CUENTOS Y NOVELAS CORTAS.--TRADUCCIONES DE BOCCACCIO, BANDELLO,
GIRALDI CINTHIO, STRAPAROLA, DONI, LUIS GUICCIARDINI, BELLEFOREST,
ETC.--«SILVA DE VARIA LECCIÓN», DE PERO MEXÍA, CONSIDERADA BAJO EL
ASPECTO NOVELÍSTICO.--«MISCELÁNEA», DE DON LUIS ZAPATA.--«PHILOSOPHIA
VULGAR», DE JUAN DE MAL LARA: RELACIONES ENTRE LA PAREMIOLOGÍA Y
LA NOVELÍSTICA.--«SOBREMESA Y ALIVIO DE CAMINANTES», DE JUAN DE
TIMONEDA.--«EL PATRAÑUELO»: ESTUDIO DE SUS FUENTES.--OTRAS COLECCIONES
DE CUENTOS: ALONSO DE VILLEGAS, SEBASTIÁN DE HOROZCO, LUIS DE
PINEDO, GARIBAY.--«GLOSAS DEL SERMÓN DE ALJUBARROTA», ATRIBUIDAS Á
D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA.--«FLORESTA ESPAÑOLA», DE MELCHOR DE
SANTA CRUZ.--LIBROS DE APOTEGMAS: JUAN RUFO.--EL CUENTO ESPAÑOL
EN FRANCIA.--«SILVA CURIOSA», DE JULIÁN DE MEDRANO.--«CLAVELLINAS
DE RECREACIÓN», DE AMBROSIO DE SALAZAR.--«RODOMUNTADAS
ESPAÑOLAS».--CUENTOS PORTUGUESES, DE GONZALO FERNÁNDEZ TRANCOSO.--EL
«FABULARIO», DE SEBASTIÁN MEY.--«DIÁLOGOS DE APACIBLE
ENTRETENIMIENTO»,DE GASPAR LUCAS HIDALGO.--«NOCHES DE INVIERNO»,
DE ANTONIO DE ESLAVA.
Los orígenes más remotos del cuento ó novela corta en la literatura
española hay que buscarlos en la _Disciplina Clericalis_, de Pedro
Alfonso, y en los libros de apólogos y narraciones orientales
traducidos é imitados en los siglos XIII y XIV. Más independiente
el género, con grande y verdadera originalidad en el estilo y en la
intención moral, se muestra en _El Conde Lucanor_, y episódicamente
en algunos libros de Ramón Lull y en la _Disputa del asno_, de Fr.
Anselmo de Turmeda. Pero cortada esta tradición después del Arcipreste
de Talavera, la novelística oriental y la española rudimentaria que se
había criado á sus pechos cede el puesto por más de una centuria á la
italiana. Este período de reposo y nueva preparación es el que rompió
triunfalmente Miguel de Cervantes en 1613 con la publicación de sus
_Novelas Ejemplares_, que sirvieron de pauta á todas las innumerables
que se escribieron en el siglo XVII. Entendida como debe entenderse,
es de rigurosa exactitud esta afirmación del príncipe de nuestros
ingenios: «Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que
las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de
lenguas estrangeras, y estas son mias propias, no imitadas ni hurtadas;
mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los
brazos de la estampa».
Estas lenguas extranjeras se reducen, puede decirse, al italiano. Pero
no se crea que todos, ni siquiera la mayor parte de los _novellieri_,
fuesen traducidos íntegros ó en parte á nuestra lengua. Sólo alcanzaron
esta honra Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola y algún
otro de menos cuenta. Por el número de estas versiones, que además
fueron poco reimpresas, no puede juzgarse del grado de la influencia
italiana. Era tan familiar á los españoles, que la mayor parte de los
aficionados á la lectura amena gozaba de estos libros en su lengua
original, desdeñando con razón las traducciones, que solían ser tan
incorrectas y adocenadas como las que ahora se hacen de novelas
francesas. Pero al lado de estos intérpretes, que á veces ocultaban
modestamente su nombre, había imitadores y refundidores, como los
valencianos Timoneda y Mey y el portugués Trancoso, que, tomando por
base las colecciones toscanas, manejaban más libremente los argumentos
y aun solían interpolarlos con anécdotas españolas y rasgos de nuestro
_folk-lore_. Abundan éstos, sobre todo, en las colecciones de cuentos
brevísimos y de forma casi esquemática, tales como el _Sobremesa_, del
mismo Timoneda; la _Floresta Española_, de Melchor de Santa Cruz, y los
apotegmas y dichos agudos ó chistosos que recopilaron Luis de Pinedo,
D. Juan de Arguijo y otros ingenios, con quienes ya iremos trabando
conocimiento. Son varias también las obras misceláneas que ofrecen
ocasionalmente materiales para el estudio de este género embrionario,
que por su enlace con la novelística popular despierta en gran manera
la curiosidad de los doctos. Este aspecto muy interesante tenemos que
relegarle á segundo término, porque no escribimos de la novela como
_folkloristas_, sino como literatos, ni poseemos el caudal de erudición
suficiente para comparar entre sí las narraciones orales de los
diversos pueblos. Ateniéndonos, pues, á los textos escritos, daremos
razón ante todo de las traducciones de novelas italianas hechas en
España durante los siglos XV y XVI.
Ningunas más antiguas é interesantes que las de Boccaccio, aunque
por ventura el _Decameron_ fue menos leído y citado que ninguna otra
de sus obras latinas y vulgares; menos seguramente que la _Caída de
Príncipes_, traducida en parte por el canciller Ayala antes de 1407 y
completada en 1422 por D. Alonso de Cartagena; menos que la _Fiammetta_
y el _Corbaccio_, cuya profunda influencia en nuestra novela, ya
sentimental, ya satírica, hemos procurado determinar en capítulos
anteriores; menos que el libro _De claris mulieribus_, imitado por
D. Álvaro de Luna y por tantos otros; menos que sus repertorios de
mitología y geografía antigua (_De Genealogiis Deorum_, _De montibus,
silvis, lacubas, fluminibus, stagnis et paludibus et de nominibus
maris_). De todas estas y otras obras de Boccaccio existen traducciones
castellanas ó catalanas en varios códices y ediciones, y su difusión
está atestiguada además por el uso constante que de ellas hacen
nuestros autores del siglo XV, citándolas con el mismo encarecimiento
que las de los clásicos antiguos, ó aprovechándolas muy gentilmente sin
citarlas, como hizo Bernat Metge en su _Sompni_[1].
El _Decameron_, libro reprobado por su propio autor[2] y que contiene
tantas historias deshonestas, tuvo que ser leído más en secreto y
alegado con menos frecuencia. No se encuentra imitación de ninguno de
los cuentos hasta la mitad del siglo XVI, pero todos ellos habían sido
trasladados al catalán y al castellano en la centuria anterior.
La primera novela de Boccaccio que penetró en España, pero no en
su forma original, sino en la refundición latina que había hecho el
Petrarca con el título _De obedientia ac fide uxoria_[3], fue la
última del _Decameron_, es decir, la historia de la humilde y paciente
Griselda, tan recomendable por su intención moral. Bernat Metge,
secretario del rey D. Martín de Aragón y uno de los más elegantes
y pulidos prosistas catalanes, puso en lengua vulgar aquel sabroso
aunque algo inverosímil cuento, para obsequiar con él á Madona Isabel
de Guimerá[4]. No se conoce exactamente la fecha de esta versión, que
en uno de los dos manuscritos que la contienen lleva el título de
_Historia de las bellas virtuts_, pero de seguro es anterior á 1403, en
que el mismo autor compuso su célebre _Sueño_, donde atestigua la gran
popularidad que la novela de la marquesa de Saluzzo había adquirido ya,
hasta el punto de entretener las veladas del invierno, mientras hilaban
las mujeres en torno del fuego[5].
Un arreglo ó traducción abreviada de la misma historia, tomada también
del Petrarca, y no de Boccaccio, se encuentra en un libro castellano
anónimo, _Castigos y dotrinas que un sabio dava a sus hijas_[6]. Es
breve esta versión y tan apacible y graciosa de lengua, que me parece
bien ponerla aquí, para amenizar la aridez de estos prolegómenos
bibliográficos:
«Leese en un libro de las cosas viejas que en una parte de Italia
en una tierra que se llama de los Salucios ovo un marqués sennor de
aquella tierra, el qual era muy virtuoso y muy discreto, pero no curava
de se casar, y commo ya fuese en tal hedat que devia tomar muger, sus
vasallos y cavalleros le suplicaron que se quisiese casar, porque dél
quedase fruto que heredase aquella tierra. Y tanto gelo amonestaron
que dixo que le plazía, pero que él quería escoger la muger que avia
de tomar, y que ellos le prometiesen de ser contentos con ella, los
quales dixeron que les plazía. Y dende á poco tiempo él tomó por su
muger á una donzella hija de un vasallo suyo bien pobre, pero de buen
gesto y onestas y virtuosas costumbres. Y al tiempo que la ovo de tomar
él se fué á casa de su padre, al qual preguntó si le quería dar á su
hija por muger. Y el cavallero pobre, commo se maravillase de aquello,
le rrespondió: «Sennor eres de mí y de mi hija. Faz á tu voluntad».
Y luego el marqués preguntó á la donzella si queria ser su muger, la
qual con grant vergüença le rrespondió: «Sennor, veo que soy yndigna
para me casar contigo, pero si la voluntat de Dios es aquesta y mi
ventura es tal, faz lo que te pluguiere, que yo contenta soy de lo que
mandares». El marqués le dixo que, si con él avia de casar, que parase
mientes que jamas avia de contradizir lo que él quisiese, ni mostrar
pesar por cosa que á él pluguiese ni mandase, mas que de todo ello
avia de ser plazentera, la qual le dixo que así lo faria. Y luégo el
marqués en presencia de todos los cavalleros y vasallos suyos dixo que
él queria á aquella por muger, y que todos fuesen contentos con ella
y la onrasen y sirviesen commo á su muger. Y ellos rrespondieron que
les plazía. Y luégo la mandó vestir y aderesçar commo á novia. Y en
aquel dia hizo sus bodas y sus fiestas grandes. Y bivieron despues en
uno muy alegremente. La qual sallió y se mostró tanto buena y discreta
y de tanta virtud que todos se maravillavan. Y haziendo assy su vida
el marqués y su muger, y teniendo una hija pequenna muy hermosa, el
marqués quiso provar á su muger hasta do podria llegar su obediencia
y bondat. Y dixo á su muger que sus vasallos estavan muy despagados
dél, diziendo que en ninguna manera no quedarían por sus sennores fijos
de muger de tan baxo linaje, que por esto le conplia que no toviese
más aquella hija, porque sus vasallos no se le rrevelasen, y que gelo
hazia saber porque á ella pluguiese dello; la qual le respondió que
pues era su sennor, que hiziese á su voluntad. Y el marqués dende á
poco enbió un escudero suyo á su muger á demandarle la hija, la qual,
aunque pensó que la avian de matar, pero por ser obediente no mostró
tristeza ninguna, y miróla un poco y santiguóla y besóla y dióla al
mensajero del marqués, al qual rrogó que tal manera toviesse commo no
la comiesen bestias fieras, salvo si el sennor otra cosa le mandase.
Y el marqués embió luego secretamente á su hija á Bolonna á una su
hermana que era casada con un conde dende, á la qual enbió rogar que la
criase y acostunbrase commo á su hija, sin que persona lo supiese que
lo era. Y la hermana hízolo assi. Y la muger commo quier que pensava
que su hija era muerta, jamas le dió á entender cosa ni le mostró su
cara ménos alegre que primero por no enojar á su marido. Y despues
parió un hijo muy hermoso. Y á cabo de dos annos el marqués dixo á su
muger lo que primero por la hija, y en aquella misma manera lo enbió
á su hermana que lo criase. Ni nunca por esto esta noble muger mostró
tristeza alguna ni de ál curava sino de plazer hazer á su marido. Y
commo quier que harto bastava esta espiriencia para provar el marqués
la bondat de su muger, pero á cabo de algunos annos, pensó de la provar
más y enbió por sus hijos. Y dió á entender á la muger que él se
queria casar con otra porque sus vasallos no querian que heredasen sus
hijos aquel sennorio, lo qual por cierto era por el contrario, ántes
eran muy contentos y alegres con su sennora, y se maravillavan qué se
avian hecho los hijos. Y el marqués dixo á su muger que le era tratado
casamiento con una hija de un conde, y que le era forçado de se fazer,
por ende que toviesse fuerte coraçon para lo sofrir, y que se tornase
á su casa con su dote, y diese logar á la otra que venia cerca por el
camino ya, á lo qual ella rrespondió: «Mi sennor, yo siempre tove que
entre tu grandeza y mi humildat no avia ninguna proporcion, ni jamás
me sentí digna para tu servicio, y tú me feziste digna desta tu casa,
aunque á Dios hago testigo que en mi voluntad siempre quedé sierva. Y
deste tiempo que en tanta honrra contigo estove sin mis merescimientos
do gracias á Dios y á ti. El tienpo por venir aparejada estoy con buena
voluntad de pasar por lo que me viniese y tú mandares. Y tornarme he á
la casa de mi padre á hazer mi vejez y muerte donde me crié y hize mi
ninnez, pero siempre seré honrrada biuda, pues fuy muger de tal varon.
