dicho

se estuviesse entero, era la hechura la ocasion en que se dixo, el no

esperarse entonces la admiracion que causó. Y que en fin, fuera de su

primer lugar eran piedras desengastadas, que luzen mucho menos. O como

pelota de dos botes, que por bien que se toque no se ganan quinze».

Tuvo Juan Rufo un imitador dentro de su propia casa en su hijo el

pintor y poeta cordobés D. Luis Rufo, cuyos _quinientos apotegmas_ (en

rigor 455) ha exhumado en nuestros tiempos el erudito Sr. Sbarbi[171].

Pero la fecha de este libro, dedicado al Príncipe D. Baltasar Carlos

(n. 1629, m. 1646), le saca fuera de los límites cronológicos del

presente estudio, donde por la misma razón tampoco pueden figurar los

donosos _Cuentos que notó D. Juan de Arguijo_, entre los cuales se

leen algunas agudezas del Maestro Farfán, agustiniano[172].

Volviendo ahora la vista fuera de las fronteras patrias, debemos hacer

mérito de algunas misceláneas de varia recreación impresas en Francia

para uso de los estudiosos de la lengua castellana, cuando nadie,

«ni varón ni mujer dejaba de aprenderla», según testifica Cervantes

en el _Persiles_ (Libro III, cap. XIII). Una porción de aventureros

españoles, á veces notables escritores, como el autor de _La

desordenada codicia de los bienes ajenos_ y el segundo continuador del

_Lazarillo de Tormes_, vivían de enseñarla ó publicaban allí sus obras

de imaginación. Otros, que no llegaban á tanto, se limitaban á los

rudimentos de la disciplina gramatical, hacían pequeños vocabularios,

manuales de conversación, centones y rapsodias, en que había muy poco

de su cosecha. Á este género pertenecen las obras de Julián de Medrano

y de Ambrosio de Salazar.

Julián ó Julio Iñiguez de Medrano, puesto que de ambos modos se titula

en su libro, era un caballero navarro que, después de haber rodado por

muchas tierras de España y de ambas Indias, aprendiendo, según dice,

«los más raros y curiosos secretos de natura», vivía «en la ermita del

Bois de Vincennes», al servicio de la Reina Margarita de Valois. Á

estos viajes suyos aluden en términos muy pomposos los panegiristas que

en varias lenguas celebraron su libro, comenzando por el poeta regio

Juan Daurat ó Dorat (_Ioannes Auratus_):

Julius ecce Medrana novus velut alter Ulysses,

A variis populis, a varioque mari,

Gemmarum omne genus, genus omne reportat et auri:

Thesaurus nunquam quantus Ulyssis erit.

La verdad es que de tales tesoros da muy pobre muestra su _Silva

Curiosa_, cuya primera y rarísima edición es de 1587[173]. De los siete

libros que la portada anuncia, sólo figura en el volumen el primero,

que lleva el título de «dichos sentidos y motes breves de amor». Los

otros seis hubieron de quedarse inéditos, ó quizá en la mente de

su autor, puesto que parecen meros títulos puestos para excitar la

curiosidad. El segundo debía tratar de «las yerbas y sus más raras

virtudes»; el tercero, de las piedras preciosas; el cuarto, de los

animales; el quinto, de los peces; el sexto, de las «aves celestes

y terrestres»; el séptimo «descubre los más ocultos secretos de las

muieres, y les ofrece las más delicadas recetas». Ni del tratado de los

cosméticos, ni de la historia natural recreativa que aquí se prometen,

ha quedado ningún rastro, pues aunque lleva el nombre de Julio Iñiguez

de Medrano cierta rarísima _Historia del Can_, _del Caballo_, _Oso_,

_Lobo_, _Ciervo y del Elefante_, que se dice impresa en París, en

1583, este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares

reimpresos, del libro _Del can y del caballo_ que había publicado en

Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se

hable del oso ni de los demás animales citados en la portada[174]. La

superchería que Medrano usó apropiándose este libro para obsequiar con

él, no desinteresadamente sin duda, al Duque de Epernon, da la medida

de su probidad literaria, que acaba de confirmarse con la lectura de

la _Silva_, especie de cajón de sastre, con algunos retales buenos,

salteados en ajenas vestiduras. No sería difícil perseguir el origen

de las «letras y motes», de las preguntas, proverbios y sentencias

morales; pero limitándonos á lo que salta á la vista en cuanto se

recorren algunas páginas de la _Silva_, vemos que Medrano estampa su

nombre al principio de un trozo conocidísimo de Cristóbal de Castillejo

en su _Diálogo de las condiciones de las mujeres_ y da por suyo de

igual modo aquel soneto burlesco atribuido á D. Diego de Mendoza y que

realmente es de Fray Melchor de la Serna:

Dentro de un santo templo un hombre honrado...

Tales ejemplos hacen sospechar de la legítima paternidad de sus versos.

Y lo mismo sucede con la prosa. Casi todos los «dichos sentidos, agudas

respuestas, cuentos muy graciosos y recreativos, y epitafios curiosos»

que recoge en la segunda parte de la _Silva_, habían figurado antes en

otras florestas, especialmente en el _Sobremesa_ de Timoneda, del cual

copia literalmente nada menos que cuarenta cuentos, con otros cinco de

Juan Aragonés[175].

Hay, sin embargo, en el libro dos narraciones tan mal forjadas y

escritas, que sin gran escrúpulo pueden atribuirse al mismo Julián de

Medrano. Una es cierta novela pastoril de _Coridón y Silvia_; y aun en

ella intercaló versos ajenos, como la canción de Francisco de Figueroa:

Sale la aurora, de su fértil manto

Rosas suaves esparciendo y flores...

La otra, que tiene algún interés para la historia de las supersticiones

populares, es un largo cuento de hechicerías y artes mágicas, que el

autor supone haber presenciado yendo en romería á Santiago de Galicia.

No es inverosímil que Lope de Vega, que lo leía todo y de todo sacaba

provecho para su teatro, hubiese encontrado entre los ejemplos de la

_Silva Curiosa_ el argumento de su comedia _Lo que ha de ser_, aunque

al fin de ella alega «las crónicas africanas».

Dice así el cuentecillo de la _Silva_, que no tengo por original,

aunque hasta ahora no puedo determinar su fuente:

«Un caballero de alta sangre, fué curioso de saber lo que las

influencias ó inclinaciones de los cuerpos celestiales prometian á un

hijo suyo que él tenia caro como su propia vida, y así hizo sacar el

juicio de la vida del mancebo (que era ya hombrecito) á un astrólogo

el más famoso de aquella tierra; el cual halló por su sciencia que el

mozo era amenazado y corría un grandísimo peligro, en el año siguiente,

de recibir muerte por una fiera cruel, la cual él nombró y (pasando

los límites de su arte) dijo sería un leon; y que el peligro era tan

mortal, que si este caballero no defendia la caza á su hijo por todo

aquel año, y no le ponia en algun castillo donde estuviese encerrado

y muy bien guardado hasta que el año pasase, que él tenia por cosa

imposible que este mancebo escapase al peligro de muerte. El padre,

deseando en todo y por todo seguir el consejo del astrólogo (en quien

él creia como en un oráculo verísimo), privando á su hijo del ejercicio

que él más amaba, que era la caza, lo encerró en una casa de placer que

tenia en el campo, y dejándole muy buenas guardas, y otras personas

que le diesen todo el pasatiempo posible, los defendió á todos, so

pena de la vida, que no dejasen salir á su hijo un solo paso fuera de

la puerta del castillo. Pasando esta vida el pobre mancebo en aquella

cárcel tristísima, viéndose privado de su libertad, dice la historia

que un dia, paseándose dentro de su cámara, la cual estaba ricamente

adornada y guarnecida de tapiceria muy hermosa, se puso á contemplar

las diversas figuras de hombres y animales que en ella estaban, y

viendo entre ellos un leon figurado, principió á enojarse con él como

si vivo estuviera, diciendo: «¡Oh fiera cruel y maldita! Por ti me veo

aqui privado de los más dulces ejercicios de mi vida; por ti me han

encerrado en esta prision enojosa». Y arremetiendo con cólera contra

esta figura, le dió con el puño cerrado un golpe con toda la fuerza de

su brazo; y su desventura fué tal que detrás de la tapiceria habia un

clavo que salia de un madero ó tabla que alli estaba, con el cual dando

el golpe se atravesó un dedo; y aunque el mal no parecía muy grave al

principio, fué tal todavía, que por haber tocado á un nervio, en un

extremo tan sensible como es el dedo, engendró al pobre mancebo un

dolor tan grande, acompañado de una calentura continua, que le causó la

muerte»[176].

César Oudín, el mejor maestro de lengua castellana que tuvieron los

franceses en todo el siglo XVII y el más antiguo de los traductores

del _Quijote_ en cualquier lengua, hizo en 1608 una reimpresión de

la _Silva_, añadiendo al fin, sin nombre de autor, la novela de _El

Curioso Impertinente_, que aquel mismo año publicaba en texto español

y francés Nicolás Baudouin[177]. Por cierto que esta segunda edición

de la _Silva_ dió pretexto á un erudito del siglo XVIII para acusar á

Cervantes de haber plagiado ¡á Medrano! Habiendo caído en manos del

escolapio D. Pedro Estala un ejemplar de la _Silva_ de 1608, donde

está la novela, dedujo con imperdonable ligereza que también estaría

en la de 1583, y echó á volar la especie de que Cervantes la había

tomado de allí, «no creyendo haber inconveniente ó persuadido á que no

se le descubriría el hurto, si así debe llamarse». Á esta calumniosa

necedad, divulgada en 1787, se opuso, con la lógica del buen sentido,

D. Tomás Antonio Sánchez, aun sin haber visto la primera edición de la

_Silva_, de la cual sólo tuvo conocimiento por un amigo suyo residente

en París[178].

Compilaciones del mismo género que la _Silva_ son algunos de los

numerosos libros que publicó en Francia Ambrosio de Salazar, aventurero

murciano que después de haber militado en las guerras de la Liga,

hallándose sin amparo ni fortuna, _despedazado y roto_, como él dice,

se dedicó en Ruán á enseñar la lengua de Castilla, llegando á ser

maestro é intérprete de Su Majestad Cristianísima. La vida y las

obras de Salazar han sido perfectamente expuestas por A. Morel-Fatio

en una monografía tan sólida como agradable, que agrupa en torno de

aquel curioso personaje todas las noticias que pueden apetecerse sobre

el estudio del español en Francia durante el reinado de Luis XIII y

sobre las controversias entre los maestros de gramática indígenas y

forasteros. Remitiendo á mis lectores á tan excelente trabajo[179],

hablaré sólo de aquellos opúsculos de Salazar que tienen algún derecho

para figurar entre las colecciones de cuentos, aunque su fin inmediato

fuese ofrecer textos de lengua familiar á los franceses.

Tenemos, en primer lugar, _Las Clavellinas de Recreacion, donde se

contienen sentencias, avisos, exemplos y Historias muy agradables

para todo genero de personas desseosas de leer cosas curiosas, en dos

lenguas, Francesa y Castellana_; obrita impresa dos veces en Ruán, 1614

y 1622, y reimpresa en Bruselas, 1625[180]. Es un ramillete bastante

pobre y sin ningún género de originalidad, utilizando las colecciones

anteriores, especialmente la de Santa Cruz, con algunas anécdotas de

origen italiano y otras tomadas de los autores clásicos, especialmente

de Valerio Máximo. _Las Horas de Recreación_ de Guicciardini, el

_Galateo Español_ de Lucas Gracián Dantisco (del cual hablaré más

adelante), pueden contarse también entre las fuentes de este libro,

poco estimable á pesar de su rareza[181].

Más interés ofrece, y es sin duda el más útil de los libros de Salazar,

á lo menos por los datos que consigna sobre la pronunciación de su

tiempo y por las frases que recopila, ó interpreta, su _Espejo General

de la Gramática en diálogos_, obra bilingüe publicada en Ruán en 1614

y de cuyo éxito testifican varias reimpresiones en aquella ciudad

normanda y en París[182]. Este _Espejo_, que dió ocasión á una agria y

curiosa polémica entre su autor y César Oudín, no es propiamente una

gramática ni un vocabulario, aunque de ambas cosas participa, sino un

método práctico y ameno para enseñar la lengua castellana en cortísimo

tiempo, ya que no en _siete_ lecciones, como pudiera inferirse de la

portada. La forma del coloquio _escolar_, aplicado primeramente á las

lenguas clásicas, y que no se desdeñaron de cultivar Erasmo y Luis

Vives, degeneró en manos de los maestros de lenguas modernas, hasta

convertirse en el pedestre _manual de conversación_ de nuestros días.