A lo que dizes que lleve comigo mi dote, ya sabes, sennor, que no traxe
ál sino la fe, y desnuda salli de casa de mi padre y vestida de tus
pannos los quales me plaze desnudar ante ti; pero pídote por mercet
siquiera, porque el vientre en que andovieron tus hijos no paresca
desnudo al pueblo, la camisa sola me dexes llevar». Y commo quier que
al marqués le vinieron las lágrimas á los ojos mirando tanta bondat,
pero bolvió la cara. Y yda su muger á casa de su padre vistióse las
rropas que avia dexado en su casa, las quales el padre todavia guardó
rrecelando lo mismo que veya. Las duennas todas de aquella cibdat de
grant compasion acompannavanla en su casa. Y commo y allegasen cerca
de la cibdat los fijos del marqués, embió por su muger y díxole: «Ya
sabes commo viene esta doncella con quien tengo de casar, y viene con
ella un su hermano donzel pequenno y asimismo el conde mi cunnado que
los trae y otra mucha gente, y yo querria les fazer mucha onrra, y
porque tú sabes de mis costumbres y de mi voluntad, querria que tú
hizieses aparejar las cosas que son menester, y aunque no estés así
bien vestida, las otras duennas estarán al rrecibimiento dellos y tú
aderesçarás las cosas nescessarias». La qual le rrespondió: «Sennor,
de buena voluntad y con grant desseo de te conplazer faré lo que
mandares». Y luégo puso en obra lo que era nescesario. Y commo llegó
el conde con el donzel y con la donzella, luégo la virtuosa duenna la
saludó y dixo: «En ora buena venga mi sennora». Y el marqués despues
que vido á su muger andar tan solícita y tan alegre en lo que avia
mandado, le dixo ante todas: «Duenna, ¿qué vos paresce de aquesta
donzella?» Y ella rrespondió: «Por cierto, sennor, yo creo que más
hermosa que ésta no la podrías hallar, y si con ésta no te contentas,
yo creo que jamás podrás ser contento con otra. Y espero en Dios que
farás vida pacífica con ella, mas rruégote que no des á ésta las
tentaciones que á la otra, ca segun su hedat pienso que no las podrá
comportar». Y commo esto oyó el marqués, movido con grant piedad y
considerando á la grande ofensa que avia hecho á su muger y commo ella
lo avia conportado dixo: «O muy noble muger, conocida es á mí tu fé y
obediencia, y no creo que so el cielo ovo otra que tanta esperiencia
de sí mostrase. Yo no tengo ni terné otra muger sino á ti, y aquesta
que pensavas que era mi esposa, tu hija es, y lo que pensavas que avias
perdido, juntamente lo has fallado». Y commo ella esto oyó con el
grand gozo pareció sallir de seso y con lágrimas de grant plazer fué
abraçar á sus hijos. A la qual luégo fueron traydas sus rropas, y en
gran plazer y alegría pasaron algunos dias. Y despues siempre bivieron
contentos y bienaventurados. Y la grant fama y obediencia desta sennora
oy en dia tura en aquellas tierras».
La indicación del «libro de las cosas viejas» nos hace pensar que
el _Sabio_ anónimo autor de los _Castigos_ pudo valerse de alguna
compilación en que el cuento de Griselda estaba extractado. Pero, como
prueba con toda evidencia miss Bourland en su magistral monografía[7],
este texto, cualquiera que fuese, estaba tomado de la versión de
Petrarca y no de la de Boccaccio, puesto que conviene con la primera
en todos los puntos de detalle en que el imitador latino altera el
original. Por su parte, el imitador castellano no hace más que suprimir
los nombres de los personajes, omitir ó abreviar considerablemente
algunos razonamientos y convertir al padre de Griselda, que en el
original es un pobre labrador, en un caballero pobre.
Es cosa digna de notarse que en las primitivas traducciones catalana y
castellana del _Decameron_, que citaremos inmediatamente, la _Griselda_
de Boccaccio está sustituida con la del Petrarca, que sin duda se
estimaba más por estar en latín. Y del Petrarca proceden también por
vía directa ó indirecta la _Patraña 2._ª, de Timoneda; la _Comedia muy
ejemplar de la Marquesa de Saluzia_, del representante Navarro[8], que
sigue al mismo Timoneda y al _Suplemento de todas las crónicas del
mundo_[9], y hasta los romances vulgares de _Griselda_ y _Gualtero_,
que andan en pliegos de cordel todavía[10]. Sólo puede dudarse en
cuanto á la comedia de Lope de Vega _El exemplo de casadas y prueba
de la paciencia_, porque trató con mayor libertad este argumento, que
según dice él mismo andaba figurado hasta en los naipes de Francia y
Castilla. De este raro género de popularidad disfrutaron también otros
cuentos de Boccaccio. Fernando de la Torre, poeta del siglo XV, dice
en una cierta _invención_ suya _sobre el juego de los naipes_: «Ha de
ser la figura del cavallero la ystoria de Guysmonda como le envia su
padre un gentil onbre en un cavallo e le trae el coraçon de su enemigo
Rriscardo (Guiscardo), el qual con ciertas yerbas toma en una copa de
oro e muere»[11].
Todas las novelas de Boccaccio (excepto la última, que fué sustituida
con la _Historia de las bellas virtuts_, de Bernat Metge) fueron
traducidas al catalán en 1429 por autor anónimo, que residía en San
Cugat del Vallés, monje quizá de aquella célebre casa benedictina.
El precioso y solitario códice que nos ha conservado esta obra
perteneció á D. Miguel Victoriano Amer y pertenece hoy á D. Isidro
Bonsoms y Sicart, que le guarda con tantas otras joyas literarias en
su rica biblioteca de Barcelona[12]. Pronto será del dominio público
esta interesante versión, que está imprimiendo para la _Biblioteca
Hispánica_ el joven y docto catalanista D. J. Massó y Torrents. Á su
generosidad literaria debo algunas páginas de esta obra, que es no sólo
un monumento de lengua, sino una traducción verdaderamente literaria,
cosa rarísima en la Edad Media, en que las versiones solían ser calcos
groseros. Contiene no sólo las novelas, sino todas las introducciones á
las _giornate_ y á cada una de las novelas en particular, y todos los
epílogos. Omite la _ballata_ de la jornada décima, y en general todos
los versos; pero en las _jornadas_ primera, quinta, sexta y octava las
sustituye con poesías catalanas originales, que no carecen de mérito.
Muy linda es, por ejemplo, ésta, con que termina la jornada octava:
Pus que vuyt jorns stich, Senyora,
Que no us mir,
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la posada
Eu dich, Amor, qui us ha lunyada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich, Amor, qui us ha lunyada
Lo falç marit qui m' ha reptada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la pertida
Eu dich, Amor, qui us ha trahida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich, Amor, qui us ha trahida
Lo falç gelos qui m' ha ferida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Todavía es más primorosa, aunque algo liviana, la canción final de la
jornada sexta:
No puch dormir soleta no,
¿Que m' fare lassa
Si no mi spassa?
Tant mi turmenta l' amor.
Ay amich, mon dolç amich,
Somiat vos he esta nit,
¿Que m' fare lassa?
Somiat vos he esta nit
Que us tenia en mon lit,
¿Que m' fare lassa?
Ay amat, mon dolç amat,
Anit vos he somiat
¿Que m' fare lassa?
Anit vos he somiat
Que us tenia en mon braç,
¿Que m' fare lassa?
Así, por coincidencia de sentimiento ó de sensación, se repiten, á
través de los siglos, las quejas de la enamorada Safo: «ἔγω δὲ μόνα
καθεὐδω».
Es verosímil que estas composiciones sean anteriores á la traducción,
y de autor ó autores diversos, porque una de ellas, la de la jornada
primera, no es más que la primera estancia de una canción más provenzal
que catalana, que Milá ha publicado como de la Reina de Mallorca Doña
Constanza, hija de Alfonso IV de Aragón, casada en 1325[13].
Todavía es más curiosa la sustitución de los títulos ó primeras
palabras de los cantos populares que cita el desvergonzadísimo Dioneo
por otros catalanes, que á juzgar por tan pequeña muestra no debían de
ser menos picantes ni deshonestos. Por lo demás, el anónimo intérprete
no parece haber sentido escrúpulo alguno durante su tarea, y es muy
raro el caso en que cambia ó suprime algo, por ejemplo, las impías
palabras con que termina el cuento de Masetto de Lamporechio (primero
de la tercera jornada). Alguna vez intercala proverbios, entre ellos
uno aragonés (_giorn._ 7, nov. 2): «E per ço diu en Arago _sobre
cuernos cinco soeldos_».
Contemporánea y quizá anterior á esta traducción catalana, aunque muy
inferior á ella por todos respectos, fué la primitiva castellana, de
la cual hoy sólo existe un códice fragmentario en la Biblioteca del
Escorial. Pero hay memoria do otros dos por lo menos. En el inventario
de los libros de la Reina Católica, que estaban en el alcázar de
Segovia á cargo de Rodrigo de Tordesillas en 1503, figura con el número
150 «otro libro _en romance_ de mano, que son las novelas de Juan
Bocacio, con unas tablas de papel forradas en cuero colorado»[14]. Y
en el inventario, mucho más antiguo (1440), de la biblioteca del conde
de Benavente D. Rodrigo Alfonso Pimentel, publicado por Fr. Liciniano
Sáez[15], se mencionan «unos cuadernos de las cien novelas en papel
cebtí menor». No se dice expresamente que estuviesen en castellano,
pero la forma de cuadernos, que parecería impropia de un códice traído
de Italia, y la calidad del papel tan frecuente en España durante el
siglo XIV y principios del XV, y enteramente desusado después, hacen
muy verosímil que las novelas estuviesen en castellano[16]. Quizá
la circunstancia de andar en cuadernos sueltos fué causa de que se
hiciesen copias parciales como la del Escorial, y que tanto en estas
copias como en la edición completa del _Decameron_ castellano de
1496 y en todas las restantes se colocasen las novelas por un orden
enteramente caprichoso, que nada tiene que ver con el del texto
italiano.
El manuscrito del Escorial, cuya letra es de mediados del siglo XV,
tiene el siguiente encabezamiento:
«Este libro es de las ciento novelas que conpuso Juan Bocaçio de
Cercaldo, un grant poeta de Florencia, el qual libro, segun en el
prologo siguiente paresce, él fizo y enbió en especial a las nobles
dueñas de Florencia y en general a todas las señoras y dueñas de
qualquier nascion y Reyno que sea; pero en este presente libro non
estan más de la cinquenta e nueve novelas».
En realidad sólo contiene cincuenta, la mitad exacta; pero el prólogo
general está partido en diez capítulos. Desaparece la división en
jornadas y casi todo lo que no es puramente narrativo. No es fácil
adivinar el criterio con que la selección fue hecha, pero seguramente
no se detuvo el traductor por escrúpulos religiosos, puesto que
incluye la novela de Ser Ciappelleto, la del judío Abraham, la de
Frate Cipolla y otras tales, ni por razones de moralidad, puesto que
admite la de Peronella, la de Tofano, la del ruiseñor y alguna otra
que no es preciso mencionar más expresamente. Sólo el gusto personal
del refundidor, ó acaso la circunstancia de no disponer de un códice
completo, sino de algunos _cuadernos_ como los que tenía el conde de
Benavente, pueden explicar esto, lo mismo que la rara disposición en
que colocó las historias. La traducción es servilmente literal, y á
veces confusa é ininteligible por torpeza del intérprete ó por haberse
valido de un códice incorrecto y estropeado. Miss Bourland publicó
la tabla de los capítulos, pero no sé que ninguna de las novelas se
haya impreso todavía. Por mi parte, atendiendo á la antigüedad, no al
mérito de la versión, pongo en nota la 9.ª de la quinta _giornata_,
de donde tomó Lope de Vega el argumento de su comedia _El halcón de
Federico_[17].
Sabido es que la imprenta madrugó mucho en Italia para difundir la
peligrosa lectura del _Decameron_. Á una edición sin año, que se estima
como la primera, sucedieron la de Venecia, 1471; la de Mantua, 1472, y
luego otras trece por lo menos dentro del siglo XV, rarísimas todas, no
sólo á título de incunables, sino por haber ardido muchos ejemplares de
ellas en la grande hoguera que el pueblo florentino, excitado por las
predicaciones de Fr. Jerónimo Savonarola y de su compañero Fr. Domingo
da Pescia, encendió en la plaza el último día de Carnaval de 1497,
arrojando á ella todo género de pinturas y libros deshonestos.
Por extraño que parezca, ninguna de estas primitivas ediciones de las
_Cien Novelas_ sirvió de texto á la española, publicada en Sevilla en
1496 y reimpresa cuatro veces hasta mediar el siglo XVI (Toledo, 1524;
Valladolid, 1539; Medina del Campo, 1543; Valladolid, 1550)[18]. Miss
Bourland prueba, mediante una escrupulosa confrontación, que el texto
de la edición sevillana está muy estrechamente emparentado en el del
códice del Escorial para las cincuenta novelas que éste contiene. En
muchos casos son literalmente idénticos; convienen en la sustitución
de algunos nombres propios á otros del original italiano; tienen en
algunos pasajes los mismos errores de traducción, los mismos cambios y
adiciones. Coinciden también en dividir la introducción en capítulos,
aunque no exactamente los mismos. Finalmente, se asemejan en la
inaudita confusión y barullo en que presentan los cuentos, perdida
del todo la división en jornadas, y en suprimir la mayor parte de
los prólogos y epílogos que las separan, y por de contado, todos los
versos, á excepción de la _ballata_ de la décima jornada, que está en
el impreso, pero no en el manuscrito[19].
Las otras cincuenta novelas están traducidas en el mismo estilo, no
de fines, sino de principios del siglo XV, y casi de seguro por el
mismo traductor. De todo esto se infiere con mucha verosimilitud que
el _Decameron_ de Sevilla, cuyo texto es un poco menos incorrecto que
el del manuscrito escurialense, ya porque el editor lo cotejase y
enmendase con el italiano, lo cual no puedo creer, ya porque se valiese
de un códice mejor, representa aquella vieja traducción _en cuadernos_,
los cuales, trastrocados y revueltos de uno en otro poseedor ó copista,
llegaron á la extravagante mezcolanza actual, en que hasta los nombres
de los narradores aparecen cambiados en muchos casos, y se altera
el texto para justificar el nuevo enlace de las historias. Pero es
imposible que la primitiva versión estuviese dispuesta así; lo que
tenemos es un _rifacimento_, una corruptela, que tampoco puedo atribuir
al editor de 1496, porque más fácil le hubiera sido restablecer el
orden italiano de las historias que armar tan extraño embolismo.
Se limitó, sin duda, á reproducir el manuscrito que tenía, y este
manuscrito era un centón de algún lector antiguo que, perdido en el
laberinto de sus cuadernos, los zurció y remendó como pudo, sin tener
presente el original, que le hubiese salvado de tal extravío.