Y todavía en este género la degradación fue lenta: los _Diálogos

familiares_ que llevan el nombre de Juan de Luna, aunque no todos

le pertenecen, tienen mucha gracia y picante sabor; son verdaderos

diálogos de costumbres que pueden leerse por sí mismos, prescindiendo

del fin pedagógico con que fueron trazados. Los de Salazar, escritor

muy incorrecto en la lengua propia, y supongo que peor en la francesa,

valen mucho menos por su estilo y tienen además la desventaja de

mezclar la exposición gramatical directa, aunque en dosis homeopáticas,

con el diálogo propiamente dicho. De éste pueden entresacarse (como

previene el autor) algunas «historias graciosas y sentencias muy

de notar»; por ejemplo, una biografía anecdótica del negro Juan

Latino, que Morel-Fatio ha reproducido y comenta agradablemente en su

estudio[183].

No importa á nuestro propósito, aunque el título induciría á creerlo,

el _Libro de flores diversas y curiosas en tres tratados_ (París,

1619), en que lo único curioso son algunos modelos de estilo epistolar,

sobre el cual poseemos otros formularios más antiguos, castizos ó

importantes, como el de Gaspar de Texeda. Salazar había pensado llenar

con cuentos la tercera parte de su libro; pero viendo que ocupaban

muchas hojas y que su librero no podía sufragar tanto gasto, guardó

los cuentos para mejor ocasión y los reemplazó con un diálogo entre un

caballero y una dama[184].

Podemos suponer que estos cuentos serían los mismos que en número de

ochenta y tres publicó en 1632, formando la segunda parte de sus

_Secretos de la gramática española_, que ciertamente no aclaran ningún

misterio filológico. La parte teórica es todavía más elemental que

en el _Espejo_, y la parte práctica, los ejercicios de lectura como

diríamos hoy, están sacados, casi en su totalidad, de la _Floresta

Española_ de Melchor de Santa Cruz, según honrada confesión del propio

autor: «Lo que me ha movido á hacer imprimir estos quentos ha sido

porque veya que un librito que andava por aqui no so podia hallar,

aunque es verdad que primero vino de España. Despues se imprimio en

Brucelas (sic) en las dos lenguas, y aun creo que se ha impreso aqui en

París, y he visto que lo han siempre estimado del todo. Este librito se

llama _Floresta española de apoystemas_ (sic) _y dichos graciosos_, del

qual y de algunos otros he sacado este tratadillo»[185].

Salazar, que multiplicaba en apariencia más que en realidad las que

apenas podemos llamar sus obras, con cuyo producto, seguramente

mezquino, iba sosteniendo su trabajada vejez, formó con estos mismos

cuentos un _Libro Curioso, lleno de recreacion y contento_, que es

uno de los tres _Tratados propios para los que dessean saber lengua

española_ (París, 1643), donde también pueden leerse dos diálogos,

no sé á punto fijo si suyos ó ajenos, «entre dos comadres amigas

familiares, la una se llama Margarita y la otra Luciana».

Mencionaremos, finalmente, el _Thesoro de diversa licion_ (París,

1636), cuyo título parece sugerido por la _Silva de varia leccion_

de Pedro Mejía, que le proporcionó la mayor parte de sus materiales,

puesto que no creo que Salazar acudiese personalmente á Eliano, Plinio,

Dioscórides y otros antiguos á quien se remite[186]. El _Thesoro_ viene

á ser una enciclopedia microscópica de geografía ó historia natural,

pero lleva al fin una serie de _Historias verdaderas sucedidas por

algunos animales_, que entran de lleno en la literatura novelística.

Algunas son tan vulgares y sabidas como la del león de Androcles,

pero hay también cuentos españoles que tienen interés _folklórico_.

Todos deben de encontrarse en otros libros, pero hoy por hoy no

puedo determinar cuáles. La historia del prodigioso perro que tenía

un maestro de capilla de Palencia en tiempo de Carlos V se lee en

el _Libro del Can y del Caballo_ del protonotario Luis Pérez[187],

pero con notables variantes. La leyenda genealógica de los Porceles

de Murcia, que sirvió á Lope de Vega para su comedia del mismo

título[188], se encuentra referida en Salazar á Barcelona, y acaso

sea allí más antigua, puesto que en Provenza hallamos la misma leyenda

aplicada á los _Pourcelet_, marqueses de Maiano (Maillane), poderosos

señores en la villa de Arlés, cuyo apellido sonó mucho en las Cruzadas,

en la guerra de los Albigenses, en las Vísperas Sicilianas y en otros

muchos sucesos, y de la cual es verosímil que procediesen el Guarner

Porcel, el Porcelín Porcel y el Orrigo Porcel, que asistieron con

D. Jaime á la conquista de Murcia, y están inscritos en el libro de

repartimiento de aquella ciudad, puesto que el blasón de ambos linajes

ostenta nueve lechoncillos[189].

Más curiosa todavía es otra leyenda catalana sobre la casa de Marcús,

que Ambrosio de Salazar nos refiere en estos términos:

«En la decendencia de los Marcuses, linage principal de Cataluña, se

lee una Historia de una Cabra y un Cabrito, que aunque fué sueño tubo

un estraño effecto, que un Hidalgo llamado Marcus, por desgracias y

vandos de sus antecessores, vino á una grande pobreza y necessidad,

tanto que lo hazia andar muy afligido y cuydadoso pensando cómo podria

echar de sí tan pesada carga. Y con tales pensamientos sucedió, que

durmiendo soñó un sueño que si dexava su tierra y se yva á Francia,

en una Puente que está junto á la Ciudad de Narbona hallaria un gran

Thesoro. El qual despertando estubo pensando si aquello era sueño ó

fantasía. Por entonces no quiso dar credito al sueño, pero bolviendo

otras dos vezes al mesmo sueño determinó yr allá, y provar sueño y

ventura. Estando pues en la dicha Puente un dia entre otros muchos

acaeció que otro hidalgo de aquella ciudad, por la mañana y a la tarde

se salia por aquella Puente passeando; y como notasse y viesse cada dia

aquel Estrangero, y que por mucho que él madrugase ya lo hallava ally,

y por tarde que bolviesse tambien, determinó preguntarle la causa, como

de hecho se lo preguntó, rogándoselo muy encarecidamente.

«El hidalgo catalan después de bien importunado respondió diciendo:

«Aveis de saber, señor, que un Sueño me ha traydo aqui, y es éste: que

si me venia a esta Puente avia de hallar en ella un muy grande Thesoro,

y esto lo soñé muchas vezes». El Francés burlándose del Cathalan y de

su sueño respondió riendo: «Bueno estuviera yo que dexara mi patria y

casa por un sueño que soñé los dias passados, y era, que si me yva á la

Ciudad de Barcelona en casa de uno que se llama Marcus, hallaria debajo

una escalera un grandíssimo y famoso Thesoro»; el hidalgo catalan, que

era el mesmo Marcus, como oyó el sueño del Francés y su reprehensión,

se despidió dél sin dársele á conocer y se bolvió á su casa. Luego que

llegó començó en secreto á cavar debajo su escalera considerando que

podria aver algun mysterio en aquellos sueños, y á pocos dias ahondó

cavando tanto que vino á descubrir un gran cofre de hierro enterrado

ally, dentro del qual halló una Cabra muy grande y un cabrito de oro

maciço, que se creyó que avian sido idolos del tiempo de los Gentiles.

Con las quales dos pieças, aviendo pagado el quinto, salió de miseria,

y fué rico toda su vida él y los suyos: y instituyó cinco capellanias

con sus rentas, que estan aun oy dia en la ciudad de Barcelona»[190].

No todos los librillos bilingües de anécdotas y chistes publicados en

Francia á fines del siglo XVI y principios del XVII tenían el útil é

inofensivo objeto de enseñar prácticamente la lengua. Había también

verdaderas diatribas, libelos y caricaturas en que se desahogaba el

odio engendrado por una guerra ya secular y por la preponderancia

de nuestras armas. Á este género pertenecen las colecciones de

fanfarronadas y _fieros_ en que alternan los dichos estupendos de

soldados y rufianes. Escribían ó compilaban estos libros algunos

franceses medianamente conocedores de nuestra lengua, como Nicolás

Baudoin, autor de las _Rodomuntadas castellanas, recopiladas de

diversos autores y mayormente del capitán Escardón Bonbardón_, que

en sustancia son el mismo libro que las _Rodomuntadas castellanas,

recopiladas de los commentarios de los muy aspantosos_ (sic),

_terribles e invincibles capitanes Metamoros_ (sic), _Crocodrillo y

Rajabroqueles_[191]. Y en algunos casos también cultivaron este ramo

de industria literaria españoles refugiados por causas políticas ó

religiosas, como el judío Francisco de Cáceres, autor de los _Nuevos

fieros españoles_[192].

En estos librejos pueden distinguirse dos elementos, el _rufianesco_

y el _soldadesco_, ambos de auténtica aunque degenerada tradición

literaria. Venía el primero de las _Celestinas_, comenzando por el

_Centurio_ y el _Traso_ de la primera, siguiendo por el _Pandulfo_ de

la segunda, por el _Brumandilón_ de la tercera, por el Escalión de la

_Comedia Selvagia_, para no mencionar otras. En casi todas aparece el

tipo del rufián cobarde y jactancioso, acrecentándose de una en otra

los _fieros_, desgarros, juramentos, porvidas y blasfemias que salen de

sus vinosas bocas. Algo mitigado ó adecentado el tipo pasó á las tablas

del teatro popular con Lope de Rueda, que sobresalía en representar

esta figura cómica, la cual repite tres veces por lo menos en la parte

que conocemos de su repertorio. El gusto del siglo XVII no la toleraba

ya, y puede decirse que Lope de Vega la enterró definitivamente en _El

Rufián Castrucho_.

No puede confundirse con el rufián, reñidor de fingidas pendencias y

valiente de embeleco, el soldado fanfarrón, el _miles gloriosus_, cuya

primera aparición en nuestra escena data de la _Comedia Soldadesca_ de

Torres Naharro. Este nuevo personaje, aunque tiene á veces puntas y

collares rufianescos y pocos escrúpulos en lo que no toca á su oficio

de las armas, suele ser un soldado de verdad, curtido en campañas

sangrientas, y que sólo resulta cómico por lo desgarrado y jactancioso

de su lenguaje. Así le comprendió mejor que nadie Brantôme en el libro,

mucho más admirativo que malicioso, de sus _Rodomantades Espaignolles_,

donde bajo un título común se reúnen dichos de arrogancia heroica, con

bravatas pomposas ó hipérboles desaforadas. El libro de Brantôme más

que satírico es festivo, y en lo que tiene de serio fué dictado por

la más cordial simpatía y la admiración más sincera. El panegírico

que hace del soldado español no ha sido superado nunca. Era un

españolizante fervoroso; cada infante de nuestros tercios le parecía

un príncipe, y á los ingenios de nuestra gente, cuando quieren darse

á las letras y no á las armas, los encontraba «raros, excelentes,

admirables, profundos y sutiles». Sus escritos están atestados de

palabras castellanas, por lo general bien transcritas, y él mismo nos

da testimonio de que la mayor parte de los franceses de su tiempo

sabían hablar ó por lo menos entendían nuestra lengua. No sólo le

encantaba en los españoles la bravura, el garbo, la bizarría, sino

esas mismas fierezas y baladronadas que recopila «belles paroles

profferées à l'improviste», que satisfacen su gusto gascón y no hacen

más que acrecentar su entusiasmo por esta nación «brave bravasche et

vallereuse, et fort prompte d'esprit». Síguese de aquí que aunque

Brantôme fuese el inventor del género de las _Rodomontadas_, y el

primero que las coleccionó en un libro que no puede llamarse bilingüe,

puesto que las conserva en su lengua original sin traducción[193], lo

hizo sin la intención aviesa, siniestra y odiosa con que otros las

extractaron y acrecentaron en tiempo de Luis XIII.

Hora es de que tornemos los ojos á nuestra Península, y abandonando

por el momento los libros de anécdotas y chistes, nos fijemos más

particularmente en las colecciones de cuentos y narraciones breves que

en escaso número aparecen después de Timoneda y antes de Cervantes.

Una de estas colecciones está en lengua portuguesa, y si no es la

primera de su género en toda España, como pensó Manuel do Faria[194],

es seguramente la primera en Portugal, tierra fertilísima en variantes

de cuentos populares que la erudita diligencia de nuestros vecinos

va recopilando[195], y no enteramente desprovista de manifestaciones

literarias de este género durante los tiempos medios, aunque ninguna de

ellas alcance la importancia del _Calila y Sendebar_ castellanos, de

las obras de D. Juan Manuel ó de los libros catalanes de Ramón Lull y

Turmeda[196].

El primer cuentista portugués con fin y propósito de tal es

contemporáneo de Timoneda, pero publicó su colección después del

_Patrañuelo_. Llamábase Gonzalo Fernandes Trancoso, era natural del

pueblo de su nombre en la provincia de Beira, maestro de letras humanas

en Lisboa, lo cual explica las tendencias retóricas de su estilo,

y persona de condición bastante oscura, apenas mencionado por sus

contemporáneos. Aparte de los cuentos, no se cita más trabajo suyo que

un opúsculo de las «fiestas movibles» (_Festas mudaveis_), dedicado en

1570 al Arzobispo de Lisboa.