Dos cosas más hay que notar en esta versión, aparte de otras muchas
de que da minuciosa cuenta miss Bourland. Contiene todas las novelas
del _Decameron_, incluso las más licenciosas; únicamente suprime,
sin que pueda atinarse la causa, la novela 5.ª de la jornada 9.ª
(_Calandrino_), y la sustituye con otra novela de origen desconocido,
aunque probablemente italiano. La Griselda, como ya indicamos, no está
traducida de Boccaccio, sino de la paráfrasis latina del Petrarca.
Á pesar de sus cinco ediciones, el _Decameron_ castellano es uno de
los libros más peregrinos de cualquier literatura. Nuestra Biblioteca
Nacional no posee, y eso por reciente entrada de la librería de D.
Pascual Gayangos, más que la penúltima edición, la de Medina del Campo,
y es también la única que se conserva en el Museo Británico. En París
sólo tienen la última de 1550. Mucho más afortunada la Biblioteca
Nacional de Bruselas, posee, no sólo el único ejemplar conocido de la
edición incunable, sino también la primera de Valladolid. El precioso
volumen de Toledo no existe más que en la Biblioteca Magliabecchiana de
Florencia.
Vino á cortar el vuelo á estas ediciones la prohibición fulminada por
el Concilio de Trento contra las _Cien Novelas_, consignada en el
Índice de Paulo IV (Enero de 1559), y trasladada por nuestro inquisidor
general Valdés al suyo del mismo año. Más de cincuenta ediciones iban
publicadas hasta entonces en Italia. Sabido es que la prohibición fue
transitoria, puesto que San Pío V, á ruegos del Gran Duque Cosme de
Médicis, permitió á los académicos florentinos (llamados después de
la Crusca) que corrigiesen el _Decameron_ de modo que pudiese correr
sin escándalo en manos de los amantes de la lengua toscana. Esta
edición corregida no apareció hasta el año 1573, bajo el pontificado de
Gregorio XIII; refundición bien extraña, por cierto, en que quedaron
intactas novelas indecentísimas sólo con cambiar las abadesas y monjas
en matronas y doncellas, los frailes en nigromantes y los clérigos en
soldados. Respetamos los altos motivos que para ello hubo y nos hacemos
cargo de la diferencia de los tiempos. Esta edición, llamada de los
_Deputati_, fue considerada desde luego como texto de lengua, y á ella
se ajustan todas las de aquel siglo y los dos siguientes, salvo alguna
impresa en Holanda y las que con falso pie de imprenta se estamparon en
varias ciudades de Italia en el siglo XVIII.
La Inquisición Española, por su parte, autorizó el uso de esta
edición en el Índice de Quiroga (1583), donde sólo se prohiben las
_Cien Novelas_ siendo de las impresas antes del Concilio: «_Boccacii
Decades sive Decameron aut novellæ centum, nisi fuerint ex purgatis et
impressis ab anno 1572_», fórmula que se repite en todos los índices
posteriores[20]. Á la traducción castellana, como completa que era,
le alcanzaba de lleno la prohibición, y nadie pensó en expurgarla,
ni hacía mucha falta, porque el _Decameron_ italiano corría con tal
profusión[21] y era tan fácilmente entendido, que no se echaba muy de
menos aquella vieja traslación tan ruda y destartalada[22].
Precisamente la influencia de Boccaccio como cuentista y como mina de
asuntos dramáticos corresponde al siglo XVII más que al XVI. Antes
de la mitad de esta centuria apenas se encuentra imitación formal de
ninguna de las novelas. No es seguro que el cuento de la piedra en el
pozo, tal como se lee en el _Corvacho_ del Arcipreste de Talavera,
proceda de la novela de Tofano (4.ª de la jornada VII); una y otra
pueden tener por fuente común á Pedro Alfonso[23]. Todavía es más
incierto, á pesar de la opinión de Landau[24], que el romance del
_Conde Dirlos_, que debe de ser de origen francés como todos los
carolingios, tenga con la novela de Messer Torello (_giorn._ X, n.
9) más relación que el tema general de la vuelta del esposo, á quien
se suponía perdido ó muerto, y que llega á tiempo para impedir las
segundas bodas de su mujer. El romance carece enteramente de la parte
mágica que hay en la novela de Boccaccio y no hay nada que recuerde la
intervención de Saladino. En una versión juglaresca y muy tardía del
romance de _El Conde Claros_ añadió el refundidor Antonio de Pansac
una catástrofe trágica (el corazón del amante presentado en un plato),
tomada, según creo, del _Decameron_, ya en la novela de Ghismonda
y Guiscardo (_giorn._ IV, 1), ya en la de _Guiglielmo Rossiglione_
(Guillem de Cabestanh), que es la 9.ª de la misma jornada[25].
Escasas son también las reminiscencias en los libros de caballerías,
salvo en _Tirant lo Blanch_, que tanto difiere de los demás, no
sólo por la lengua, sino por el espíritu. Además de varias frases y
sentencias literalmente traducidas, Martorell reproduce una novela
entera (_giorn._ II, n. 4), la del mercader Landolfo Ruffolo, que
después de haber perdido todos sus haberes en un naufragio, encuentra
como tabla de salvamento una cajita llena de piedras preciosas. Hay
otras evidentes imitaciones de pormenor, que recoge con admirable
diligencia Arturo Farinelli, el primero que se ha fijado en ellas[26].
Otro libro de caballerías, excepcional también en algunas cosas, el
_Palmerín de Inglaterra_, de Francisco Moraes, contiene una imitación
de la novela de Ghismonda: «Tomó la copa en las manos, y diziendo al
corazón de Artibel palabras de mucho dolor, y diziendo muchas lástimas,
la hinchió de lágrimas»[27].
El ejemplo más singular de la influencia de Boccaccio en España es la
adaptación completa de una novela, localizándose en ciudad determinada,
enlazándose con apellidos históricos, complicándose con el hallazgo de
unos restos humanos é imponiéndose como creencia popular, viva todavía
en la mente de los españoles. Tal es el caso de la leyenda aragonesa
de los Amantes de Teruel, cuya derivación de la novela de Girolamo y
Salvestra (_giorn._ IV, 8) es incuestionable y está hoy plenamente
demostrada[28], sin que valga en contra la tradición local, de la que
no se encuentra vestigio antes de la segunda mitad del siglo XVI,
tradición que ya en 1619 impugnaba el cronista Blasco de Lanuza[29]
y que intentó reforzar con documentos apócrifos el escribano poeta
Juan Yagüe de Salas. El «papel de letra muy antigua» que él certifica
haber copiado y lleva por título _Historia de los amores de Diego Juan
Martinez de Marcilla é Isabel de Segura, año 1217_, es ficción suya,
poniendo en prosa, que ni siquiera tiene barniz de antigua excepto
al principio, lo mismo que antes había contado en su fastidiosísimo
poema publicado en 1616[30]. No por eso negamos la existencia de los
Amantes, ni siquiera es metafísicamente imposible que la realidad haya
coincidido con la poesía, pero sería preciso algún fundamento más serio
que los que Antillón deshizo con crítica inexorable, aun sin conocer la
fuente literaria de la leyenda.
Antonio de Torquemada, en sus _Coloquios Satíricos_ (1553), y Juan
de Timoneda, en su _Patrañuelo_ (1566), son los primeros cuentistas
del siglo XVI que empiezan á explotar la mina de Boccaccio. Después
de ellos, y sobre todo después del triunfo de Cervantes, que nunca
imita á Boccaccio directamente, pero que recibió de él una influencia
formal y estilística muy honda y fué apellidado por Tirso «el Boccaccio
español», los imitadores son legión. El cuadro general de las novelas,
tan apacible ó ingenioso, y al mismo tiempo tan cómodo, se repite hasta
la saciedad en _Los Cigarrales de Toledo_, del mismo Tirso; en el
_Para todos_, de Montalbán; en la _Casa del placer honesto_, de Salas
Barbadillo; en las _Tardes entretenidas_, _Jornadas alegres_, _Noches
de placer_, _Huerta de Valencia_, _Alivios de Casandra_ y _Quinta de
Laura_, de Castillo Solórzano; en las _Novelas amorosas_, de Doña María
de Zayas; en las _Navidades de Madrid_, de Doña Mariana de Carvajal; en
las _Navidades de Zaragoza_, de D. Matías de Aguirre; en las _Auroras
de Diana_, de D. Pedro de Castro y Anaya; en las _Meriendas del
ingenio_, de Andrés de Prado; en los _Gustos y digustos del Lentiscar
de Cartagena_, de Ginés Campillo, y en otras muchas colecciones de
novelas, y hasta de graves disertaciones, como los _Días de jardín_,
del Dr. Alonso Cano.
Hubo también, aunque en menor número de lo que pudiera creerse,
imitaciones de novelas sueltas, escogiendo por de contado las más
honestas y ejemplares. Matías de los Reyes, autor de pobre inventiva
y buen estilo, llevó la imitación hasta el plagio en _El Curial del
Parnaso_ y en _El Menandro_. Alguna imitación ocasional se encuentra
también en el _Teatro Popular_, de Lugo Dávila; en _El Pasajero_,
de Cristóbal Suárez de Figueroa, y en _El Criticón_, de Gracián.
Puntualizar todo esto y seguir el rastro de Boccaccio hasta en nuestros
cuentistas más oscuros es tarea ya brillantemente emprendida por miss
Bourland y que procuraremos completar cuando tratemos de cada uno de
los autores en la presente historia de la novela. Pero desde luego
afirmaremos que las historias de Boccaccio, aisladamente consideradas,
dieron mayor contingente al teatro que á la novela. De un pasaje de
Ricardo del Turia se infiere que solían aprovecharse para loas[31].
Pero también servían para argumentos de comedias. Ocho, por lo menos,
de Lope de Vega tienen este origen, entre ellas dos verdaderamente
deliciosas: _El anzuelo de Fenisa_ y _El ruiseñor de Sevilla_[32]. Pero
en esta parte no puede decirse que su influencia fuese mayor que la de
Bandello. De todos modos, lo que Boccaccio debía á España por medio
de Pedro Alfonso, quedó ampliamente compensado con lo que le debieron
nuestros mayores ingenios.
Hasta la mitad del siglo XVI no volvemos á encontrar traducciones de
novelas italianas. Apenas me atrevo á incluir entre ellas _La Zuca
del Doni en español_, publicada en Venecia, 1551, el mismo año y por
el mismo impresor que el texto original[33]. Porque propiamente la
_Zucca_ ó calabaza no es una colección de novelas, sino de anécdotas,
chistes, burlas, donaires y dichos agudos, repartidos en las varias
secciones de _cicalamenti_, _baie_, _chiacchiere_, _foglie_, _fiori_,
_frutti_[34]. El anónimo traductor, que dedicó su versión al abad
de Bibbiena y de San Juan in Venere en un ingenioso y bien parlado
prólogo, que pongo íntegro por nota, era amigo del Doni y debía de
tener algún parentesco de humor con él, porque le tradujo con verdadera
gracia, sin ceñirse demasiado á la letra. Razón tenía para desatarse
en su prólogo contra los malos traductores, haciendo especial mención
del de Boccaccio. Curiosísimo tipo literario era el Doni, escritor de
los que hoy llamaríamos excéntricos ó humoristas y que entonces se
llamaban _heteroclitos_ ó extravagantes, lleno de raras fantasías, tan
desordenado en sus escritos como en su vida, improvisador perpetuo,
cuyas obras, como él mismo dice, «se leían antes de ser escritas
y se estampaban antes de ser compuestas»; libelista cínico, digno
rival del Aretino; desalmado sicofanta, capaz de delatar como reos de
Estado á sus enemigos literarios; traficante perpetuo en dedicatorias;
aventurero con vena de loco; mediano poeta cómico, cuentista agudo
en el dialecto de Florencia y uno de los pocos que se salvaron de
la afectada imitación de Boccaccio[35]. En medio de sus caprichos y
bufonadas tiene rasgos de verdadero talento. Sus dos _Librerías_ ó
catálogos de impresos y manuscritos con observaciones críticas se
cuentan entre los más antiguos ensayos de bibliografía é historia
literaria. Y para los españoles, sus _Mundos celestes, terrestres é
infernales_[36], en que parodió la _Divina Comedia_, son curiosos,
porque presentan alguna remota analogía con los _Sueños_ inmortales de
Quevedo, aunque no puede llevarse muy lejos la comparación.
Menos importancia literaria que la _Zucca_ tienen las _Horas de
recreación_, de Luis Guicciardini, sobrino del grande historiador
Francisco. Á Luis se le conoce y estima principalmente por su
descripción de los Países Bajos, que tuvo por intérprete nada menos que
á nuestro rey Felipe IV. Á las _Horas de recreación_, que es una de
tantas colecciones de anécdotas y facecias, cupo traductor más humilde,
el impresor Vicente de Millis Godínez, que las publicó en Bilbao en
1580[37].
De todos los novelistas italianos Mateo Bandello fué el más leído y
estimado por los españoles después de Boccaccio y el que mayor número
de argumentos proporcionó á nuestros dramáticos. Lope de Vega hacía
profesión de admirarle, y en el prólogo de su novela _Las fortunas
de Diana_ parece que quiere contraponerle maliciosamente á Cervantes:
«Tambien hay libros de novelas, dellas traducidas de italianos y dellas
propias, en que no faltó gracia y estilo á Miguel Cervantes. Confieso
que son libros de grande entretenimiento, y que podrían ser ejemplares,
_como algunas de las historias trágicas del Bandelo_; pero habían de
escribirlos hombres científicos, ó por lo menos grandes cortesanos,
gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos».