Á semejanza de Boccaccio, á quien la peste de Florencia dió ocasión y

cuadro para enfilar las historias del _Decameron_, Trancoso fué movido

á buscar algún solaz en la composición de las suyas con el terrible

motivo de la llamada _peste grande_ de Lisboa en 1569, á la cual hay

varias referencias en su libro. En el cuento 9.º de la 2.ª parte,

dice: «Assi a exemplo deste Marquez, _todos os que este anuo de mil e

quinhentos e sessenta e nove_, nesta peste perdemos mulheres, filhos

e fazenda, nos esfoçaremos e nāo nos entristeçamos tanto, que caiamos

em caso de desesperação sem comer e sem paciencia, dando occasião a

nossa morte». Trancoso hizo la descripción de esta peste, no en un

proemio como el novelista florentino, sino en una _Carta_ que dirigió

á la Reina Doña Catalina, viuda de D. Juan III y Regente del Reino. En

esta carta, que sólo se halla en la primera y rarísima edición de los

_Contos_ de 1575 y fué omitida malamente en las posteriores, refiere

Trancoso haber perdido en aquella calamidad á su mujer, á su hija, de

veinticuatro años, y á dos hijos, uno estudiante y otro niño de coro.

Agobiado por el peso de tantas desdichas, ni siquiera llegó á completar

el número de cuentos que se había propuesto escribir. De ellos publicó

dos partes, que en junto contienen veintiocho capítulos. Una tercera

parte póstuma, dada á luz por su hijo Antonio Fernandes, añade otros

diez.

Con el deseo de exagerar la antigüedad de los _Contos e historias de

proveito e exemplo_, supone Teófilo Braga que Trancoso había comenzado

á escribirlos en 1544[197]. Pero el texto que alega no confirma esta

conjetura, puesto que en él habla Trancoso de dicho año como de tiempo

pasado: «e elle levaba consigo duzentos e vinte reales de prata, _que

era isto o anno de 1544, que havia quasi tudo reales_». Me parece

evidente que Trancoso no se refiere aquí al año en que él escribía,

sino al año en que pasa la acción de su novela. Tampoco hay el menor

indicio de que la Primera Parte se imprimiese suelta antes de 1575, en

que apareció juntamente con la Segunda, reimprimiéndose ambas en 1585 y

1589. La tercera es de 1596[198]. No cabe duda, pues, de la prioridad

de Timoneda, cuyas _Patrañas_ estaban impresas desde 1566, tres años

antes de la peste de Lisboa. No creo, sin embargo, que Trancoso las

utilizase mucho. Las grandes semejanzas que el libro valenciano y el

portugués tienen en la narración de Griselda quizá puedan explicarse

por una lección italiana común, algo distinta de las de Boccaccio y

Petrarca.

Trancoso adaptó al portugués varios cuentos italianos de Boccaccio,

Bandello, Straparola y Giraldi Cinthio, pero lo que caracteriza su

colección y la da más valor _folklórico_ que á la de Timoneda es el

haber acudido con frecuencia á la fuente de la tradición oral. La

intención didáctica y moralizadora predomina en estos cuentos, y

algunos pueden calificarse de ejemplos piadosos, como el «del ermitaño

y el salteador de caminos», que inculca la necesidad del concurso de

las buenas obras para la justificación, aunque sin el profundo sentido

teológico que admiramos en la parábola dramática de _El Condenado por

desconfiado_, ni la variedad y riqueza de su acción, cuyas raíces se

esconden en antiquísimos temas populares. Otros enuncian sencillas

lecciones de economía doméstica y de buenas costumbres, recomendando

con especial encarecimiento la honestidad y recato en las doncellas y

la fidelidad conyugal, lo cual no deja de contrastar con la ligereza de

los _novellieri_ italianos, y aun de Timoneda, su imitador. El tono de

la coleccioncita portuguesa es constantemente grave y decoroso, y aun

en esto revela sus afinidades con la genuina poesía popular, que nunca

es inmoral de caso pensado, aunque sea muchas veces libre y desnuda en

la dicción.

El origen popular de algunos de estos relatos se comprueba también por

los refranes y estribillos, que les sirven de motivo ó conclusión,

v. gr.: «A moça virtuosa--Deus a esposa» (cont. III); «minha mãe,

calçotes» (cont. X), y otros dichos que son tradicionales todavía en

Oporto y en la región del Miño.

Algunas de las anécdotas recogidas por Trancoso son meramente dichos

agudos y sentenciosos que corrían de boca en boca, y no todos pueden

ser calificados de portugueses. Así el conocido rasgo clásico de la

vajilla mandada romper por Cotys, rey de Tracia, que aquí se encuentra

aplicado á un rey de España. La fuente remota pero indisputable de esta

anécdota, que pasó á tantos centones, es Plutarco en sus _Apotegmas_,

que andaban traducidos al castellano desde 1533. Es verosímil, además,

que Trancoso manejase la _Floresta Española_ de Melchor de Santa Cruz,

impresa un año antes que los _Contos_, pues sólo así se explica la

identidad casi literal de ambos textos en algunas anécdotas y dichos de

personajes castellanos. Puede compararse, por ejemplo, el cuento 8.º de

la _Parte Primeira_ del portugués con éste, que figura en el capítulo

III de la colección del toledano:

«Un contador de este Arzobispo (D. Alonso Carrillo) le dixo que era

tan grande el gasto de su casa, que ningún término hallaba cómo se

pudiese sustentar con la renta que tenia. Dixo el Arzobispo: «¿Pues

qué medio te parece que se tenga?» Respondió el Contador: «Que despida

Vuestra Señoria aquellos de quien no tiene necesidad». Mandóle el

Arzobispo que diese un memorial de los que le sobraban, y de los que

se habian de quedar. El Contador puso primero aquellos que le parecian

á él más necesarios y en otra memoria los que no eran menester. El

Arzobispo tuvo manera como le diese el memorial delante de los más de

sus criados, y leyéndole, dixo: «Estos queden, que yo los he menester;

esotros ellos me han menester á mí»[199].

También pertenece á la historia castellana este dicho del Marqués

de Priego, viendo asolada una de sus fortalezas por mandado del Rey

Católico: «Bendito y alabado sea Dios que me dió paredes en que

descargase la ira del Rey». (Cont. IX, parte 1.ª de Trancoso.)

Llegando á los cuentos propiamente dichos, á las narraciones algo más

extensas, que pueden calificarse de novelas cortas, es patente que

el autor portugués las recibió casi siempre de la tradición oral, y

no de los textos literarios. Por eso y por su relativa antigüedad

merecen singular aprecio sus versiones, aun tratándose de temas muy

conocidos, como el «del Rey Juan y el abad de Cantorbery» (que aquí es

un comendador llamado _D. Simón_), ó el de «la prueba de las naranjas»,

ó el de «los tres consejos», parábola de indiscutible origen oriental,

que difiere profundamente de todas las demás variantes conocidas y

ofrece una peripecia análoga á la leyenda del paje de la Reina Santa

Isabel[200].

Todavía tienen más hondas raíces en el subsuelo misterioso de la

tradición primitiva, común á los pueblos y razas más diversas, otros

cuentos de Trancoso, por ejemplo, el de la reina virtuosa y la envidia

de sus hermanas, que la acusan de parir diversos monstruos, con los

cuales ellas suplantan las criaturas que la inocente heroína va dando á

luz. Innumerables son los paradigmas de esta conseja en la literatura

oral de todos los países, como puede verse en los eruditísimos trabajos

de Reinhold Köhler y de Estanislao Prato[201], que recopilan á

este propósito cuentos italianos, franceses, alemanes, irlandeses,

escandinavos, húngaros, eslavos, griegos modernos, en número enorme.

Sin salir de nuestra Península, la encontramos en Andalucía, en

Portugal, en Cataluña, y ni siquiera falta una versión vasca recogida

por Webster[202]. La novelística literaria ofrece este tema con igual

profusión en _Las Mil y una noches_, en Straparola (n. 4, fáb. III); en

la _Posilecheata_ del obispo Pompeyo Sarnelli, publicada por Imbriani

(cuento tercero); en Mad. D'Aulnoy, _La Princesse Belle-Etoile et le

prince Chévi_. Carlos Gozzi le transportó al teatro en su célebre

_fiaba filosofica «L'Augellino belverde»_, y D. Juan Valera le

rejuveneció para el gusto español con la suave y cándida malicia de

su deleitable prosa. Un nexo misterioso pero indudable, ya reconocido

por Grimm, enlaza este cuento con el del caballero del Cisne y con

las poéticas tradiciones relativas á Lohengrin. Tan extraordinaria

y persistente difusión indica un simbolismo primitivo, no fácil de

rastrear, sin embargo, aun por la comparación de las versiones más

antiguas. La de Trancoso conserva cierta sencillez relativa, y no

está muy alejada de las que Leite de Vasconcellos y Teófilo Braga han

recogido de boca del pueblo portugués en nuestros días.

Persisten del mismo modo en la viva voz del vulgo el cuento del _real

bien ganado_ que conduce á un piadoso labriego al hallazgo de una

piedra preciosa, y el de «quien todo lo quiere, todo lo pierde»,

fundado en una estratagema jurídica que altera el valor de las

palabras. Y aunque todavía no se hayan registrado versiones populares

de otras consejas, puede traslucirse el mismo origen en la de «la buena

suegra», que tanto contrasta con el odioso papel que generalmente se

atribuye á las suegras en cuentos y romances, y que en su desarrollo

ofrece una situación análoga á la astucia empleada en la comedia de

Shakespeare _All's well that ends well_, cuyo argumento está tomado,

como se sabe, del cuento decameroniano de Giletta de Narbona (n. 9,

giorn. III). Obsérvese que Trancoso conocía también á Boccaccio, pero

en este caso no le imita, sino que coincide con él.

De _El Conde Lucanor_ no creemos que tuviese conocimiento, puesto que

la edición de Argote es del mismo año que la primera de los _Contos_;

pero en ambas colecciones es casi idéntico el ejemplo moral que sirve

para probar la piadosa máxima: «Bendito sea Dios, ca pues él lo fizo,

esto es lo mejor»; salvo que en Trancoso queda reducido á la condición

de médico el resignado protagonista de la pierna quebrada, que en

la anécdota recogida por D. Juan Manuel tiene un nombre ilustre: D.

Rodrigo Meléndez de Valdés, «caballero mucho honrado del reino de

Leon». Los nombres y circunstancias históricas es lo primero que se

borra en la tradición y en el canto popular.

El cuento «del hallazgo de la bolsa» se halla con circunstancias

diversas en Sercambi, en Giraldi Cinthio y en Timoneda[203]; pero la

versión de Trancoso parece independiente y popular, como lo es también

el cuento de «los dos hermanos», que en alguna de sus peripecias (el

pleito sobre la cola de la bestia, transportado por Timoneda á la

_patraña_ sexta y no olvidado por Cervantes en _La Ilustre Fregona_),

pertenece al vastísimo ciclo de ficciones del «justo juez», que Benfey

y Köhler han estudiado minuciosamente comparando versiones rusas,

tibetanas, indias y germánicas.

La parte de invención personal en los cuentos de Trancoso debe de ser

muy exigua, aun en los casos en que no puede señalarse derivación

directa. Nadie le creerá capaz de haber inventado un cuento tan

genuinamente popular como el «del falso príncipe y el verdadero»,

puesto que son _folklóricos_ todos sus elementos: la fuerza de la

sangre, que se revela por la valentía y arrojo en el verdadero

príncipe, y por la cobardía en el falso é intruso, y el casamiento del

héroe con una princesa, que permanece encantada durante cierto tiempo,

en forma de vieja decrépita. Cuando Trancoso intenta novelar de propia

minerva, lo cual raras veces le acontece, cae en lugares comunes y

se arrastra lánguidamente. Tal le sucede en el cuento del hijo de un

mercader, que en recompensa de su piedad llegó á ser rey de Inglaterra

(cuento II de la 2.ª parte). Trancoso parece haberle compaginado con

reminiscencias de libros caballerescos, especialmente del _Oliveros

de Castilla_. Es una nueva versión del tema del muerto agradecido.

Los agradecidos son aquí dos santos, cuyas reliquias había rescatado

en Berbería el héroe de la novela, y que con cuerpos fantásticos le

acompañan en su viaje y le hacen salir vencedor de las justas en que

conquista la mano de la princesa de Inglaterra.

Los cuentos de Trancoso en que debe admitirse imitación literaria son

los menos. De Boccaccio trasladó, no sólo la _Griselda_, sino también

la historia de los fieles amigos Tito y Gisipo (_Decameron_, giorn.