Aparte de estas palabras, cuya injusticia y mala fe es notoria, puesto
que Cervantes, aunque no fuese _hombre científico ni gran cortesano_,
está á cien codos sobre Bandello y á muy razonable altura sobre
todos los novelistas del mundo, el estudio de las historias trágicas
y cómicas del ingenioso dominico lombardo, superior á todos sus
coetáneos en la invención y en la variedad de situaciones, ya que no
en el estilo, fué tan provechoso para Lope como lo era simultáneamente
para Shakespeare. Uno y otro encontraron allí á Julieta y Romeo
(_Castelvines y Monteses_), y Lope de Vega, además, el prodigioso
_Castigo sin venganza_, sin contar otras obras maestras, como _El
villano en su rincón_, _La viuda valenciana_ y _Si no vieran las
mujeres_...[38]. Ya mucho antes de Lope el teatro español explotaba
esta rica mina. _La Duquesa de la Rosa_, de Alonso de la Vega, basta
para probarlo[39].
Aunque la voluminosa colección del obispo de Agen, que comprende nada
menos que doscientas catorce novelas, fuese continuamente manejada
por nuestros dramaturgos y novelistas, sólo una pequeña parte de ella
pasó á nuestra lengua, por diligencia del impresor Vicente de Millis
Godínez, antes citado, que ni siquiera se valió del original italiano,
sino de la paráfrasis francesa de Pedro Boaystau (por sobrenombre
Launay) y Francisco de Belleforest, que habían estropeado el texto con
fastidiosas é impertinentes adiciones. De estas novelas escogió Millis
catorce, las que le parecieron de mejor ejemplo, y con ellas formó un
tomo, impreso en Salamanca en 1589[40].
Los _Hecatommithi_, de Giraldi Cinthio, otra mina de asuntos trágicos
en que Shakespeare descubrió su _Otelo_ y Lope de Vega _El piadoso
veneciano_[41], tenían para nuestra censura, más rígida que la de
Italia, y aun para el gusto general de nuestra gente, la ventaja de
no ser licenciosos, sino patéticos y dramáticos, con un género de
interés que compensaba en parte su inverosimilitud y falta de gracia
en la narrativa. En 1590 imprimió en Toledo Juan Gaitán de Vozmediano
la primera parte de las dos en que se dividen estas historias, y en
el prólogo dijo: «Ya que hasta ahora se ha usado poco en España este
género de libros, por no haber comenzado á traducir los de Italia
y Francia, no sólo habrá de aquí adelante quien por su gusto los
traduzca, pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto
en los estrangeros, para que los naturales hagan lo que nunca han
hecho, que es componer novela. Lo cual entendido, harán mejor que todos
ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente»[42]. Palabras que
concuerdan admirablemente con las del prólogo de Cervantes y prueban
cuánto tardaba en abrirse camino el nuevo género, tan asiduamente
cultivado después.
Las _Piacevoli Notti_, de Juan Francisco de Caravaggio, conocido por
Straparola, mucho más variadas, amenas y divertidas que los cien
cuentos de Giraldi, aunque no siempre honestas ni siempre originales
(puesto que el autor saqueó á manos llenas á los novelistas anteriores,
especialmente á Morlini), hablaban poderosamente á la imaginación
de toda casta de lectores con el empleo continuo de lo sobrenatural
y de los prestigios de la magia, asemejándose no poco á los cuentos
orientales de encantamientos y metamorfosis. Francisco Truchado, vecino
de Baeza, tradujo en buen estilo estas doce _Noches_, purgándolas de
algunas de las muchas obscenidades que contienen, y esta traducción,
impresa en Granada por René Rabut, 1583, fué repetida en Madrid, 1598,
y en Madrid, 1612, prueba inequívoca de la aceptación que lograron
estos cuentos[43].
Juntamente con los libros italianos había penetrado alguno que
otro francés, y ya hemos hecho memoria del _rifacimento_ de las
_Historias Trágicas_, de Bandello, por Boaystuau y Belleforest. No
han de confundirse con ellas, á pesar de la semejanza del título, las
_Historias prodigiosas y maravillosas de diversos successos acaecidos
en el mundo_, que compilaron los mismos Boaystuau y Belleforest y
Claudio Tesserant, y puso en lengua castellana el célebre impresor
de Sevilla Andrea Pescioni[44]. Obsérvese que casi siempre eran
tipógrafos ó editores versados en el comercio de libros y en relaciones
frecuentes con sus colegas (á las veces parientes) de Italia y Francia
los que introducían entre nosotros estas novedades de amena literatura,
desempeñando á veces, y no mal, el papel de intérpretes, aspecto muy
curioso en la actividad intelectual del siglo XVI. Andrea Pescioni,
si es suya realmente la traducción que lleva su nombre, demostró en
ella condiciones muy superiores á las de Vicente de Millis en lenguaje
y estilo. Muy difícil será encontrar galicismos en la pura y tersa
locución de las _Historias prodigiosas_, que salieron enteramente
castellanizadas de manos del traductor, imprimiéndoles el sello de
su nativa ó adoptiva lengua, como cuadraba al señorío y pujanza de
nuestro romance en aquella edad venturosa, hasta cuando le manejaban
extranjeros de origen, que no hacían profesión de letras humanas como
no fuese para traficar con ellas, y aplicaban su industria á libros
forasteros, que tampoco por la dicción eran notables, ni se encaminaban
al público más selecto. Libro de mera curiosidad y entretenimiento
es el de las _Historias_, recopilación de casos prodigiosos y
extraordinarios, de fenómenos insólitos de la naturaleza, de
supersticiones, fábulas y patrañas, escoltadas siempre con algún
testimonio clásico: «No escriviré caso fabuloso, ni historia que no
compruebe con el autoridad de algun escritor de crédito, ora sea sacro
ó profano, griego ó latino» (p. 90 vuelta). Con esta salvedad pasa
todo, ya bajo el pabellón de Eliano, Julio Obsequente, Plinio y Solino,
ya bajo la de médicos y naturalistas del siglo XVI, como Conrado
Gesnero y Jerónimo Cardano, á quien con especial predilección se cita.
Hasta la demonología neoplatónica de Miguel Psello, Porfirio, Iámblico
y Proclo logra cabida en esta compilación, llena, por lo demás, de
disertaciones ortodoxas. Hay capítulos especiales sobre los terremotos,
diluvios y grandes avenidas; sobre los cometas y otros «prodigios y
señales del cielo»; sobre las erupciones volcánicas; sobre las virtudes
y propiedades de las piedras preciosas, de las plantas y de las aguas.
Pero el fuerte de los tres autores son los monstruos: su libro, de
más de ochocientas páginas, ofrece amplio material para la historia
de las tradiciones teratológicas, desde las clásicas de Sirenas,
Tritones, Nereidas, Faunos, Sátiros y Centauros, hasta los partos
monstruosos, las criaturas dobles ligadas y conjuntas, los animales de
figura humana, los hombres que llevan al descubierto las entrañas, los
cinocéfalos, los hermafroditas, los terneros y lechones monstruosos y
otra infinidad de seres anómalos que Belleforest y sus colaboradores
dan por existentes ó nacidos en su tiempo, notando escrupulosamente la
fecha y demás circunstancias.
Aparte de estas aberraciones, contiene el libro otras cosas de interés
y de más apacible lectura: curiosas anécdotas, narradas con garbo y
bizarría. Así, en el capítulo de los amores prodigiosos (XXII de la
1.ª parte) ingiere, entre otras que llamaríamos novelas cortas, la de
la cortesana Plangon de Mileto, tomada de Ateneo, historia de refinado
y sentimental decadentismo, que presenta una rarísima competencia
de generosidad amorosa entre dos meretrices. Así, al tratar de los
convites monstruosos, añade Boaistuau á los referidos por los antiguos
y á los que consigna Platina en su libro _De honesta voluptate_, uno de
que él fue testigo en Aviñón cuando «oía allí leyes del eruditísimo y
docto varon Emilio Ferreto» (p. 96), página curiosa para la historia de
la gastronomía en la época del Renacimiento. En el largo capítulo del
entendimiento y fidelidad de los perros no olvida ni al de Montargis,
cuya historia toma de Julio César Scaligero, ni al famoso _Becerril_,
de que habla tanto Gonzalo Fernández de Oviedo en su _Historia de
Indias_.
No sólo las rarezas naturales y los casos extraños de vicios y
virtudes, sino lo sobrenatural propiamente dicho, abunda sobremanera en
estas _Historias_, cuyo único fin es sorprender y pasmar la imaginación
por todos los medios posibles. Ninguno tan eficaz como los cuentos de
aparecidos, fantasmas, visiones nocturnas, sueños fatídicos, travesuras
de malignos espíritus, duendes y trasgos; combates de huestes aéreas,
procesiones de almas en pena. De todo esto hay gran profusión, tomada
de las fuentes más diversas. Á la antigüedad pertenecen muchas (los
mancebos de Arcadia, en Valerio Máximo; la tragedia de Cleonice, en
Pausanias; el fantasma que se apareció al filósofo Atenodoro, en Plinio
el Joven). Otras son más modernas, entresacadas á veces de los _Días
Geniales_, de Alexandro de Alexandro, como la visión de Cataldo, obispo
de Tarento, que anunció las desventuras de la casa aragonesa de Nápoles
(p. 103), ó de Jerónimo Cardano, como la historia de Margarita la
milanesa y de su espíritu familiar (p. 109). Pero nada hay tan singular
en este género como un caso de telepatía que Belleforest relata, no
por información ajena, sino por haberle acontecido á él mismo (p.
361), y que no será inútil conocer hoy que este género de creencias,
supersticiones ó lo que fueren vuelven á estar en boga y se presentan
con vestidura científica:
«Algunos espíritus se han aparecido á hombres con quien en vida han
tenido amistad, y esto á manera de despedirse dellos, quando de aqueste
mundo partian. Y de aquesto yo doy fe que á mí mismo me ha acaecido, y
no fue estando dormido ni soñoliento, mas tan despierto como lo estoy
ahora que escrivo aquesto, y el caso que digo aver me acaecido, es que
un dia de la Natividad de Nuestra Señora, que es á ocho de Setiembre,
unos amigos mios e yo fuymos a holgarnos a un jardin, y siendo ya como
las once de la noche, solo me llegué a un peral para coger unas peras,
y vi que se me puso delante una figura blanca de un hombre, que excedia
la comun proporcion, el qual en el aspecto me pareció que era mi padre,
y se me llegó para abraçarme: de que yo me atemorizé, y di un grito, y
a él acudieron aquellos mis amigos para ver lo que me avia sucedido,
y aviendo me preguntado qué avia avido, les dixe lo que avia visto,
aunque ya se avia desaparecido, y que sin duda era mi padre. Mi ayo
me dixo que sin duda se devia de aver muerto, y fue assi, que murió
en aquella hora misma que se me representó, aunque estavamos lexos en
harta distancia. Aquella fue una cosa que me haze creer que la oculta
ligadura de amistad que hay en los coraçones de los que verdaderamente
se aman puede ser causa de que se representen algunas especies, ó
semejanzas de aparecimientos; y aun tambien puede ser que sean las
almas mismas de nuestros parientes ó amigos, ó sus Angeles custodes,
que yo no me puedo persuadir que sean espíritus malignos».
Son de origen español algunos de los materiales que entraron en esta
enorme compilación francesa. Á Fr. Antonio de Guevara siguen y traducen
literalmente en la historia del león de Androcles (epístola XXIV de
las _Familiares_); en la de Lamia, Laida y Flora, «tres enamoradas
antiquísimas» (ep. LIX), y en el razonamiento celebérrimo del _Villano
del Danubio_, esta vez sin indicar la fuente, que es el _Marco Aurelio_.
El obispo de Mondoñedo, con toda su retórica, no siempre de buena
calidad, tenía excelentes condiciones de narrador y hubiera brillado
en la novela corta, á juzgar por las anécdotas que suele intercalar
en sus libros, y especialmente en las _Epístolas Familiares_.
Recuérdese, por ejemplo, el precioso relato que pone en boca de un moro
viejo de Granada, testigo de la llorosa partida de Boabdil y de las
imprecaciones de su madre (ep. VI de la _Segunda Parte_).
Amplia materia suministró también á las _Historias prodigiosas_ otro
prosista español de la era de Carlos V, el _magnífico caballero_ y
cronista cesáreo Pero Mexía, compilador histórico y moralista ameno
como Guevara, pero nada semejante á él en los procedimientos de su
estilo (que es inafectado y aun desaliñado con cierto dejo de candidez
sabrosa), ni menos en la puntualidad histórica, que nuestro Fr.
Antonio afectaba despreciar, y que, por el contrario, respetó siempre
aquel docto y diligente sevillano, digno de buena memoria entre los
vulgarizadores del saber. Su _Silva de varia leccion_, publicada en
1540 y de cuyo éxito asombroso, que se sostuvo hasta mediados del siglo
XVII, dan testimonio tantas ediciones castellanas, tantas traducciones
en todas las lenguas cultas de Europa, es una de aquellas obras de
carácter enciclopédico, de que el Renacimiento gustaba tanto como la
Edad Media, y que tenía precedentes clásicos tan famosos como las
_Noches Aticas_, de Aulo Gelio; las _Saturnales_, de Macrobio; el
_Banquete de los sofistas_, de Ateneo. Los humanistas de Italia habían
comenzado á imitar este género de libros, aunque rara vez los componían
en lengua vulgar. Pero Mexía, amantísimo de la suya nativa, que procuró
engrandecer por todos caminos, siguió este nuevo y holgado sistema de
componer con especies sueltas un libro útil y deleitable. Los capítulos
se suceden en el más apacible desorden, única cosa en que el libro se
asemeja á los _Ensayos_ de Montaigne. Después de una disertación sobre
la Biblia de los Setenta, viene un discurso sobre los instintos y
propiedades maravillosas de las hormigas: «Hame parecido escribir este
libro (dice Mexía) por discursos y capítulos de diversos propósitos sin
perseverar ni guardar orden en ellos, y por esto le puse por nombre
_Silva_, porque en las silvas y bosques están las plantas y árboles sin
orden ni regla. Y aunque esta manera de escrivir sea nueva en nuestra
lengua Castellana, y creo que soy yo el primero que en ella haya tomado
esta invencion, en la Griega y Latina muy grandes autores escrivieron,
assi como fueron Ateneo... Aulo Gelio, Macrobio, y aun en nuestros
tiempos Petro Crinito, Ludovico Celio, Nicolao Leonico y otros algunos.