X, n. 8), transportando la acción á Lisboa y Coimbra. De Bandello, la

novela XV de la Parte 2.ª, en que se relata aquel acto de justicia

del Duque Alejandro de Médicis, que sirve de argumento á la comedia

de Lope de Vega _La Quinta de Florencia_[204]. De las _Noches_ de

Straparola tomó, recortándola mucho, la _primera_ novela, que persuade

la conveniencia de guardar secreto, especialmente con las mujeres,

y de ser obediente á los consejos de los padres. El cuento está muy

abreviado, pero no empeorado, por Trancoso, y el artificio de simular

muerto un neblí ó halcón predilecto del Marqués de Monferrato, para dar

ocasión á que la mujer imprudente y ofendida delate á su marido y ponga

en grave riesgo su vida, es nota característica de ambas versiones,

y las separa de otras muchas[205], comenzando por la del _Gesta

Romanorum_[206].

Giraldi Cinthio suministró á la colección portuguesa dos novelas,

es á saber, la quinta de la primera década, en que el homicida, cuya

cabeza ha sido pregonada, viene á ponerse en manos de la justicia para

salvar de la miseria á su mujer é hijos con el precio ofrecido á quien

le entregue muerto ó vivo[207]; y la primera de la década segunda,

cuyo argumento en Trancoso, que sólo ha cambiado los nombres, es el

siguiente: Aurelia, princesa de Castilla, promete su mano al que le

traiga la cabeza del que asesinó á su novio Pompeyo. El incógnito

matador Felicio, que había cometido su crimen por amor á Aurelia,

vuelve del destierro con nombre supuesto, y después de prestar á la

Princesa grandes servicios en la guerra contra el Rey de Aragón su

despechado pretendiente, pone su vida en manos de la dama, la cual, no

sólo le perdona, sino que se casa con él, cumpliendo lo prometido[208].

En la primera de estas leyendas fundó Lope de Vega su comedia _El

Piadoso Veneciano_.

Si á esta media docena de novelas añadimos el conocido apólogo del

codicioso y el envidioso, que puede leerse en muchos libros de

ejemplos, pero que Trancoso, como maestro de latinidad que era, tomó

probablemente de la fábula 22 de Aviano, que es el texto más antiguo

en que se encuentra[209], tendremos apurado casi todo lo que en su

libro tiene visos de erudición y es fruto de sus lecturas, no muchas ni

variadas, á juzgar por la muestra. Ni estas imitaciones ocasionales,

ni el fárrago de moralidades impertinentes y frías que abruman los

cuentos, bastan para borrar el sello hondamente popular de este libro,

que no sólo por la calidad de sus materiales, sino por su estilo fácil,

expresivo y gracioso, es singular en la literatura portuguesa del siglo

XVI, donde aparece sin precedentes ni imitadores. Los eruditos pudieron

desdeñarle; pero el pueblo siguió leyéndole con devoción hasta fines

del siglo XVIII, en que todavía le cita un poeta tan culto y clásico

como Filinto Elysio: «os _Contos de Trancoso_, do tempo de nossos

avoengos». Filinto se complacía en recordarlos y no desdeñaba tampoco

(caso raro en su tiempo) los de tradición oral, «contos que ouvi contar

ha mais de setenta e dois annos», como las _Tres Cidras do Amor_, _João

Ratão_ y la _Princesa Doninha_. «Com o titulo da _Gata Borralheira_,

contava minha mãe a historia de _Cendrillon_. E nunca minha mãe soube

francez»[210].

El cuento literario medró muy poco en Portugal después de Trancoso.

Si alguno se halla es meramente á título de ejemplo moral en libros

ascéticos ó de materia predicable, como el _Baculo pastoral de Flores

de Exemplos_ de Francisco Saraiva de Sousa (1657), el _Estimulo

pratico_, la _Nova floresta de varios Apophtegmas_ y otras obras del

P. Manuel Bernardes, ó en ciertas misceláneas eruditas del siglo

XVIII, como la _Academia Universal de varia erudição_ del P. Manuel

Consciencia, y las _Horas de Recreio nas ferias de maiores estudos_

del P. Juan Bautista de Castro (1770). Sólo los estudios _folklóricos_

de nuestros días han hecho reverdecer esta frondosa rama de la

tradición galaico-lusitana, cuya importancia, literaria por lo menos,

ya sospechaba un preclaro ingenio de principios del siglo XVII, que

intentó antes que otro alguno reducir á reglas y preceptos el arte

infantil de los contadores, dándonos de paso una teoría del género y

una indicación de sus principales temas. Me refiero al curioso libro de

Francisco Rodríguez Lobo _Corte na aldea e noites de inverno_, de que

más detenidamente he de tratar en otra parte de los presentes estudios,

puesto que por la fecha de su primera edición (1619) es ya posterior

á las _Novelas_ de Cervantes. Pero no quiero omitir aquí la mención

de los dos curiosísimos diálogos décimo y undécimo, en que presenta

dos tipos contrapuestos de narración, una al modo italiano (_Historia

de los amores de Aleramo y Adelasia--Historia de los amores de

Manfredo y Eurice_), otro al modo popular «con más bordones y muletas

que tiene una casa de romería, sin que falten términos de viejas y

remedios de los que usan los descuidados». Con este motivo establece

una distinción Rodríguez Lobo entre los _cuentos_ y las _historias_

(sinónimo aquí de las _novelle_ toscanas), donde puede campear mejor

«la buena descripción de las personas, relación de los acontecimientos,

razón de los tiempos y lugares, y una plática por parte de algunas

de las figuras que mueva más á compasión y piedad, que esto hace

doblar después la alegría del buen suceso», en suma todos los recursos

patéticos y toda la elegancia retórica de Boccaccio y sus discípulos.

«Esta diferencia me parece que se debe hacer de los cuentos y de las

historias, que aquéllas piden más palabras que éstos, y dan mayor lugar

al ornato y concierto de las razones, llevándolas de manera que vayan

aficionando el deseo de los oyentes, y los _cuentos_ no quieren tanta

retórica, porque lo principal en que consisten está en la gracia del

que habla y en la que tiene de suyo la cosa que se cuenta».

«Son estos cuentos de tres maneras: unos fundados en descuidos y

desatientos, otros en mera ignorancia, otros en engaño y sutileza. Los

primeros y segundos tienen más gracia y provocan más á risa y constan

de menos razones, porque solamente se cuenta el caso, diciendo el

cortesano con gracia propia los yerros ajenos. Los terceros sufren más

palabras, porque debe el que cuenta referir cómo se hubo el discreto

con otro que lo era menos ó que en la ocasión quedó más engañado...».