Y pues la lengua castellana no tiene (si bien se considera) por qué
reconozca ventaja a otra ninguna, no sé por qué no osaremos en ella
tomar las invenciones que en las otras, y tratar materias grandes, como
los italianos y otras naciones lo hazen en las suyas, pues no faltan
en España agudos y altos ingenios. Por lo qual yo, preciándome tanto
de la lengua que aprendi de mis padres como de la que me mostraron
preceptores, quise dar estas vigilias a los que no entienden los libros
latinos, y ellos principalmente quiero que me agradezcan este trabajo:
pues son los más y los que más necesidad y desseo suelen tener de saber
estas cosas. Porque yo cierto he procurado hablar de materias que no
fuessen muy comunes, ni anduviessen por el vulgo, que ellas de sí
fuessen grandes y provechosas, a lo menos a mi juyzio».
Para convencerse de lo mucho que Boaystuau, Tesserant y Belleforest
tomaron de la obra de Mexía, traducida ya al francés en 1552, no hay
más que cotejar los respectivos capítulos de las _Historias_ con
lo que en la _Silva_ se escribe «de los Tritones y Nereydas», «de
algunos hombres muy crueles», «de algunos exemplos de casados que
mucho y fielmente se amaron», «de los extraños y admirables vicios del
emperador Heliogábalo, y de sus excesos y prodigalidades increibles»,
«de las propiedades maravillosas y singulares de algunos ríos, lagos
y fuentes», «de algunas cosas maravillosas que aparecieron en cielo
y tierra» y otros puntos que sería fácil señalar. Los testimonios
alegados son los mismos, suele serlo hasta el orden y las palabras con
que se declaran y los argumentos que se traen para hacer creibles tan
desaforados portentos.
Pero la _Silva de varia lección_ es obra de plan mucho más vasto y
también más razonable que las _Historias prodigiosas_. No predomina
aquí lo extraño, lo anormal, lo increíble, ni se rinde tanto culto á la
superstición, ya popular, ya científica. En relación con su época, Pero
Mexía parece un espíritu culto y avisado, que procura guardarse de la
nimia credulidad y muestra hasta vislumbres de espíritu crítico[45].
Siempre que tiene que contar hechos muy extraordinarios se resguarda
con la autoridad ajena, y aun así osa contradecir algunas cosas de las
que escriben los antiguos. No quiere admitir, por ejemplo, aunque lo
afirmen contestes nada menos que Plinio, Eliano, Plutarco, Apuleyo y
San Isidoro, que la víbora muera en el momento en que da á luz sus
viboreznos[46]. No parece muy persuadido de la existencia de hombres
marinos y tiene por cuento de viejas la historia del pece Nicolao,
mostrando en esto mejor crítica que el P. Feijoo, que todavía en el
siglo XVIII admitía la fábula del hombre-pez de Liérganes[47]. Claro
es que no se emancipa, ni mucho menos, de la mala física de su tiempo.
Cree todavía en las propiedades ocultas y secretas de los cuerpos
naturales y adolece, sobre todo, de la superstición astrológica, que
le dió cierta extravagante fama entre sus conciudadanos, tan zumbones
y despiertos de ingenio entonces como ahora. «El _astrífero_ Mexía»
le llama, pienso que en burlas, Juan de la Cueva. Y es sabida aquella
anécdota que recogió Rodrigo Caro en sus _Claros varones en letras,
naturales de Sevilla_: «Había adivinado Pero Mexía, por la posición de
los astros de su nacimiento, que había de morir de un sereno, y andaba
siempre abrigado con uno ó dos bonetes en la cabeza debajo de la gorra
que entonces se usaba, por lo cual le llamaban _Siete bonetes_; _sed
non auguriis potuit depellere pestem_; porque estando una noche en
su aposento, sucedió á deshora un ruido grande en una casa vecina, y
saliendo sin prevención al sereno, se le ocasionó su muerte, siendo de
no muy madura edad».
Tan revuelta andaba en el siglo XVI la ciencia positiva con la
quimérica, la astrología judiciaria con la astronomía y las
matemáticas, que no es de admirar que Mexía, como Agripa y Cardano y
tantos insignes varones del Renacimiento, cayese en esta confusión
deplorable, escribiendo algunos capítulos sobre la influencia de los
siete planetas en las siete edades y partes de la vida del hombre,
sobre los días aciagos y años climatéricos, sobre el punto y signo
del Zodíaco en que estaban el sol y la luna cuando fueron creados[48]
y otras vanidades semejantes. Mexía, que era cosmógrafo de profesión
en un tiempo y en una ciudad en que no faltaban buenos cosmógrafos
prácticos, trata con mucho más tino las cuestiones hidrográficas
y meteorológicas, y en vez de aquellas ridículas historias de
monstruos que ocupan la mitad del libro de Belleforest, aquí se leen
disertaciones elementales, pero sensatas, sobre los vientos; sobre los
artificios útiles para comparar la densidad de las aguas y discernir
su pureza; sobre la redondez y ámbito de la tierra; sobre la medida de
los grados terrestres y el modo de trazar la línea meridiana, y sobre
la indispensable reforma del calendario, que tardó bastantes años en
realizarse[49]. No era Mexía un sabio, no era un investigador original;
pero tenía linda manera para exponer las curiosidades de historia
científica, por ejemplo, el problema de la corona del rey Hierón y
otros descubrimientos de Arquímedes[50] basta libertad de espíritu para
considerar como _juegos y pasatiempos de la naturaleza_ los que otros
estimaban misteriosas señales grabadas en las piedras[51].
Pero lo que predomina en la _Silva de varia lección_, como podía
esperarse de las aficiones y estudios de su autor, es la erudición
histórica, que se manifiesta de muy varios modos, bien calculados
para picar y entretener el apetito de quien lee: ya en monografías de
famosas ciudades, como Roma, Constantinopla, Jerusalén; ya en sucintas
historias de los godos, de los turcos, de los templarios, de los
güelos; ya en biografías de personajes sobresalientes en maldad ó en
heroísmo, pero que ofrecen siempre algo de pintoresco y original, como
Timón el Misántropo, Diógenes el Cínico, los siete Sabios de Grecia,
Heráclito y Demócrito, el emperador Heliogábalo, el falso profeta
Mahoma y el gran Tamorlán[52]; ya en anécdotas de toda procedencia,
como la tragedia de Alboino y Rosimunda, que toma de Paulo Diácono[53],
y la absurda pero entonces muy creída fábula de la Papisa Juana, que
procura corroborar muy cándidamente con el testimonio de Martín Polono,
Sabellico, Platina y San Antonino de Florencia[54].
El libro de Pedro Mexía interesa á la novelística, no sólo por estas
cortas narraciones, que son las más veces verdaderas leyendas, sino
por ser un copioso repertorio de ejemplos de vicios y virtudes, que el
autor compila á diestro y siniestro, de todos los autores clásicos,
especialmente de Plutarco, Valerio Máximo y Aulo Gelio[55], sin
olvidar á Plinio, de quien entresaca las anécdotas de pintores[56].
Alguno que otro episodio de la historia patria refiere también, como
la muerte súbita de los dos infantes D. Pedro y D. Juan en la entrada
que hicieron por la vega de Granada, ó el de Ruy Páez de Viedma y
Payo Rodríguez de Ávila en tiempo do Alfonso XI[57], ó las extrañas
circunstancias que, según Muntaner, intervinieron en la concepción
y nacimiento de D. Jaime el Conquistador, asunto de una novela de
Bandello y de una comedia de Lope de Vega[58].
Otros capítulos de la _Silva_ tienen carácter de arqueología
recreativa, á imitación de Polidoro Virgilio en su libro _De
inventoribus rerum_, tan explotado por todos los compiladores del
siglo XVI[59]. Pero aunque tomase mucho de Polidoro y de todos los
que le precedieron en la tarea de escribir misceláneas, Mexía se
remontaba á las fuentes casi siempre y las indica con puntualidad en
todos los puntos que he comprobado. La _Tabla_ que pone al fin no es,
como en tantos otros libros, una pedantesca añagaza. Había leído mucho
y bien, y tiene el mérito de traducir en buen castellano todas las
autoridades que alega. El círculo de sus lecturas se extendía desde
el _Quadripartito_, de Tolomeo, y los cánones astronómicos de Aben
Ragel, hasta las _Historias florentinas_ y los tratados políticos
de Maquiavelo, á quien cita y extracta en la vida de Castruccio
Castracani[60] y á quien parece haber seguido también en el relato
de la conjuración de los Pazzi[61]. Aunque el secretario de Florencia
pasaba ya por autor de sospechosa doctrina y sus obras iban á ser muy
pronto rigurosamente vedadas por el Concilio de Trento, se ve que Mexía
las manejaba sin grande escrúpulo, lo cual no es indicio del ánimo
apocado y supersticioso que le atribuyeron algunos luteranos españoles,
enojados con él por haber sido uno de los primeros que descubrieron en
Sevilla la herética pravedad envuelta en las dulces pláticas de los
doctores Egidio y Constantino[62].
Con todas sus faltas y sobras, la _Silva de varia lección_, que hoy
nos parece tan llena de vulgaridades y errores científicos[63],
representaba de tal modo el nivel medio de la cultura de la época y
ofrecía lectura tan sabrosa á toda casta de gentes, que apenas hubo
libro más afortunado que él en sus días y hasta medio siglo después.
Veintiséis ediciones castellanas (y acaso hubo más), estampadas,
no sólo en la Península, sino en Venecia, Amberes y Lyón, apenas
bastaron á satisfacer la demanda de este libro candoroso y patriarcal,
que fue adicionado desde 1555 con una quinta y sexta parte de autor
anónimo[64]. No menos éxito tuvo la _Silva_ en Francia, donde fue
traducida por Claudio Gruget en 1552 y adicionada sucesivamente por
Antonio Du Verdier y Luis Guyon, señor de la Nauche. Hasta diez y seis
ediciones de _Les divers leçons de Messie_ enumeran los bibliógrafos
y en las más de ellas figuran también sus _Diálogos_[65]. Todavía en
1675 un médico llamado Girardet se apropió descaradamente el libro de
Pero Mexía, sin citarle una sola vez ni tomarse más trabajo que cambiar
las palabras anticuadas de la traducción de Gruget[66]. En Italia las
cuatro partes de la _Silva_ fueron traducidas en 1556 por Mambrino
Roseo da Fabbriano y adicionadas después por Francisco Sansovino y
Bartolomé Dionigi.
Por medio de las traducciones latinas y francesas empezaron á ser
conocidos en Inglaterra los libros de Mexía antes de que penetrasen
en su texto original, y algunos célebres compiladores de novelas
empezaron á explotarlos. Fué uno de ellos William Painter, que en su
_Palace of pleasure_ (1566) intercaló el extraño cuento del viudo de
veinte mujeres que casó con una viuda de veintidós maridos[67]. Pero es
mucho más importante la _Forest or collection of historyes_, de Thomas
Fortescue (1571), porque en esta versión inglesa de la _Silva_, tomada
de la francesa de Gruget, encontró el terrible dramaturgo Cristóbal
Marlowe, precursor de Shakespeare, los elementos históricos que le
sirvieron para su primera tragedia _Tamburlaine_[68]. No fue ésta la
única vez que el libro del cronista sevillano hizo brotar en grandes
ingenios la chispa dramática. Lope de Vega le tenía muy estudiado, y
de él procede (para no citar otros casos) toda la erudición clásica
de que hace alarde en su comedia _Las mujeres sin hombres_ (_Las
Amazonas_)[69].
En Inglaterra prestó también buenos subsidios á los novelistas. De una
traducción italiana de la _Silva_ está enteramente sacada la colección
de once novelas de Lodge, publicada con este título: _The life and
death of William Longbeard_[70]. No sólo los cuatro libros de Mexía,
sino todo el enorme fárrago de las adiciones italianas de Sansovino
y de las francesas de Du Verdier y Guyon, encontraron cachazudo
intérprete en Thomas Milles, que las sacó á luz desde 1613 hasta 1619
(_The treasurie of ancient and moderne times_). La traducción alemana
de Lucas Boleckhofer y Juan Andrés Math es la más moderna de todas
(1668-1669) y procede del italiano[71].
Con el éxito europeo del libro de Mexía contrasta la oscuridad en que
ha yacido hasta tiempos muy modernos otra _Miscelánea_ mucho más
interesante para nosotros, por haber sido compilada con materiales
enteramente españoles y anécdotas de la vida de su propio autor, que á
cada momento entra en escena con un desenfado familiar y soldadesco que
hace sobremanera interesante su persona.
El caballero extremeño D. Luis Zapata, á quien me refiero, autor de
un perverso poema ó más bien crónica rimada del emperador Carlos
V (_Carlo famoso_), curiosa, sin embargo, ó instructiva, por los
pormenores anecdóticos que contiene y que ojalá estuviesen en
prosa[72], retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho
mundo, á su casa de Llerena, «la mejor casa de caballero de toda
España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes», y
entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa
inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que
está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído
ó leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes,
filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba á
un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de
honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes. Resultó de
aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden,
repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del
siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido,
y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos
grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de _Relaciones
y Avisos_ que suplen el silencio ó la escasez de crónicas para los
tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria.
Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la
biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su
vida íntima[73]; para empresas y hazañas de justadores, torneadores
y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y
maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos
y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios
militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos,
sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos,
proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos;
para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente
en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural
cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad
sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el
Cristianismo[74], ofrece la _Miscelánea_ de Zapata mies abundantísima y
que todavía no ha sido enteramente recogida en las trojes, á pesar de
la frecuencia con que la han citado los eruditos, desde que Pellicer
comenzó á utilizarla en sus notas al _Quijote_, y sobre todo después
que la sacó íntegramente del olvido D. Pascual Gayangos[75]. Detallar
todo lo que en los apuntes de Zapata importa á la novelística exigiría
un volumen no menor que la misma _Miscelánea_, puesto que apenas hay
capítulo que no contenga varias historietas, no inventadas á capricho,
sino fundadas en hechos reales que el autor presenció ó de que tuvo
noticia por personas dignas de crédito; lo cual no quita que muchas
veces sean inverosímiles y aun imposibles, pues no hay duda que el
bueno de D. Luis era nimiamente crédulo en sus referencias. Son, pues,
verdaderos cuentos muchos de los casos maravillosos que narra, y su
libro cae en esta parte bajo la jurisdicción de la novela elemental é
inconsciente. No sucede otro tanto con sus relatos personales, escritos
con tanta sinceridad y llaneza, y que sembrados de trecho en trecho en
su libro, le dan aspecto y carácter de verdaderas _memorias_, á las
cuales sólo falta el hilo cronológico, y por cuyas páginas atraviesan
los más preclaros varones de su tiempo. Era Zapata lector apasionado
de libros de caballerías[76] y algo se contagió su espíritu de tal
lección, puesto que en todas las cosas tiende á la hipérbole; pero
juntaba con esto un buen sentido muy castellano, que le hacía mirar
con especial aborrecimiento los embelecos de la santidad fingida[77] y
juzgar con raro tino algunos fenómenos sociales de su tiempo. Dice, por
ejemplo, hablando de la decadencia de la clase nobiliaria, á la cual
pertenecía: «El crescimiento de los reyes ha sido descrecimiento de los
grandes, digo en poder soberbio y desordenado, que cuanto á lo demás
antes han crecido en rentas y en estados, como pelándoles las alas á
los gallos dicen que engordan más, y así teniéndolos los reyes en suma
tranquilidad y paz, quitadas las alas de la soberbia, crecen en más
renta y tranquilidad... Pues demos gracias á Dios que en estos reinos
nadie puede hacer agravio ni demasía á nadie, y si la hiciese, en manos
está el cetro que hará á todos justicia igual»[78].
Era, como hoy diríamos, ardiente partidario de la ley del progreso, lo
mismo que Cristóbal de Villalón, y de ningún modo quería admitir la
superioridad de los antiguos sobre los modernos. Es curiosísimo sobre
esto su capítulo _De invenciones nuevas_: «Cuán enfadosa es la gala
que tienen algunos de quejarse del tiempo y decir que los hombres de
agora no son tan inventivos ni tan señalados, y que cada hora en esto
va empeorando! Yo quiero, pues, volver por la honra de esta nuestra
edad, y mostrar cuanto en invenciones y sotilezas al mundo de agora
somos en cargo... En las ciencias y artes hace el tiempo de agora al
antiguo grandísima ventaja... Cuanto á la pintura, dejen los antiguos
de blasonar de sus milagros, que yo pienso que como cosas nuevas las
admiraron, y creo que aquellos tan celebrados Apeles y Protógenes y
otros, a las estampas de agora de Miguel Angel, de Alberto Durero, de
Rafael de Urbino y de otros famosos modernos no pueden igualarse...
Ni en la música se aventajaron los antiguos, que en ella en nuestra
edad ha habido monstruos y milagros, que si Anfion y Orfeo traían
tras sí las fieras y árboles, háse de entender con esta alegoría que
eran fieras y plantas los que de la música de entonces, porque era
cosa nueva, se espantaban; que agora de las maravillas de este arte,
más consumada que nunca, los hombres no se admiran ni espantan. Pues
¿cuándo igualaron á las comedias y farsas de agora las frialdades de
Terencio y de Plauto?» Y aquí comienza un largo capítulo de invenciones
del Renacimiento, unas grandiosas y otras mínimas, entusiasmándose por
igual con el descubrimiento de las Indias, con la circunnavegación del
globo terráqueo, con la Imprenta y la Artillería, que con el aceite
de Aparicio, el guayaco y la zarzaparrilla, las recetas para hacer
tinta, el arte de hacer bailar los osos y el de criar gatos de Algalia.
Termina este curiosísimo trozo con la enumeración de las obras públicas
llevadas á cabo en tiempo de Felipe II, á quien da el dictado de
«príncipe republicano», que tan extraño sonará en los oídos de muchos:
«Los príncipes piadosos y _republicanos_ como el nuestro, avivan los
ingenios de los suyos, y les hacen hacer cosas admirables, y se les
debe la gloria como al capitan general de cuanto sus soldados hacen,
aderezan y liman»[79].
Alguna vez se contradice Zapata, como todos los escritores llamados
_ensayistas_ (y él lo era sin duda, aunque no fuese ningún Montaigne).
No se compadece, por ejemplo, tanto entusiasmo por las novedades de
su siglo, entre las cuales pone la introducción del verso toscano por
Boscán y Garcilaso, con otro pasaje, curiosísimo también, en que,
tratando de poesía y de poemas, dice sin ambages: «Los mejores de todos
son los romances viejos; de novedades Dios nos libre, y de leyes y
sectas nuevas y de jueces nuevos»[80]. Como casi todos los españoles
de su tiempo, vivía alta y gloriosamente satisfecho de la edad en que
le había tocado nacer, y era acérrimo enemigo de las sectas nuevas,
á lo menos en religión y en política. Ponderando el heroísmo de los
_ligueros_ en el sitio de París de 1590, que hizo levantar el príncipe
de Parma, llega hasta la elocuencia[81]. Profesa abiertamente la
doctrina del tiranicidio, y hace, como pudiera el fanático más feroz,
la apología de Jacobo Clemente: «Salió un fraile dominico de París
á matar por el servicio de Dios al tirano favorecedor de herejes; y
llegando á hablarle, le dió tres puñaladas, de que murió el rey, no de
la guerra que suele matar á hierro, á fuego, violenta y furiosamente,
mas de la mansedumbre y santidad de un religioso de Dios y su siervo,
al cual bienaventurado ataron á las colas de cuatro caballos»[82].
Para conocer ideas, costumbres, sentimientos y preocupaciones de una
época ya remota, y que, sin embargo, nos interesa más que otras muy
cercanas, libros como el de Zapata, escritos sin plan ni método,
como gárrula conversación de un viejo, son documentos inapreciables,
mayormente en nuestra literatura, donde este género de misceláneas
familiares son de hallazgo poco frecuente. La de Zapata ofrece
materia de entretenimiento por donde quiera que se la abra y es
recurso infalible para las horas de tedio, que no toleran otras
lecturas más graves. De aquel abigarrado conjunto brota una visión
histórica bastante clara de un período sorprendente. Baste lo dicho
en recomendación de este libro, que merecía una nueva edición,
convenientemente anotada, así en la parte histórica como en el
material novelístico ó novelable que contiene, y que generalmente no
se encuentra en otras compilaciones, por haber quedado inédita la de
Zapata.
Antes de llegar á las colecciones de cuentos propiamente dichas,
todavía debemos consagrar un recuerdo á la _Philosophia vulgar_ (1568),
obra por tantos títulos memorable del humanista sevillano Juan de Mal
Lara, que, á imitación de los _Adagios_ de Erasmo, en cuyas ideas
críticas estaba imbuido, emprendió comentar con rica erudición, agudo
ingenio y buen caudal de sabiduría práctica los refranes castellanos,
llegando á glosar hasta mil en la primera parte, única publicada,
de su vasta obra[83]. En ella derramó los tesoros de su cultura
grecolatina, trayendo á su propósito innumerables autoridades de poetas
antiguos puestos por él en verso castellano, de filósofos, moralistas
é historiadores; pero gustó más todavía de exornar la declaración de
cada proverbio con apólogos, cuentecillos, facecias, dichos agudos
y todo género de narraciones brevísimas, pero tan abundantes, que
con entresacarlas del tomo en folio de la _Philosophia Vulgar_
podría formarse una floresta que alternase con el _Sobremesa_ y el
_Porta-cuentos_ de Timoneda. Algunas de estas consejas son fábulas
esópicas; pero la mayor parte parecen tomadas de la tradición oral ó
inventadas adrede por el glosador para explicar el origen del refrán,
poniéndole, digámoslo así, en acción. Tres cuentos, un poco más libres
y también más extensos que los otros, están en verso y no carecen de
intención y gracejo. No son de Mal Lara, sino de un amigo suyo, que
no quiso revelar su nombre: acaso el licenciado Tamariz, de quien se
conservan inéditos otros del mismo estilo y picante sabor[84]. Pero
de los cuentos en verso prescindimos ahora, por no hacer interminable
nuestra tarea, ya tan prolija de suyo.
Mal Lara había pasado su vida enseñando las letras clásicas. ¿Quién se
atreverá á decir que le apartasen de la comprensión y estimación de la
ciencia popular, en que tanto se adelantó á su tiempo? Al contrario, de
los antiguos aprendió el valor moral é histórico de los proverbios ó
_paremías_. El mismo fenómeno observamos en otros grandes humanistas,
en Erasmo ante todo, que abrió por primera vez esta riquísima vena y
con ella renovó el estudio de la antigüedad; en el Comendador Hernán
Núñez, infatigable colector de nuestros refranes, y en Rodrigo Caro,
ilustrador de los juegos de los muchachos. Creía Mal Lara, y todo su
inestimable libro se encamina á probarlo, que
No hay arte ó ciencia en letras apartada,
Que el vulgo no la tenga decorada.
No se ha escrito programa más elocuente de _folk-lore_ que aquel
_Preámbulo_ de la _Philosophia Vulgar_, en que con tanta claridad se
discierne el carácter espontáneo y precientífico del saber del vulgo, y
se da por infalible su certeza, y se marcan las principales condiciones
de esta primera y rápida intuición del espíritu humano.
«En los primeros hombres... (dice) al fresco se pintaban las imágenes
de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el
hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia,
no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en
memorias y en ingenios humanos; y, segun dize Aristóteles, parescen
los Proverbios o Refranes ciertas reliquias de la antigua Philosophia,
que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron
aquellas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque
lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo». _Libro
natural_ llama en otra parte á los refranes, que él pretende emparentar
nada menos que con la antigua sabiduría de los turdetanos. «Antes que
hubiese filósofos en Grecia tenía España fundada la antigüedad de
sus refranes... ¿Qué más probable razon habrá que lo que todos dizen
y aprueban? ¿Qué más verisimil argumento que el que por tan largos
años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y
villas, y lo que todos en comun, hasta los que en los campos apacientan
ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se acaben los
superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides,
los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga
su reino dividido en todas las provincias del mundo... En fin, el
refrán corre por todo el mundo de boca en boca, segun moneda que va de
mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma
ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de
su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran
precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres».
Coincidió con Mal Lara, no ciertamente en lo elevado de los propósitos,
ni en lo gallardo del estilo, pero sí en el procedimiento de
explicar frases y dichos proverbiales por anécdotas y chascarrillos
_a posteriori_, el célebre librero de Valencia Juan de Timoneda,
que en 1563, y quizá antes, había publicado el _Sobremesa y alivio
de caminantes_[85], colección minúscula, que, ampliada en unas
ediciones y expurgada en otras, tiene en la más completa (Valencia,
1569) dos partes: la primera con noventa y tres cuentos, la segunda
con setenta y dos, de los cuales cincuenta pertenecen al dominio de
la _paremiología_. Tanto éstos como los demás están narrados con
brevedad esquemática, sin duda para que «el discreto relatador» pudiese
amplificarlos y exornarlos á su guisa. Pero esta misma concisión y
simplicidad no carece de gracia. Véase algún ejemplo:
Cuento XL (2.ª parte). «Por qué se dijo: _perdices me manda mi padre
que coma_».
«Un padre envió su hijo á Salamanca á estudiar; mandóle que comiese de
las cosas más baratas. Y el mozo en llegando, preguntó cuánto valía una
vaca: dijéronle que diez ducados, y que una perdiz valía un real. Dijo
él entonces: segun eso, perdices me manda mi padre que coma».
Cap. XLII. «Por qué se dijo: _no hará sino cenar y partirse_».
«Concertó con un pintor un gentil-hombre que le pintase en un comedor
la cena de Cristo, y por descuido que tuvo en la pintura pintó trece
apóstoles, y para disimular su yerro, añadió al treceno insignias de
correo. Pidiendo, pues, la paga de su trabajo, y el señor rehusando
de dársela por la falta que había hecho en hacer trece apóstoles,
respondió el pintor: no reciba pena vuestra merced, que ese que está
como correo no hará sino cenar y partirse».
Cap. LXVIII. «Por qué se dijo: _sin esto no sabrás guisallas_».
«Un caballero dió á un mozo suyo vizcaino unas turmas de carnero para
que se las guisase; y á causa de ser muy ignorante, dióle un papel
por escripto cómo las habia de guisar. El vizcaino púsolas sobre un
poyo, vino un gato y llevóse las turmas; al fin, no pudiendo habellas,
teniendo el papel en las manos, dijo: ¡ah gato! poco te aprovecha
llevallas, que sin esto no sabrás guisallas».
Con ser tan microscópicos estos que Timoneda llama «apacibles y
graciosos cuentos, dichos muy facetos y exemplos acutísimos para
saberlos contar en esta buena vida», encontró manera de resumir en
algunos de ellos el argumento de novelas enteras de otros autores. Tres
del _Decamerone_ (VI, 4; VII, 7; X, 1) han sido reconocidas por miss
Bourland en El _Sobremesa_[86]. Todas están en esqueleto: la facecia
del cocinero que pretendía que las grullas no tienen más que una pata
pierde su gracia y hasta su sentido en Timoneda. Melchor de Santa Cruz,
en su _Floresta Española_, conserva mejor los rasgos esenciales del
cuento, aun abreviándole mucho[87]. El de _cornudo y apaleado_ es por
todo extremo inferior á una novela en redondillas que hay sobre el
mismo asunto en el _Romancero General_ de 1600[88]. El que salió menos
mal parado de los tres cuentos decameronianos es el de la mala estrella
del caballero Rugero; pero, así y todo, es imposible acordarse de él
después de la lindísima adaptación que hizo Antonio de Torquemada en
sus _Coloquios Satíricos_[89].
El mismo procedimiento aplica Timoneda á otros _novellieri_ italianos,
dejándolos materialmente en los huesos. Como en su tiempo no estaban
impresas las novelas de Sacchetti, ni lo fueron hasta el siglo XVIII,
es claro que no procede de la novela 67 de aquel célebre narrador
florentino el gracioso dicho siguiente, que indudablemente está tomado
de las _Facecias_ de Poggio[90]:
«Fue convidado un nescio capitan, que venia de Italia, por un señor
de Castilla á comer, y despues de comido, alabóle el señor al capitan
un pajecillo que traia, muy agudo y gran decidor de presto. Visto por
el capitan, y maravillado de la agudeza del pajecillo, dijo: «¿Vé
vuestra merced estos rapaces cuán agudos son en la mocedad? Pues sepa
que cuando grandes no hay mayores asnos en el mundo». Respondió el
pajecillo al capitan: «Mas que agudo debia de ser vuestra merced cuando
mochacho»[91].
Tampoco se deriva de la novela 198 de Sacchetti, pero sí de la 43 de
Girolamo Morlini «_De caeco qui amissos aureos suo astu recuperavit_»,
el cuento 59 de la segunda parte del _Alivio de Caminantes_:
«Escondió un ciego cierta cantidad de dineros al pie de un árbol en un
campo, el cual era de un labrador riquísimo. Un dia yendo á visitallos,
hallólos menos. Imaginando que el labrador los hubiese tomado, fuése á
él mesmo, y díjole: «Señor, como me paresceis hombre de bien querria
que me diésedes un consejo, y es: que yo tengo cierta cantidad de
dinero escondida en un lugar bien seguro; agora tengo otra tanta, no
sé si la esconda donde tengo los otros ó en otra parte». Respondió el
labrador: «En verdad que yo no mudaria lugar, si tan seguro es ese como
vos decís». «Así lo pienso de hacer», dijo el ciego; y despedidos, el
labrador tornó la cantidad que le habia tomado en el mesmo lugar, por
coger los otros. Vueltos, el ciego cogió sus dineros que ya perdidos
tenía, muy alegre, diciendo: «Nunca más perro al molino». De aquesta
manera quedó escarmentado»[92].
En suma (y para no hacerme pesado en el examen de tan ligeras y fugaces
producciones), el _Sobremesa y alivio de caminantes_, según uso
inmemorial de los autores de florestas y misceláneas, está compilado
de todas partes. En Bandello (parte 3.ª, nov. 41) salteó el cuento del
caballero de los muchos apellidos, que no encuentra posada libre para
tanta gente: en las _Epístolas familiares_, de Fr. Antonio de Guevara,
varios ejemplos de filósofos antiguos y las consabidas historietas de
Lamia, Laida y Flora, que eran la quintaesencia del gusto mundano para
los lindos y galancetes de entonces.
Preceden á los cuentos de Timoneda[93] en las ediciones de Medina
del Campo, 1563, y Alcalá, 1576, doce «de otro autor llamado Juan
Aragonés, que sancta gloria haya», persona de quien no tenemos más
noticia. Es lástima que estos cuentecillos sean tan pocos, porque
tienen carácter más nacional que los de Timoneda. Dos de ellos son
dichos agudos del célebre poeta Garci Sánchez de Badajoz, natural de
Écija; tres se refieren á cierto juglar ó truhán del Rey Católico,
llamado Velasquillo, digno predecesor de D. Francesillo de Zúñiga. Pero
otros están tomados del fondo común de la novelística, como el cuento
del codicioso burlado, que tiene mucha analogía con la novela 195 de
Sacchetti[94], con la fábula 3.ª de la Séptima Noche de Straparola, con
la balada inglesa _Sir Cleges_ y otros textos que enumera el doctísimo
Félix Liebrecht[95], uno de los fundadores de la novelística comparada.
«Solía un villano muy gracioso llevar á un rey muchos presentes de
poco valor, y el rey holgábase mucho, por cuanto le decía muchos
donaires. Acaesció que una vez que el villano tomó unas truchas, y
llevólas (como solía) á presentar al rey, el portero de la sala real,
pensando que el rey haría mercedes al villano, por haber parte le
dijo: «No te tengo de dejar entrar si no me das la mitad de lo que el
rey te mandare dar». El villano le dijo que le placia de muy buena
voluntad, y así entró y presentó las truchas al rey. Holgóse con el
presente, y más con las gracias que el villano le dijo; y muy contento,
le dijo que le demandase mercedes. Entonces el villano dijo que no
quería otras mercedes sino que su alteza le mandase dar quinientos
azotes. Espantado el rey de lo que le pedía, le dijo que cuál era la
causa por que aquello le demandaba. Respondió el villano: «Señor, el
portero de vuestra alteza me ha demandado la mitad de las mercedes, y
no hallo otra mejor para que á él le quepan doscientos azotes». Cayóle
tanto en gracia al rey que luego le hizo mercedes, y al portero mandó
castigar»[96].
Dos ó tres de los cuentos del _Sobremesa_ están en catalán, ó si se
quiere en dialecto vulgar de Valencia. Acaso hubiera algunos más en
otra colección rarísima de Timoneda, _El Buen aviso y portacuentos_
(1564), que Salvá poseyó[97], pero de la cual no hemos logrado
hasta ahora más noticias que las contenidas en el _Catálogo_ de su
biblioteca: «El libro primero, intitulado _Buen Aviso_, contiene
setenta y un cuentos del mismo género que los del _Sobremesa_, con la
diferencia de que la sentencia ó dicho agudo y gracioso, y á veces
una especie de moraleja de la historieta, van puestas en cinco ó seis
versos. El libro segundo, ó sea el _Porta cuentos_, comprende ciento
cuatro de éstos, de igual clase, pero no tienen nada metrificado».
Algunos han confundido esta colección con el _Sobremesa_, pero el
mismo Timoneda las distinguió perfectamente en la _Epístola al benigno
lector_ que va al principio de la edición de 1564 de _El Buen Aviso_:
«En dias pasados imprimí primera y segunda parte del _Sobremesa y
alivio de caminantes_, y como este tratado haya sido muy acepto á
muchos amigos y señores mios, me convencieron que imprimiese el libro
presente llamado _Buen aviso y Porta cuentos_, á donde van encerrados y
puestos extraños y muy facetos dichos». Parece, sin embargo, que ambas
colecciones fueron refundidas en una sola (_Recreación y pasatiempo de
caminantes_), de la cual tuvo el mismo Salvá un ejemplar sin principio
ni fin, y por tanto sin señas de impresión. La segunda y tercera parte
de este librillo comprendían las anécdotas del _Buen Aviso_, con
numerosas variantes y muchas supresiones[98].
Timoneda, cuyo nombre va unido á todos los géneros de nuestra
literatura popular ó popularizada, á los romances, al teatro sagrado
y profano, á la poesía lírica en hojas volantes, no se contentó
con ensayar el cuento en la forma infantil y ruda del _Sobremesa_
y del _Buen Aviso_. Á mayores alturas quiso elevarse en su famoso
_Patrañuelo_ (¿1566?), formando la primera colección española de
novelas escritas á imitación de las de Italia, tomando de ellas el
argumento y los principales pormenores, pero volviendo á contarlas en
una prosa familiar, sencilla, animada y no desagradable. En lo que no
hizo bien fue en darse por autor original de historias que ciertamente
no había inventado, diciendo en la _Epístola al amantísimo lector_:
«No te des á entender que lo que en el presente libro se contiene sea
todo verdad, que _lo más es fingido y compuesto de nuestro poco saber
y bajo entendimiento_; y por más aviso, el nombre dél te manifiesta
clara y distintamente lo que puede ser; porque _Patrañuelo_ se
deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza
tan lindamente amplificada y compuesta que paresce que trae alguna
apariencia de verdad».
Infiérese del mismo prólogo qué todavía el nombre de _novelas_ no había
prevalecido en España, á pesar del ejemplo del traductor de Boccaccio y
algún otro rarísimo: «Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua
natural valenciana _Rondalles_, y la toscana _Novelas_, que quiere
decir: Tú, trabajador, pues _no velas_, yo te desvelaré con algunos
graciosos y _asesados_ cuentos, con tal que los sepas contar como aquí
van relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con
que fueron compuestos»[99].
No pasan de veintidós las _patrañas_ de Timoneda, y á excepción de una
sola, que puede ser original[100] y vale muy poco, todas tienen fuente
conocida, que descubrió antes que nadie Liebrecht en sus adiciones á
la traducción alemana de la _History of fiction_ de Dunlop[101]. Estas
fuentes son tan varias, que recorriendo una por una las patrañas puede
hacerse en tan corto espacio un curso completo de novelística.
El padre de la historia entre los griegos, padre también de la
narración novelesca en prosa, por tantas y tan encantadoras leyendas
como recogió en sus libros, pudo suministrar á la _patraña diez y seis_
el relato de la fabulosa infancia de Ciro (_Clio_, 107-123). Pero es
seguro que Timoneda no le tomó de Herodoto, sino de Justino, que trae
la misma narración, aunque abreviada y con variantes, en el libro I
de su epítome de Trogo Pompeyo, traducido al castellano en 1540 por
Jorge de Bustamante. Algún detalle, que no está en Herodoto y sí en
aquel compendiador[102], y la falta de muchos otros que se leen en el
historiador griego, pero no en Justino, prueban con toda evidencia
esta derivación. Por el contrario, Lope de Vega, en su notable comedia
_Contra valor no hay desdicha_, tomó la historia de Herodoto por base
principal de su poema, sin excluir alguna circunstancia sacada de
Justino[103].
Del gran repertorio del siglo XIV, _Gesta Romanorum_, cuyo rastro
se encuentra en todas las literaturas de Europa, proceden mediata
ó inmediatamente las patrañas 5.ª y 11.ª, que corresponden á los
capítulos 81 y 153 del _Gesta_. Trátase en el primero cierta repugnante
y fabulosa historia del nacimiento é infancia del Papa San Gregorio
Magno, á quien se suponía hijo incestuoso de dos hermanos[104],
arrojado al mar, donde le encontró un pescador, y criado y adoctrinado
por un abad. Esta bárbara leyenda, que, como otras muchas de su clase,
tenía el sano propósito de mostrar patente la misericordia divina, aun
con los más desaforados pecadores (puesto que Gregorio viene á ser
providencial instrumento de la salvación de su madre), parece ser de
origen alemán: á lo menos un poeta de aquella nación, _Hartmann von der
Aue_, que vivía en el siglo XIII, fue el primero que la consignó por
escrito en un poema de 3.752 versos, que sirvió de base á un libro de
cordel muy difundido en los países teutónicos, _San Gregorio sobre la
piedra_. Los antiguos poemas ingleses _Sir Degore_ y _Sir Eglamour of
Artois_ tienen análogo argumento y en ellos fundó Horacio Walpole su
tragedia _The mysterious mother_. En francés existe una antigua vida de
San Gregorio en verso, publicada por Lazarche (Tours, 1857), que repite
la misma fábula[105]; y no debía de ser ignorada en España, puesto que
encontramos una reminiscencia de ella al principio de la leyenda del
abad Juan de Montemayor, que ha llegado hasta nuestros días en la forma
de libro de cordel[106]. Para suavizar el cuento de San Gregorio, que
ya comenzaba á ser intolerable en el siglo XVI, borró Timoneda en el
protagonista la aureola de santidad y la dignidad de Papa, dejándole
reducido á un Gregorio cualquiera.
La _Patraña oncena_, que es la más larga de todas y quizá la mejor
escrita, contiene la novela de Apolonio de Tiro en redacción análoga
á la del _Gesta_, pero acaso independiente de este libro[107]. Son
tantos y tan varios los que contienen aquella famosa historia bizantina
de aventuras y naufragios, cuyo original griego se ha perdido, pero
del cual resta una traducción latina muy difundida en los tiempos
medios, que no es fácil atinar con la fuente directa de Timoneda.
La suponemos italiana, puesto que de Italia proceden casi todos sus
cuentos. De fijo no tenía la menor noticia del _Libre d'Apollonio_,
una de las más antiguas muestras de nuestra poesía narrativa en el
género erudito del _mester de clerecía_. Las semejanzas que pueden
encontrarse nacen de la comunidad del argumento, y no de la lectura
del vetusto poema, que yacía tan olvidado como todos los de su clase
en un solitario códice, no desenterrado hasta el siglo XIX[108]. No
puede negarse que el primitivo y rudo poeta castellano entendió mejor
que Timoneda el verdadero carácter de aquel libro de caballerías del
mundo clásico decadente, en que no es el esfuerzo bélico, sino el
ingenio, la prudencia y la retórica las cualidades que principalmente
dominan en sus héroes, menos emprendedores y hazañosos que pacientes,
discretos y sufridos. En la escena capital del reconocimiento de
Apolonio y su hija llega á una poesía de sentimiento que no alcanza
jamás el compilador del _Patrañuelo_; y el tipo de la hija de Apolonio,
transformada en la juglaresa Tarsiana, tiene más vida y más colorido
español que la Politania de Timoneda. Prescindiendo de esta comparación
(que no toda resultaría en ventaja del poeta más antiguo), la novela
del librero valenciano es muy agradable, con mejor plan y traza que
las otras suyas, con un grado de elaboración artística superior.
Para amenizarla intercala varias poesías, un soneto y una octava
al modo italiano, una canción octosilábica y un romance, en que la
_truhanilla_, para darse á conocer á su padre Apolonio, hace el resumen
de su triste historia:
En tierra fuí engendrada,--de dentro la mar nascida,
Y en mi triste nacimiento--mi madre fué fallescida.
Echáronla en la mar--en un ataud metida,
Con ricas ropas, corona,--como reina esclarecida...
Versos que recuerdan otros de Jorge de Montemayor (_Diana_, libro V),
imitados á su vez de Bernaldim Ribeiro:
Cuando yo triste nací,--luego nací desdichada,
Luego los hados mostraron--mi suerte desventurada.
El sol escondió sus rayos,--la luna quedó eclipsada,
Murió mi madre en pariendo,--moza, hermosa y mal lograda...