De todos ellos pone Rodríguez Lobo multiplicados ejemplos y continúa

enumerando otras variedades: «Demás destos tres órdenes de cuentos

de que tengo hablado hay otros muy graciosos y galanos, que por ser

de descuidos de personas en quien había en todas las cosas de haber

mayor cuidado, no son dignos de entrar en regla ni de ser traídos por

ejemplo. Lo general es que el desatiento ó la ignorancia, donde menos

se espera, tiene mayor gracia. Después de los cuentos graciosos se

siguen otros de sutileza, como son hurtos, engaños de guerra, otros

de miedos, fantasmas, esfuerzo, libertad, desprecio, largueza y otros

semejantes, que obligan más á espanto que á alegría, y puesto que se

deben todos contar con el mismo término y lenguaje, se deben en ellos

usar palabras más graves que risueñas».

Trata finalmente de los dichos sentenciosos, agudos y picantes, dando

discretas reglas sobre la oportunidad y sazón en que han de ser

empleados: «Los cuentos y dichos galanes deben ser en la conversación

como los pasamanos y guarniciones en los vestidos, que no parezca que

cortaron la seda para ellos, sino que cayeron bien, y salieron con

el color de la seda ó del paño sobre que los pusieron; porque hay

algunos que quieren traer su cuento á fuerza de remos, cuando no les

dan viento los oyentes, y aunque con otras cosas les corten el hilo,

vuelven á la tela, y lo hacen comer recalentado, quitándole el gusto

y gracia que pudiera tener si cayera á caso y á propósito, que es

cuando se habla en la materia de que se trata ó cuando se contó otro

semejante. Y si conviene mucha advertencia y decoro para decirlos,

otra mayor se requiere para oirlos, porque hay muchos tan presurosos

del cuento ó dicho que saben, que en oyéndolo comenzar á otro, se le

adelantan ó le van ayudando á versos como si fuera salmo; lo cual me

parece notable yerro, porque puesto que le parezca á uno que contará

aquello mismo que oye con más gracia y mejor término, no se ha de

fiar de sí, ni sobre esa certeza querer mejorarse del que lo cuenta,

antes oirle y festejarle con el mismo aplauso como si fuera la primera

vez que lo oyese, porque muchas veces es prudencia fingir en algunas

cosas ignorancia... Tampoco soy de opinión que si un hombre supiese

muchos cuentos ó dichos de la materia en que se habla, que los saque

todos á plaza, como jugador que sacó la runfla de algún metal, sino

que deje lugar á los demás, y no quiera ganar el de todos ni hacer la

conversación consigo solo»[211].

De estos «cuentos galantes, dichos graciosos y apodos risueños»

proponía Rodríguez Lobo que se formase «un nuevo _Alivio de

caminantes_, con mejor traza que el primero». Es la única colección

que cita de las anteriores á su tiempo, aunque no debía de serle

ignorada la _Floresta Española_, que es más copiosa y de «mejor traza».

Aunque Rodríguez Lobo imita en cierto modo el plan de _El Cortesano_

de Castiglione, donde también hay preceptos y modelos de cuentos y

chistes, sus advertencias recaen, como se ve, sobre el cuento popular

é indígena de su país, y prueban el mucho lugar que en nuestras

costumbres peninsulares tenía este ingenioso deporte, aunque rara vez

pasase á los libros.

Algunos seguían componiéndose, sin embargo, en lengua castellana.

El más curioso salió de las prensas de Valencia, lo mismo que el

_Patrañuelo_, y su autor pertenecía á una familia de ilustres

tipógrafos y editores, de origen flamenco, que constituyen al mismo

tiempo una dinastía de humanistas[212]. Aunque Sebastián Mey no alcanzó

tanta fama como otros de su sangre, especialmente su doctísimo padre

Felipe Mey, poeta y traductor de Ovidio, filólogo y profesor de Griego

en la Universidad de Valencia, y hombre, en fin, que mereció tener

por mecenas al grande arzobispo de Tarragona Antonio Agustín, es

indudable, por el único libro suyo que conocemos, que tenía condiciones

de prosista muy superiores á las de Timoneda, y que nadie, entre los

escasos cuentistas de aquella Edad, le supera en garbo y soltura

narrativa. La extraordinaria rareza de su _Fabulario_[213], del cual

sólo conocemos dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de Madrid

y otro en la de París, ha podido hacer creer que era meramente un libro

de fábulas esópicas. Es cierto que las contiene en bastante número,

pero hay, entre los cincuenta y siete capítulos de que se compone,

otros cuentos y anécdotas de procedencia muy diversa y algunos ensayos

de novela corta á la manera italiana, por lo cual ofrece interés la

indagación de sus fuentes, sobre las cuales acaba de publicar un

interesante trabajo el joven erudito norteamericano Milton A. Buchanan,

de las Universidades de Toronto y Chicago[214].

Exacto es al pie de la letra lo que dice Sebastián Mey en el prólogo

de su _Fabulario_: «Tiene muchas fábulas y cuentos nuevos que no están

en los otros (libros), y los que hay viejos están aquí por diferente

estilo». Aun los mismos apólogos clásicos, que toma casi siempre de

la antigua colección esópica[215], están remozados por él con estilo

original y con la libertad propia de los verdaderos fabulistas.

Hubiera podido escribir sus apólogos en verso, y no sin elegancia, como

lo prueban los dísticos endecasílabos con que expresa la moralidad

de la fábula, á ejemplo, sin duda, de D. Juan Manuel, puesto que la

compilación de _Exemplos_ de Clemente Sánchez de Vercial debía de serle

desconocida. Con buen acuerdo prefirió la prosa. Interrumpida como

estaba después del Arcipreste de Hita la tradición de la fábula en

verso, hubiera tenido que forjarse un molde nuevo de estilo y dicción,

como felizmente lo intentó Bartolomé Leonardo de Argensola en las pocas

fábulas que á imitación de Horacio intercala en sus epístolas, y como

lo lograron, cultivando el género más de propósito, Samaniego é Iriarte

en el siglo XVIII, y creemos que la pericia técnica de Sebastián Mey

no alcanzaba á tanto. Pero en la sabrosísima prosa de su tiempo, y con

puntas de intención satírica á veces, desarrolla, de un modo vivo y

pintoresco, aun los temas más gastados. Sirva de ejemplo la fábula de

_El lobo, la raposa y el asno_:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 32 / 605 题