Nada hay que añadir á lo que con minuciosa y sagaz crítica expone
miss Bourland[109] sobre las tres patrañas imitadas de tres novelas
de Boccaccio. En la historia de Griselda, que es la _patraña_ 2.ª,
prefiere Timoneda, como casi todos los imitadores, la refundición
latina del Petrarca, traduciéndola á veces á la letra, pero
introduciendo algunas modificaciones para hacer menos brutal la
conducta del protagonista. La patraña 15.ª corresponde, aunque con
variantes caprichosas, á la novela 9.ª de la segunda jornada del
_Decameron_, célebre por haber servido de base al _Cymbelino_ de
Shakespeare. Timoneda dice al acabar su relato: «Deste cuento pasado
hay hecha comedia, que se llama _Eufemia_». Si se refiere á la comedia
de Lope de Rueda (y no conocemos ninguna otra con el mismo título), la
indicación no es enteramente exacta, porque la comedia y la novela sólo
tienen de común la estratagema usada por el calumniador para ganar la
apuesta, fingiendo haber logrado los favores de la inocente mujer de su
amigo.
Timoneda había recorrido en toda su extensión la varia y rica galería
de los _novellieri_ italianos, comenzando por los más antiguos. Ya
dijimos que no conocía á Franco Sacchetti, pero puso á contribución
á otro cuentista de la segunda mitad del siglo XIV, Ser Giovanni
Florentino. Las dos últimas _patrañas_ de la colección valenciana
corresponden á la novela 2.ª de la jornada 23 y á la 1.ª de la jornada
10 del _Pecorone_[110]. Ni una ni otra eran tampoco originales del
autor italiano, si es que existe verdadera originalidad en esta clase
de libros. El primero de esos cuentos reproduce el antiquísimo tema
_folklórico_ de la madrastra que requiere de amores á su entenado
y viendo rechazada su incestuosa pasión le calumnia y procura
envenenarle[111]. La patraña 21 tiene por fuente remotísima la
narración poética francesa _Florence de Rome_, que ya á fines del siglo
XIV ó principios del XV había recibido vestidura castellana en el
_Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia su
hija et del buen caballero Esmere_[112]. Pero la fuente inmediata para
Timoneda no fue otra que el _Pecorone_, alterando los nombres, según su
costumbre[113].
Dos _novellieri_ del siglo XV, ambos extraordinariamente licenciosos,
Masuccio Salernitano y Sabadino degli Arienti, suministran á la
compilación que vamos examinando dos anécdotas insignificantes, pero
que á lo menos están limpias de aquel defecto[114].
No puede decirse lo mismo de la _patraña_ octava, que es el
escandalosísimo episodio de Jocondo y el rey Astolfo (tan semejante al
cuento proemial de _Las Mil y Una Noches_) que Timoneda tomó del canto
28 del _Orlando Furioso_, sin mitigar en nada la crudeza con que lo
había presentado el Ariosto.
Mateo Bandello, el mayor de los novelistas de la península itálica
después de Boccaccio, no podía quedar olvidado en el ameno mosaico que
iba labrando con piedrecillas italianas nuestro ingenioso mercader de
libros. Dos patrañas tienen su origen en la vasta colección del obispo
de Agen. En la 19 encontramos una imitación libre y muy abreviada de
la novela 22 de la Primera Parte[115] (Amores de Felicia, Lionata y
Timbreo de Cardona), sugerida en parte por el episodio de Ariodante y
Ginebra, en el canto V del _Orlando Furioso_, como éste lo fué por un
episodio análogo de _Tirante el Blanco_[116]. Á su vez la novela de
Bandello es fuente común de otra de Giraldi Cintillo, del cuento de
Timoneda y de la comedia de Shakespeare _Much ado about nothing_[117].
No tiene menos curiosidad para la historia de la poesía romántica la
_Patraña sétima_. «De este cuento pasado hay hecha comedia, llamada de
la Duquesa de la Rosa». Esta comedia existe y es la más notable de las
tres que nos quedan del famoso representante Alonso de la Vega. Pero
ni la novela está tomada de la comedia ni la comedia de la novela.
Alonso de la Vega y Juan de Timoneda tuvieron un mismo modelo, que es
la novela 44, parte 2.ª de las de Bandello, titulada _Amore di Don
Giovanni di Mendoza e della Duchessa di Savoja, con varii e mirabili
accidenti che v' intervengono_. Bandello pone esta narración en boca
de su amigo el noble milanés Filipo Baldo, que decía habérsela oído á
un caballero español cuando anduvo por estos reinos[118], y en efecto,
tiene semejanza con otras leyendas caballerescas españolas de origen
ó aclimatadas muy de antiguo en nuestra literatura[119]. El relato de
Bandello es muy largo y recargado de peripecias, las cuales en parte
suprimen y en parte abrevian sus imitadores. Uno y otro cambian el
nombre de Don Juan de Mendoza, acaso porque no les pareció conveniente
hacer intervenir un apellido español de los más históricos en un asunto
de pura invención. Timoneda le llamó el Conde de Astre y Alonso de la
Vega el infante Dulcelirio de Castilla. Para borrar todas las huellas
históricas, llamaron entrambos duquesa de la Rosa á la de Saboya. Uno
y otro convienen en suponerla hija del rey de Dinamarca, y no hermana
del rey de Inglaterra, como en Bandello. De los nombres de la novela
de éste Timoneda conservó únicamente el de Apiano y Alonso de la Vega
ninguno.
Timoneda hizo un pobrísimo extracto de la rica novela de Bandello:
omitiendo el viaje de la hermana de Don Juan de Mendoza á Italia, la
fingida enfermedad de la duquesa y la intervención del médico, dejó
casi sin explicación el viaje á Santiago; suprimió en el desenlace el
reconocimiento por medio del anillo y en cuatro líneas secas despachó
el incidente tan dramático de la confesión. En cambio, añade de su
cosecha una impertinente carta de los embajadores de la duquesa de la
Rosa al rey de Dinamarca.
Alonso de la Vega, que dió en esta obra pruebas de verdadero
talento, dispuso la acción mucho mejor que Timoneda y que el mismo
Bandello[120]. No cae en el absurdo, apenas tolerable en los cuentos
orientales, de hacer que la duquesa se enamore locamente de un
caballero á quien no había visto en la vida y sólo conocía por fama,
y emprenda la más desatinada peregrinación para buscarle. Su pasión
no es ni una insensata veleidad romántica, como en Timoneda, ni un
brutal capricho fisiológico, como en Bandello, que la hace adúltera de
intención, estropeando el tipo con su habitual cinismo. Es el casto
recuerdo de un inocente amor juvenil que no empaña la intachable pureza
de la esposa fiel á sus deberes. Si emprende el viaje á Santiago es
para implorar del Apóstol la curación de sus dolencias. Su romería es
un acto de piedad, el cumplimiento de un voto; no es una farsa torpe
y liviana como en Bandello, preparada de concierto con el médico,
valiéndose de sacrílegas supercherías. Cuando la heroína de Alonso de
la Vega encuentra en Burgos al infante Dulcelirio, ni él ni ella se dan
á conocer; sus almas se comunican en silencio cuando el infante deja
caer en la copa que ofrece á la duquesa el anillo que había recibido
de ella al despedirse de la corte de su padre en días ya lejanos. La
nobleza, la elevación moral de esta escena, honra mucho á quien fué
capaz de concebirla en la infancia del arte.
Como Timoneda y Alonso de la Vega, aunque con méritos desiguales,
coinciden en varias alteraciones del relato de Bandello, hay lugar para
la suposición, apuntada recientemente por D. Ramón Menéndez Pidal[121],
de un texto intermedio entre Bandello y los dos autores españoles.
Otras dos patrañas, la 1.ª y la 13.ª, reproducen también argumentos de
comedias, según expresa declaración del autor; pero estas comedias,
una de las cuales existe todavía, eran seguramente de origen novelesco
é italiano. De la _Feliciana_ no queda más noticia que la que da
Timoneda. La _Tolomea_ es la primera de las tres que se conocen
de Alonso de la Vega, y sin duda una de las farsas más groseras y
desatinadas que en tiempo alguno se han visto sobre las tablas. Su
autor se dió toda la maña posible para estropear un cuento que ya en
su origen era vulgar y repugnante. No pudo sacarle del _Patrañuelo_,
obra impresa después de su muerte y donde está citada su comedia, de la
cual se toman literalmente varias frases. Hay que suponer, por tanto,
un modelo italiano, que no ha sido descubierto hasta ahora. Los dos
resortes principales de la comedia, el trueque de niños en la cuna
y el incesto de hermanos (no lo eran realmente Argentina y Tolomeo,
pero por tales se tenían), pertenece al fondo común de los cuentos
populares[122].
La _patraña cuarta_, aunque de antiquísimo origen oriental, fué
localizada en Roma por la fantasía de la Edad Media y forma parte de
la arqueología fabulosa de aquella ciudad. «Para entendimiento de la
presente patraña es de saber que hay en Roma, dentro de los muros
della, al pie del monte Aventino, una piedra á modo de molino grande
que en medio della tiene una cara casi la media de león y la media de
hombre, con una boca abierta, la cual hoy en dia se llama la piedra de
la verdad... la cual tenía tal propiedad, que los que iban á jurar para
hacer alguna salva ó satisfacción de lo que les inculpaban, metían la
mano en la boca, y si no decían verdad de lo que les era interrogado,
el ídolo ó piedra cerraba la boca y les apretaba la mano de tal manera,
que era imposible poderla sacar hasta que confesaban el delito en que
habían caido; y si no tenían culpa, ninguna fuerza les hacía la piedra,
y ansí eran salvos y sueltos del crimen que les era impuesto, y con
gran triunfo les volvían su fama y libertad».
Esta piedra, que parece haber sido un mascarón de fuente, se ve
todavía en el pórtico de la iglesia de _Santa María in Cosmedino_ y
conserva el nombre de _Bocca della Verità_, que se da también á la
plaza contigua. Ya en los _Mirabilia urbis Romae_, primer texto que la
menciona, está considerada como la boca de un oráculo. Pero la fantasía
avanzó más, haciendo entrar esta antigualla en el ciclo de las leyendas
virgilianas. El poeta Virgilio, tenido entonces por encantador y mago,
había labrado aquella efigie con el principal objeto de probar la
lealtad conyugal y apretar los dedos á las adúlteras que osasen prestar
falso juramento. Una de ellas logró esquivar la prueba, haciendo que
su oculto amante se fingiese loco y la abrazase en el camino, con lo
cual pudo jurar sobre seguro que sólo su marido y aquel loco la habían
tenido en los brazos; Virgilio, que lleno de malicia contra el sexo
femenino había imaginado aquel artificio mágico para descubrir sus
astucias, tuvo que confesar que las mujeres sabían más que él y podían
dar lecciones á todos los nigromantes juntos.
Este cuento, como casi todos los que tratan de «engaños de mujeres»,
fue primitivamente indio; se encuentra en el _Çukasaptati_ ó libro del
Papagayo y en una colección tibetana ó mongólica citada por Benfey.
El mundo clásico conoció también una anécdota muy semejante, pero sin
intervención del elemento amoroso, que es común al relato oriental
y á la leyenda virgiliana. Comparetti, que ilustra doctamente esta
leyenda en su obra acerca de Virgilio en la Edad Media, cita á este
propósito un texto de Macrobio (_Sat._ I, 6, 30). La atribución á
Virgilio se encuentra por primera vez, según el mismo filólogo, en
una poesía alemana anónima del siglo XIV; pero hay muchos textos
posteriores, en que para nada suena el nombre del poeta latino[123].
Uno de ellos es el cuento de Timoneda, cuyo original verdadero no ha
sido determinado hasta ahora, ya que no puede serlo ninguna de las dos
novelas italianas que Liebrecht apuntó. La fábula 2.ª de la cuarta
_Noche_ de Straparola[124] no pasa en Roma, sino en Atenas, y carece de
todos los detalles arqueológicos relativos á la _Bocca della Verità_,
los cuales Timoneda conservó escrupulosamente. Además, y esto prueba la
independencia de las dos versiones, no hay en la de Straparola rastro
de dos circunstancias capitales en la de Timoneda: la intervención del
nigromante Paludio y la herida en un pie que finge la mujer adúltera
para que venga su amante á sostenerla, no en traza y ademán de loco,
sino en hábito de villano. De la novela 98 de Celio Malespini no hay
que hacer cuenta, puesto que la primera edición que se cita de las
_Ducento Novelle_ de este autor es de 1609, y por tanto muy posterior
al _Patrañuelo_[125].
Tampoco creo que la _patraña_ 17 venga en línea recta de la 68 de las
_Cento Novelle Antiche_, porque esta novela es una de las diez y ocho
que aparecieron por primera vez en la edición de 1572, dirigida por
Vincenzo Borghini[126], seis años después de haber sido aprobado para
la impresión el librillo de Timoneda. Más verosímil es que éste la
tomase del capítulo final (283) del _Gesta Romanorum_[127]. Pero son
tan numerosos los libros profanos y devotos que contienen la ejemplar
historia del calumniador que ardió en el horno encendido para el
inocente, que es casi superflua esta averiguación, y todavía lo sería
más insistir en una leyenda tan famosa y universalmente divulgada, que
se remonta al _Somadeva_ y á los cuentos de _Los Siete Visires_ (sin
contar otras versiones en árabe, en bengalí y en turco), que tiene en
la Edad Media tantos paradigmas, desde el _fabliau_ francés del rey que
quiso hacer quemar al hijo de su senescal, hasta nuestra leyenda del
paje de Santa Isabel de Portugal, cantada ya por Alfonso el Sabio[128],
y que, después de pasar por infinitas transformaciones, todavía prestó
argumento á Schiller para su bella balada _Fridolin_, imitada de una
novela de Restif de la Bretonne.
Lo que sí advertiremos es que el cuento de Timoneda, lo mismo que la
versión catalana del siglo XV, servilmente traducida del _fabliau_
francés[129], pertenecen á la primitiva forma de la leyenda oriental;
que es también la más grosera y menos poética, en que el acusado no lo
es de adulterio, como en las posteriores, sino de haber dicho que el
rey tenía lepra ó mal aliento[130].